Una ventana inmensa: Elizabeth Reyes
Poemas de la autora que participó en la antología de poesía de mujeres sonorenses Malas Flores del Desierto y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar

Poemas de la autora que participó en la antología de poesía de mujeres sonorenses Malas Flores del Desierto y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar

Por Elizabeth Reyes
Torreón, Coahuila, 29 de octubre de 2026 (Neotraba)
Letargo embriagador que entorpece esta jornada,
bajo el frío matinal y el escudriño cotidiano,
cada extremidad se paraliza, mas no el entendimiento.
Se eleva sobre las calles, divisa el ir y venir humano:
rostros imperceptibles, personas caminando presurosas,
hacia bancos, escuelas y edificios de gobierno.
Prosigue el vuelo y así se desdibuja la experiencia humana,
apenas distingue la mancha urbana, sitiada por cerros y desierto.
Sube hasta donde las fronteras son indistinguibles, temerosa de la altura,
arrebatada de su entorno, no ve manera de regresar.
Sale de su mundo y obtiene el regalo de su belleza,
la luminosa curvatura de la Tierra, potenciada por la luz que emana del sol,
el manto estrellado que recubre nuestra casa,
y a lo lejos dos nubes, difusas y blanquecinas, provistas de estrellas.
Y una vez más, es arrastrada lejos del mundo, hacia los confines del universo.
Aterrada por un viaje sin retorno, varada en un túnel sin luz,
enmudecida por el asombro, consciente de su nimiedad.
Emite una débil súplica: “Regreso”, ¿alguien escucha?
“Regreso”, una vez más, y parece condenada al olvido.
Se percata de un lazo entre su ombligo y el mundo,
y a través de este, es llevada de regreso.
Aturdida por la luz de los astros, avanza en su veloz retorno,
se asoma la Tierra, donde espera su cuerpo sin alma.
¿Qué sitio es este? No reconoce esta llanura, ni este clima,
¿Qué es esa fortaleza de piedra que se erige a lo lejos?
Este no es su hogar ni su tiempo, ni siquiera es su cuerpo.
Este es cuerpo de varón, cubierto con calzas y túnica,
con una cruz cosida al pecho,
“¿A dónde me has traído?”, pregunta con angustia,
“Al origen de tus miedos”, le responde una voz, luego, su cuerpo de varón fenece.
Una vez más, todo es oscuridad, y despierta en el asiento de su auto.
2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, momento de oración y luto. Y ese día llega al mundo; llegada accidentada, pues casi muere su madre en el parto. Ilustre madre que gobierna el imperio de los Habsburgo. Retiembla la tierra: Lisboa devastada entre ruinas e incendios, los fieles rezaban y los techos les han caído encima. Las llamas se extienden por toda la ciudad, a causa de las velas devotamente encendidas. ¿Cómo puede ser esto ira divina? Y en esas horas nace una niña Habsburgo. El rey luso es nombrado padrino de aquella niña nacida en Día de los Fieles Difuntos.
No era la mejor fecha para un cumpleaños, al menos así lo pensaba la joven. No le gustaba pensar en cosas tristes, solo quería jugar y cantar. Prefería deleitarse con la música antes que lamentarse por los muertos. Disfrutaba tocando instrumentos, aunque no lo hiciera tan bien como aquel niño, Mozart, que se había presentado en Viena. Ella solo quería bailar, pues su espíritu era alegre, aunque hubiese nacido en un día de luto. Le prometieron una corona, pero ella solo quería amar y escuchar música por todos lados.
Llegando allá se supone que sería amada, pero la llaman “Madame Déficit”, despreciada desde su llegada por ser extranjera. Si el pueblo está descontento por los costos de la guerra, pues que coman pasteles. Si el pueblo sufre por la falta de pan, pues que coman pasteles. ¿En qué les afecta que los nobles usen harina para blanquear sus pelucas? “Que coman pasteles”, frase tan célebre e infame, pero resulta que ella nunca la dijo.
Dale el descanso eterno, Señor, reza por el alma de su marido, mientras afuera celebran la República. Reza por las almas descarriadas que han derramado la sangre de un rey ungido. Y reza por sus hijos, pues no sabe lo que les espera. Señor, ten piedad de ella, reza su sirvienta; ahora ni la mujer más pobre quisiera estar en su lugar. Señor, ten piedad, le aterra la visión de la guillotina y sus restos siendo arrastrados por las calles de París.
Nunca fue de acero, como su madre, quien dirigió el destino del imperio sin titubeos. Ella temblaba y tenía el cabello encanecido por el miedo; ya no le harían falta las pelucas blancas que tanto le gustaron. Le invade la rabia por su destino inmerecido. Cuánto terror habrá en el futuro cuando venga el Señor a exigirnos cuentas, oraba con la esperanza de una justicia divina. Pero luego recordó que nada quedaría impune y eso incluía sus propias faltas. Te ruego, con el corazón hecho ceniza, apiádate de mi última hora, oró resignada, esperando una muerte rápida y aceptando al pueblo como su verdugo.
Debería ser un día de lágrimas, sin embargo, afuera celebran. Ansiosos por ver correr su sangre, ¡jamás hubieran imaginado que era tan roja como la de ellos! Atada como un preso común, es arrastrada a la guillotina. Por un momento, su mente retorna a la niñez y resuena la música de Mozart. ¡Si la vida fuera una eterna melodía! Pero esta siempre termina con una armonía fúnebre. Nadie espere bailes ni festejos en su próximo cumpleaños, sino una solemne misa de réquiem.
nnn Acunada por el frío que se cuela, mañana sosegada,
tras una noche bulliciosa que despide el año viejo,
acurrucada en el sillón, apenas da cabida a sus formas.
La niña despierta un instante, entre débiles pestañeos,
y frente a su cama improvisada ve a una mujer alta y erguida,
con un destello rojizo en sus cabellos,
rostro imperceptible, discreta en su presencia.
“¿Tienes frío?”, pregunta con voz cálida y extrañamente familiar,
la niña sucumbe al sopor; la figura se desvanece.
¿Quién era, pues, aquella visitante? se preguntaría la niña,
mas no era una extraña, sino parte de la familia,
despojada de la vida por su propia sangre.
Hay una niña, sola en su habitación, si tan solo tocaras la puerta…, verías que ya no es una niña: se maquilla y deja atrás los moños.
Dieciséis años de sueños e inquietudes.
Escucha tu voz detrás de la puerta: “¿Cómo puede ser infeliz quien lo tiene todo?”
Y por ello, nunca abrirá y subirá el volumen de la música: “El calor más cercano era el de la soledad”.
Ella recuerda esa vieja canción que sonaba en tus mocedades: “Y poco a poco se muere la niña”.
¿Muere cuando las formas del cuerpo se acomodan? ¿O cuando sea objeto de disfrute?
Gustosa recibe a quien arrebata su niñez. Sonreirá y dirá que ha sido lo máximo.
Pero diez años después seguirá doliendo, vagará en busca de un sedante,
dirás que está loca, pues busca ayuda con palabras ininteligibles.
“Empieza la aventura de la vida”, y tendrá sentido esa vieja canción.

Elizabeth Reyes (Torreón, Coahuila, 1997). Licenciada en Derecho y actualmente estudiante de la Licenciatura en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Cursa la maestría en Historia por el Colegio de Morelos. Participó en la antología de poesía de mujeres sonorenses Malas Flores del Desierto y en Historias del buen ciudadano, publicado por la asociación Líderes Ciudadanos. Fue ponente en el Octavo Parlamento de las Mujeres del Estado de Sonora. En la actualidad ejerce como abogada con perspectiva de género y de derechos humanos. Entre sus intereses se encuentran la escritura creativa y la divulgación histórica.
