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Por Brandon Vázquez

Xalapa, Veracruz, 05 de mayo de 2021 [00:02 GMT-5] (Neotraba)

En una de las escenas de Bohemian Rhapsody, cuando Mary encuentra a Mercury enfermo, rodeado de botellas de licor vacías, este le dice algo como: “ser humano es un estado que requiere algo de anestesia”. En efecto, la anestesia ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos. A mí me gusta pensar que fueron las sustancias que marean las que hicieron hombre al hombre (en el sentido que Marx y Engels definen) y no el trabajo, ni el fuego, ni la carne cocida. En mi imaginación, veo ahí a un grupo de primates reunidos en algún recóndito sitio de un bosque, tumbados, delirando a causa de la intoxicación por haber ingerido algún psicodélico natural, sumidos en un estado casi místico de conexión con todas las cosas. Así es como creo que empezó todo.

Actualmente, le rendimos un poco de homenaje a ese supuesto y muy inverosímil principio. Hace un par de semanas se festejó el famoso 4 20, cuyo fin es recordarle al mundo que no siempre la Razón es la virtud más ponderable de la especie humana. En realidad, puede ser terrible: el culto a la Razón nos hizo herederos de un positivismo inhumano, de una cultura de consumo voraz, de un materialismo cruel. Como todo, la Razón tiene sus ventajas; sin embargo, a menudo no es más que otro mito, otro cuento que los seres humanos se narran a sí mismos para justificar atrocidades. La Razón como verdad universal.

Alterar los sentidos de forma deliberada a veces es una forma de protestar contra esa razón alienante. Dice Miyo Vestrini:

La dependencia alcohólica es la verdadera libertad. No todo el mundo muere porque bebe o porque fuma o porque se inyecta. Sobreviven. Es suficiente. No te sometas al chantaje de la muerte. La gente que te habla de dependencia se cepilla los dientes todos los días, a las 8, a las 12, y a las 8 otra vez. Llegan todos los días al mismo sitio y hacen las mismas cosas. Le dan cuerda al reloj para que suene, sin falta, a la hora exacta. Toman un jugo de naranja exactamente antes de cagar. Van a un parque y corren como avestruces. Sudan y quedan vacíos de tripa y cerebro, con una bruma tan cerrada que sólo ven la punta de sus zapatos adidas. […] ¿Eso no es dependencia? ¿Eso no es reducir la vida a unos hábitos estúpidos?

Es verdad: al drogarnos, nos deshacemos de la razón maldita, de la razón maldiciones, y somos un poquito más libres: sin tiempo, sin preocupaciones. Estar drogado es una forma de emancipación. El buen Khayyam allá por el siglo XI elogió al vino como principal arma contra el sentido común. Visto de esta manera, pachequear no sólo es un vicio llano sino que puede fungir como forma de resistencia. Se dice en el Rubaiyat:

Necesito esta noche vaciar una panzuda
tinaja, y beber luego alguna que otra copa
de buen vino. He resuelto desposar a la Hija
de la Vid, repudiando a la Razón primero.

Aunque lo anterior debe leerse con precaución, es cierto, por otra parte, que el culto a la Razón es un mal del que nadie se preocupa. No debe interpretarse la cuarteta como una abyección gratuita contra el don humano de la intelección: hay que entenderla como una ventana que en su paisaje nos recuerda la infinitud de posibilidades. Hablo aquí del raciocinio como una imposición cultural: por eso el poeta persa insiste en rechazarla. Como místico, Khayyam está dotado con el don de la visión, es decir, con la capacidad para ver, como decían los Thundercats, “más allá de lo evidente”. Esta gracia con la que fue bendecido le permitió comprender el rechazo absoluto que manifiesta la razón frente al absurdo de la existencia y frente a la futilidad de la vida: qué ironía que sea la razón, la gran esfinge de la comprensión y del saber, la que menos sea capaz de comprender la idea de no existir, la nada conque viene cargada la muerte:

¿Sé cuándo vine al mundo y cuándo me iré? Nadie
puede fijar la fecha de su muerte. Tampoco
la de su nacimiento. Trae vino, jovenzuelo.
Quiero olvidar que nunca sabré nada de nada.

Hay que tener un nivel de ceguera y prepotencia muy grandes como para estar inmutablemente convencido de que la vida tiene un propósito y de que es especial. Léase lo anterior sin ningún tipo de connotación negativa o positiva. Las imágenes de telescopio del espacio profundo son el más irrefutable argumento para defender la proposición. La inmensidad del espacio es incognoscible, más extensa que el tiempo de una vida humana. Esto es lo que más rechaza la razón: su presunción de infinitez es su mayor defecto y el más evidente signo de su incapacidad para comprender nada. Por todo lo anterior es que el culto a la razón no presenta ninguna ventaja contra la voluntad que lo rechaza. Mejor aún: la posibilidad de su rechazo es lo que dibuja un camino nuevo hacia una nueva forma de vida.

Que alguien se atreva a negar que una nueva forma de vida no es necesaria en una época de dolor como en la que vivimos.

Khayyam, como todo buen sabio, propone el placer, tanto el gratuito como el trascendental. Con este último no me refiero a otra cosa más que el poder de vivir siempre en el presente. No me importa si el término es el que menos se ajusta a la idea que tengo de él. Me refiero a eso y punto. Vivir en el presente significa adquirir la consciencia de que todo, incluido uno mismo, es transitorio, efímero, volátil, desde lo físico, hasta lo emocional y lo espiritual. Dice el poeta persa:

Voy a abriros mi pecho. Mi regla de conducta
es hacer cuanto quiero, a despecho de toda
moral o conveniencia. En nada, en nadie creo.
No amo a nadie, y tampoco tengo fe ni esperanza.

Creo recordar que los alemanes tienen un término para conceptualizar lo anterior: el dasein. Creo recordar que la traducción de la palabra es algo como “ser aquí y ahora”.

Y es que no puede oponerse una objeción a la calidad de esa conciencia. Porque lo contrario no es necesariamente lo óptimo:

Imagínate el mundo ordenado a tu gusto.
Supón que has terminado de leer ya la carta,
que has gozado cien años a tu antojo, y que puedes
vivir cien años más del mismo modo. ¿Y luego?

Entonces nos vemos obligados a volver al principio: la razón no puede concebir que la vida en sí misma manifieste a todas luces ser una tajante paradoja. ¿Qué podemos hacer entonces? Dice el poeta:

Alegra el corazón saciándote de vino
y no pienses en el pasado ni el futuro.
Rompe ya las cadenas de la Razón. Procura
libarte del precario traje de prisionero.

Esta es la solución. Stay high!:

Alguien me dijo un día: «No bebas más, Kheyyam.»
«Cuando bebo —repuse— comprendo lo que dicen
la rosa, la amapola y el jazmín, y aun comprendo
lo que decir no saben los libros ni mi amada.»

Creo que esa facultad de concebir la nada es una consecuencia del don de la visión, proporcionada sólo a unos cuantos elegidos, porque esa concepción me parece lo más cerca que puede estar alguien de comprender la infinitud del universo. Al poder establecer la cognición el paralelismo entre la infinitud y la nada, esta está muy cerca de la intelección de la totalidad. ¿Puede alguien negar que, a comparación del tamaño de la galaxia, la tierra no llega a ser ni siquiera una mota de polvo? A comparación de la galaxia, la tierra es un átomo imperceptible.

¿Qué es el mundo? Una parte pequeña del espacio.
¿Qué es la ciencia? Palabras. ¿Y qué son las naciones,
las flores y las bestias? Sombras. ¿Y tus continuos,
tus inquietos cuidados? Sólo nada en la nada.


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