Puebla, México, 23 de marzo de 2026 (Neotraba)

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Tal vez uno de los investigadores más reconocidos en el ámbito de la divulgación popular con relación al espectro psicopático sea Kevin Dutton. A Dutton le debemos el haber descrito la psicopatía no como un rasgo definitorio de una personalidad, que convertiría a quien la padece automáticamente en un “monstruo”, sino que la define como un espectro que va de lo más funcional o lo más disfuncional, del individuo productivo, pacífico y perfectamente adaptado a la sociedad, hasta el criminal y asesino despiadado que se convierte en un peligro para todos.

La importancia de Dutton es que, de algún modo, cambia el discurso acerca del psicópata: no necesariamente es el criminal, no necesariamente es el asesino serial, sino que, el rasgo psicopático puede estar imbricado muchas veces en personas que conocemos y que, en algunas ocasiones son exitosas. Pero Dutton, no basa sus afirmaciones solo en opiniones ya que es experto en neurociencia del comportamiento y personalidades extremas. La principal herramienta de Dutton fue propuesta por Robert D. Hare, el conocido PCL-R (Psychopathy Checklist-Revised), que es la herramienta más común para evaluar este tipo de personalidades.

Las críticas hacia Dutton vienen de sectores un poco más conservadores que consideran que, de alguna forma, romantiza la figura del psicópata y minimiza los crímenes de los asesinos seriales. Aquí, ya entramos en el terreno de la controversia. Tal vez muchos recuerdan que Bruce Dickinson tocó en Sarajevo el 14 de diciembre de 1994. Esto puede no decir nada para muchos, pero, tenemos que considerar que la ciudad se encontraba bajo asedio durante la guerra de Bosnia. Sin duda, tocar ahí resultaba peligroso para mucha gente, no obstante, el concierto se dio en el Bosnian Cultural Center y fue considerado un acto de resistencia cultural, dado el aislamiento político internacional al que tenían sometido al país. Nadie podía ir a Bosnia, por motivos logísticos, políticos, por cuestiones de seguridad. Bruce Dickinson se arriesgó. ¿Qué de raro hay en esto? ¿Existía en Dickinson una alta tolerancia al riesgo? ¿Qué hay de la frialdad bajo presión? ¿Es bueno para persuadir?

En 2021, Kevin Dutton y Bruce Dickinson lanzaron el podcast Psycho Schizo Espresso. En el tercer episodio, Dutton analizó los rasgos de personalidad de Dickinson, usó cuestionarios divulgativos y llegó a la siguiente conclusión: “[Dickinson] puntúa bajo en psicopatía general, aunque alto en rasgos funcionales positivos”. Hay que aclarar, eso no es un diagnóstico y, desde luego, esa prueba no dictaminó a Dickinson como una mala persona, un psicópata, o en un criminal, pero, promovió el debate cultural con respecto a los psicópatas dentro de la sociedad.

Haber leído La sabiduría de los psicópatas (2012)de Kevin Dutton, me hizo interesarme por el tema del asesino serial en la cultura de masas, en el imaginario colectivo, y esto también me condujo al libro de Robert D. Hare, Sin conciencia (1993) y al texto de Peter Vronsky, Los hijos de Caín (2018). Con Kevin Dutton buscaba saber algo acerca del comportamiento psicopático y también, aprender a manejar mis emociones que, muchas, veces, se me desbordaban. Dutton señala que este tipo de personalidades tiene una gran importancia –la mayoría de las veces, para mal– en la toma de decisiones políticas y en el devenir de la historia. Después de todo, no me extrañaría que se descubriera que fue un grupo de psicópatas quienes empoderaron y organizaron la maquinaria de poder en la Alemania de Hitler y, desprovistos de la más mínima compasión, falta de miedo, organizaron la maquinaria de exterminio masivo en el Holocausto.

Para Dutton, la psicopatía es un factor clave en la toma de decisiones difíciles y considera que este tipo de personalidades pueden estar presentes en cirujanos, soldados de élite, presidentes de Consejos de Administración de grandes corporaciones, políticos, abogados. Sin embargo, los estudios sobre psicopatía se centran en presidiarios o en personas que cometen crímenes sin ningún tipo de remordimiento o conciencia.

La mayoría de los expertos en el tema de los psicópatas describe estas personalidades como frías, calculadoras, con un bajo nivel de empatía, poca o nula compasión hacia sus semejantes; casi no tienen respuesta al castigo, su nivel de ansiedad es bajo. Se sabe que los psicópatas son carismáticos, narcisistas, manipuladores. Cuando Dutton entrevistó a sujetos de estudio en cárceles descubrió que, muchos de ellos, si no fueran presidiaros tendrían un futuro como brokers, ejecutivos de empresa, banqueros. No debería ser extraño que uno de los psicópatas más célebres engendrados por el cine sea Patrick Bateman en la película American Psycho (2000) de Bret Easton Ellis, basada en la novela del mismo nombre que apareció en 1991. Pero los psicópatas, desgraciadamente son menos carismáticos y espectaculares que el personaje engendrado por Christian Bale.

Existen componentes psicopáticos en personas que dirigen el mundo: toman decisiones con muy poca vinculación sentimental, no les tiembla la mano para enviar tropas a algún lejano país y matar niños en sus escuelas, dan escaso valor a códigos morales de la sociedad o inventan su propia moralidad a conveniencia de su narcisismo y auto satisfacción; una ética retorcida que les permite justificar sus decisiones.

A Benjamín Netanyahu no le importa sacrificar niños en la Franja de Gaza, a Donald Trump no le importa hacer redadas antiinmigrantes que afectan la tranquilidad de las comunidades. Políticos y dirigentes sin conciencia son favorecidos por empresas y gobiernos: los premian, los recompensan y los celebran. La personalidad psicopática se encuentra muy arriba en la pirámide del éxito social y económico. Pero, hay otro lado de la historia: hasta aquí, el psicópata triunfa y está insertado dentro de la sociedad, se le acepta y celebra, sin embargo, existe un correlato con el asesino serial, con el monstruo.

El asesino en serie, el criminal de nervios de acero se inserta en la cultura a partir de la imaginación mórbida de las civilizaciones. En los cuentos para niños siempre hay un monstruo: un lobo, una bruja, una entidad demoniaca que acecha en las sombras. Hay un mito que nos acompaña desde los orígenes de la humanidad: la fascinación por los elementos dionisíacos que subyacen dentro de la cultura del orden, la moralidad, la higiene y el confort de las sociedades occidentales y capitalistas. El asesino serial posee estos rasgos dionisíacos al desconocer los límites impuestos, al justificar su propio desorden y locura ritual; el asesino serial busca la emoción cruda, el exceso. Cuando el monstruo está suelto, es la imaginación colectiva la que nos lleva a apagar las luces de la casa, a asomarnos por la ventana, a desconfiar de personas extrañas en el vecindario.

Fue el asesino serial el personaje de la cultura popular que tuvo a bien clasificar el célebre perfilador Robert Ressler y quien inspiró el personaje central de la serie de Netflix: Mindhunter (2017-2019); fue también el tema central de la novela-reportaje de Truman Capote, A sangre fría (1966), obra que describe el asesinato de la familia Clutter en la población de Holcomb, Kansas, de parte de dos vagabundos despiadados: Dick Hickcock y Perry Smith. Son solo dos obras emblemáticas que recuperan ese miedo al monstruo, a la entidad oculta que seduce y descuartiza en las sombras. La sociedad necesita temerles para señalar el mal social, el enemigo que ha decidido trastocar los límites impuestos y entregarse a un exceso egoísta y dionisiaco y vivir bajo sus propios términos e intereses, para satisfacer sus necesidades sin pensar en el daño hacia los demás, o que decide cultivar su narcisismo y egolatría.

La literatura sobre psicópatas abunda en textos que nos han aclarado el fenómeno y han planteado preguntas respecto a ese perpetuo misterio sobre su naturaleza y sus orígenes. Libros como Los hijos de Caín de Peter Vronsky describen este tipo de asesinos y sus patologías, examinando sus antecedentes, proponiendo hipótesis que expliquen el auge de este tipo de individuos en la década de los setenta del siglo XX o perfilando personajes como Andréi Chikatilo, Ted Bundy, John Wayne Gacy, David Berkowitz, Dennis Rader, Jeffrey Dahmer. Si bien, estadísticamente, la incidencia del asesino serial es escasa, el índice de personalidades psicopáticas es más numeroso de lo que creemos.

En el libro de Robert D. Hare Sin conciencia. El inquietante mundo de los psicópatas que nos rodean (1993) se describen algunos de sus rasgos: la ausencia de sentimientos, una marcada tendencia a entrar en conflictos, muy poca prudencia o miedo a las consecuencias de sus actos o poca preocupación hacia las conductas riesgosas; cierta temeridad para realizar actos que, para muchos, podrían ser considerados como suicidas. Para Hare, el psicópata deja a lo largo de sus relaciones, una estela de corazones rotos y de economías destruidas. Estas personalidades no conectan emocionalmente con las personas a su alrededor y pueden verlas como simples medios de los que se valen para lograr sus propósitos. Esa carencia de afectos y profundidad emocional nos dice Hare, condujo a los psicólogos J. H. Johns y H. C. Quay a “decir que el psicópata ‘conoce la letra, pero no la música de la canción’”. Aquí, hablamos de una “música” emocional que el resto sí puede escuchar. El psicópata “sabe” de los sentimientos, los conoce en un nivel superficial porque ha leído sobre ellos o porque le han platicado, y se aprovecha de los mismos para manipular, sin embargo, esas emociones no las experimenta.

Sobre estas personalidades tan exploradas en los libros de Robert D. Hare, Kevin Dutton y Peter Vronsky, todas ellas tienen elementos en común: la impulsividad, el narcisismo desmesurado, la autocomplacencia: ya sea en la satisfacción sexual, en la necesidad de control; o bien, la búsqueda de una sensación de poder. El psicópata le da poco valor a la vida humana. Pare él (o ella), toda vida es prescindible, reemplazable por otra. El otro deja de ser indispensable y se vuelve desechable. Matar a una persona lo percibe con la misma indiferencia de quien mata una cucaracha. Hare, a través de una recopilación de testimonios de distintas víctimas, hace hincapié en esa necesidad de estímulos constantes: es normal que el psicópata intente realizar muchas actividades, se abruma con planes, ideas que giran hacia lo grandioso y lo espectacular y que lo llevarán al progreso o la riqueza. Muchos de esos proyectos son ilegales, inmorales, poco éticos. Nos dice Hare: “desean vivir en la cuerda floja, casi al límite, donde está la acción”.

Para cumplir con sus objetivos, el psicópata seduce. Por lo regular no se aísla, se presenta con nosotros como un sujeto encantador, risueño, detallista, creativo. El psicópata analiza cada uno de tus rasgos, te estudia con la precisión de quien disecciona un organismo, investiga tus deseos y, si le conviene, los cumple. Su actitud o su interacción social no es “orgánica” sino planificada con algún propósito. Es decir, que los mismos sentimientos mostrados no los siente como tales, más bien se trata de una fachada bajo la cual se oculta de manera astuta y calculadora.

Kevin Dutton en La sabiduría de los psicópatas nos refiera la siguiente anécdota relacionada con la frialdad y el control emocional. Había invitado a uno de sus amigos a casa en donde estarían los padres de Kevin. Luego de la cena, estos habían sugerido a los niños retirarse a dormir a sus habitaciones, ya que, es sabido por costumbre que los infantes deben de dormir temprano. Es obvio que ambos se negaron a hacerlo manifestando su inconformidad: Kevin lo hizo de forma descontrolada, airada, haciendo reproches. Su amigo guardó silencio, escuchó y casi al final, dio su argumento sin perder la calma o la serenidad: era importante que los niños también durmieran tarde ya que, de acostarse temprano, estarían despiertos también muy en la mañana, saltando, jugando, brincando en las camas y haciendo toda clase de ruidos que despertarían a los adultos que querrían seguir durmiendo. Como resultado, la madre de Kevin decidió aceptar la petición de los niños de dormirse tarde. Dutton se pregunta si esos rasgos psicológicos serían también parte de un perfil psicopático: cálidos y empáticos por fuera, pero fríos y calculadores por dentro. O quizá, llegaría a estar en ese mismo espectro en el futuro. Lo anecdótico también puede ser un signo.

En el análisis que hace Robert Hare en su citado libro, el psicópata se presenta como alguien con muy poco desarrollo de la personalidad. Vive en el mundo, pero considera que no tiene que hacerse responsable de sus acciones: descuida a sus hijos, se ausenta sin dar explicaciones, desconoce su paternidad o maternidad, abandona el hogar o simplemente desaparece sin justificación y no se vuelve a saber de él (o ella). En su indiferencia, las reglas de la sociedad no se le aplican y, como nos dice Hare: “no dudan en utilizar los recursos de sus familiares o los recursos de sus amigos para salir de sus dificultades”.

Hay una frase de Kevin Dutton que recuerdo de su citado libro: “Los malos desactivadores de bombas no existen porque, si fueran malos, ya estarían muertos” y esto nos habla del increíble nivel de sangre fría y control emocional que el trabajo requiere. Dutton plantea la probabilidad de que muchos desactivadores de bombas, policías, o soldados compartan características dentro del espectro psicopático. Sin embargo, Robert Hare considera que los psicópatas no están capacitados para trabajos peligrosos. El autor nos refiere a David Cox, uno de sus estudiantes, quien reportó que los expertos en minas del Ejército Británico veían a este tipo de personajes como individuos conflictivos, “cowboys” que solo daban problemas. Esos soldados que llevaban a cabo la desactivación de bombas plantadas por Ejército Republicano Irlandés (IRA) eran vistos como individuos “impulsivos en los que no se podía confiar, a quienes que les faltaba el perfeccionismo y la atención al detalle”.

El psicópata no se integra a la sociedad de una manera proactiva, solidaria o productiva, más bien parasita de ella. Y no hablamos tan solo de los perfiles criminales que van y vienen de las cárceles, también hablamos de aquellos perfectamente funcionales que se desempeñan en puesto de liderazgo, que son políticos o líderes de empresas. En esta versatilidad de oficios, nos dice Hare: “probarían un poco de todo”.

Es muy conocida esa entrevista que Robert Ressler le hizo a G. Daniel Walker, uno de los criminales más polifacéticos de los que se tenga noticia –al grado de que él mismo estudió leyes para defenderse. Hare nos reproduce parte de su diálogo:

–¿Es muy largo tu expediente delictivo?

–Creo que el actual tiene unas veintinueve o treinta páginas.

–¡Veintinueve o treinta páginas! Charles Manson solo tiene cinco.

–Pero ese solo era un asesino.

La psicopatía como patología es un misterio. Es cierto que es un componente de tantos dentro de la conducta criminal, pero no es el único. Por otra parte, la causas que originan el fenómeno del asesino serial tienen un origen multifactorial e involucran condiciones fisiológicas, alguna lesión cerebral, entornos sociales difíciles, situaciones de maltrato, mala alimentación; incluso se ha mencionado un origen epigenético. Respecto a la psicopatía en sí, se sabe que también tiene que ver con una glándula amígdala con muy poca activación, con diferencias en la corteza prefrontal que regula la emocionalidad, o bien, con un procesamiento distinto del castigo o del dolor. Hay que hacer una distinción entre la conducta psicopática y la actividad criminal. No todos los psicópatas cometerán crímenes, muchos de ellos llevarán vidas normales sin cometer delitos.

Erika Tiburcio Moreno en su libro Y nació el asesino en serie (2019) nos habla de la dimensión cultural y social de este tipo de personajes. El asesino serial ejerce e inspira miedo y fascinación. Su efecto es doble: la repulsión y la fascinación por partes iguales. El asesino en serie es el engendro o monstruo que se convierte en ícono dentro una cultura violenta y beligerante, pero también se debe reconocer que, como dice la autora: “ha desempeñado un papel esencial a lo largo de la historia”. Abundan las películas sobre asesinos seriales tales como Seven (1995) o Zodiac (2007) de David Fincher, Manhunter (1986) de Michael Mann, El silencio de los inocentes (1991) de Jonathan Demme, o bien, series como Mindhunter (2017-2019), también de Fincher o Hannibal (2013), que abunda en la figura del doctor Hannibal Lecter; las narrativas sobre true crime; las novelas clásicas sobre el tema como La canción del verdugo (1979) de Norman Mailer.

Es evidente que la figura del monstruo señala nuestros aspectos más sombríos como sociedad y como civilización, pero también es importante acercarse al tema de manera informada y sin prejuicios. Libros como los de Peter Vronsky, Robert Hare y Kevin Dutton nos ayudan a dimensionar el fenómeno, a estar alerta sobre este tipo de personalidades, y también, más que demonizar, la divulgación cultural y científica del tema nos permite comprender este fenómeno, no solo estigmatizarlo sino concebirlo en su justa dimensión, sin contribuir al miedo, al morbo y a las narrativas espectaculares.


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