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Puebla, México, 7 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 8 minutos

Entre la última vez que me senté a escribir y ahora –en algunas noches del invierno que no besa la luna– hay una zanja enorme. Si cree en algo como el destino, es posible, quizá, que sus manos se hayan deslizado hasta este punto, que, en un paralelo posmoderno y muy pobre, la única forma de comprensión sea el desentendimiento de lo absurdamente claro. Y, quizá, esa distancia me ha servido para guardar la lectura de Media Montaña hasta ahora, que el entramado místico no me es tan ajeno como lo fue al comenzar la colección. O bien, en palabras más sencillas del autor: “El telar celestial del origen trabaja a su modo”.

Desde este punto tan enigmático del telar, en que no soy hilo, ni carrete, sino la polilla, es que vuelvo a escribir sobre un libro místico. Media Montaña de Wang Anshi, en su primera versión publicada por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, del año 2025, en la colección Epifanías. Lo acompaña una portada que simula ser una plancha de cuarzo verde –que, sospecho con mi poco conocimiento en rocas semipreciosas, debe ser algún tipo de jaspe–, interiores y decorados en verde –similar al Libro de Dios y los Húngarosque está en la colección, solo que, en comparación, es un verde mucho más claro y brillante–, y una distribución impecable de versos en cada página –el hecho de que los poemas en sí sean muy compactos puede influir en este aspecto.

Ahora, antes de empezar propiamente con el poemario, hay que dejar algunos detalles en claro sobre el libro: el primero de ellos es que el libro fue compuesto por un autor que yace en el otro extremo polar de la humanidad, lo que quiere decir que, tanto la concepción occidental de la mística como la tradición detrás de ella suele no corresponderse con claridad; segundo, debido a que se trata de un poemario compuesto cerca del siglo XI y en un país que para occidente fue ajeno hasta bien entrada la modernidad, es común encontrar que las versiones de este libro se vean alteradas por la traducción o selección de textos que se reconocen como parte de la obra de Wang Anshi, así que, como tal, al revisar y comentar una versión del libro, no se revisa el libro original, sino la versión que nos llega del texto, y en este caso, que es traducida –al inglés por David Hinton– y modificada por un editor –que en este caso corresponde a Ricardo Cázares–; y por último, y quizá una obviedad, resulta imposible comprender el contenido del texto sin conocer el contexto en el cuál fue escrito.

Las estaciones en Media Montaña

Es curioso el caso de Wang Anshi, a decir verdad, es un poco triste también, pues, lo primero que se dice de él es su calidad como estadista, como precursor del comunismo chino, el imperial consejero y canciller de una dinastía inmensa. Lo contrasta una biografía llena de arrebatos y exilios –a veces voluntarios– que dibujan a un hombre arrastrado, por todas las causas posibles, hasta su vejez. Elogiado por su desempeño en ciencias económicas pero descartado en su desempeño artístico. Nació en 1021 e inmiscuido desde joven en las administraciones locales de las provincias del imperio, es hasta 1058 cuando entra en contacto con el emperador para brindar su consejo respecto a los problemas del pueblo a su servicio. Sin embargo, no asumiría un puesto de poder hasta 1069 cuando es nombrado viceconsejero y posteriormente canciller.

Hacia los últimos años de su vida, en 1076, en conflicto con el resto de jerarcas en la ciudad imperial y con su hijo predilecto muerto, es enviado –por no decir, exiliado políticamente– a gobernar su ciudad natal, Jiangning, solo para renunciar al poco tiempo y retirarse a Banshan –nombre de una villa que se puede traducir como Media Montaña y que, naturalmente, da nombre al poemario– donde se dedicó de lleno al estudio de la teología budista y la reflexión, hasta su muerte en 1086.

La ilusión del propio

Occidente es muy cómodo para evaluar el misticismo pues, siglos de guerras, ocupaciones y procesos interminables de subyugación cultural, hicieron de este pedazo del mundo, uno muy homogéneo respecto a la idea de lo etéreo. En muchos casos, la lectura de un texto místico en occidente es acompañado por referentes muy específicos y hasta globales de un mismo signo, como la figura monoteísta de Dios, las características que lo rodean y que son contrarias, y hasta la forma de presentar una disonancia de esta comunión intertextual.

Oriente, por su parte, es un campo minado para explorar el concepto de lo místico. La variedad inmensa de teologías, lenguas y concepciones que rodean a un sólo referente, hace de la imagen etérea –de cualquier cosa–, una imagen abstracta y personal. El misticismo en oriente, a mi opinión, se trata de muchas vertientes que pueden confluir en algunas ocasiones, pero que en su mayoría, son brazos muy apartados e iteraciones complejizadas de un solo concepto; la existencia.

Media Montaña está escrito bajo la lente del budismo chan, quiere decir que, enfatiza la experiencia de la mente como una experiencia única de la humanidad mediante la meditación del entorno natural. Por lo que es sencillo explicar el por qué el poemario retoma con frecuencia imágenes naturales para establecer símiles entre el autor y su dimensión sensible. Y que, si bien, como lectores que se encuentran a siglos de distancia del material original, es sencillo identificar la enunciación del poemario, en muchas ocasiones, esta dimensión es interferida por una despersonalización intencional del autor respecto al objeto observado. Lo que le otorga esa sensación de unificación respecto a una experiencia personal, la base del budismo chan y que, por consiguiente, lo justifica como un poemario místico y no uno religioso.

Yo en exilio

El contenido del poemario en estructura es simple, puede ser debido a que se trata de una selección de textos y no el texto original propiamente. Poemas con pocos versos, métrica no definida y que se condensan en una línea retórica muy clara –que ya exploramos en el anterior apartado. Podemos atribuir esta característica de igual forma a que, como muchas lenguas en esa costa del Pacifico, su sistema de escritura es uno muy compacto, lo que da ese aspecto de escribir poco cuando realmente es una idea muy compleja de expresar en otros idiomas. Sin embargo, creo que la belleza del libro apunta, más bien, a la exploración de la línea retórica y enunciativa.

La mayoría de poemas encuentran su flexión verbal en la primera persona, a veces, directamente se emplea un pronombre personal para referir al interlocutor, pero siempre se le coloca como un espectador de un fenómeno natural. Digamos, por llamarlo de alguna forma, que es un Yo exiliado. Este paralelo haría pensar que este personaje, se trata del propio autor, que usa una voz poética para explicarse a sí mismo, que por ello comparten experiencias –como cuando menciona su encuentro con otras personas o lugares–, pero a veces este paralelo se encuentra consigo mismo, como en una especie de caleidoscopio de identidades. Como en el poema “Escrito en la Pared del Maestro Sombra del Lago” donde dice: “Las veredas con aleros de paja siempre están bien barridas, limpias, / sin moho. Con tus manos, los huertos en flor se plantaron solos”. Esa segunda persona en que se encuentran conjugadas las oraciones, se puede leer como ese Yo exiliado, que se encuentra a su sombra y habla con ella.

El poemario en gran parte es eso. Una conversación con un reflejo de otras cosas; del autor con una parte sí mismo, de la experiencia del autor con un aspecto de la vida, de la vida en contacto con un punto de vista… Media Montaña es un libro que permite su lectura desde la estructura de una analogía. Un objeto se relaciona con otro, como otro más a uno desconocido. La consideración que se debe tomar en cuenta es que, esa globalidad que ofrece lo ominoso de “lo desconocido”, es, precisamente, el nexo entre el lector y una dimensión mística.

Respecto a ello, es imposible ignorar las postales que ofrece Wang de lugares que, por capricho geográfico y temporal, parecen imposibles. Se nota un abandono del autor frente a estos espacios de reflexión, y la intención que tiene de usar estos espacios para establecer un símil con él o con el Yo exiliado. Incluso en poemas que nacen de una experiencia que no necesariamente requiere una despersonalización para lograr una globalidad, como en “Muerte de mi caballo”, el hecho desde el cual es escrito, es devorado por la atmósfera que lo impulsa a la empatía con el lector. “Amoroso, devoto a este viejo huésped entre el pino y el bambú, / pasó sus noches durmiendo bajo mi ventana al este, ¿cuántos años? / Un potro del establo celeste, se hizo dragón y ha partido. / Sólo me ha dejado un burrito renco para mi pobre vagar”. Con mucho más ahínco, en los poemas que necesariamente requieren de una enunciación personal, la atmósfera es quién dirige el discurso y la intención, como en “Reconociéndome”: “Frías riberas, el bambú se encorva y se mece. / Agua clara, las castañas boyan y se hinchan. / Los langostinos se inquietan, agitan sus bigotes / y los peces despiertan y sacuden sus aletas. / Dejo mi bastón y descanso, luego / alzo mi manto, cruzo el río / y de golpe me sé despreocupado, / una mariposa revoloteando en un sueño”.


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