J’attends les Cosaques et le Saint-Esprit
La poesía mística trasciende la religión para explorar lo inexplicable de la experiencia humana y tender puentes entre culturas a través de sus símbolos y creencias por Juan Jesús Jiménez

La poesía mística trasciende la religión para explorar lo inexplicable de la experiencia humana y tender puentes entre culturas a través de sus símbolos y creencias por Juan Jesús Jiménez

Por Juan Jesús Jiménez
Puebla, México, 27 de octubre de 2026 (Neotraba)
En una partida del Dwarf Fortress me tocó un habitante que era un escriba a la par de un sacerdote y terminó escribiendo un tratado sobre cómo hablar con Dios. Me parece asombroso lo que podemos programar como parte de la ficción: Dabu & Simon Swerwer | Myth & Magic (Lyric Video)
Hace aproximadamente un año y algunos meses, aterricé en una ínsula extraña para la sensibilidad urbana. De la misma forma en la que son llamados los semidioses, mi primer contacto con la poesía mística fue similar al de un accidente; en algún punto de mi tratamiento con antidepresivos, otro lugar extraño en el que no me reconozco más allá del testimonio de otros, metaÓscar se puso en contacto conmigo para reseñar una serie de libros[1], reseñas que estarán ancladas por el metaJuan que revisa en paralelo las cosas que escribimos.
El punto es que, de esa tarde en la que vagamente puedo recordar algunos detalles, recuerdo la sensación de volver, por primera vez en mucho tiempo, a habitar mi cuerpo y experimentar, con mucho más detalle que antes, la materialidad de mi pensamiento. Hasta ahora, mucho tiempo después de haber chocado con los espigones de metal y las montañas de China, no había pensado en alguna razón detrás de mi conexión con el fenómeno que persigue la mística. Pero antes de hablar de eso, vale la pena definir algunos detalles que, a pocos meses de defender una tesis al respecto, resultan indispensables para comprender algo inmaterial.
Lo primero es situar a la mística como un concepto que puede perseguir cualquier disciplina del conocimiento puesto que, como cualquier tipo de estudio, nace de la percepción humana sobre el universo.
Aunque yo, como una persona que ha dedicado mucho tiempo a la vejez sintética, hablo del concepto místico dentro de sus barreras poéticas: nace de un fenómeno inmaterial que, si bien puede ser abordado desde la corporalidad y otros signos para establecer un símil, es descrito desde la inmaterialidad de la palabra sin tratar de explicarlo. Esto significa que, la mística, en pocas palabras, es un brazo de la poesía que se dedica a describir experiencias que parecen ser incontenibles para nuestra razón material y perecedera.
No es sorpresa, entonces, saber que la mística se cierne a temas de la ontología que, por su manifestación en la experiencia humana, son los más importantes e inquietantes: la muerte, la divinidad, la inmortalidad, la permanencia y la memoria, son los temas que, considero, conforman el canon de los temas de la mística por excelencia. Así que resulta obvia la relación entre la mística y la fe, o la mística y la religión que deriva en la fe. El asunto del matrimonio del alma con lo inmaterial, como metáfora y figura, también es algo a considerar. Si bien, no es un rasgo que sea indispensable para concebir a la mística, pues poéticas desprendidas del sufí o el hinduismo[2] prescinden de ello, es un punto en común desde el cual, la mística en occidente, se construye la relación entre la corporalidad y el ajeno. Además, porque, en una regresión a una sesión de terapia en la que hablé sobre mi postura sobre el matrimonio, y las relaciones en general, ningún ser humano puede escapar del conflicto paterno y eso incluye, claro, nuestro lugar en medio de una relación que no iniciamos, ni escogemos.
La idea del matrimonio ideal, más allá del alma se encuentra con el ser amado, es una figura que sirve para conflictuar al lector respecto a la manifestación mística en lo cotidiano, quizá, incluso, una rama mística que no ha sido explorada –del todo– aún: ¿Qué sucede cuando este matrimonio falla? ¿Qué sucede cuando esta institución ideal está arraigada al despojo o la violencia?
Ahora sí puedo plantear la idea que me ancló al escritorio en primer lugar: la mística como el texto ontológico por excelencia. Dicho así suena como título de ponencia, quizá en algún momento lo sea, lo importante es que la mística, apartada o incluida de su relación religiosa, es una ventana inmensa a la exploración del ser humano mediante la relación con el ser ideal y, por todas las connotaciones humanas que emplea para explicarse, es una manifestación que escapa al mundo posmoderno y capitalista: el cuerpo que no pertenece y la experiencia que no es transferible. Creo que extirpar la mística de su imagen abstracta e inalcanzable podría ser una ruta de exploración del ser humano desde algo que no puede ser humano. Ya llegaré a eso, hay que ir por partes.

La primera reseña que hice fue sobre el libro que, por fortuna, desgracia y hasta obsesión, terminó por convertirse en el objeto de estudio en mi tesis: Crawl y Hospital Británico de Héctor Viel. Por lo que no es extraño que terminase intoxicado de un montón de información respecto a las líneas tangentes de esos dos poemarios, y entre la basta colección de notas al pie que podría agregar, el elemento al que más tiempo he dedicado para investigar, comprender e interpretar, ha sido la pintura de los Cosacos de Zaporozhia redactando un manifiesto. En resumen: la pintura representa a un grupo de Cosacos que han vencido a una parte del ejército del Sultán Mehmed II y que, después de recibir una carta del gobernante solicitando su rendición y adopción del islam, redactan una carta en la que insultan a los invasores para rechazar su oferta. Lo más interesante de toda la pintura, además de un grado técnico que me parece increíble, es la connotación que tiene la pintura para la literatura posterior.
Viel Temperley, un sujeto muy hermético por decir lo menos, probablemente se topó con esta pintura debido a su interés y cercanía con la tradición religiosa que, por poner un ejemplo, lo llevaría a internarse en un convento en la ciudad de Buenos Aires durante algunos años. Es probable que durante esa estancia hubiera conocido a un autor francés que fue célebre a principios del siglo XX en Europa por sus ensayos y notas de carácter teológico. León Bloy, otro sujeto igual de hermético y que, al igual que su homólogo argentino, era muy cercano a la tradición religiosa, quizá llegó a la pintura por el revuelo que Ilya Repin causó a finales del siglo XIX con sus pinturas en Rusia y Europa del Este. La crítica especializada relaciona el trabajo de Ilya con el creciente rechazo a los zares que llevaría a las revoluciones soviéticas, lo que explica los objetos de representación en la obra del artista: íconos de la Rusia imperial siendo apartadas de su aura impoluta, como la de Iván el Terrible en arrepentimiento por haber asesinado a su hijo, o esta escena en la que algunos Cosacos deciden la suerte de todos sus compañeros al redactarle una respuesta al Sultán, pero no para defender al Zar –esto tiene que ver con la identidad del Cosaco por sí misma, un pueblo que fue conquistado por el Imperio Ruso pero que nunca formó un sentido nacional con el resto de pueblos adheridos a Moscú– sino por defender su identidad religiosa –nuevamente, es un asunto de identidad cultural, siendo la mayoría de Cosacos del siglo XVII cristianos ortodoxos.
Este espíritu de rechazo al imperio y fraternidad religiosa la recupera Bloy en uno de sus diarios durante la Primera Guerra Mundial en el que escribe sobre las razones que motivan a los pueblos a la resistencia, siendo uno de ellos la fe y la unidad en la fe, ensayo que concluye con la frase que da título a esta columna: J’attends les Cosaques et le Saint-Esprit, “esperamos a los Cosacos y al Espíritu Santo”. Pese a la obvia referencia religiosa, la frase puede ser entendida como una de resistencia en la comunidad, en este caso, de aquellos que comparten una religión. Héctor Viel, este maldito privado de la quietud, retoma esta frase para expresar una situación catastrófica y desesperanzadora: la incertidumbre de la respuesta a lo que sea que impulsa al ser humano a esperar una respuesta divina. Una especie de horror cósmico sin un intermediario transdimensional o indescriptible.
Este ejercicio subtextual –cosa de la que me considero un fanático de hacer– es una pequeña demostración del límite al que puede llevarse la mística en su rastreo tradicional. Porque, la mística, al estar tan arraigada en la mención de referentes ya existentes y desarrollados para la construcción de un paradigma propio, está obligada a conocer la tradición previa a la mención para decidir si incluir un elemento específico es digno de ser incluido o no. Y eso, inevitablemente, lleva al lector que realiza este rastreo o al autor que planifica una mención al contacto con lecturas distintas del mismo objeto. Expande el horizonte semántico que puede tener una obra de una forma orgánica y alimentada por la curiosidad del lector que toma la decisión de explicar lo que lee. Y sí, esto mismo se puede emplear para cualquier texto que emplee referencias cruzadas o que permita una lectura subtextual, pero al asumirlo como un rasgo propio de la mística y no de cualquier tradición literaria, podemos aludir a otra parte igual de importante: el objeto de la mística.

Como un ser humano que ha nacido y está sujeto a la occidentalidad, la respuesta a “sobre qué habla la mística” podría parecer obvia: Dios. Pero sucede que todo el mundo no cabe en un hemisferio arbitrario y ni siquiera en un mismo lado de los meridianos es homogénea la idea de un ser supremo, o de un ser, así, a secas. Y esto lleva a otra de las razones por las que considero que la mística puede ser usada como una herramienta para comprender a la humanidad que concibe al mundo: qué dioses sacrificamos en el templo de la humanidad.
Hay una pintura que me gusta mucho respecto al tema de la dicotomía del bien y el mal: Pandemonium de John Martin. En sí es la representación de un concepto planteado por John Milton en una serie de libros que exploran el mito bíblico de la expulsión de los ángeles después de revelarse contra Dios. Si hacemos el rastreo subtextual de esta pintura podríamos no terminar, así que obviaremos ese ejercicio, pues ya he demostrado ese punto, y pasaremos a la siguiente parte de mi argumento: si es que admiten algo así, ¿cómo sería el Pandemonio de otras religiones? Pensemos en la mística sufí, por ejemplo, que no admite la idea de una eternidad recompensada o castigada por nuestras acciones en la tierra, asemejar un Pandemonio Sufí no podría ser posible tal y como lo representa Martin, pues no hay un espacio destinado al castigo como si lo existe en el cristianismo, sin embargo, habría que definir el concepto de un Pandemonio para decidir cómo usar el término de forma global y despojarlo de su carga subtextual, al menos momentáneamente.
Si la idea del Pandemonio es concentrar en su interior a todos los males que aquejan a la humanidad y que, por tanto, son la manifestación de una enemistad con una voluntad superior, quizá podemos acercarnos a ello desde cualquier tipo de teología, sea que admita un lugar de castigo o no, como lo es el caso del sufí y el cristianismo. Y entonces, el Pandemonio se desprende de su exclusividad teológica para convertirse en una figura que cualquiera puede entender desde su cualidad humana, y un poeta sufí podría decir algo como: me encuentro en el Pandemonio de mis actos.
Este acto de transformar un símbolo religioso en un ícono de diálogo cultural es algo que, tal y como el punto anterior, depende de la participación del lector en la interpretación de un texto, solo que aquí, la mística puede funcionar como un puente entre diversas manifestaciones teológicas para explicar una sola cosa: al ser humano y su naturaleza. La mística, después de todo, pretende expresar un fenómeno inexplicable desde ese mismo fenómeno. En otras palabras: al usar a la mística como un diccionario autorreferencial de mitologías y cosmogonías, podemos ampliar nuestro entendimiento de otros seres humanos desde su sentir. Asemejarnos al otro al desconocer nuestro reflejo en el espejo.
Esto último nos lleva a la pregunta principal de toda la columna: para qué habla de esto la mística. Que lo responda yo sería una cosa terrible. Yo no tengo más mérito en esto más que tener un lapso obsesivo con el tema. Héctor Viel, este ermitaño azul y rodeado de vidrio verde, sin embargo, tiene una entrevista –de las únicas dos que concedió– en la que dice una cosa que me parece muy apropiada para describir el propósito –o algo similar– de la mística: evadirse de lo excesivamente claro. Lo que quiere decir esto –en mí opinión– es que la poesía mística trata de expresar un evento que solo le puede pertenecer al ser humano, y que para ello, decide emplear un contacto con el subtexto adherido a lo que una persona puede reconocer como algo similar a Dios.
De esta relación entre las cosas inmateriales es que nace esta figura del matrimonio del alma con Dios que mencioné al principio, por ejemplo. Pero es porque ningún otro ser puede concebir algo que lo excede, no hay criatura no humana que pueda evadir su realidad al reconocer una otredad que no pertenece a la misma naturaleza del observador. Aunque esto también supone un problema.
El hecho de reconocer que hay algo que excede al ser humano –al menos en su sentir– limita mucho la forma en que podemos referirnos a ello. Similar a lo que le sucede a Orfeo con Eurídice: uno no puede hablar con lo que no puede ver. Por lo que para sortear esta dificultad es que recurrimos a las condiciones subtextuales y simbólicas que ya mencioné. El problema surge al pensar en esto como un objeto global: cuánta gente tiene acceso a hacer una revisión completa de una tradición propia o ajena, cuántas personas escriben poesía desde el estudio profundo de una manifestación ontológica, cuánta poesía dejaremos morir en el vientre de la realidad por no mirar más allá de la poesía de escritorio.
Pensando en eso, puedo admitir las razones por las cuáles la gente no toma en cuenta siquiera a la mística como una corriente de la literatura que sea importante en el estudio general, pero al menos, desde mi privilegio por poder hacer poesía de escritorio, permite conocer el mundo desde una rendija mientras espero a los Cosacos.
Vista desde el Diván
Democratizar esta vida, de eso se trata. Aquí lo que veo de los vecinos en Neotraba:
No sólo compro y luego existo. Una lectura de Guadalupe Loaeza ? Neotraba La inhóspita CDMX nos ha traído una inquilina más: Verónica Edith González Cantú escribe sobre “Debo, luego sufro”, novela de Guadalupe Loaeza con la que ahora estoy intrigado. Las cosas del crédito y las deudas son una pandemia de ludopatía en este mundo posmo.
Una ventana inmensa: Armida de la Vara ? Neotraba Manuel Parra Aguilar nunca decepciona con su sección. Me declaro fan de la selección que nos trae Una Ventana Inmensa, esta semana le tocó desfilar por este páramo a Armida de la Vara. Mi favorito personal: “¿Qué habrá más allá?”
Querida Ayelín ? Neotraba Fabiola Arellano nos trae una crónica/testimonio de una realidad muy dura en nuestro país. He de admitir que después de ver esta entrada en Neotraba, tuve que tomarme un respiro del escritorio por lo fuerte que es pensar en este tipo de cosas. A ti no te mataron Ayelín.
[1] Las reseñas se encuentran desde julio de 2025 hasta enero de 2026 –sí, fue una temporada larga: Pensamientos de Diván ? Neotraba
[2] Sigo en una cruzada por el estudio de esta cosmogonía y religión, quizá en otro momento vuelva a hablar sobre ello con más información
