¿Te gustó? ¡Comparte!

Escribir desde la anormalidad taller de escritura creativa, cuyo objetivo era que los escritores externaran sus miedos, ansiedades y demás emociones provocadas por la contingencia del COVID-19. Ese proceso intensivo nos dejó este texto de Maru Guerrero, en el que todo lo que parece puede que no sea como lo pensamos, porque esa es una de las características de la llamada “nueva normalidad”.

Macaria España

Tiempos de pandemia

Por Maru Guerrero

Querétaro, Querétaro, 21 de abril de 2021 [00:03 GMT-5] (Neotraba)

Estos hechos sucedieron en una familia como muchas. Mariana es una mujer casada de 55 años, con 2 hijos adolescentes, ha tenido un matrimonio estable de 30 años con Ignacio un hombre dominante, experto en informática y sumamente perfeccionista.

Un día en los noticias se comenzó a escuchar de una extraña enfermedad, mucha gente moría por esta causa en países lejanos, aunque en menos de lo que canta un gallo, llegaron los decesos a la ciudad, luego a la colonia donde vivía Mariana, para posteriormente terminar con la vida de un vecino. Finalmente el gobierno ordenó toque de queda, las familias quedarían confinadas en sus hogares hasta que se encontrara una cura y es aquí donde cambia la vida. Habrá que ser los más fuertes, adaptarse al medio o morir en el intento… ¿o será que la muerte es el inicio de una nueva vida?

“No suelo quejarme de mis labores cotidianas, pero ciertamente la pandemia ha cambiado mi vida, en esta casa que era mi territorio, mi fuerza, que ahora la siento invadida, no hay un espacio ni tiempo para mí. Eternas quejas escucho de todos. Nacho todo el tiempo ocupado en sus proyectos, no tolera el más mínimo ruido, siempre está colérico y ahora ha convertido nuestro dormitorio en oficina”, pensaba Mariana, mientras su casa era un auténtico campo de batalla entre clases audiovisuales, chats de padres de familia, tareas, ensayos musicales, prácticas deportivas y las juntas a toda hora de su marido, así iban transcurriendo los días.

Aurora, estudiante del último semestre de bachillerato, desde muy pequeña inspirada en el cuento de “El Flautista de Hamelin”, pidió a su mamá que la inscribiera en el Conservatorio de música. Fue la alumna más avanzada, sus dedos presionaban ágilmente las teclas de la reluciente flauta transversal, mientras llenaba de aire sus pulmones para convertirlo en suaves melodías. Todo el tiempo era muy sensible, además de retraída, prefería practicar largas horas en el conservatorio a salir y pasear en bicicleta o a ir al parque e intentar infructuosamente hacer amigos. Ya con 17 años, su mayor deseo era ser la primera flautista de la Orquesta Sinfónica de la prestigiosa Universidad del Valle, esperaba con ansia el día de la audición, sólo que al evento se le adelantó la pandemia quedando pospuesto el tan ansiado momento. Todo esto no la desanimó, practicaría con más ahínco, tomaría el tiempo del encierro como un punto a su favor por lo que se volvió obsesiva, practicaba antes de iniciar sus clases de bachillerato y al término continuaba, sólo se detenía para comer, no contaba que sus constantes prácticas perturbarían la tranquilidad de su morada.

Salvador, un inquieto chico de secundaria de 13 años, amaba los videojuegos tanto como el futbol americano. Desde muy pequeño le apasionó ese rudo deporte por lo que había pertenecido a los equipos infantiles Gatos Silvestres, estaba esperando ingresar a Borregos Indomables, un equipo con mayor jerarquía que le daría un mejor ranking en la categoría juvenil, pero ahora todo se había desmoronado, los try-outs fueron suspendidos indefinidamente, le tocaba, hacer improvisados entrenamientos usando a su mamá como quarterback e invadió el pequeño patio con un improvisado gimnasio, con cubetas llenas de grava, botellas de agua y obstáculos diversos para no perder “el toque” como receptor.

Ignacio o el inge Nacho como le decían sus empleados, siempre fue un hombre destacado en la informática, trabajador y aventurero. Queriendo hacer su sueño realidad; ser su propio jefe y desarrollar herramientas de software para después venderlas a pequeñas empresas, eligió de entre todas las provincias a Querétaro, un lugar estratégico para que, con base en trabajo arduo, fuera reconocido en el medio. Con apoyo de Mariana en pocos años lo había logrado, las ventas apenas despuntaban cuando llegó el virus a echarlo todo a perder. Negocios y empresas tuvieron que cerrar so pena de ser clausuradas. Con mucho pesar bajó las cortinas de “Emprende Software”, decidido a explorar el home-office. Estaba receloso pues temía que sus empleados “se salieran del huacal”. Acostumbrado a tener el control, se la vivía en juntas virtuales, revisión de informes o en conferencias con clientes y prospectos. Era muy bueno haciendo su trabajo, sin embargo, toda esa tensión que en días normales dejaba en la oficina para llegar a casa convertido en un marido y padre ejemplar, se extendió a su hogar que ya había convertido en su nuevo dominio, solamente que tratar de controlar un ambiente diferente al acostumbrado lo tenía al borde del estrés: le gritaba constantemente a Aurora que parara de hacer ruido con su flauta, se quejaba del ruido de Mariana al hacer la limpieza o de los gritos de Pepe durante sus prácticas en su improvisado gimnasio. Nacho pensaba sólo en sus juntas con importantes clientes que por nada debían ser interrumpidas, de ello dependía asegurar una venta.

Un día Mariana tuvo un sueño, vio transfigurada a su familia en insectos grandes y verdes, donde ella era una imponente mantis religiosa, como eran tiempos de hambruna para sobrevivir tuvo que comerse a su esposo, que cargado de sabiduría, le dejó muy buen sabor de boca, además de proveerle de mucha proteína. Sin embargo, seguía hambrienta, sólo quedaban sus hijos, se acercaba sigilosamente a ellos cuando escuchó un estruendo que la sobresaltó, era la alarma, había despertado. Su día daba inicio muy temprano, ya no pararía hasta bien entrada la noche aunque llevaba con ella una extraña satisfacción de poder que le había proporcionado el singular sueño.

Con el pasar de los meses, Mariana sentía un vacío interno que la hacía dudar de su fortaleza y de la importancia que ella tenía para su familia. Las armoniosas melodías de Aurora, que antes adoraba, comenzaron a molestarle; llegó a un punto donde no soportaba las demandas incesantes de Pepe ni mucho menos los ridículos reproches de Nacho por cosas tan insignificantes como “le falta sal a la sopa, mejor subiré a trabajar sin comer…” por los que armaba todo un drama tratando de hacerla sentir culpable.

El encierro le estaba trastocando la vida. Los seres que amaba se habían vuelto egoístas, groseros y sin empatía hacia ninguna situación del prójimo. Su hogar se había convertido en un espacio frío, sin la más mínima pizca de lo que llaman calor de hogar. Sus integrantes peleaban por el tono de voz, por la comida, por la ropa, por el baño, hasta por el ruido que ocasionaban las chanclas al andar, ya que,  por cierto, todo el tiempo las usaban, así estuvieran envueltos en su mejor traje. De cierta forma a Mariana le divertía ver cómo la cámara enfocaba sólo la parte superior de cada uno cuando estaban muy bien sentados mostrando sus mejores facetas, pero ella podía ver las extrañas y graciosas combinaciones de su atuendo: Nacho solía usar camisa, saco y corbata acompañado con un short, calcetines y sandalias, mientras que Aurora usaba una linda blusa con su pijama de Mafalda, acompañada de unas pantuflas de elefante o Pepe, quien desenfadado, usaba la camisa y suéter del uniforme pero se negaba a ponerse pantalón quedando casi siempre en calzoncillos. Fuera de cámara sólo ella percibía como la ruindad se había apoderado de ellos transformándolos en unos desconocidos.

Cierta noche, recordando aquel extraño sueño, pensó que Nacho, Aurora y Pepe habían infestado su casa, que le robaban espacio, en cierto sentido, hasta el mismo aire. Ella debía resolverlo, poner un alto o enloquecería. Así que encendió la laptop de Nacho, buscó alternativas; quedando sorprendida de la facilidad con que encontró la solución: Cianuro, esas pastillas que no dejarían rastro y que harían todo tan simple…

Al día siguiente, con la idea fija en su mente, preparó el desayuno, dejó la mesa puesta, tomó su cubre-bocas y se fue al súper con el pretexto de hacer las compras de la semana, pero en su maquiavélica cabeza sólo llegaba un menú, prepararía la pizza favorita de la familia, Pepperoni; la acompañaría con espagueti a los 3 quesos y claro haría una escala para comprar el ingrediente secreto, el letal veneno.

Al llegar a su casa acomodó todo muy bien, repasó la receta una y otra vez, no podía cometer errores. Odiaba que la masa se le pegara a las manos, pero en esta ocasión lo estaba disfrutando; amasaba y pensaba que sería libre. Pulverizó algunas pastillas en el procesador de alimentos, las rocío sobre la masa, la integró con cuidado, revolviendo con sus manos una y otra vez. Dejó la pequeña bola al sol para que se expandiera y después de golpearla sintió alivio, todo iba viento en popa.

Más tarde, estuvo listo el espagueti y la pizza para la última cena, se decía a sí misma que era cruel hacer esa analogía pero lo estaba gozando tremendamente. Acomodó la mesa con delicadeza: sus mejores cubiertos, su vajilla preferida, las copas más bellas donde serviría vino tinto, sería doloroso pero rápido. Poco a poco el rico olor de la cena fue llamado a los comensales, quienes uno a uno, como si no hubieran comido en años, devoraron la pizza, bebieron el vino, degustaron el espagueti y saborearon en su totalidad aquella letal comida, sin extrañarse ni reparar en la exquisitez con que Mariana había puesto aquella mesa. Al tiempo que brindaba por su familia comenzó una tormenta eléctrica, un rayo iluminaba ese tétrico escenario para después escucharse el fuerte retumbar de un trueno entremezclado con intensos lamentos. De pronto, todo se tornó oscuro…

Frustrada grité, “¡Ay, aaah, se fue la luz!” Cerré la laptop de mi marido. “En tiempos de pandemia, sin electricidad, sin 4G, sin señal de internet; no existimos. A descansar, mañana será otro día y ya tendré tiempo de leer qué le pasó a Mariana en ‘El Blog del Miedo’…”


¿Te gustó? ¡Comparte!