Coyoacán, Ciudad de México, 26 de octubre de 2026

Sus ojos se resistían a abrirse. Finalmente, recibieron la luz del sol que, piadosa, estaba muy mortecina. ¿Acababa de amanecer o estaba oscureciendo? Intentó erguirse, su espalda se negó y cayó nuevamente en la inconsciencia. Quien sabe cuánto tiempo más tarde la sensación en su espalda de la tierra húmeda y fría volvió a sacarlo de su sopor. Logró levantar la cabeza, que le explotaba. Sonrió, pues Delia, su amor, se acercaba, caminando al lado de Jesucristo. Detrás de ellos, el cielo dorado resplandecía como un halo.

–Papá, yo creo que lo llevamos a la casa, –dijo la joven, de ya cerca no se parecía mucho a Delia.

–Está muy golpeado y apesta. Primero tenemos que saber qué le pasó, no queremos meternos en problemas. El hombre tampoco era Jesucristo, sólo un paisano de pelo largo y camisola de manta.

–Joven, ¿está bien?, –le preguntaron.

Quiso pedirles un alivio para el tormento de su cabeza.

–Mmfffcabzzzz

–¿Ves?, –añadió la joven. –No puede ni hablar. No podemos dejarlo aquí.

–No sé… Bueno, está bien, ayúdame a sostenerlo y lo llevamos a la casa.

Colocaron uno de sus brazos sobre los hombros de la joven y el otro, sobre los del señor. Intentaba apoyar sus pies en el piso para ayudarles, sin mucho éxito. Olía a anochecer tropical. Después de una eternidad, llegaron a un descampado cercado por árboles. Había dentro algunas construcciones. ¿A dónde lo llevaban? Sus piernas, aún inservibles, le confirmaban que no podría escapar. Al franquear la cerca, el huele de noche de su infanciaque enviaba efluvios desde las casonas lo tranquilizó y siguió dejándose llevar, rindiéndose ahora con una tibieza que recorrió su cuerpo.

–Que se quede en la bodega.

–Pero papá, se va a resfriar.

–Para nada, con una cobija gruesa dormirá bien.

Lo metieron a un cuarto sin luz en un jacalón, junto a lo que parecía la casa principal. Lo acostaron en un catre, lo cubrieron y se fueron diciéndole que descansara.

Se quedó ahí, molido pero empezando a sentirse alerta nuevamente. ¿Qué pensarían hacer con él este señor y su hija la mañana siguiente? ¿Qué pasaría cuando se enteraran del coche quemado? Inmediatamente sabrían que él había sido quien chocó. Mencionaron que apestaba: ¿a fuego, a bebida…? Su cerebro seguía revolucionado.

Delia, mi amor, ¿cómo pudo ocurrir? Mi Mustang nuevecito. Mi papá me va a matar. Mi mamá me va a matar. ¡Los hermanos de Delia!, esos sí me van a matar. No puedo regresar, ¿qué voy a hacer…? Tardó mucho en conciliar el sueño.

Hijo único, el orgullo del papá, la niña de los ojos de la mamá. Nunca le habían negado ningún capricho. Delia era la única que se portaba fastidiosa con él. Esa tarde festejaban que De la Madrid había ganado. Él la estaba pasando bien, bebiendo sólo un par de copitas; ella la estaba pasando mejor: reía mucho, iba y venía con sus amigas por todo el rancho. Le encantaban los caballos y había montado un rato. Pero después de unas horas, ella empezó a quitarle la copa de las manos. Insistió en que ya no tomara, en que se regresaran, hasta que lo encolerizó.

–Está bueno, vámonos, pero la próxima no te traigo, eres muy chillona, –le había dicho. Ella permaneció muda, como siempre que él se enojaba.

Ya era tarde, no había coches en el camino, así que se dio gusto con su patita pesada, a pesar de los visibles signos de ansiedad de Delia.

–¡Estás loco!, ¿qué te pasa? Mejor déjame bajar. La jovencita estaba a punto de llorar.

–¡Puras quejas! ¡Ya es hora de que te des cuenta de que andas con un hombre, no con un niño!

Y siguió acelerando… Hasta que apareció la vaca, la estúpida vaca, en la mitad de la carretera. No le pegó, pero sí al árbol al lado del camino.

En un abrir y cerrar de ojos, se vio encimado en el volante. El pecho le dolía. Se despegó con dificultad. Volteó. La cabeza y el torso de Delia estaban por fuera, sobre el cofre; el parabrisas, desecho en pedazos, sobre sus piernas y su falda. Sangre por todos lados. Sangre que había olido antes de verla. Náuseas. Una sensación de calor invadía ahora su pecho.

–¡Delia, Delia, tenemos que salir del coche! ¡Mira esas llamas!

Delia no se movía. Él logró abrir la portezuela y se dejó caer fuera. Su cuerpo era un costal de golpes que se arrastraba para abrir la portezuela de ella. De pronto, un golpe de aire ardiendo lo aventó lejos. Al voltear, vio el coche convertido en un carbón llameante. Con Delia adentro, seguramente carbonizada ya también. A pesar del calor, sintió que se le heló la sangre…

En lo alto de la colina, apareció bajando un auto. Pánico. ¿Qué pasaría si se detenía ese auto? ¿Lo habían visto? ¿Lo dejarían irse? Arrastrándose todavía, se alejó sin detenerse, haciendo cuentas: cuando menos una hora en lo que dan aviso y llega la patrulla. Ya será completamente de noche. No me buscarán a esas horas. Para mañana temprano estaré lejos. Huiré a donde nadie me conozca.

Despertó en la madrugada, desorientado. Tras unos segundos, recordó que estaba en la bodega de “Jesucristo”. Sus piernas lo sostuvieron sin problema cuando se levantó. Salió al patio; mientras sus ojos se acostumbraban a la multitud de estrellas como única luz, reflexionaba…

No podía creer lo que había ocurrido. Delia, como siempre, había tenido razón, debería haber ido más despacio. ¡Puta vaca del infierno! Pensó en su familia, que sería señalada por todos… y en Delia… Su cuerpo, repentinamente muy pesado, se derrumbó, sentándolo junto a un muro. Ahí lloró un poco. Un gallito chaparro, moteado, se paró junto a él sin que lo notara. Cuando cantó anticipando la aurora, lo hizo brincar y volver a la realidad. Había que actuar ya.

Tenía sólo una alternativa. Tomó sigilosamente del tendedero del patio una camisa y un pantalón y se los puso en lugar de su ropa apestosa. Se lavó la cara. Dudó un momento. Total, ni que el viejo de veras fuera Jesucristo; además, no me quería recoger ni me quiso acostar en su casa…

Probó sigilosamente la perilla de la entrada a la casa principal. Logró abrir sin ruido. Sus ojos se habían acostumbrado muy bien a la oscuridad. Metió en una bolsa dos huevos y un refresco. También unos billetes que estaban junto al fregadero. Tomó camino hacia la montaña. Éste era el primer día de su nueva vida.

Regresaré dentro de algunos años, diré que me dio amnesia, que no sabía yo quién era, que de pronto me vi en algún pueblecillo desconocido y me quedé trabajando, porque no sabía qué otra cosa hacer…


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