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Foto cortesía de Rosana Ricárdez.
Foto cortesía de Rosana Ricárdez.

I

Aunque el daño estaba hecho

Tomé mis manos y las enjugué

Intenté

lavar,

perfumar,

desaparecer

la catástrofe

Ese ungüento nada hizo

ni los cabellos escaparon al dolor

 

Después conocí hombre

las manchas no desaparecieron

 

Sólo después de esa muerte me atreví,

el desnudo consumado era

 

¡Menudo epígrafe! Nada de eso infestó mi mente. Difícil era ya concentrarse como para que el escritor intentara animarme a la lectura con eso.

 

“…pensar también el honor y la vergüenza de pertenecer a un país y una ley que ha ejercido sin límite la bestialidad animal, que también es humana.”

 

Que se deje de tonterías, nada de esto nos llevará a algo… A él sólo lo hundió en la oscuridad.

Me parece que… Y si…

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Teléfono 

Esta es la historia de una chica que habla por teléfono con su novio. Ella vive en otra ciudad, al otro lado del mundo y se comunica esporádicamente con él. Esa mañana, abrumada, decide andar en bicicleta, lo necesita. Lo único que lleva encima es el teléfono celular (ni identificación ni permiso de residencia) porque siempre espera la llamada. Pocas veces llega. Nunca cuando hace ejercicio. Esa mañana, a las 6:30, cuando en México son las 23:30, suena el teléfono, intenta contestar, un autobús la embiste. Muere. Extranjera, no lleva nada, nadie sabe. ¿Quién se inmuta? Investigaciones en la Prefectura, en los hospitales, en la comisaría, un solo vínculo, el teléfono: ni una llamada, ni un contacto, ni un nombre. No existe. Ni ella ni aquél.

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