Phoenix, Arizona, 15 de mayo de 2026 (Neotraba)

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A Don Ramón Becerra

En el vaporoso puerto jarocho (Veracruz) trepo a un destartalado autobús, guiado por su multifacético propietario, chofer, guía de turistas y hombre espectáculo, el tío Pepe, por todos conocido. Pujando, rasca el zócalo; sudando, trepa el puente y, en un torturado arrastre, llega a San Juan de Ulúa: cruel prisión, cámara de tortura, depósito de tesoros, antiguo punto de embarque y desembarco de navíos, aventureros, exiliados, jesuitas, oro y curiosidades de, y con rumbo a Nueva Orleans, Cuba, Canarias, Sevilla. El presidio abruma: las amuralladas paredes, la poca luz, la humedad y tres celdas, cielo, purgatorio e infierno, hacen temblar el corazón.

La jornada de retorno la sublima el tío Pepe con multitud de historias: cómo se le ha ganado terreno al mar, la política, las mujeres, la economía; recomienda sitios, da horarios, a todos saluda y despide.

Los refrigerios y la comida en el zócalo son interrumpidos por miles de vendedores y mendigos. Sobre la mesa encaraman caracoles en salsa de chile chipotle fresco, camarones, pulpo, ceviche; todo acompasado con las notas que la Negra arranca al arpa; las voces de un conjunto, de un trío, de norteños botudos y gorrudos y, desde luego, más jarochos.

Todavía me queda tiempo para disfrutar un mediocre lechero en el nuevo local del Gran Café de La Parroquia. Extraño un espresso que años atrás me sirvieron en el viejo y sublime local El Portal de la Parroquia. La humedad arrecia; para huir, tomo camino rumbo a la sierra, a Xalapa. De ahí, al suburbio Banderillas. Paso por La Joya, donde todas las casas ofertan queso añejo, de hebra, botanero, manchego (versión local, desde luego)… Sigo trepando hasta Las Vigas, el lugar del frío. Camino por calles empedradas, veo un letrero inútil, La persona que sea sorprendida haciendo sus necesidades fisiológicas en vía pública, será consignada a las autoridades.

Una casa abre sus puertas. Hay leña por todos lados. Un par de cerdos quizá ignoran su cruel destino navideño. Las ovejas en el corral, las gallinas sueltas, los perros echados, los niños corriendo: dulce provincia.

Entro a una cocina de humo, donde el fogón se atiza con leña o carbón, aquí abundantes. Hay estufa de gas, pero no se usa, como que no sabe igual la comida. Salen las tortillas hechas a mano, el chile preparado en el molcajete…

Pero el rancho ya no es lo mismo. Llegó la luz eléctrica, detrasito la radio, después la tele que, inoportuna, demanda atención, trunca la plática, imparte tonterías, aleja. Llegó la dizque agua potable, y de pronto perdieron toda importancia el ojo de agua, la noria, la tinaja y el jarrito. El reloj es más apreciado que el canto del gallo y el doblar de las campanas. Pero algunas cosas no cambian. Los perros siguen ladrando, los burros rebuznando y la gente que camina con parsimonia por la calle saluda, se detiene a platicar, se pone catrina los domingos, para ir a misa y al centro.

Subo hasta Hojas Anchas, también conocido como Los Cardos; unas tres casitas de madera y piso de tierra, sembradíos de papas, maíz, habas, yerbas de olor, quelites, nogales, manzanos nubarrones y preciados hongos que se importan, vía aérea, hasta Houston. Sale Petrita; rondan los tamales de haba, envueltos en hojas de milpa (la larga hoja de la planta del maíz), de una tinaja, la anfitriona saca un poco de pulque. Mientras disfruto el néctar del maguey, el viento mueve las hojas del saúco, es bueno pa’la tos.


Saúl Holguín Cuevas (Gral. Álvaro Obregón, Durango, 1952). Hijo de un campesino y de una maestra rural. Doctor en Letras por la Arizona State University. En su obra fusiona varios registros lingüísticos: ranchero, pachuco, inglés, español formal; voces náhuatl y chicanas, híbridas, inventadas y de uso popular. Novelas: BarrioztlánVerde y Murmullos de la barbarie, una distopía del desenchufe digital, el cine silente, la comida ambulante y la música acústica; cuentos: El tren Ensueños. Fotografía de Eduardo Barraza.


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