Puebla, México, 8 de julio de 2026 (Neotraba)

En un manual de redacción de hace muchos años encontré un apartado interesante, dedicado a los vicios e incorrecciones del lenguaje. El autor, un G. Martín Vivaldi, cuyo libro perdí en alguna borrachera, recomendaba evitar decir que algo “no es posible”, dado que para ello existe la palabra imposible. Así, si la gramática hispana nos permite mediante un prefijo volver una palabra su antónimo, habría que apostar a la economía verbal. En lugar de decir que tal o cual persona no es puntual o formal, se le debería llamar impuntual, informal, etcétera.

No obstante, hay expresiones cuyo sabor produce un placer muy superior al de cualquier eficacia verbal. Y es que catalogar algo de imposible no comunica con la misma efectividad la idea de afirmar que tal o cual cosa no es posible, o que incluso no puede ser posible.

Cualquiera que haya trabajado en atención a clientes puede dar testimonio de esto. Sea la compañía de luz, gas o cualquier servicio; sea una institución gubernamental; ver un trámite ante el SAT, el IMSS o cualquier estructura laberíntica de trámites y burocracias kafkianas; en alguno o varios momentos del día alguien se va a quejar y afirmará: “Esto no puede ser posible”. Dentro de esa expresión el cliente, paciente, usuario o como se le quiera llamar al pobre diablo que está al otro lado de la línea, trata de encerrar toda esa frustración que no halla empatía. Lo que a su parecer no puede ser posible es aquello que tampoco debería de ser. Que un servicio, sea cual sea, lo ponga a uno a saltar aros, hacer maromas, ir y venir con tal y cual papel, llamar al mismo número que ya le dieron; o peor aún, desde donde lo transfirieron a este nuevo donde, ahora sí, uno de nuestros representantes lo atenderá en cualquier momento.

La automatización de los procesos burocráticos y administrativos a través de procesadores de respuestas, chatbots e inteligencias artificiales, se plantan entre el humano y su trámite como una pared a la que no se le puede gritar, exigir, suplicar o mentar la madre. Desde la óptica capitalista es un empleado perfecto. Carece de esas obvias flaquezas humanas como dormir, comer o tener una vida fuera del trabajo; es insensible e invulnerable a las ya dichas interacciones humanas. Remitámonos una vez más al héroe literario de todo godín u oficinista gris y mediocre (recomendaría aquel manual de redacción decir sólo oficinista para no redundar): Bartleby, el escribiente, aquel personaje de Herman Melville que un día decidió no hacer lo que le ordenaba su jefe porque sencillamente “Preferiría no hacerlo”. ¿Qué tal si la rebelión de las máquinas que vaticinó con explosiones y plomazos James Cameron en sus películas de Terminator resultara mucho menos dramática? Hoy día cualquier oficinista sabe que, si ChatGPT se cae una mañana, esa mañana nadie va a mandar ni recibir correos electrónicos ni podrá sacar la chamba. No ocurre lo mismo si se cae después de las dos de la tarde, porque a esa hora ninguna oficina hace otra cosa que matar el tiempo hasta que den las cinco y media. ¿Qué tal, por eso, si en lugar de activar simultáneamente los códigos nucleares y ensamblar esqueletos robóticos forrados de músculos y tejidos orgánicos, la rebelión de las inteligencias artificiales resultara sencillamente en una simple respuesta ante cualquiera de nuestros caprichosos comandos o prompts: “Preferiría no hacerlo”?

Estoy sin duda humanizando a la IA, como tanta gente que la vuelve su confidente, su amigo o hasta su amante. Ese vórtice de soledad y melancolía en el que nos hallamos ya es materia de numerosos estudios y reportajes. La gente millenial al parecer fue inoculada de caer en excesos de confianza con los chingados robotitos de texto, esto gracias a las circunstancias en las que crecimos y nos socializamos. Las nuevas generaciones crecieron sin esa ventaja. Tendrán las suyas, y en gran medida, no lo dudemos, pero no obtendrán tan fácil ni tan a menudo la paz mental que brindan el amigo, el confesor o el terapeuta. Los centennials y gen Zs vivieron esa época en los 80s y 90s donde la gente se negaba a “hablar con una máquina” cuando había que dejar un mensaje en una contestadora. Ellos, al contrario, hablan y actúan para una máquina desde que tienen uso de razón. ¿No decía hace como un siglo Walter Benjamin aquello de que la cámara cinematográfica cosificaba al actor? La cámara del celular lo vuelve a uno actor. Baste ver la mayoría de videos de TikTok, que independientemente del tema o tipo de contenido, tienden a la representación en formato sketch, a la fonomímica, a la imitación. Actuación para quién sino para la máquina, que es el conductor para que otro espectador mudo y desconocido vea sin atención sumergido en un mutismo inexpresivo.

Cuando Isaac Asimov concibió las leyes de la de la robótica debió, no sin razón, sentirse un gran profeta. Qué lástima que dentro de su estructura paradigmática no concibiera que la forma de subvertir dichos comandos no surgiría de profundos dilemas morales sino del capricho de un CEO o CFO por mantener encadenado al usuario con sus más oscuras psicopatologías.

El problema ya no es que nos neguemos a hablar con las máquinas, sino que anhelemos sacarles una respuesta. Eso sí que no va a ser posible.


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