Por Juan Jesús Jiménez

Puebla, México, 07 de julio de 2020 [00:01 GMT-5] (Neotraba)

Continuando el tema que he iniciado en la anterior columna (el amar y querer) me corresponde refrescar la memoria de qué concluí sobre el querer; expresado (tal vez muy ambiguo) como un baile de máscaras complejo donde se muestran dos personas.

Terminado el baile de las máscaras, se miran en la habitación dos seres que, desnudos, se llaman por su propio nombre. Amar podría considerarse una evolución del querer, una más personal y directa. Como dijimos, querer es un constante descubrir y ser descubierto por otra persona con la que bailamos soltando máscaras; amar ya no es descubrir a la otra persona y dar a conocer algo de sí, es descubrir el mundo juntos y si adquieren individualmente algo, apoyar este cambio para favorecer su crecimiento.

Amar al contrario de la visión superficial que asumimos, no es ceder ni sufrir; va más por disfrutar. Volviendo a la analogía, ahora que los amantes se ven directamente a los ojos, no hay nada que los proteja de lo que puedan expresar con sus miradas. Si se desagradan, lo sabrás; si no, también. Terminado el baile se está indefenso porque ya no hay forma de evitar ser. Es un sacrificio violento porque se cede la expresión más clara de cómo se ve uno en una vista ajena, y se le da muerte frente a alguien para que esta persona haga lo que quiera con esa visión. Si le toma como un reflejo fiel de la persona, pierde todo sentido haber estado en el baile de máscaras porque al final no ha visto la forma real de la misma. De concebir su propia idea de la persona, sólo ha fabricado otra máscara.

Este sacrificio es pues, además de tedioso por todo el proceso tras él, costoso y por de menos riesgoso ante qué y por qué pasará en el futuro. Amar es esperar muchas cosas de tan poco. Darse a sí y esperar que la otra persona haga lo mismo. Y por estas mismas razones, no es algo que se haga seguido; lo confundimos y erramos en su definición porque no sabemos a ciencia cierta cuál es y cuál no una máscara de la otra persona. La naturaleza misteriosa del baile que nos conduce a este sacrificio tampoco facilita saber si vale la pena una persona. Es un salto de fe básicamente. Si la otra parte siente que puede mostrarse, lo hará.

La recompensa de lograr efectuar el sacrificio no lleva aplausos ni ovaciones públicas, puesto que amar es más bien un proceso limitado a una relación binaria; la principal motivación es ser sin necesidad de estar, un camino a la autoconciencia y liberación del propio pensamiento guiado por un igual que busca lo mismo. Quien ama es uno de dos exploradores que no paran de ir de aquí a allá. Amar tiene síntomas muy raros y, como ya dije en la anterior columna, muy dispersos como para agruparlos en una generalidad. Puede ser incluso, que uno no se dé cuenta que ha amado o ha sido amado hasta que se topa de frente con este hecho.

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