Oración del verano
Una reseña del poemario Flores todavía sin nombre de José Tolentino Mendoça: una descripción de la contemplación más grande que puede haber, y del cómo ese acto es el más cercano a Dios. Por Juan Jesús Jiménez

Una reseña del poemario Flores todavía sin nombre de José Tolentino Mendoça: una descripción de la contemplación más grande que puede haber, y del cómo ese acto es el más cercano a Dios. Por Juan Jesús Jiménez

Por Juan Jesús Jiménez
Puebla, México, 11 de septiembre de 2025 (Neotraba)
José Tolentino Mendoça, actual prefecto del Dicasterio para la Cultura y Educación, cardenal de la iglesia católica y reconocido poeta, nació en 1965 en la isla de Madeira. Ganador del premio “Francisco de Sá de Miranda” en 2023, así como el “Premio Ciudad de Lisboa”, “Fundación Inês de Castro”, y recientemente el “Premio Eduardo Lourenço”. Da la impresión de que su vida y reconocimiento son una enorme sombra de la obra que se recopila en este libro. Y es curioso que esa sombra, no toque casi nada del autorretrato mental que ofrece José Tolentino dentro de su poesía.
La portada del libro, en una edición de pasta blanda con detalles en una gama de púrpura y blanco, nos adelanta el espíritu natural y contemplativo de los poemas que contiene. La antología poética Flores Todavía sin Nombre, publicada por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, traducido por Nicolás Barbosa López –quien, intuyo, también es quién antologa la obra del autor–, es otra entrega de su serie de poesía mística “Epifanías”. En su primera edición de 2024.
En todos los sentidos posibles, Tolentino parece evadir a propósito el canon incrustado en la tradición de la poesía mística, sin despegarse del contorno que su ejercicio de la fe, como ser cardenal de la iglesia católica, puede modificar el espacio de experimentación en el papel.
Aunque admito que, puedo llegar a este tipo de afirmaciones gracias al estupendo trabajo de recolección y traducción de textos del que dispone el libro. Y la parábola, que dibuja su paso en mi mente como lo hacen las estrellas en el cielo o una bala en la carne, es reflejo del inmenso trabajo de escritorio por trazar una fotografía panorámica de lo inmediato. Y para muestra; un botón.
La antología recoge al menos once apartados distintos en la extensa obra de Tolentino, desde su inicio en 1990 con “Os Dias Contados”, hasta otra antología de breves ensayos llamada “Que Coisa São As Nuvens”, de 2015. La riquísima variedad de la que dispone la obra de Tolentino tiene su propio apartado en la reseña. Basta decir por ahora, que su prosa es tan increíble como su poesía.
Y debido a que este monstruoso volumen de 195 páginas necesitaría su columna por separado, agruparé cada parte de la colección en lo que, a mí consideración, es el sello distintivo en la obra de José Tolentino Mendoça y los elementos que, por su fuerza poética o su persuasión estilística, empujan la vitalidad de su poesía al pistilo de las flores en el campo.
El índice de la antología ordena los contenidos según su año de publicación. Los primeros cuatro apartados; “Los días contados”, “Lejos no sabía”, “A qué distancia dejaste el corazón” y “Baldíos”, van desde 1990 hasta 1999. Situando a José Tolentino Mendoça entre sus 35 y 45 años. ¿Por qué esto sería relevante al momento de leer la obra del autor? Por su huella. En estos años, Tolentino sería ordenado sacerdote, pero con al menos 8 años de estudio teológico detrás, y siendo instruido por su obispo para completar sus estudios en Roma desde 1992.
Es normal esperar que la mayoría del contenido producido en estos años se vea influido por el asombro y la contemplación. Pero algo inesperado es encontrar que, desde su primer libro, Tolentino se posiciona de una forma contundente, algo como; mi poesía es religiosa y su objeto inmenso, pero yo soy un hombre que recuerda, y de mi recuerdo es que puedo construir la imagen que encierra el objeto de mi poesía en la página. Por lo que, desde su primer libro –o el fragmento recopilado en esta antología– sabemos muy bien con qué tono se conduce la poesía de Tolentino.
“La infancia de Herberto Helder”, es un excelente ejemplo de esto. El poema sitúa al yo-poético en un símil de Dios antes de la creación, como en el siguiente fragmento: “En ese tiempo / me tumbaba en la tierra / para mirar las estrellas / y no pensaba / que esos cuerpos de fuego / pudieran ser peligrosos”. Sin embargo, el título aterriza esta experiencia de Dios en un ser mortal, y más aún, en un niño mortal. De modo que, desde la perspectiva de Tolentino, el Dios que es primero verbo sobre las aguas, es un niño que contempla las estrellas. Y que rompe su relación consigo mismo, al aprender álgebra. Otra forma de decir que la relación con Dios se rompe en lo terrenal. “En ese tiempo / aún era posible / hallar a Dios / en los baldíos. // Eso fue antes / de aprender álgebra”. Incluso, el niño-Dios no es otro sino Herberto Helder, autor que también nació en la Isla Madeira, y que su obra se desenvuelve en lo possurreal, haciendo que la fascinación que tiene este niño sobre las estrellas sea también una metáfora de que cualquiera que tenga ese nivel de fascinación comparte la experiencia de Dios frente al vacío.
“Angel face & Little devil” es un poema con referencias un poco difusas a la distancia. Partiendo del título que en sí mismo es una expresión coloquial de los angloparlantes para describir a alguien que oculta sus verdaderas intenciones siendo amable. Publicado en el poemario Lejos no sabía, en 1977 con Tolentino fuera de Portugal e imagino que, habiendo visitado otras partes, pues el poema hace mención de las ruinas de la biblioteca de Éfeso, en las costas de Turquía. El poema nos sitúa en las ruinas de la ciudad, y observamos junto al autor una estatua que hoy es irreconocible. Que carece de identidad, aunque se le reconozca como la reina de la ciudad. Y quizá esa difuminación de los elementos mencionados sea intencional, como para emular la sensación de ver a una autoridad en medio de la ruina, que es indiferente o que es irrelevante. Pero su núcleo es el mismo que los poemas en Los días contados; la contemplación. Aunque esa contemplación sea alienante.
A qué distancia dejaste el corazón publicado en 1998, ocupa poco espacio en la antología con sólo tres poemas, lo que hace más difícil elegir uno para hablar de una generalidad. Sin embargo, creo que “Hotel inglés” en sus últimos versos se describe muy bien el cómo se lee esta pequeña sección. “[…] / alquilamos bicicletas para llegar a la costa / en busca de lo que queda / una estación / donde las imágenes no naufraguen / a cada instante // y rehúso decir tan sólo / lo que puede ser dicho”. Son imágenes marinas, pero que a diferencia de Héctor Viel –el fascinante Héctor Viel– no parten de la crudeza, sino de la percepción de la memoria para enunciar la contemplación. Del mar, claro, pero de las cosas que ocurren en torno a él.
“Calle Príncipe, 25” es incluido en su poemario de 1999, Baldíos. Poemario que diría, también sigue la línea de la contemplación como el resto, pero evoluciona hacia una contemplación inmaterial de los espacios. Y que se sigue en una elipsis gigantesca desde “La infancia de Herberto Helder”; en específico en el fragmento “En ese tiempo / aún era posible / hallar a Dios / en los baldíos”. Los espacios que yacen en estos “Baldíos”, no lo son como se designa coloquialmente a un terreno no urbanizado, sino como un espacio liminal. “Perdemos de repente / la profundidad de los campos / los enigmas singulares / la claridad que juramos / conservar // […]”. Tratándose de una calle, puede referirse a la velocidad con la que avanza la urbanidad, descolocando al yo-poético que quizá conoció el espacio antes de ser ocupado. Y entonces remite a la memoria del espacio como una excusa para dotar de significado a ese baldío: “[…] // pero tardamos años / en olvidar a alguien / que tan sólo nos miró”. Como si “la profundidad de los campos” fuese trasladada a la mirada de ese alguien.
Por alguna razón –que me encantaría preguntarle al propio Tolentino– la poesía del autor, después del 2000, se torna en algo más crudo y contundente. La exaltación estética y contemplativa de las cosas no desaparece, pero se atenúa en comparación con el cuestionamiento y problematización de los objetos observados. Por ponerlo de alguna forma; la primera década de su poesía se trata del planteamiento de la hipótesis “en los Baldíos y su contemplación se encuentra Dios”, y la segunda década se trata de la experimentación para poner a prueba ese primer pensamiento. Y como cualquier estudio, el resultado de esa experimentación puede derivar en contraposiciones que construyen una imagen más completa del objeto que se estudia.
De igual a igual, del año 2000 es el primero en esta serie de experimentaciones con la crudeza de la contemplación. Habla en la mayoría de sus poemas sobre la brevedad, o las cosas que son consecuencia de la misma. Como en “Solo un cigarro”, un poema que parece retratar el síndrome de abstinencia como excusa para apuntar a un cuestionamiento más grande; ¿es verdad que Dios está en los baldíos? y si es así, ¿por qué no puedo sólo mirarlo? No creo que se trate de un episodio de duda en la fe, porque la actitud que toma el autor respecto al cigarro-Dios, no es una recriminatoria, sino una que se hace cargo de su ansiedad por experimentarlo. “[…] // no decías nada / de repente tenías una prisa desesperada / cómo quién del mundo entero / desea tan sólo / un cigarro”. En estos poemas hay un cuestionamiento claro respecto a lo qué se observa, y la forma en la que se observa.
Camino blanco, del año 2005, son poemas que sitúan al observador. En cierta forma tiene sentido que así sea, pues una vez resuelto el qué y el cómo, lo lógico es saber quién lo hace. Quién experimenta la comunión con Dios. Cómo se reconoce la entidad que dialoga con Dios en su acto contemplativo. Cómo esa relación puede afectar el objeto que se observa, como si fuera una lente más por la que pasa la luz. “Santa Teresa y las prostitutas” es un poema que marca de forma excepcional lo que acabo de decir, aunque la comunión no es con Dios, sino con una imagen cercana o con la que se puede establecer un silogismo simple. “Hoy recibí una carta de José Bento / y en ella decía que frente a Santa Teresa se sentía como un ratón / […]” de esta magnífica forma comienza el primer quinteto del poema, y aquí reconocemos cosas meramente terrenales, como la acción de intercambiar cartas con alguien o la experiencia personal que se tiene frente a una imagen. Pero, además, nos es presentada la imagen del ratón que será pieza clave para desencriptar el mensaje del poema entero. “Ante un ratón siento / no exactamente asco […] / sino una tristeza inmersa / […] / recuerdo en mi cuarto hace muchos años / la ratonera armada bajo la cama / […] / un olor a hojas muertas se apoderaba de la superficie / como si algo más lejano / hubiera caído preso en aquel artificio”. Once versos componen la continuación del argumento; soy como un ratón, y los ratones son exterminados. Once versos dibujan la mortalidad del ratón al ser exterminado como una plaga, y del como su muerte le sigue una empatía nocturna en aquel que percibe su muerte. “También tengo una historia cómica con ratones / […] / me reuní en mi casa con algunos […] / […] / para planear una ayuda a las prostitutas / y un ratón rodeó, uno a uno, los zapatos de los presentes / […] / las personas eran educadas y fingieron no darse cuenta / […]” de nuevo en once líneas, la imagen del ratón es minimizada aún más, a ser una peste con la que se cuenta, pero que es tan insignificante para hacer una obra de caridad, que se ignora. No se toma en cuenta, como si no existiera, pero el ratón desea subir. Tiene volición. Anhela. Pero nadie lo mira. “Cuando a veces veo que mi vida / se tropieza en los peldaños altos / procuro pensar en los dos o tres intereses que me quedan / entre ellos Santa Teresa y el drama de las prostitutas”. Así termina este poema. Como alguien que se reconoce insignificante, pero que no desconoce sus anhelos y Santa Teresa y la imagen del ratón que desea subir las escaleras, se vuelve la del creyente en la búsqueda de la comunión con Dios. La exaltación de la miseria, en brazos de la fe. Quizá incluso, seleccionar la imagen de Santa Teresa como ese referente inalcanzable, sea a propósito. Pero eso no lo veremos sino hasta la siguiente reseña. Basta con decir, que Santa Teresa toma una postura similar a Tolentino en este poema, durante toda su obra.
El fragmento de Tablas de piedra del año 2006 reúne sólo dos poemas. Seleccioné “El taxidermista”. Por la naturaleza de la temática, el poema es un poco más crudo que el resto en la colección. Pero es que, además, parece referir a la naturaleza del ser humano según Tolentino, en una tarea que podría ser leída como la de un símil de Dios. “La vida se esconde bajo una hoja temblorosa / pero al removerla con cuidado / el taxidermista busca sólo lo inanimado / sin perforaciones // […]”, podemos observar el papel que cumple el taxidermista como alguien que despoja de la vida después de la vida. Pero si Dios promete la vida eterna en este plano, el taxidermista “busca sólo lo inanimado”, porque no puede prometer nada de su labor. “Del mismo modo dibuja músculos, […] / […] / como si de nada le hubieran válido al cuerpo / sus caídas, sus pérdidas, la clandestina / inmensidad que con desespero / se siente cercana // […]”, que refuerza lo dicho anteriormente, el taxidermista no procura de ninguna forma la vida que fue en el cuerpo que sostiene, y que será aún más contundente en los siguientes versos: “El taxidermista ejecuta entonces el modelo / […] / algo infinito muere en sus manos // […]”. Pero como si se tratase de un hijo que quiere hacer sentir orgulloso a su padre, el taxidermista procura que su obra se parezca a la de Dios, como se puede leer en el cierre del poema: “Aún así añade otros elementos: / los manuales aseguran que unos globos huecos pintados / en vez de ojos de vidrio / dan al animal preservado / una expresión natural”. Siendo que como pudimos leer en todo el poema, el autor se posiciona como si esto fuera un acto erróneo y antinatural.
Me parece curioso pensar que, en los últimos quince años, la obra de Tolentino se ha volcado a la reconciliación con su tesis inicial. Una especie de maduración en el cómo el autor comprende la idea de comunión con Dios. Y así como Odiseo regresa a Ítaca para probarse digno de sí mismo, Tolentino explora de nuevo una profesión personal de su experiencia en la fe. El viajante sin sueño de 2009, Estación central de 2015, y La amapola y el monje de 2013, corresponden a la descripción del recipiente en el que aterriza la fe. Como el concepto de alma que describe San Agustín de Hipona, que recibe la gracia de Dios. Con el agregado de Tolentino, de que esta gracia se recibe en la contemplación.
Como en el poema “De profundis” que, si bien puede ser confundido con un poema romántico, su intención a mi perspectiva es la de alguien que se fascina en la mirada de alguien más, porque comparte su emoción respecto a cualquier cosa. “Faltan los planos de las ciudades / esfinges aladas / palmas a destiempo, matorrales / pequeñas adiciones de rojo // […] // Quizás a nosotros mismos nos falte / esa gran medida / insondables cuerdas en la travesía / una juventud que el mundo pueda / documentar // tus ojos son lo que queda / de los libros sagrados / y de la gran pintura perdida”.
O como el poema “Salmo junto al río Hudson”, en el que este acto de contemplación absorbe por completo al sujeto poético, y éste no rechaza el abrazo del despojo, lo pide. “Si haces que salgan, a su tiempo, las constelaciones / y las enumeras con exactitud / […] // Sobre la tierra desolada, te pido / prepara el camino donde me voy a perder”.
Respecto a “La amapola y el monje” y su poema “Vida monástica”, hay que hablar un poco del cómo fue escrito este libro. En palabras del propio Tolentino, nace de “un llegar y un partir”, cuando es invitado a un viaje a Japón, y es hospedado en el Monasterio de Lumiar. El libro, de hecho, está dedicado a las monjas dominicas que ahí residen. Y Tolentino asegura que, durante su breve estancia, y de su interacción con otros que ya habían residido aquí durante mucho más tiempo, llegó a la tradición del haikú, de la que quedó fascinado y emprendió la tarea de emular.
La amapola y el monje, no es propiamente un libro de haikús. Es en todo caso, un libro que recupera la estructura oriental, y la occidentaliza dando entre sí cohesión y seguimiento. Pero siempre en torno al acto de contemplación ejercido por alguien entregado a su tarea religiosa. Habla del silencio, del servicio y, sobre todo, de ser un ratón que sube por las escaleras.
“Vida monástica” el último poema de la obra poética recopilada en este libro, comienza de la siguiente forma: “Los que se asemejan a nada / se asemejan / a Dios”. Para decir líneas más adelante “La noche oye con la misma indiferencia / la tonada solitaria del monje / y la canción ronca de las prostitutas // […] // ¿Preguntas cuánto tiempo debes rezar? / la amapola en la ladera / siempre es roja // […] // En Dios todo se asemeja: / tu oración y el canto / de la rana // […] // El verano / enseña la misma oración / a la amapola y al monje”. Y toda la colección de haikús son algo parecido. Lecciones de humildad frente a la contemplación. No como una forma violenta para despreciarse, sino para encontrar la fascinación de un niño en la obra de Dios.
La antología recoge dos trabajos más. ¿Qué son las nubes? de 2015, es una antología de los mejores artículos y columnas de José Tolentino Mendoça en la revista Expresso. Columnas que no tienen una temática delimitada y que usualmente hablan de objetos que asombran al autor. Sea en medio de sus viajes o dentro de la cotidianidad. Las columnas recolectan mucho de lo que José Tolentino sabe fuera del ámbito poético y religioso. Pero incluso explicando a detalle una pintura de Paul Cézanne y la complejidad en sus pinturas de naturaleza muerta, su prosa no pierde nunca su aura amistosa. Como si fuera un amigo contando algo al final de una fiesta, cuando todos se han ido.
La otra parte, mi favorita, no la he podido rastrear a un libro en específico. Parece ser que primero fue un artículo y más tarde impostado en otras antologías. Pero no lo tengo claro. Sin embargo, la parte que cierra este bellísimo libro es una entrevista, como ya es usual dentro de la colección “Epifanías”, sólo que la entrevista es realizada por José Tolentino Mendoça, a Dios.
Al final de la entrevista, el autor aclara que se trata de un proyecto que le invitaron a hacer, y que por eso mismo trata de ofrecer respuestas ambiguas, pues no es su intención equipararse con Dios, sino responder desde su experiencia de fe y darle voz a lo que le impulsa a tener esa experiencia.
La primera vez que leí la entrevista, no pude dejar de pensar en la imagen de alguien cómodo y despreocupado, como un híbrido extraño entre Bukowski con la voz de Quincy Jones. Pero después, con la relectura, me di cuenta de que el Dios que dibuja José Tolentino es más como la de un padre que instruye a su hijo. No en un acto condescendiente, o en algo de lástima, sino en uno que procura que el hijo aprenda la naturaleza de lo que pregunta. Una instrucción, pero no una orden o reclamo. Una descripción de la contemplación más grande que puede haber, y del cómo ese acto es el más cercano a Dios. La oración del verano que aprende la amapola y el monje.
