Una ventana inmensa: Ernestina Yépiz
Poemas de la autora de los libros La penumbra del paisaje, Los delirios de Eva, Los conjuros del cuerpo, Nostalgia de la musa y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar

Poemas de la autora de los libros La penumbra del paisaje, Los delirios de Eva, Los conjuros del cuerpo, Nostalgia de la musa y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar

Por Ernestina Yépiz
Los Mochis, Sinaloa, 15 de octubre de 2026 (Neotraba)
A veces me sueño –sin razón alguna o nada más porque sí– en la terraza de un café en Montmartre, el mismo que pintó Vincent van Gogh en algunos de esos célebres cuadros tan conocidos suyos y que tan nostálgicos y vivos nos resultan. El caso es que estoy ahí y con lápiz en mano intento escribir un poema en un enorme pliego de papel estraza –bastante ajado– que tengo extendido sobre la mesa, en la que está también un plato de peltre azul –de los mismos que había en casa de mi abuela– con una hogaza de pan de centeno, añejas tiras de jamón serrano y un trozo de queso –añejado también– que despierta mi apetito con su intenso aroma; pero eso no es todo, el mesero trae para mí una botella de vino y pido un ajenjo con aceituna negra que solo con olerlo comienza a embriagarme. Es noviembre –el mismísimo mes de mi cumpleaños, aunque ya no quisiera cumplir ninguno– y el robusto otoño se desnuda y lo desnuda todo: hace caer las hojas de los árboles y una alfombra de amarillos, ocres, grises, rosas, lilas, naranjas y rojos cobrizos cubre por completo el suelo. La tarde juega con las sombras y yo que soy proclive a los resfriados sigo ahí sin poder concluir el poemita. Empiezo a creer que tal vez es cierto eso de que un poema nunca se concluye y creo que un sueño, tampoco.
*De Nostalgia de la musa, 2023
Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.
J. L. Borges
Una vez amé con desmesura –no se puede amar de otra manera– a un hombre a quien le gustaba acostarse desnudo sobre el piso y dormir a la intemperie: su lugar favorito era el techo de la casa y ahí pasábamos horas, nada más viendo las estrellas que se iban apagando una a una hasta desparecer antes de que la luz del día llegara vistiendo a las sombras. Luego llegó aquel otro a contagiarme su pasión por la jardinería y lo amé porque le gustaba cultivar rosas y servir en copas el rocío de los pétalos como si fueran las gotas de un fino champagne. Imposible no hablar de aquel que en otra vida había ejercido de barman en una polvosa cantina del antiguo oeste, pero en esta era el más excelso cocinero que yo haya conocido y preparaba para mí las pastas más exquisitas. Los tres terminaron por irse, pero no por completo porque mucho de lo suyo se ha quedado en la casa que alguna vez habitamos y que yo habito todavía: los fragmentos de un jarrón roto, una copa astillada, un bate de beisbol, una bicicleta vieja, un ejemplar de la poesía incompleta de José Emilio Pacheco, una novela de Marguerite Yourcenar. Cierto es que los extraño a todos, pero por paradójico que resulte, están conmigo.
Cierto es que existen quienes una tarde se encuentran por las calles de una ciudad lluviosa; y sin poderlo evitar, se miran; y al mirarse, se detienen; y al detenerse se hablan con cualquier pretexto; por ejemplo: uno quiere saber si dos sabe el nombre de los árboles que pueblan el camellón de la avenida en la que se ha dado –única y exclusivamente por obra del azar– ese fortuito encuentro. Dos se interesa por informarse si la librería de la esquina abre hasta las ocho o las nueve de la noche. Uno responde que está abierta las veinticuatro horas y puede leer ahí mismo el libro que le apetezca y mientras esto sucede se ofrece a hacerle compañía. Luego caminan hombro derecho junto a hombro izquierdo bajo un mismo paraguas; y minutos después, entran sin equipaje al cuarto de hotel donde alguno de los dos –él o ella; él o él; ella o ella– han pagado tres días o una semana de hospedaje. Ambos ven la cama impecablemente tendida recubierta con una colcha blanquísima, se desnudan y se tienden sobre ella y así comienzan y terminan ciertas historias de amor.
*De Nostalgia de la musa, 2023

Ernestina Yépiz. Poeta, ensayista y narradora. Maestra en Literatura, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha realizado las antologías: La desnudez de las palabras, selección de la poesía de Norma Bazúa; Entre sombras (relatos de suspenso y tinieblas), narrativa de Amparo Dávila; Las mariposas nocturnas y otros relatos, narrativa de Inés Arredondo, entre otras. Libros: La penumbra del paisaje, Los delirios de Eva, Los conjuros del cuerpo, Nostalgia de la musa.
