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Puebla, México, 11 de marzo de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 7 minutos

El profundo sueño de la máquina,

deseando la miseria que experimenta la carne:

Dabu & Simon Swerwer | Vile Force of Darkness

Dentro de la forma en que nos contamos la historia de la humanidad es común tener regresiones, y desprender de esas regresiones, un rubro de comparación entre una cosa y otra. Producto de la profunda nostalgia del ser humano sobre sí mismo, supongo. Invariablemente, estas regresiones suelen relacionarse con dimensiones bélicas. La naturaleza de esto no la sé, me resisto a achacar este vicio a la ontología humana. Pero, puede ser que nuestra necesidad de ensalzar la violencia, el acto de coordinación que exige una guerra, esté relacionada con el trauma. Las regresiones que tenemos como humanidad para ejemplificar un acto violento no son menos reales, de quién sufre regresiones similares a causa del estrés postraumático, ni son menos detalladas las crónicas que asemejan la crueldad actual con la de hace siglos. La crueldad humana es sincrónica, y así la peste que trae consigo.

El pasado domingo 22 de febrero de 2026, se dio lugar a uno de los eventos más catastróficos de la historia reciente en el país. Aunque la actual administración lo celebre como una victoria absoluta. Aunque un soldado tenga que decir algo así con un nudo en la garganta. Aunque un día después, medio país se quedase en casa por miedo a la calle, y la otra mitad esperando lo mejor. La captura de un capo, innegablemente es un avance, pero, hacia qué, es la contraparte de fumigar con Napalm.

La discusión no debería centrarse en el efecto de la captura. Porque, en primer lugar, no debería tener un efecto en la población. Más bien, la conversación tendría que girar en el por qué un grupo criminal dispone de tanta presencia, que se puede dar el lujo de paralizar el país de tal forma. Qué corre en este país, sino sangre, para que exista un reconocimiento palpable de la autoridad del narco en México. Más allá de adjudicar responsabilidades a la primera oportunidad, para echarle la bolita a alguien más, o para colgarse una medallita de latón, la conversación no debería salirse por una tangente, sobre quién lo hizo, para qué lo hizo, si debieron hacerlo, si estaba pactado, si no. Y, en un mortal hacia atrás, digno de una medalla olímpica, este tipo de cosas dejan un regusto similar en la historia. Como un dejà vu.

No sé qué tiene la distancia que juega a ser ominosa comprensión del mundo antiguo, ni que tan profana es la lectura de alguien que no sabe del filo del bronce, pero algo nos llama como occidentales a los Balcanes. Es probable que, como humanidad occidental, hayamos dedicado más tiempo a indagar sobre las sociedades griegas y macedónicas que de cualquier otra etnia cultural. Tampoco es una sorpresa. Los imperios suelen dedicar mucho tiempo a la propaganda para hacer que la óptica del dominado hacia el poder, sea la de un hijo que vuelve al padre. Y como tal, así ha funcionado la historiografía de occidente. La diferencia con otros imperios que pudieran ocupar su lugar, incluidos los romanos, es que Grecia llegó antes, con la precisión de un martillo, a la idea de la semilla occidental. Aquí, después de todo, nacieron los conceptos que, se dice, rigen los principios de participación civil, el reconocimiento de una identidad y la legitimidad de la fuerza. Y aunque todo eso, sea cierto, pero debe estar acompañado de interminables notas al pie, o bien, sean verdades parciales, no importa, porque la visión de propaganda no requiere de una imagen exacta. Y entre eso, se discierne la imagen de los grandes conquistadores. Los grandes generales. Los magnos.

Alejandro II de Macedonia, un psicótico nutrido por el odio al dominio oriental, es un claro ejemplo de cómo es que sucede algo así: una imagen difusa es enaltecida en favor de un mensaje de propaganda. Porque, apartándose del espíritu heroico y casi mesiánico de su figura, las batallas persas, ese inmenso rastro de sangre del Gránico a la Roca Sogdiana, Alejandro II de Macedonia pudo haber sido cualquiera educado como él, en la guerra como un hábito, que tuvo a su disposición la técnica y experiencia de cientos que, como él, construyeron su poder en el cadáver de otro. Si estuviéramos en el lugar de los conquistados, en las grandes ciudades de granito y jardines colgantes, Alejandro II era alguien que nunca habríamos de conocer, pero del que sabríamos de él, ni la grandeza de su ejército, ni la pericia militar en el campo de batalla, sino su afán por derramar sangre para justificar su grandeza. De su obsesión por perseguir una corona sin valor al confín de la tierra, y la crueldad con qué cabalgaba a Bucéfalo a pesar del deseo de sus tropas por volver a casa. En otras palabras, en el hipotético de haber sido un persa en tiempos de Alejandro, el conquistador hubiera tenido tanta grandeza como la tiene un narco[1].

Es terrible pensar en el narco como una fuerza que excede al estado. Pero es que la realidad no ayuda. Si me dedicara a algo así, pensaría que esta es una nueva concepción de una nación-estado, en que un nuevo feudalismo del narco se alza como una forma de organización, en colaboración con el sistema burocrático que permite su acción sobre los subordinados. Es el narco, claramente, una enfermedad que se ha adherido a la vida cotidiana del país, y que, por ello, nos es más sencillo pensar en una forma de evitar pensarlo, que afrontarlo como algo real.

En la misma regresión: ¿se imaginan? qué fue de las personas en Babilonia cuando vieron entrar un ejército a la ciudad, instalarse donde les fue plácido y algunos dijeron que estos, los hombres que claramente cargaban pendones helenos, eran mercenarios contratados por Persia para acabar con la amenaza de Alejandro Magno. Bueno, algo así sucedió con la comunicación de grandes instituciones para con sus afiliados. Quizá, y esto lo pienso esperando lo mejor de los mencionados, lo hicieron por una indicación general, o porque así pensaron que no alteraría, aún más, el ánimo y percepción de la gente, y la forma que hallaron para evitar mencionar la evidente crisis de violencia, fue la entrada de un frente frío. Pero en el peor de los casos, este mensaje fue sólo una forma de evitar el conflicto. Reconocer que la situación de violencia, en primer lugar, existe, y que lo hace de tal forma que le es imposible al estado garantizar la seguridad de los ciudadanos, es fijar una postura respecto a quién, incluso rebasados por la situación, siguen representando una autoridad: fallaste, y por eso no podemos tener actividades normales.

Cosas así magnifican la imagen del narco. Cosas así, hacen sentir a la población de México, como ciudadanos de Babilonia, viendo cómo todo se quema en manos de unos cuántos, que combaten con otros tantos. Creo que si algo puede explicar esto es la poesía. No hace mucho, al momento de redactar esta columna, con mis alumnos leímos un poema de José Emilio Pacheco. “Apocalipsis por televisión”. Y con toda la intención de piratear este bellísimo poema, lo transcribo a continuación:

Trompetas del fin del mundo
interrumpidas
para dar paso a un comercial.

[1] La pluma de Juan Rivas ya habló del contenido que genera el narco, aquí: https://neotraba.com/ficciones-insostenibles/

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