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Por Óscar Alarcón (@metaoscar)

Puebla, México, 26 de marzo de 2021 [00:02 GMT-5] (Neotraba)

Sonaba “Oro” y “Mi chica difícil” de Bronco en la camioneta. Seguramente se escucharon otros grupos norteños, regiomontanos para ser exactos. No lo recuerdo muy bien. Al único grupo regio que conozco a profundidad es el que lidera Lupe Esparza.

La noche anunciaba fiesta. Salimos de la inauguración de la exposición Poltronas, del pintor Miguel Ángel Jauregui, en donde la historiadora de arte Rocío Castelo y Sergio Pérez Torres sostuvieron una charla.

De tenis rojos, pantalón caqui, camisa cuyo estampado recordaba a los años 70 se bajó del escenario y con una copa en la mano nos saludamos. Después de un tiempo, salimos no sin antes hacernos la invitación a Gil Gallardo, Zaira Eliette Espinosa y a mí para ir a conocer el mejor lugar de Monterrey: en donde ni siquiera el Wi Fi de Dios llega. Se refería al Wateke, un bar que conocería apenas veinticuatro horas después y, con música en vivo. Efectivamente: el lugar que estaba abierto todo el día era un punto ciego en la mirada de Dios.

Ha publicado los libros Caja de Pandero (EDÉN, 2007); Mythosis (EDÉN, 2009); Los nombres del insomnio (Cuadernos de la Serpiente, 2016); Barcos anclados al viento (La cosa escrita, 2016; Sangre ediciones, 2018); Cáncer (Nada Ediciones, 2016); Cortejo fúnebre (Proyecto Literal / Instituto Sonorense de Cultura 2017); Party Animals (CONARTE, 2017); El museo de las máscaras (Fondo Editorial Tierra Adentro / CONARTE, 2018) y La heráldica del hambre (Carruaje de pájaros / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2019), todos de poesía. Los arcoíris negros (Editorial De otro tipo, 2020) es su primer libro de narrativa.

Portada de Los arcoíris negros, de Sergio Pérez Torres.

Óscar Alarcón. Sabemos que tu labor escritural está más cercana a la poesía. ¿Qué tan fácil fue para ti llegar a los textos narrativos que integran Los arcoíris negros?

Sergio Pérez Torres. Fue un proceso orgánico –no quiero abusar de la palabra– en realidad no fue planeado. Originalmente esto iba a ser un poemario. Está dividido por segmentos temáticos: un poema en prosa, seis relatos, un poema en prosa, seis relatos y así sucesivamente.

Los primeros textos fueron los poemas en prosa, pero para apoyarme en una anécdota, que después iba a tomar material para convertirlo en otra cosa, empecé a desarrollar un relato que me gustó muchísimo y continué con ese ejercicio.

Entendí, digamos, que la corriente me estaba llevando hacia otro lado. Decidí dejarlo ser, lo cual es algo nada usual en mí, porque generalmente trato de controlar las variables en el proceso de escritura o tiendo a tener una idea, aunque sea vaga, del libro, por lo menos en su estructura y en su esqueleto.

En cuanto empecé a hacer los relatos cortos, vislumbré otro esqueleto, otra estructura y lo tuve claro entonces. Por eso creo que puedo hablar de una naturalidad en cuanto a la escritura de Los arcoíris negros.

Creo que tiene que ver, si no la hibridación, por lo menos no un purismo, porque en mi obra poética tiendo a contar una historia. Tiende a ser anecdótica. Y acá pasa lo contrario: aunque sean narraciones, tienden a recargarse un montón en lo poético. Así que creo que eso ha terminado por equilibrarlo y por hacer una transición mucho más sencilla.

ÓA. Al momento de la lectura se siente cómo se construyen imágenes muy potentes. Las imágenes nos espetan esas otras realidades. Los temas que más me llamaron la atención en el libro tienen que ver con el abandono, la muerte y la enfermedad, ya sea en la personas o en una relación.

SPT. Es muy curioso que ligues lo amoroso con la enfermedad. Puedo contar mi escritura formal desde 2004. Aunque llevo más años, que fue cuando obtuve mi primer premio de poesía. Me parecen más bien que son intentos, como cuando los niños naturalmente aprenden el lenguaje: primero balbucean, después hacen malabarismos y cosas maravillosas pero al final no son estructuras usuales o las comúnmente aceptadas. Durante algunos años eso ocurrió, estuve en ensayo y error.

Dos mil nueve es el parteaguas para lo que terminó en un estilo o una voz propia, no sé cómo llamarle, o por lo menos que yo identifico: no me avergüenza atrás. Me sigue gustando en adelante. Fue un poemario llamado Cáncer, donde la hipótesis central del poemario es que el amor es un crecimiento anormal, desmedido y dañino dentro de uno mismo, por eso lo equiparaba al cáncer. Va extendiéndose hacia otros lugares en los que originalmente no estaba y terminan invadidos por la metástasis hasta acabar con uno mismo.

Es curioso que mi voz esté ligada a la enfermedad. Y más allá de que las Jeans lo dijeron mejor y de una manera magistral en “Enferma de amor”, creo que por ahí hay una gran escuela en la lírica popular en relacionar a la enfermedad con el tema amoroso.

No deja de tener un padecimiento, un pathos. A Safo la podemos considerar como el nacimiento de la poesía lírica en Occidente. En uno de sus poemas describe lo afortunado que es tal hombre por estar sentado frente a una muchacha, comienza a describir los síntomas que ella siente por verlo, al mismo tiempo, a él junto a ella y a ella: los celos y el amor a la par y a la fiebre y un calor y un zumbido… pero creo que eso está muy presente en la cultura occidental, por lo menos.

Lo asimilo de una manera inmediata, además de que es mi tradición, también es mi padecimiento. Tiendo a enamorarme de una manera clásica –en el sentido de no bonita– y eso termina por permear mi obra de una manera directa. En los momentos más amorosos, o que casi rayan en lo cursi, de los relatos no deja de aparecer este padecimiento, este “pero” durante ese proceso.

ÓA. En los protagonistas de los relatos parece que existe un no quedarse constante, como una especie de abandono, como si siempre los estuvieran dejando: ya sean los amantes, los familiares o la gente que se muere.

SPT. Eso habla de una manera subyacente de cuál es el eje en el que gravita el sentido del amor en este libro. O por lo menos en la cosmovisión del personaje. La piedra angular, el momento que detona todo es el fallecimiento de la hermana. Así que esa forma de sacrificio, también para los occidentales es como una prueba de amor.

Se me hace una cosa linda, por educación, pero aterradora. Despersonalizándolo: que en la cultura cristiana el símbolo de amor sea la muerte, el sacrificio. He hecho este ejercicio un montón de veces: preguntarle a las personas cuál cree que es la historia más popular de amor en Occidente, y todo mundo responde inmediatamente lo que se tiene que responder: Romeo y Julieta. Y no es en sí una historia de amor, tiene romance, mucho más tragedia que cercana a la literatura rosa, por ejemplo.

Me parece que hay una preconcepción del sacrificio ligada al amor bastante pesada. Es como nuestra cruz, la cruz que toca cargar después del sacrificio es el amor. La idea de la culpa: como alguien ya se sacrificó, ¿ahora estamos obligados a amar?

Aquí hay intensidad, pero me recuerda mucho más a lo que podría pasar en estrellas fugaces que a constelaciones: sucede rápido, es una estela deslumbrante pero no permanece. Es muy extraño que los personajes estén gravitando momentáneamente unos con otros y, a pesar de que puedan prever que su situación vaya a terminar desde antes de que inicie, decidan abordarlo o decidan tomar ese avión o ese tren o cualquiera de esos vehículos y que decidan vivirlo.

Eso es fantástico, en el sentido de lo real, cuando las personas sabemos que no somos compatibles para las otras personas. Hay un montón de circunstancias adversas o que la situación ya es cochinamente tóxica o insoportable.

Un amigo decía: “Hay relaciones que ya no son tóxicas, más bien son nucleares, ya estamos hablando de Chernóbil, y aún así la vida permanece. En todos estos vaivenes y tormentos, hay cosas que florecen.”

ÓA. ¿Crees que una de las características del amor es la imposibilidad?

SPT. No del amor en sí, pero lo que sí creo que es bastante imposible en su totalidad es la comunicación. En teoría lingüística me aterró la idea –muy simple pero igual de aterradora– de que cuando alguien dice “silla”, todos pensamos en una silla distinta. Lo decimos tan fácil, y lo intercambiamos tan fácil en oraciones del día, como si habláramos de lo mismo. Y de ahí empecé a tener un miedo terrible a las palabras, porque cuando yo le digo a alguien que lo quiero o que lo amo o que lo que sea, no sé si estamos hablando de lo mismo. Ni sé si la otra persona está entendiendo las cosas como yo las quise decir. Porque obviamente estamos utilizando puentes borrosos.

Así que creo que el amor es posible, la duración es otra cosa pero la comunicación es la que me parece tambaleante, nunca total.

Sergio Pérez Torres. Fotografía cortesía del autor.

ÓA. Eso me pone en otra condición del texto porque sentía que en ocasiones algunos textos se cerraban con un profundo silencio. ¿Qué significados tienen los silencios en tu obra?

SPT. También es de las cosas que más me aterran. Incluso, el año pasado, creo que fue la primera vez que toqué la llaga directamente.

Creo que tengo un universo muy cerrado en mi literatura. Hay muy pocos elementos dando la vuelta pero siempre hay uno principal, por ejemplo en el caso de Los arcoíris negros, es la primera vez que toqué directamente el tema de la muerte, a pesar de que aparece en todos mis libros, tanto los que ya están publicados como los que permanecen inéditos, esa sombra permanece.

El silencio también es una de las constantes: aparece porque aparece. Empecé a trabajar con eso porque me obsesiona en la medida en la que es necesario para que la palabra pueda ser.

Cuando escribimos o cuando hablamos son igual de importante las palabras que los silencios. O por lo menos los sonidos que los silencios. Sin ellos estaríamos bastante perdidos así que tendemos a borrarlos.

En otras interpretaciones más recientes de la Cábala creen que se pueden leer los silencios y que esos espacios –haciéndolos borrosos– terminan dando otro texto. Creo que en la poesía moderna, sobre todo, los silencios empiezan a importar de una manera mucho más consciente a partir de Mallarmé, y luego ya se traslada a todos los demás géneros literarios.

Acá, si bien no aparecen los silencios explícitos, sí lo hacen de manera tácita en donde ciertos finales se parecen más a un final abrupto o a un silencio que tanto puede servir para que cada una de las lectoras y cada uno de los lectores tenga esta apropiación de su historia o de lo que crea que suceda pero también para enfrentarse con sus propios silencios, de sus propios huecos.

ÓA. Yo te hablaba de los finales que parecen que son silencios sobre todo cuando alguno de los personajes le manda un mensaje vía Whatsapp a otro personaje y ya no le contesta. Me parece que ese mensaje en blanco o esa no contestación nos deja un signo inequívoco de silencio.

SPT. Ahora mucho más común. Hace como dos o tres años descubrí el término de ghosting, y me pareció maravilloso porque no es como una chiflazón, era una necesidad de nombrar algo que ya estaba ocurriendo. Cuando se bautizan cosas necesarias es cuando más me alegra descubrir las palabras o neologismos, pero acá no siempre sucede: no se responde porque alguien muere y ya no tiene la oportunidad de responderle. O alguien se quedó con el mensaje antes de decirlo o le hizo ghosting totalmente y decide no hacerlo. Lo cual, me parece, que también encaja con el espíritu de Los arcoíris negros, porque la palabra no deja de tener esta reminiscencia a un fantasma, que también se queda ahí apareciéndose entre el silencio de las dos personas.

ÓA. Cuando mencionas que le preguntas a la gente sobre la historia de amor icónica y te dicen Romeo y Julieta, yo pensaba en La piedad, en María bajando a Cristo como un gran sacrificio y como una gran entrega de amor. Te lo planteo así porque en uno de tus relatos un ángel de yeso se le cae a un niño en la cabeza. ¿Qué ocurre con la religiosidad en Los arcoíris negros y su relación de la madre con Jesús?

SPT. Actúa desde lo simbólico como lo real: no jugar con los ídolos. Este niño intenta montarse en el ángel de yeso y el ángel termina cayéndosele, estrellándosele y rompiéndole la jeta. Esto también puede leerse desde un montón de formas: como una reminiscencia del ángel caído, pero también a la idolatría o la pérdida de la inocencia porque se está cayendo un ángel y es muy simbólico que le golpee en los labios.

En mi caso, me parece que toda la iconografía de lo religioso juega un papel muy importante en mis referentes inmediatos en cualquier plática, y más aún en algún texto, porque ahí es mucho más intencional.

Comentaba hace un par de meses que si bien no me considero una persona creyente –que no me censure el gobierno de Puebla– eso es lo menos interesante a la hora de tomar estos símbolos, porque tampoco intento hacerlo de una manera revolucionaria ni trasgresora.

Aplaudo a quien lo hace pero también me parece en cierta medida anacrónico porque ese tipo de situaciones ya se dieron. Ahorita, quien cree es porque quiere creer, ya no estamos en la Edad Media para que ese sea el conocimiento que haya que poner en tela de juicio. A cada generación le corresponderá renovar esos bríos.

En mi caso tiene que ver con que sí lo considero propio. Esos símbolos terminaron siendo parte de mí de una manera mucho más íntima y no se trata de creer en los mitos, en los ritos, en las leyendas, en las escrituras. Eso tiene que ver con que son imágenes en mi cultura, de la misma manera que lo son los mitos griegos. En psicoanálisis, Freud pudo tomar estos elementos para nombrar cosas que estaban ahí. Me parece que, como tenemos esta cultura judeocristiana y grecolatina, ambas pesan de la misma manera en los occidentales y son las que nos permiten mantener una comprensión entre países como Portugal y Colombia, o Italia y México, o lo que sea.

También están presentes ciertos paralelismos y diferencias en Los arcoíris negros, pero yendo al tema de los símbolos y de los íconos, creo que muchos de ellos aparecen en el libro retomados y retocados, como cuando en el libro se explica lo de las vírgenes y lo del Jesucristo del sacrificio y del amor. Sin embargo, el tema de la hermana, que muere por alguien más, ya se vuelve maneras de referirnos a las cosas porque están ahí.

ÓA. Para un lector joven puede parecerle desastrosa la muerte de un familiar, la muerte de un amante. Y sin embargo también hay algunas referencias a la muerte de los abuelos, con el maldito COVID-19, vemos que quienes mueren son los ancianos, y eso es como parte de la cotidianidad. ¿Qué ocurre con la familia en Los arcoíris negros, que en ocasiones parece de lo más tradicional y en otras parece ser de lo más relajado y ocurre la muerte de la abuela?

SPT. Me parece que lo de una familia tradicional está abierto porque hacen un estudio y descubren que el papá ni está en la casa, que es madre soltera, que en algunas vive el abuelo y en otras la abuela, o el medio hermano de la otra familia que se fue. Bueno, ni siquiera se podría creer que la mayoría de las familias en México sea un papá, una mamá e hijos.

En este sentido, me parece que los mexicanos, o los latinoamericanos, quizá, siempre se han distinguido por la cercanía con la familia extendida. No somos seres lejanos. Tal vez para mal, no estoy alabando esta idea, somos familias demasiado cercanas.

En muchas familias, las abuelas y los abuelos terminan por ser el sol sobre el cual está orbitando absolutamente todo. Me parece que lo he visto en un montón de familias: cuando fallecen los abuelos, la familia se desmorona y empiezan a no juntarse en navidad, a no reunirse en año nuevo. Pero es algo muy específico y bastante interesante, así que aunque esto ya no se trate, en el libro es un momento detonante para ir construyendo la historia o la psicología del personaje en sus distintas etapas.

En mi caso particular, creo que la figura de mi abuela termina por estar presente en mi poesía y ahora en mi narrativa, parece que es el ser más adorable que ha existido. Igualmente terrible, pero una especie de figura abuelesca como de Sara García, que igual te inspira respeto-amor-ternura y no sé qué tantas cosas más, me parece que este arquetipo de la abuela es sumamente importante para la obra.

Y luego aparte aparece otra abuela, en otro sentido mucho menor, en donde ella sólo inspira un poco de temor, con una amenaza de muerte. Es curioso que cuando ya tengo los textos listos, descubro que quienes están presentes son las dos abuelas y los abuelos no se mencionan, no aparecen.

En mi configuración de vida mis abuelos fueron abuelos presentes, estuvieron todo el tiempo, pero me parece que las tradiciones y lo cultural, viene dado por las abuelas.

ÓA. Justo a eso me refería: la ternura que despierta la muerte de una abuela. ¿Qué ocurre cuando se desmorona la figura de la abuela en nuestro país?

SPT. Como te decía: es bien extraño, parecería que esa sería la muerte simbólica de la familia porque es con quien se pierde esta tradición y con quien termina por destruirse la cohesión o la responsabilidad de reunirse. O tal vez también se pierda cierta identidad.

Sergio Pérez Torres. Fotografía cortesía del autor.

ÓA. En el libro se narra un intento de secuestro, algo que se vive como parte de la cotidianidad en el país. Háblanos de la violencia que se vive en México, pero que de manera clichesca se cree que ocurre más en el norte.

SPT. Me parece que durante mucho tiempo, durante el Calderonato, estuvo muy presente en el norte del país y lo azotó de una manera que no recuerdo haber vivido antes. Espero no volverlo a vivir, obviamente.

Vienen dos secuestros en el libro: uno que sí alcanzó a darse, y un intento de secuestro del personaje principal. Es algo muy extraño, porque ahora que hablas del norte, me he preocupado por intentar mantenerme al margen de mi tradición local inmediata. Si algo ha destacado en la literatura norte de México ha sido la literatura negra, la narconovela, la literatura fronteriza. Pero al final, al reproducir estos esbozos realistas, termina por ser imposible escapar de eso, porque fue una realidad presente durante muchos años, mucho más de los que me gustaría admitir o recordar.

También me parece muy interesante que se hable de que los grandes temas están agotados, con esta idea posmoderna y de abolición a lo hegemónico en donde “ya no hay que hablar del amor, ya no hay que hablar de la muerte”, y a mí me parece sumamente ridículo porque no podemos escapar de los grandes temas porque son universales y atemporales. Podemos transformarlos o retocarlos o hacerles un montón de cosas pero no podemos escapar de ellos. Lo veo como una cosa fatalista: no podemos escapar del amor, no podemos escapar de la muerte.

Si este libro hubiera salido hace 10 años, hubiera tenido una vigencia por el tema de la narcoviolencia, pero el libro terminó por ser publicado en diciembre de 2020, legalmente dice que en diciembre pero formalmente salió en enero de 2021, en plena pandemia, en donde la gente se está muriendo en todo el mundo. Así que al leer Los arcoíris negros, de una manera u otra alguien puede sentirse cercano a la idea de la muerte y sus circunstancias además, claro, de su historia de vida.

ÓA. El título y las historias nos dan una idea de desaparición y de abandono, pero también hay una idea de fenecer, como cuando una gran estrella se apaga, también los grandes arcoíris se están apagando dentro de tu texto, como una carga simbólica, hablando de literatura gay. ¿Podrías hablarnos sobre el simbolismo del título?

SPT. Lo del arcoíris actúa en un montón de niveles. Para empezar es un libro que muestra un montón de situaciones homoafectivas u homoeróticas, pero siempre ligadas por un tono súper sombrío o, como decía, fatalista en otro sentido. Así que no son los arcoíris brillantes ni es la idea de lo gay original, porque la etimología de gay es feliz. Creo que no es exactamente un libro feliz aunque tenga algunos dejos de humor ácido o de humor negro. No creo que esté ni siquiera cercano a la comedia, está muy marcado el tono, pero esta idea de lo gay mucho más sombrío también me parece un color del arcoíris que hacía falta: no todo es un desfile maravilloso de colores y cuerpos estilizados y demás.

También actúa al nivel de lo religioso en donde dios hace la promesa de no volver a castigar con agua a la humanidad y de ahí surge el símbolo del arcoíris pero el castigo está ahí presente: “Te voy a seguir castigando de todos los modos posibles” y hay un montón de castigos en el libro.

Y también en una cuestión de lo natural, de lo atmosférico, de lo climático: el arcoíris aparece cuando ya pasó la lluvia o cuando ya se fue la tormenta. Siempre se habla de momentos ya pasados. Ocurrieron todas estas cosas en la configuración de vida y después están narradas, entonces es el símbolo de todo eso.

ÓA. El día de hoy se declaró en Puebla la Ley Agnes. Me parece que hay una situación que no se nos debe de olvidar: el asesinato de Agnes no hay sido resuelto. ¿Nos podrías dar tu opinión sobre la aprobación de la ley y sobre el hecho de que no se haya resuelto el asesinato?

SPT. Actualmente estudio mi séptima carrera, que es precisamente Ciencias Jurídicas. Soy una persona inclinada a la defensa de las minorías. Me parece que en este país hay un montón de huecos por legislar, hay un montón de figuras jurídicas por reconocer pero lo que es igualmente importante: hay un montón de crímenes que esclarecer.

Creo que ya ni siquiera tenemos memoria, ya ni siquiera tenemos la capacidad para poder lograr, a tiempo, el esclarecer crímenes atroces. En el libro se platica que México es un museo abierto de la muerte. Cuando se abre una investigación, muchas veces ficticia y muchas veces como una mera simulación mediática, es darse cuenta de que cuando se compone una cosa se descomponen tres.

Es un tema que no quisiera tratarlo a la ligera porque para mi gusto, los escritores no siempre somos portavoces de la última palabra y de lo correcto. Quisiera reconocer mis limitaciones al respecto. Sobre mi planteamiento personal, creo que esto fue apenas una pequeña victoria y faltan cosas mucho más grandes y espero que como sociedad, gobierno, asociaciones, lo podamos lograr y lo más rápido posible.

Respecto a lo segundo: que no haya perdón y que no haya olvido, y sobre todo que se descubra lo que se tenga que descubrir en este país. En cualquier parte del mundo, en realidad.


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