Ciudad de México, 17 de abril de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 3 minutos

Manos por Fabiola Arellano

Las he visto protegernos ante lo que del mundo puede llegar a doler; resguardarnos para que, al sentirnos a salvo, aprendamos a confiar. He reconocido su frustración al hacer barquitos de papel que se hunden y papalotes que nunca logran volar; sonreír mientras van guiando nuestros primeros pasos titubeantes. Tú puedes, avanza. Si te caes yo te ayudo a levantarte. Eso no lo hagas, te vas a lastimar.

Ternura y claridad al repetirnos cuáles son los riesgos que deberíamos de evitar y esperanza al soltarnos de manera intermitente, ensayando la diferencia que nos ayudará a comprender que cada vida va por su lado, sin caminos empalmados, ni libertades absolutas, ojalá que sin el miedo paralizante de seguir creciendo.

Sus manchas y cicatrices cuentan historias que nunca alcanzamos a conocer; son expertas en protegernos del frío, evitando que los vientos helados se nos metan por la nariz.

Parecen sombrillas transmutando en aletas que flotan en el mar, que huelen a cebolla con cilantro, pellizcan cuando pierden la paciencia, acarician con culpa por haberse equivocado.

Viajeras que iluminan conejos de sombras en el techo nocturno de las habitaciones.

Con sus dedos tejen trenzas, enhebran agujas, extraen espinas, secan lágrimas o esperan a que escurran para tomar los hombros e intentar comprender lo que pasó.

Nos encajan sus uñas cuando se ponen tensas: aprende a guardar silencio, no te burles de las personas, atraviesa conmigo la avenida, no me sueltes, aquí es peligroso.

Hacen cosquillas en las piernas y en los cachetes. Buscan hacerle espacio al anhelo de antes. Si se entristecen o se enojan lo suficiente, podrían convertirse en monstruos peligrosos con un remordimiento que hiere, sostener la navaja para cortarse buscando resolver desde el castigo, la venganza o la sacralización del dolor.

Con los años se deforman, se medican, deterioradas aprenden a aceptar lo fugaz del tiempo. Sostienen cervezas, se manchan de nicotina las uñas, intentan morir y al fracasar tiemblan. Extrañan el pasado, repasan las memorias de lo acabado, encienden veladoras, abrazan fotografías, compran flores, felices se mojan con la fruta fresca, agradeciendo lo medicinal de las plantas y partiendo los vegetales en pedacitos; ellas saben que un día podrían acabar mutiladas en accidentes que les impedirían sentir la piel de quien aman, no poder volver a acariciar las manitas de los niños. Se aterran ante la idea de un día no poder hacer música, dejar de comprender al mundo desde las sensaciones que indican si el calor será soportable o si es mejor esperar a que la tarde refresque para salir a caminar.

Cuando se van, nos hacen sentir abandonados, luego aprendemos a agradecer sus enseñanzas o a sostener el reproche por nuestra torpeza de no saber qué hacer con el dolor que nos heredaron.

Manos iguales a las nuestras: con la potencia de cuidar la vida y de jalar el gatillo para despreciarla.


Fabiola Arellano Jiménez brinda acompañamientos en Terapéutica Colectiva, colabora con La Lleca Colectiva brindando acompañamientos a personas en contextos complejos (penitenciarias y okupas), es docente, psicoterapeuta independiente, mamá de mini Cookie Monster come libros, compañera de un loco amante de los perros y de un gato llamado Fiasco.


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