Ciudad de México, 21 de abril de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 3 minutos

Leí Los Vagabundos del Dharma en una etapa de desorden personal. No es una lectura estable ni pretende serlo. Jack Kerouac tampoco busca ordenar la experiencia: avanza por impulsos, trayectos y decisiones que no se explican ni intenta hacerlo. Aun así, el texto se sostiene y termina por imponer su ritmo, cercano a una improvisación de jazz de aquellas décadas.

Jack Kerouac escribe en esta novela sobre el transitar constante, una disciplina espiritual inestable y excesos. Montañas, caminos y prácticas que intentan dar orden a una vida que tiende al desborde. No hay un método claro ni una conclusión firme. Lo que queda es el registro de una experiencia que avanza sin detenerse.

Yo no tenía montañas. Tenía cerros jodidos y secos con un “Ave María” armado con piedras blancas, recorridos nocturnos y una rutina marcada por el alcohol y la inercia. Nada épico, todo bastante reconocible. Distintos contextos, misma lógica: moverse sin precisión, sosteniendo una búsqueda que nunca llegará. Ni de cerca.

En el libro, Ray Smith sigue a Japhy Ryder en una relación que mezcla admiración, dependencia y aprendizaje. No hay idealización completa. Hay tensión. En mi caso, las referencias fueron otras: personas que operaban desde el exceso, conversaciones monótonas que no llevaban a nada y una idea vaga de cambio, de salir de ese agujero. Eran ideas sin claridad, pensadas en días de cruda. Nunca hubo continuidad.

El libro también deja ver la fragilidad de esa forma de vida. La disciplina es irregular, los intentos de orden no se sostienen y el regreso al exceso es constante. La espiritualidad aparece como ensayo, no como resultado. Eso impide que el texto funcione como doctrina.

Esa ambivalencia sostiene su vigencia. No propone un modelo replicable ni ofrece una salida clara. Presenta un proceso abierto, con avances y retrocesos. Para quien lo lee desde una experiencia similar, esa falta de cierre resulta más verosímil que cualquier discurso de superación.

También hay un registro generacional. Un momento en el que desplazarse, rechazar estructuras y probar límites era una forma de posicionarse frente al entorno. Leído hoy, ese gesto ya no tiene el mismo efecto. El contexto cambió, pero la necesidad de sentido y búsqueda sigue operando.

El punto no es la iluminación ni la pertenencia a una escena. Es el desplazamiento constante como forma de sostenerse. Kerouac lo convierte en materia narrativa. Fuera del libro, esa misma dinámica tiende a agotarse si no se redefine.

Leído hoy, el texto no funciona como evasión ni como consigna. Funciona como documento de una forma de vida que ya mostró sus límites. La búsqueda, por sí sola, no ordena nada. Si no se traduce en decisiones, se repite.

Cierro el libro. La noche sigue ahí, sin cambios. Caminar no resuelve, pero al menos obliga a elegir una dirección. Y eso, en ciertos momentos, es suficiente. Yo elegí la mía. El pasado no es nostalgia: es lo que queda cuando ya no hay excusas. Ahí están las experiencias.


¿Te gustó? ¡Comparte!