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Por Óscar Alarcón (@metaoscar)

Puebla, México, 17 de mayo de 2022 [00:01 GMT-5] (Neotraba)

En los últimos años en México, la literatura negra y policíaca ha encontrado en los escritores del norte a sus mayores representantes. Tanto que, por antonomasia, nombrar al Noir mexicano es referirse al desierto sonorense o a los escenarios de Sinaloa, Nuevo León y otros estados cuya frontera se comparte con Estados Unidos. Han quedado a un lado las referencias del Noir mexicano al estilo de El complot mongol o de Tabaco para el puma. Aunque esto conlleve un riesgo: caer en un lugar común o generar una etiqueta falsa, pues, como sabemos, la literatura no debería ceñirse a geografías ni a generaciones para abordar temas universales.

Henry James publicó la novela La vuelta de tuerca en 1898, con la que es posible entender que la literatura –antes y después de James– es susceptible de diferentes lecturas en diversos niveles.

También, como recurso literario, entendemos que una vuelta de tuerca es realizar un giro en el argumento para descolocar a los lectores, con lo que se espeta una sorpresa en el rostro de quien lee. Ese recurso provoca regresar las páginas para tratar de descifrar cómo le hizo el escritor para dejarnos con la boca abierta.

En México, el Premio Una Vuelta de Tuerca comenzó a entregarse en 2005, Tiempo de alacranes de Bernardo Fernández BEF fue la primera novela ganadora. En 2020, la obra Morir al sur de Gabriel Velázquez Toledo se llevó el galardón que año con año cobra mayor prestigio.

Y de manera coincidente, Morir al sur nos ofrece una verdadera vuelta de tuerca porque rompe con el cliché norteño pues se desarrolla en Chiapas, un estado en donde el calor también impera, pero no con la aridez del norte sino con lo tropical de la selva Lacandona, que a su modo también logra encender un infierno no solo por el clima como por la corrupción y el tráfico de drogas y de influencias, las cuales se encuentran presentes en la novela.

Estamos ante una obra de ficción que retrata los entrecejos del periodismo, pues cobra tal verosimilitud que por momentos nos hace pensar en que todo lo narrado proviene de una bitácora periodística. Sin embargo, el estilo narrativo es pulcro, se apega a los cánones de una novela tradicional y que encuentra su mayor acierto en abordar una temática que es una herida para nuestro país: los años previos al levantamiento Zapatista de 1994.

Gabriel Velázquez Toledo se deshace de los lugares comunes de lo policial norteamericano, como suelen ser la espera de los resultados de ADN en los cadáveres para ayudar a los periodistas, la policía como sinónimo de justicia, las ciudades de grandes edificios con lluvia y construye escenarios que van de Ocosingo, San Cristóbal de las Casas hasta la Ciudad de México.

Gabriel Velázquez Toledo. Foto tomada de su cuenta de Facebook sin su autorización
Gabriel Velázquez Toledo. Foto tomada de su cuenta de Facebook sin su autorización

El libro no es una novela citadina y tampoco es una novela que idealice el color local de Chiapas. No nos presenta una localidad para turistear, lo que debemos agradecer a Velázquez Toledo. Otro elemento que se debe agradecer de la novela es que Santiago, el protagonista, no aparece como el salvador de una conspiración nacional, sino que aparece como un periodista que intenta abrirse paso en una cotidianidad salvaje y que en muchas ocasiones los hilos que resuelven un caso se tejen de manera fortuita y dependerá del atrevimiento y del instinto de quien sabe buscar y a pesar de ello también puede salir derrotado:

“Santiago esperaba en el balcón de su habitación en un hotel de la avenida Insurgentes. Tomó un trago del vaso de ron que tenía en la mano. Regresó a la cama, dejó en un taburete la bebida y tomó los cigarros. Caminó nuevamente al balcón, se sentía como un animal enjaulado.” (p. 139)

Está a punto de iniciar 1994 y las Fuerzas de Liberación Nacional comenzarán a hacerse visibles, como la punta de un iceberg. O, mejor dicho, como un matorral frente a la maleza. Santiago tiene ante sí la posibilidad de contar historias y de escarbar en uno de los órganos más cuestionables de nuestro país: el ejército.

Todo se suscitará cuando su periódico, lo manda a cubrir la historia de “El asesino del puente”; a través de las investigaciones se dará cuenta de que el criminal serial es solo un distractor, una especie de cortina de humo, como a las que nos tenían acostumbrados en la última década del siglo pasado. Y mientras más profundiza en el caso más escabroso es el problema y siniestros son los personajes con los que se encuentra.

Morir al sur es una historia que cierra los caminos de Santiago como periodista, pero que abre una pequeña brecha para entender lo que ocurrió en México cuando faltaban 6 años para terminar el milenio.

La novela de Gabriel Velázquez Toledo es una vuelta de tuerca porque desacraliza la figura del periodista –un gremio por demás castigado en los últimos años en México– y porque toma un lugar en la narrativa nacional que por mucho tiempo fue dominado por las balas más oscuras de los escritores norteños.

Morir al sur (2022) de Gabriel Velázquez Toledo. Nitro Press/Universidad Autónoma de Chiapas, México.


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