Ciudad de México, 1 de abril de 2026 (Neotraba)

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“Ningún padre de la iglesia ha sabido explicar por qué no existe un mandamiento once que ordene a la mujer no codiciar al hombre de su prójima.”

Once, Mario Benedetti

Vesta era una mujer delgada y voluptuosa, sus ojos profundos y negros enloquecían al que los mirase. Llegó el día en que Vesta encontró a su gran amor: el joven Paris. Él era historiador; un hombre tranquilo y reservado, a diferencia de Vesta, que era impulsiva y apasionada. Al menos eso era lo que aparentaban.

La primera noche en que estuvieron juntos fue un fracaso. Paris no mostró pasión ni experiencia en cuestiones amatorias. Vesta no podía entender cómo un hombre de tan sensual apariencia no podía satisfacerla; ella lo amaba, así que buscó solución a su desagradable problema. Hizo remedios caseros y prácticas populares para tratar de derretir a su “congelado” amante. Nada funcionó, Paris no cooperaba. Vesta, desesperada, comentó su problema a Eris, una de sus vecinas. Le explicó la frialdad del trato de Paris, el rápido coito y cómo él la ignoraba después de eyacular. Eris, asombrada por tan íntima confesión y en ánimo de ayudar, emprendió con Vesta la búsqueda del secreto de virilidad y pasión.

Eris conoció al hermoso Paris y con sólo mirarlo entendió el inagotable enamoramiento de Vesta por él. Eris, inspirada en la belleza de su vecino, se dio a la tarea de encontrar la magia o fórmula para prender el fuego que Vesta tanto ansiaba. Después de varios días de búsqueda, por fin encontró la solución. Se acercó a Vesta para explicarle el secreto. Eris le dijo que antes de tener relaciones con Paris le dijera las siguientes palabras: abracadabra, bracadabra, racadabra, acadabra, cadabra, adabra, dabra, abra, bra, ra y a. Vesta se burló de tan absurdo hechizo, pero, a pesar de esta reacción, Eris continuó hablando seriamente. Ella le explicó a Vesta que si decía las palabras justo en ese orden la magia haría efecto y la pasión encendería las sábanas de la joven pareja. Vesta, impulsada por la curiosidad y el deseo, decidió hacer el extraño ritual. Contrario a lo que ella creía, con cada palabra dicha Paris la poseía con mayor desenfreno. Vesta quedó satisfecha y muy agradecida con su vecina. Eris sabía el verdadero origen del poder de esas palabras.

Vesta y Paris eran vecinos de una casa habitada por once hermanas, entre ellas Eris. Todas se sentían solas; algunas eran divorciadas, otras viudas y el resto solteras. Después de que Eris conoció a Paris, se encargó de contar a sus hermanas que él poseía virtudes magnificas en al arte de amar, pronto las convenció de que todas debían poseerlo.

Eris explicó a Paris que ella y sus hermanas lo deseaban fervientemente, le prometió que se encargaría de convencer a Vesta de compartirlo. La señal de que Vesta había aceptado acto tan libertino sería que, antes de tener relaciones con él, diría las siguientes palabras: abracadabra, bracadabra, racadabra, acadabra, cadabra, adabra, dabra, abra, bra, ra y a.

Estas palabras representarían a cada una de las hermanas, si Vesta mencionase las once, significaría el permiso absoluto para que Paris poseyera con tranquilidad a sus fogosas vecinas.

Vesta empezó a creer en la magia, Paris en el sexo y Eris en la magia de sus palabras.


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