Foto de Alexis Salinas.
Foto de Alexis Salinas.

Por Adán Medellín (@adan_medellin)

Los paralelismos entre la literatura y la vida pueden ser escalofriantes. Distintos escritores ya nos han hablado sobre los tiempos de contingencia que vivimos con la distancia de otras épocas y espacios continentales, como si accionaran en sus páginas una máquina del tiempo. Al revisarlos, podemos hallar los debates vitales del encierro, los embates de la epidemia, las preguntas de sentido, las tensiones entre la ciencia y la creencia, entre el progreso y las maneras tradicionales.

Uno de esos casos de sorprendentes afinidades con nuestros días es el recuento que el novelista, periodista, comerciante y agente secreto inglés Daniel Defoe, conocido por su inolvidable Robinson Crusoe, realizó sobre la plaga que asoló Londres en 1665. A medio camino entre el documento periodístico, el testimonio personal y la ficción biográfica, su Diario del año de la peste (1722), suena muy actual, aunque lo separen casi 300 años de nuestros días.

El libro de Defoe bien podría estar exhibido en una de nuestras mesas de novedades, en una coyuntura de mercado que resalta la crónica mezclada con la vivencia personal, la viveza del detalle, la mirada irónica y un estilo de ágil precisión y crudeza. El pequeño gran detalle es que durante la gran peste de Londres, Defoe tenía apenas 5 años (se cree que nació en octubre de 1660), así que su relato es en gran parte un armado de novela histórica, estampas urbanas, memorias propias y ajenas (al parecer, las de su tío Henry Foe), así como de investigación reporteril.

Algunos de las coincidencias más evidentes entre el relato de Defoe, a mediados del siglo XVII, y nuestro 2020, corresponden a las etapas en que sus conciudadanos conviven y aceptan la terrible plaga que causó más de cien mil víctimas en tierras londinenses. En resumen, a un periodo de vergüenza, negación y ocultamiento de los primeros casos de la peste, se sumaron los diagnósticos inciertos o posiblemente equivocados, además de los rumores e incertidumbres.

Llegaría después la ineptitud sanitaria oficial, al grado de que el alcalde de Londres todavía se atrevería a extender certificados de salud sin pruebas ni mayores inconvenientes para que la gente –sobre todo, los ricos y burgueses– pudieran huir de la plaga. El narrador de Defoe también vive su dilema: quedarse o huir al campo como le ofrece uno de sus hermanos comerciantes. Tras sopesar la decisión desde los azares de la Providencia, decide quedarse y sellar su destino como un testigo y sobreviviente de la tragedia.

El apocalipsis es proclamado por los distintos credos existentes. Los teatros, la mayor diversión de aquel tiempo, son cerrados por orden real. Al igual que muchos, Defoe también busca sentido a los sucesos extraordinarios que ocurren a su alrededor. ¿Qué señales hubo de la peste que los destruye? ¿Acaso son un mensaje que no comprendemos de un remitente sobrenatural, más sabio, más feroz? Mientras repasa las listas diarias de muertos provistas por las parroquias de su ciudad, recorre las calles dando cuenta de las visiones de gente que dice observar ángeles con espadas en el cielo y cuida de su propio negocio, su voz también refleja el pesar, la tristeza y la inquietud de toda esa población que no puede irse de la urbe infectada, porque carecen de las oportunidades de otros.

El establecimiento de cierto sentido existencial, al menos como un ojo que registre contra toda desmemoria, puede mover a muchos escritores y escritoras que pretendan narrar lo que ahora nos sucede. El razonamiento parece simple: en sus casas, aislados los unos de los otros, con unos cuantos dispositivos de comunicación, ¿qué más podría hacer quien escribe sino reiterar su vocación? Hay quien desde ya descalifica esas narrativas de la contingencia como productos comerciales predecibles, pero mi última reflexión en estas líneas busca otro ángulo de la cuestión.

¿Por qué esperó Daniel Defoe a tener 62 años para contar esto? ¿Por qué necesitó 57 años de distancia para entregar este libro? Más allá de lo que puedan decirnos sus biógrafos y especialistas, me quedo con las dos posturas que he hallado en redes sociales en los últimos días. Hay quien dice haber escrito (o creado, de algún modo) muchísimo durante el encierro. Otros escritores colegas dicen no poder hacerlo, estar rebasados. Pero los dos escenarios son reales y no se excluyen. Apenas estamos viviendo para procesar la pandemia y sus consecuencias. Cada narrativa interior tiene su movimiento (implosión, explosión) ante crisis así. Serían 57 años para Defoe o el próximo enero para otros. Pero cada uno, en papel o no, tendrá su propio diario del año del COVID-19.


Lo último en Neotraba

  • La piedra de la locura, Mónica Ojeda y algo más
    Gabriel Duarte escribe sobre un libro de Benjamín Labatut y le da seguimiento a la lectura de Mandíbula de Mónica Ojeda
  • La inteligencia del arco: Maxim Vengerov y la ética de la interpretación
    La sensibilidad y la disciplina recuerdan que toda gran ejecución constituye un acto de recreación. Esa es la razón por la que escuchar a Maxim Vengerov. Por Javier Gutiérrez Ruvalcaba
  • El desenlace, mis creencias sobre el matrimonio y Blue Ruin
    Gabriel Duarte escribe sobre su experimento con ChatGPT, los divorcios en la capital del país y nos recomienda la película Blue Ruin
  • Querida Ayelín
    Querida Ayelín: A ti no te mataron, tu brillo sigue en la mirada de tu mamá y en las alegrías de tus hermanas. Te he visto en ellas con entusiasmo, pero al mismo tiempo lamentando no poder mirar mi reflejo directamente en tus ojos. Tu hermanita menor ya creció. Hace poco hizo un dibujo de ti en el que apareces sonriendo, con tu pelo largo y con un osito que sostiene un globo en forma de corazón. Por Fabiola Arellano
  • Una ventana inmensa: Armida de la Vara
    Poemas de la autora del libro Canto rodado con el que ganó el Concurso del Libro Sonorense de 1947 y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar
  • Mirar el mundo al derecho y al revés
    Preguntas al derecho y al revés de Evelyn Moreno, encuentra su mayor virtud en confiar en que una pregunta aparentemente absurda puede contener una pregunta importante y en que un niño no necesita abandonar el humor para acercarse a asuntos complejos. Reseña de Óscar Martínez Vélez
  • 3 minificciones
    Presentamos 3 minificciones de Ismael Glaf publicadas en su libro Montículos detectados (La tinta del silencio, 2025), el cual se divide en 3 grandes montículos. Disfruten la selección
  • Téchne y vergüenza ética, algunas reflexiones
    Noé Vázquez nos entrega un ensayo a partir de 2001, una odisea en el espacio y el arte: Vivimos una existencia bombardeada por el espectáculo, por señales visuales que nos inundan a cada momento
  • No sólo compro y luego existo. Una lectura de Guadalupe Loaeza
    ¿Ya lo leíste? es la nueva columna de Verónica González. En su primera entrega escribe sobre el libro Debo, luego sufro de Guadalupe Loaeza
¿Te gustó? ¡Comparte!