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Puebla, México, 15 de julio de 2025 (Neotraba)

Héctor Viel Temperley nació en 1933 en Buenos Aires, Argentina. El misterio que asola su biografía está, quizá, acompañado por el misticismo que encierra su obra poética.

Con sólo una entrevista pública y detalles disueltos en su vida –como su lucha contra el cáncer– es que se compone la fotografía de Héctor. Al menos, la más popular y la que parece haber sido la única con la intención de ser un retrato.

Autor de nueve poemarios publicados entre 1956 y 1986, merecedor de la faja de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) a los 23 años con su primera obra, Poemas con caballos, su poesía –azul en todos los sentidos y tonalidades– inundó el estante donde pongo las lecturas pendientes.

La edición que reseño corresponde a la compilación de dos pilares del trabajo de Héctor Viel Temperley que, curiosamente, también son sus últimas dos obras poéticas. Crawl-Hospital británico, en su primera edición de 2024, publicada bajo el sello de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla en su serie de poesía mística “Epifanías”.

Es un libro que destaca visualmente tanto por el formato de impresión, que caracteriza la colección, como por la paleta de colores y detalles en el grabado que acompaña la pasta blanda texturizada. Blanco, negro y letras en azul celeste. Pulcro, pero no minimalista –insípido minimalismo. El diseño editorial de la colección valdría otra reseña por sí sola. Basta con decir que la experiencia del libro comienza antes de leer la primera palabra.

La playa de Crawl

Nos abre la puerta Crawl de 1982. Pero disfrutar de esta parte requiere poner atención en los detalles que enmarcan a la obra. Los dos epígrafes que serán la vanguardia y tesis del poemario ya nos brindan mucho sobre el cómo leer esta parte.

La primera es sencilla de rastrear y comprender; el Salmo 89, en su versículo 26 dice “Pondré su mano sobre el mar”. El salmo 89 por completo es un llamado a la confianza en Dios. Pero este versículo servirá al lector para prepararnos a seguir las imágenes marinas que contiene.

Cosacos de Zaporozhia redactando un manifiesto de Ilya Repin
Cosacos de Zaporozhia redactando un manifiesto de Ilya Repin

La segunda es una referencia más sutil y profunda tanto dentro de su obra como fuera de ella. “J’attends les cosaques et le Saint-Esprit” o por su traducción “Espero a los cosacos y al Espíritu Santo”, es una línea de Léon Bloy en un ensayo suyo. Pero es, además, una referencia a la pintura de Ilya Repin llamada Cosacos de Zaporozhia redactando un manifiesto. La historia que retrata la pintura es simple; ante la invasión turca, el sultán les ofrece a los cosacos convertirse al Islam para salvar sus vidas, a lo que estos se toman con humor la respuesta y le redactan una burla. Pero esta imagen será retomada en la primera sección de Crawl, cuando el autor use esta imagen para hacer referencia no al acto en sí, sino a las consecuencias; al dolor que significa hacer una profesión de fe como esa. Que a nosotros llega en el poemario como habrá llegado esa carta al sultán, una burla trágica.

“El espigón más largo, el aviso y el crawl”. Así se titula la primera parte de Crawl. Y si debiera describir el contenido de esta parte de una forma, diría que es una ola. La forma de cada poema es reconocible entre sí, diría incluso que todos se pueden leer como la continuación del anterior en exploraciones cada vez más alejadas.

Aunque todo gira en torno a un sólo verso, que se repite una y otra vez: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis…” El impacto que genera esta simple afirmación es suficiente para seguirle el juego al resto del poema, conversar con el éxtasis del autor al hablar de… ¿Dios? ¿La experiencia de Dios en la miseria? Es difícil precisar con qué intención chocan las palabras entre sí, pero es clara la forma en que el yo poético observa su realidad, y se deja arrastrar por ella.

Sigue “Las areneras, Jesucristo y el desagüe”. La parte del poemario que podría asegurar es la más cruda. Y si la primera parte era la ola, esta es el choque con el arrecife. La repetición del primer verso me hace pensar en ello como un mantra, sólo que aquí lo que acompaña a ese verso son introspecciones más personales –de ahí lo violento. Como el poema que retoma la imagen de los cosacos en el epígrafe. “[…] la abierta, marginal, no interrumpida / matriz sin cabecera / donde gateó la vida, / donde algunos gatean”. Es un fragmento que condensa mucho del espíritu del segmento. Como estar enfurecido y confundido, descolocado del cómo ocurre el mundo.

Por último, encontramos “La casilla de los bañeros, el piso y el homenaje”. Que, naturalmente, es la espuma después del golpe de las olas. Aquí sólo se repite el mantra una vez pues se nota que se trata de una conciliación con las dos partes anteriores. La relación de cuerpos y figuras marinas hacen de esta parte la más abstracta, pero hay un regusto peculiar en el seguirle la pista a la relación entre cada uno de los objetos mencionados, como se siguen los pasos de un baile o las caricias en la cama.

Mi parte favorita de Crawl, sin duda, por la sensualidad que despierta con desperdicios –por ello el piso– en una sola lectura. Sin duda, la espuma del mar.

Crawl termina con una nota al pie. “CRAWL fue compuesto en alabanza de la presencia misericordiosa de Cristo Nuestro Señor, entre el 1ero de febrero de 1980 y el 24 de junio (Natividad de San Juan Bautista) de 1982”.

Y en ese espacio –gráfico– que enmarca el primer poemario, es que uno se pone a pensar en el sentido del título del poemario; el verbo “crawl” viene del inglés, y si bien se puede traducir como “gatear”, prefiero su traducción como “arrastrar”.

¿Qué arrastra Héctor dentro de su poesía? Creo que la respuesta yace en el mantra de cada poema. El sentido de comunión con Dios. No necesariamente el Dios judeocristiano –su mención e interacción con el autor pueden deberse a inmensos accidentes epistemológicos.

La convivencia con Dios como el concepto inescapable, uno que se sufre, se disfruta, se cuestiona. Creo que el valor de la poesía de Héctor Viel Temperley recae precisamente en esa apertura al diálogo con su obra, y de las escenas que plantea su poesía. Dejarse “arrastrar” por el acto de comunión con Dios.

Humanidad (con esquirlas)

Este poemario es engañoso, por decirlo de una forma. Si bien, Hospital británico tiene una estructura que funciona por sí sola y que no requiere complejizar su contenido para hacerlo disfrutable, vale la pena mirar la forma en que uno, como lector y quisquilloso turista de la poesía, puede jugar con lo que ante nosotros aparenta un desafío. Desde usar un fragmento del poema vertebral como epígrafe: “mi madre es la risa, la libertad, el verano”.

Publicado en 1986, el poemario abre con un homónimo al libro: “Hospital británico”. Pero lo interesante comienza al ir pasando las páginas del poemario de forma lineal. Hay muchas anotaciones sobre fechas entre líneas del poemario o debajo de sus títulos. Algunos poemas se conforman enteramente de fragmentos escritos en fechas muy lejanas. Otros son simplemente la anotación del propio autor sobre su obra.

Hay incluso poemas que comparten su nombre con varios. El poema vertebral no es la excepción, pero son dos las versiones de las cuáles se desdobla todo el cartel de juegos y conversaciones distintas.

Llamaremos al primer poema “Hospital británico” (base), que se sigue en sólo dos poemas más de poemario: “Tu Cuerpo y Tu Padre” y “Dormido sobre sus labios”.

Esta pequeña colección de tres poemas son las partes inconexas que destacan por su valor de sentencia. Como el quiromante que lee una mano maldita. “Hospital británico” (base) es desolador por dónde se vea. “Mi madre es la risa, la libertad, el verano. / A veinte cuadras de aquí yace muriéndose”. Son dos líneas que llenan de una profunda sensación de desesperanza.

“Tu cuerpo y tu padre” tiene un efecto similar en su brevedad. “Tu Cuerpo como un barranco, y el amor de Tu Padre como duras mazorcas de tristeza en Tus axilas casi desgarradas”. La mención de las axilas me hace pensar que el Cuerpo-Barranco abre los brazos como añorando un Abrazo-Lluvia, y esto es posible debido al juego que tiene Héctor Viel Temperley en la sustitución de ítems lógicos dentro del verso.

“Dormido sobre sus labios” nos remite a otra escena desoladora en el remate. “No puedo cavar en ningún lado sin estar esperando que aparezca de pronto un soldado de plomo entre mis pies desnudos”. Que en sí ya es una imagen curiosa de analizar. Un soldado de plomo es sí un juguete y uno pequeño, además, como para que el interlocutor del yo-poético lo pueda encontrar enterrado como se encuentra una moneda. Pero es la representación de un objeto más grande y extraño. Un soldado. Y no poder cavar sin pensar en encontrarlo, transmite esa sensación de paranoia. Por ver objetos extraños en el patio. Un soldado de juguete es de plomo y es soldado.

Ahora, pasando hacia el “Hospital británico” (con esquirlas), es donde comienza el juego. Pues como ya mencioné, muchos de los poemas en el libro son la repetición de títulos que, a su vez, son iteraciones de versos o fragmentos de verso del poema vertebral “Hospital británico” (con esquirlas). De ahí el hecho de que esta parte del poemario sea “con esquirlas”. Cada poema lo es.

Entre la (base) y (con esquirlas) no hay diferencia. Es el mismo poema. Pero cambia su interpretación entre más profundizamos en cada una de las esquirlas. Sin embargo, esta forma de lectura viene acompañada de una colección adicional de cuatro poemas que, a mi consideración, funcionan como un epílogo al poemario completo. “Christus Pantokrator” cumple la función de situarnos en los ojos de alguien que contempla, y se deja maravillar por todo lo que rodea una imagen como el Christus Pantokrator.

El mural corresponde a una denominación general. Puede observarse en la catedral de Cefalù o Dafni. Es un cristo que sostiene un evangelio en sus manos, con la aureola resplandeciente. Desgraciadamente no pude encontrar una foto del mural que veía Héctor Viel Temperley. Pero el encanto de este pseudo epílogo es que al igual que Héctor, no vemos la imagen directamente. El yo-poético que dirige nuestra lectura ve la imagen en una postal y nosotros, en las palabras que construyen la imagen. Destacan líneas como “Entre mis ojos y los ojos del Christus Pantokrator nunca hay piso”. Por la sensación que evoca todo este segmento.

Las esquirlas, propiamente, asumirán esta labor de no hacernos tocar el piso. Y diría que es debido a la forma en que se prestan a usarlas como diccionario dentro de su propio espacio poético.

Pabellón Rosetto”, “Larga esquina de verano”, “Tu rostro”, “Tengo la cabeza vendada”, “Me han sacado del mundo”, “La libertad, el verano”, “Yace muriéndose”, “Para comenzar de nuevo” son fragmentos que el propio poema base tiene. Todos estos poemas tienen al menos dos versiones con el mismo nombre y un máximo de seis versiones. Por lo que leer cada versión es una experiencia distinta. La gracia está en leer una versión, volver al poema base y sustituir ese fragmento con el contenido de la versión leída. Hacer incluso una combinación de versiones independientes o una combinación de más de una versión del mismo fragmento.

La versión con esquirlas permite leer un poema muchas veces. Y me hace ruido la forma en que termina el poema base: “[…] para comenzar todo de nuevo”. De la misma forma en que nosotros comenzamos la lectura del poemario. Hace sentido que este poema, tan complejo de leer y analizar después de jugar, retrata la muerte de la madre de Héctor Viel Temperley. Mientras está en recuperación de una cirugía cerebral. Es como visitar la desorientación del autor tras despertar del profundo sueño artificial del quirófano, y haber sobrevivido a la suerte.

Evadirse de lo excesivamente claro

Esta compilación viene con un soporte extra al lector; una entrevista. Realizada por Sergio Bizzio, publicada en “Vuelta Sudamericana” en su número 12, a julio de 1987 en Buenos Aires, Argentina. La entrevista no revela mucho de la vida del autor, quizá porque asume el fin del mundo prematuro, y que nosotros como lectores debemos conocer todo de Héctor a ese punto. Pero esto se ve compensado por el ingenio de las preguntas y el seguimiento que tienen para desvelarnos la imagen de un Héctor que incluso en cama, nos sumerge con él.

Explica mucho de cómo fue construir ambos poemarios, explica muchas de las imágenes en algunos fragmentos. Y subrayo de entre todas una que hasta ahora no he mencionado: “[…] aunque comulgué como un ahogado”. Viel explica que aquello viene de una experiencia de su niñez, en la que cayó al agua y sin saber caminar, recordaba la profunda paz con la que veía la cortina acuática sobre él.

Comulgar como ahogado. Resume mucho de lo que he intentado compartir en esta reseña, ahora que lo pienso mejor.

Este libro –que en realidad son dos, y de esos dos uno son muchos–, se asemeja a la profundidad con la que nos rendimos a la inmensidad marina. La experiencia de Dios. Como quién se besa a sí mismo en el rostro de Jesucristo –cosa que explica de una forma hermosa el mismo autor dentro de la entrevista.

Azul. Profundo azul de mar. Profundo azul de las olas, profundo azul de un hospital, profundo azul de sentirse humano.


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