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Por Edgard Cardoza Bravo

Ciudad de México, 16 de junio de 2023 [00:01 GMT-5] (Neotraba)

La perenceja
es una nota larga y desafinada cual chischil
de cartero
o sonaja de cascabel vuelta hacia arriba.


Es así que caminas cuidándote hasta del eco occipital
que tira bulla sobre cualquier cascajo
que apacientas
y lo quieres pasar como la más rotunda
y oficiante verdad del dios incauto que te anima, 
verbigracia el último garito donde el jáculo se frunce:
la garúa menos científica de todas. 


Vamos entonces sembrando pasos en la ruta prohibida:
la soledad invoca su gárgola secreta
y aparece de pronto como si fuera el penúltimo grito
al modo gregoriano de salmodiar proverbios por encargo.


En ese punto exacto es donde deberíamos desechar 
nuestras modulaciones en tono Pavarotti
–decrépito in crescendo–
y dejar fluir la flema indómita hasta el borde mismo de la flama:


carraspea pues con argentina densidad
y vuélvete Solís en vez de solitario:
josealfredea cuando puedas, 
siembra bajo la mesa gazapos manzaneros, 
es más, 
siéntete el más Cuco de los hijos de Sánchez, 
sin que ello signifique
que anules / mortifiques 
tu gusguera y beatífica pasión por las calmadas
de índole palmaria
con tu cuño de sello
sin lacre que destile las orillas 
de treinta y tres devoluciones 
al más puro estilo del santo sin aureola
que de pronto ha incurrido
en rolar acetatos 
–sobre aquel mar de tinta–
con su efigie labrada:


helo aquí: Ulises, iniciando el relato 
de una Troya sin cuento.

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