Desde el autoexilio en los bosques de Klatch City, 26 de octubre de 2026 (Neotraba)

No hacemos música para complacer a las juntas directivas de las corporaciones; hacemos música para sobrevivir a ellas.

Chris Cornell

Hablar –o escribir– sobre esa revolución accidental, como la llamo Kyle Anderson en su libro, es entrar a una escena que tiene una serie de similitudes con lo que estaba pasando en Londres en la década de los setenta que terminó siendo la semilla germinal de algo que si bien tuvo muchos orígenes, esta ciudad era el caldo de cultivo para que la escena Punk –no la música– surgiera como la forma de desahogo de unos jóvenes que no venían u futuro más allá del que ofrecían los polígonos industriales, el cual solo les permitía seguir siendo carne de cañón de un modelo de producción-consumo que ya la había fallado a sus padres.

Fue en Londres donde esta escena musical cobró fuerza en la juventud de la clase obrera. Que ya después un “listillo” lo tomara y lo empacara como rebeldía para sacarle provecho financiero es otra historia, lo que me interesa recalcar aquí es cómo el Punk antes de la industria –e incluso después– siempre tuvo eco entre la desesperanza y la supervivencia de la clase obrera.

Con el Grunge pasó algo similar. No es solo un género musical, sino que representa una escena que se fue forjando desde la década de los ochenta y terminó por explotar y desparecer –como producto de consumo– a mediados de los noventa. A diferencia del Punk esta escena no duró mucho, fue una revolución meramente accidental y como inició se fue, lo cual tampoco es malo, después de la explotación de la industria de la música y aun con resaca, Seattle fue reacomodando su peculiar forma de vivir las influencias musicales y nos dieron a Band of Horses, Damien Jurado entre otros que son la evolución natural de una ciudad de clase trabajadora que en algún momento intento ocultarlo bajo una marca registrada conocida como Grunge.

En el libro The Cult of Grunge: Politics. Design. Religion: Capitalizing on the Anti-Corporate, 1990’s Grunge Scene, Kristine Brence hace un incisivo análisis de esta escena, que inició no solo desde el desencanto de los jóvenes del área metropolitana de la bahía de Seattle ante las pocas posibilidades de tener un futuro más allá de terminar siendo parte de la línea de producción de muchas de las fábricas que en esos años había en esa región, sino que también se gestaba toda una idea anticapitalista sobre la música y la cultura, teniendo como base al American Hardcore, el Punk y mucho del Rock de clase obrera y universitario que se estaba dando en aquellos años.

Desde ahí analiza el cómo la industria tomó estas ideas y formas de vida, que de cierta manera rechazaban el consumismo, la homogeneidad y en menos de cinco años lo convirtió en un producto de mercado donde la moda aprovechó y globalizó el Grunge más allá de lo que los jóvenes marginados del noreste del país querían expresar.

Este libro no intenta analizar a la música desde la parte de la creación artística, lo hace desde la influencia que genera en una escena que no podía catalogarse por un género o estilo musical, sino por una forma de vivir en los márgenes que le permitía su pobre futuro. Desde ahí es que analiza toda la mercantilización de la que fue sujeta y el cómo ese desdén y desencanto contra el éxito y la mercantilización, se convirtió en la marca registrada a comercializar y explotar. El caso Nirvana y Kurt Cobain es el mejor ejemplo de ello.

Una banda que rechazaba el éxito y paradójicamente fue lo que los puso como la banda más exitosa de esta revolución accidental.

Pero Brence no se queda solo en la parte de la música, su análisis lo lleva hasta la moda, el diseño gráfico y la estética visual, que pasaron de ser o de expresar un sentimiento DIY (hazlo tú mismo) a convertirse en parte de la mercantilización, incluso llegando a las pasarelas de moda, donde las franelas, el uso de ropa de segunda mano –aunque esta fuera solo una apariencia–, la estética del descuido y de la clase obrera pasó a ser la forma de vestir de la mayoría de los jóvenes, homogenizando las identidades y las formas de rebeldía desde la estética.

Finalmente, la autora describe esta idea de culto que comenzó a darse alrededor de muchos de los músicos o bandas que antes de ser empaquetadas y vendidas como productos, solo eran jóvenes sin futuro, mucho desencanto, decepcionados de un sistema que no les ofrecía nada –y sigue sin hacerlo– con los que crearon una suerte de ídolos, referentes a los que había que idolatrar, el ejemplo de Kurt Cobain que pasó de ser un referente a un mártir de esta revolución musical es muy claro. Un personaje atormentado por el éxito, la mercantilización de su música y la falta de reconocimiento a su capacidad artística, que terminó suicidándose, creando con esto un mártir de las contradicciones de una juventud desencantada.

En pocos años, el Grunge pasó de ser una pequeña escena local en el área de la Bahía de Seattle, a globalizarse desde la industria convirtiéndose en un producto de consumo y de dominancia a la juventud, justo en esto radica la importancia de un libro como The Cult of Grunge: Politics. Design. Religion: Capitalizing on the Anti-Corporate, 1990’s Grunge Scene, el cual deja la música de lado para centrarse en el como una escena que nació, evolucionó y se afianzó desde la juventud de la clase trabajadora, se convirtió en una mercancía, un culto y en una moda.


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