Puebla, México, 28 de octubre de 2026 (Neotraba)

Cuando uno es adolescente y decide que le gusta la escritura, se enfrenta a los desafíos convencionales; el principal, su propia incompetencia para plasmar en letras manuscritas o digitales sus pensamientos. Hacer un párrafo legible está muy lejos de lograr un buen cuento o una novela. Superado apenas ese primer obstáculo, sale uno de la universidad y tiene que empezar a trabajar. El problema ahora es la falta de tiempo para seguir desarrollando el oficio. Porque si ha tenido la necesidad de trabajar desde antes, tristemente es poco probable que haya podido dedicarse siquiera a pensar en escribir.

Escribir literatura sale caro. Los gringos, que a todo le ponen precio, usan la frase “time is money”. Y si algo requiere la escritura es tiempo. Autores que nacieron con la vida resuelta y pasan sin mayor problema ocho horas diarias sentados escribiendo, son contraejemplos inútiles. Quererse medir con ellos es absurdo, como lo sería aspirar a volverse multimillonario gracias al bestseller motivacional de algún magnate. Los escritores norteamericanos fomentaron durante finales del siglo XIX y casi todo el XX la maravillosa costumbre de pagar por palabra a los autores que publicaban en revistas literarias. Hoy día, para la mayoría de los autores, contar con alguna forma de remuneración directa por parte de un organismo editorial es, cuando no imposible, algo bastante inusual.

Tiene sentido que, al diversificarse los medios de comunicación masiva y entretenimiento, la producción artística se precarice. Hoy más que nunca el que escribe literatura o dibuja cómics o hace música independiente busca, en esencia, la expresión. A veces se busca también el reconocimiento, un halo de misticismo intangible, tan ridículo pero satisfactorio como el prestigio. Cuando uno quiere crear puede vivir en paz siendo pobre o dedicando su vida a trabajos cualquiera que le permitan existir, con tal de dedicarle esos escuálidos ratos del día a la creación. Para facilitar esto conviene, además de no enfermarse nunca, no tener hijos, decisión que los baby boomers catalogan de egoísta, sin reparar en que su propia generación es apodada como la “Generación Yo” por desplumar a la gallina de los huevos de oro.

Hay escritores médicos, ingenieros y hasta carniceros, sí. Pero para escribir se necesitan tiempos muertos a lo largo del día y eso lo facilitan las chambas de godín. Desde mi experiencia, he tenido trabajos de docencia, de administración y de traducción. O sea, mucho tiempo en un escritorio tratando de exprimirle a la jornada valiosos minutos para revisar un párrafo. La famosa regla de Graham Green era que se forzaba a escribir estrictamente 500 palabras diarias, no más, no menos. Pero escribir sin dedicarse a editar el trabajo propio y, sobre todo, a leer, equivale a hacer ejercicio sin hacer dieta. Cosa que, según el consenso de los que saben de salud y ondas fitness, es inútil.

Para escribir uno tiene que cultivarse y vivir. El consumismo enajenante nos obliga a salir de la proverbial zona de confort no para encontrarse a uno mismo en el exterior, sino para endeudarse en Booking y Airbnb. El escritor necesita buscar lo auténtico en el relato de las experiencias y para ello debe encontrar cómo ver las cosas. Son tema de cuento un viaje repleto de choques culturales como una discusión familiar en la cocina; lo que importa, demostró Flaubert por vía del realismo literario, es saber narrarlo. Entre tanta serie televisiva y videobasura, uno también se tiene que obligar a leer. Ya no se diga comprar libros, porque basta un recorrido por la Gandhi o El Sótano para ver que casi ningún libro baja de 400 pesos. Sale mejor ir a los bazares. Tiene un encanto indescriptible ese aroma a naftalina y a penicilina de las páginas añosas, pero se arriesga uno a llevar huevecillos de chinche a su casa. Ya me pasó una vez. Tardé dos meses en descubrir que el origen de mis ronchas e insomnios llegó en un ejemplar de La muerte del alma de Sartre que me costó 20 pesos. Lo encontré tirado en el piso del bazar, también a quién se le ocurre.

Otra es descargar pdfs piratas que le chingan a uno la vista, pero le nutren el espíritu. Hay que ver cine independiente y tratar de hacer cosas culturales sin volverse un esnob inmamable. Fomentar ese equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisíaco, o dicho en otros términos, entre la caguama banquetera y el brindis en la galería de arte. Y evitar el doom scrolling o el deslizamiento compulsivo de la pantalla del celular. Eso que tan atinadamente hoy llaman brain rot: el vacío infinito al que lo catapulta a uno el algoritmo.

Escribir sale caro. Consume recursos económicos y mentales. Tomarse pausas en el trabajo sale caro. Usar el tiempo libre para la creación artística y no para producir dinero, sale caro. Ahora que puede verse como una inversión, también. A lo mejor algún día esa novela o ese cuento terminan de cuajar y en serio se gana uno una lanilla en algún premio. O aceptan el libro en tal o cual editorial para verlo en Gandhi a 400 pesos. O ya de perdida, empasta uno sus propias obras maestras y se las vende al amigo, a la tía, a los compañeros de oficina. Como el tupperware pero con una intención estética.


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