Ciudad de México, 1 de noviembre de 2026 (Neotraba)

Insensatos lectores: hace unos momentos tuve, del verbo tenía pero me apendejé, una hora en la tienda casi libre para poder escribir.

Por extraño que parezca no había marchantes. Así que, sintiéndome Dostoievski antes de escribir Crimen y castigo, tomé mi computadora, la encendí, abrí el Word y me quedé hecho un pendejo mirando la pantalla.

Hacía mucho tiempo que no me sucedía, pero tuve un bloqueo. Todo lo que tenía en mente para escribir se desvanecía cuando veía el teclado.

De repente tuve una idea genial, estaba por redactarla cuando empecé a escuchar algunos gritos, y en ese instante levanté la vista y observé a las clientas más intensas que se puedan imaginar.

Debo decirles que conseguí un ofertón de chamarras. Tuve la brillante idea de ponerlas en 100 pechereques y de un momento a otro, dos ñoras ya se estaban dando en su madre por una chamarra negra talla XL.

Hagan de cuenta que sentí que era domingo y estaba en la Arena Coliseo. Una le aplicó la huracarrana a la otra, mientras tanto la agredida trató de defenderse con una tomoe nage invertida. Hubo pierrotazos, madrazos, putazos, jalones de pelo y una que otra mordida.

Al final ganaron las rudas. Una niña y su mamá le pusieron en su madre a una ñora que venía sola. Todo ocurrió tan rápido que sólo tuve tiempo para contemplar el espectáculo en primera fila.

Poco faltó para que la señora que perdió se subiera al mostrador y se aventara desde la tercera cuerda. La verdad es que tuve que intervenir. Me sentí referí por 5 minutos. Pero no tuve otro remedio que separarlas.

No sé si la perdedora exigirá la revancha ante el comité de prendas de vestir y lucha libre. Ya les contaré qué sucede.

Por lo pronto la pelea entre Márquez y Pacquiao se quedó pendeja. Acá la niña parecía Kemonito y su mamá la legendaria Martha Villalobos.

Por otra parte, y desde mi punto de vista, existen dos tipos de clientas: las que nunca saben qué es lo que quieren y las que están perdidas.

Las primeras son aquellas que llegan preguntando por “algo”, pero cuando les enseñas ese “algo”, resulta que no les gusta el color, ni la tela, ni el modelo, ni el precio. Siguen buscando alguna otra prenda y tampoco se convencen con nada.

Después de 40 minutos toman sus cosas, abandonan la tienda y se les ocurre regresar justo cuando ya estamos cerrando. Siempre dicen lo mismo: “me perdí, no daba con la calle”. Muchas veces me veo obligado a cerrar la cortina para poder concluir las labores del día. Algunas personas siguen en el negocio y no se quieren ir.

Terminan furiosas porque las apuramos y lo más absurdo es que se llevan la primera prenda que habían visto desde la mañana.

Algunas ocasiones pienso que ciertos clientes no vienen a comprar ropa, en realidad están buscando una experiencia o, en el peor de los casos, simplemente están buscando con quien descargar sus frustraciones. Quizás sólo alguien a quien le puedan poner en su madre.

El problema consiste en que el que se las tiene que fumar es su humilde y austera napkin.

En cuanto al segundo grupo de clientas puedo decirles que son más peligrosas.

Estas son las que no saben qué quieren, pero tienen la extraordinaria capacidad de hacerte perder el tiempo.

Llegan con cara de angustia y dicen necesitar algo, aunque no tienen la menor idea de qué. Para ser franco ya ni siquiera me estreso, simplemente les pido que pasen y que escojan lo que quieran. Aun así son persistentes y siempre tienen su pliego petitorio muy a la mano.

Quizás trabajaron en la CNTE y ya saben su negocio:

A) Insisten en que les dé cualquier prenda en $100 pechereques. Tengo muchas ofertas, pero favor de no mamar. No todo cuesta 100.

B) Siempre quieren cualquier suéter, pantalón o chamarra en negro. Es el primero tono que se acaba. Por más que le busco en la calle nunca veo a tanta gente vestida de negro. Me pregunto si todos mis clientes trabajan en una funeraria.

C) No acepto tarjeta de crédito, pues las comisiones del banco son un asalto a mano armada. Te apendejas tantito y esos roedores ganan más sin hacer gran cosa. Aun así, la gente insiste con pagar con su tarjeta.

D) Quieren que les dé todo en la mano y tienen las cosas que buscan enfrente de las narices.

E) Estén flaquitas, altas, güeras, chaparras o como sea que sea, siempre quieren talla XL. No entiendo la razón.

F) Todas las anteriores.

A pesar de esto y de algunas otras cosas, no me quejo. De vez en vez llego a conocer gente linda y agradable.

Y debo decir que es una bendición tener tanto trabajo. En temas económicos he pasado unas rachitas que a veces llegué a pensar que Diosito se estaba ensañando y se buscó a su guerrero más pendejo para hacer la chamba. Por fortuna se apiadó de mí y me dejó trabajar tranquilo.

Siempre he pensado que este país es un verdadero carnaval y la tienda en la que trabajo no podía ser la excepción.

Me han dejado bolsas encargadas y ya no regresan por ellas. Olvidan lentes, paraguas, decoraciones para casa, cortinas de baño, celulares y hasta monederos con chingos de dinero.

El otro día me encargaron a un viejito. Lo dejaron sentadito en una silla que tengo a la entrada de la tienda. Pensé que no sabría bien qué hacerle si llegaban a olvidarlo. Por fortuna regresaron por él.

En fin, que ya me voy. Se me antojó un chocolate caliente con un pan de muerto relleno de nata.

Se me portan bien, no quiero quejas.

Cualquier duda o sugerencia con esta columna que quiere ver la lucha libre en primera fila, favor de mandarnos sus comentarios, guerrera damita, combativo caballero.


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