El mito del origen y la herida del presente
En El mito del origen y la herida del presente, Javier Gutiérrez Ruvalcaba nos dice: afirmar que somos “descendientes de los conquistadores” no clausura la discusión: apenas la inaugura

En El mito del origen y la herida del presente, Javier Gutiérrez Ruvalcaba nos dice: afirmar que somos “descendientes de los conquistadores” no clausura la discusión: apenas la inaugura

Por Javier Gutiérrez Ruvalcaba
Ciudad de México, 16 de junio de 2026 (Neotraba)
La reivindicación de Hernán Cortés bajo el pretexto del “origen” descansa sobre una lógica tan simplista que termina delatando su propia intención ideológica. Sostener que debemos gratitud a la Conquista por el idioma o la fe equivale a confundir la imposición con el legado; implica ignorar que las lenguas y las creencias no precisan del exterminio ni del sometimiento para expandirse. En este proceso, tales elementos funcionaron como dispositivos de una hegemonía diseñada para anular al otro y reorganizar el territorio bajo criterios de dominación. Nadie celebra el cuchillo solo porque la cicatriz haya terminado formando parte de la fisonomía del cuerpo.
La comparación entre la violencia hispana y los rituales de las civilizaciones mesoamericanas constituye una falsa equivalencia que la derecha suele instrumentalizar para higienizar el pasado colonial. La violencia ritual prehispánica respondía a una cosmogonía religiosa específica, inscrita en un universo simbólico ajeno a las categorías morales contemporáneas y orientada a la preservación del orden cósmico. La violencia de la Conquista, por el contrario, obedeció a una lógica expansionista, extractivista y racial cuya finalidad consistía en la apropiación de recursos, territorios y cuerpos. Reducir ambos fenómenos a una misma categoría de “barbarie” es un artificio discursivo que busca diluir responsabilidades históricas y convertir la colonización en una mera transición civilizatoria.
No existe contradicción alguna en reconocer los claroscuros del pasado prehispánico sin rendir culto a la figura de Cortés. No nos flagelamos frente a las ruinas mesoamericanas porque esas piedras no intentan gobernar el presente ni legitimar las jerarquías actuales; el mito del conquistador, en cambio, continúa siendo invocado para justificar estructuras de poder que mantienen lo indígena como un elemento subordinado, folclorizado o marginado dentro de la identidad nacional. La exaltación de Cortés no es un ejercicio inocente de memoria histórica, representa una forma de reafirmar la centralidad del relato criollo como cimiento cultural y político del México moderno.
Esa retórica que acusa a la izquierda de “manipular” la historia funciona, en realidad, como un mecanismo defensivo destinado a evitar cualquier cuestionamiento profundo sobre el privilegio heredado. Afirmar que somos “descendientes de los conquistadores” no clausura la discusión: apenas la inaugura. Significa admitir que buena parte de la mexicanidad se edificó sobre un despojo cuyos efectos materiales y simbólicos permanecen vigentes. El mestizaje, tan romantizado por el discurso oficial, no germinó de un encuentro armónico entre iguales, surgió de una relación profundamente asimétrica donde el poder militar, económico y eclesiástico definió quién podía imponer su visión del mundo y quién debía sobrevivir adaptándose a ella. Las fracturas sociales y raciales que aún atraviesan al país son la evidencia de que aquella historia no ha dejado de ser presente.
