Ciudad de México, 28 de octubre de 2026 (Neotraba)

Estoy sumergida en el agua; me siento sometida a la calma, todo sucede bajo el tibio líquido. Despierto súbitamente por un sonido fuerte y seco, como el del golpe del dorso de una mano contra la piel del yembé. Ahora estoy sentada en la cama, despierta, desnuda, seca; el agua que me envolvía ha desaparecido con su calma, ahora sólo me abraza un revoltijo de cobijas. El sonido de unos tambores con un ritmo contagioso y constante suenan como si un grupo de músicos se hubieran metido en mi habitación. Una voz sin rostro me dice al oído: “Ya sal de mi mente, que te quiero ver. Ya van varios días enfermo de ti, dale, ven, cúrame. Cuéntame, ¿qué ha sido de ti? Extráñame, te extraño a ti…” Un escalofrío recorre mi cuerpo de pies a cabeza. Esa voz sin dueño en realidad se escucha como si fuera un coro de creyentes rezando a coro en una iglesia… como si mi cama fuera mi ataúd y esas voces oraran a mi alrededor en una misa de cuerpo presente. Aterrada, vacío al piso el vaso de agua junto a mi cama y digo en voz alta: “reniego la visita de cualquier ánima, espíritu y errante”. De nada sirve. Las voces no se callan: “No puedo si tú no estás cerca de mí. Me va a matar estar sin ti” Un llanto incontrolable se desborda de mis ojos, un dolor profundo e intenso que no me pertenece entorpece mi respiración. Hace años que no lloraba con tanta tristeza. Los tambores y las voces siguen sonando. Aprieto mis sienes con ambas manos, la meto entre mis rodillas, cierro con fuerza mis ojos, intento así no escuchar más.

En una especie de viaje astral lo veo claramente en su espacio, que en un tiempo fue nuestro. Ahí está el hombrecito, lo veo sentado, lleno de ira, reargumentando incansablemente sus motivos para dejarme; aplaudiendo sus razones; dándose a sí mismo palmaditas de aprobación. Ahí está, en la madrugada, haciendo una fuerte armadura de carne y músculo para que nadie entre y para que ni siquiera su propio dolor pueda salir. Está enojado por la incomprensión del mundo entero, por las negativas de sus amores inconclusos, llenándose de citas que nunca suceden, entretenido con amantes que no lo aman. Veo que decide al fin sincerarse un poco con el mismo. Una canción popular, que suena en todos lados, le abre el pecho y al fin acepta que quiere ver a la malagradecida, que extraña a la loca, que quiere de vuelta a la narcisista. Me da lástima. Los tambores no paran de sonar, es una canción muy pegajosa. El coro me parece un mantra, una oración, un amarre, porque lo es. Es un embrujo donde él exige: “Ya sal de mi mente. Extráñame” Está enfermo de tanto tener la razón, furioso de que la vida sea injusta con él y le impida la felicidad total y a mí me tenga sin recibir el castigo que merezco. Enuncia sus deseos más profundos: que vuelva para decirle que no, que vuelva a aceptar que siempre tuve la razón, que vuelva a pedirme perdón, pero que vuelva.

Termino ese viaje astral y de vuelta en mi cuerpo lo siento cansado de tanto llorar, harto de sentir. Entonces arranco con toda mi fuerza esa yerba dentro de mí. Ese hombre se sembró en mí; sembró su semilla en mí, la alimenté con mis fluidos, la iluminé con mi luz, la protegí con mi calor. Sin deseos de convertirme en una quieta y entregada piedra que no vive, como Isabel en Recuerdos del porvenir, te arranco desde la raíz. Reniego ser tu Santa de Gamboa con los senos que te parecían palomas hechas bola, suaves y calientitas, con sus piquitos-pezones sobresaliendo. Te suelto y te dejo tu dolor que no me pertenece. Se callan lo tambores, empieza a sonar un güiro de madera, su ritmo es constante, una voz femenina, etérea y fantasmal canta suavemente: “Si piensas que recuerdo el primer día que te vi, estás equivocado. Eso ya no es así. Ya no brillo por ti. Brillo por el cielo y lo hago por mí, lo hago por mi madre y por el verde campo.” Caigo de nuevo en un sueño profundo. Ahora soy un canario con las alas abiertas volando en un cielo azul infinito, ya no hay agua, ya no hay jaula.

Él se levanta al fin de esa silla, camina el largo pasillo hasta su habitación, se acuesta a dormir y se tapa con esas cobijas llenas de recuerdos, sueña con una voz diciendo en su oído: “Brillo por el cielo y lo hago por mí. Tú siempre serás así. Nunca cambiarás. No hay problema porque yo siempre seré canario. Siempre seré la luna que atraviesa la niebla, que atraviesa como fuelle a la cabeza y que disipa la niebla. Te esfumé”. Ahora los coros rodean su cama, ¡música, maestro!


¿Te gustó? ¡Comparte!