La Literatura ha muerto
La Literatura ha muerto, nos dice Adolfo Calderón Sabido, quien se ha dado cuenta de que las historias o la poesía han quedado a un lado: el problema es que confundimos la facilidad de imprimir con la necesidad de publicar

La Literatura ha muerto, nos dice Adolfo Calderón Sabido, quien se ha dado cuenta de que las historias o la poesía han quedado a un lado: el problema es que confundimos la facilidad de imprimir con la necesidad de publicar

Por Adolfo Calderón Sabido
Mérida, Yucatán, 14 de octubre de 2026 (Neotraba)
El cadáver tiene buena presentación. Sonríe, sostiene un libro recién impreso, agradece a sus lectores y anuncia que la obra ya se encuentra disponible. Debajo aparecen cuarenta felicitaciones de personas que nunca la leerán. Alguien escribe que es una voz imprescindible de las letras contemporáneas. Otro asegura que su talento no conoce fronteras. Un tercero le desea que continúen los éxitos. Todos se conocen. Todos escriben. Todos se felicitan. Pero, ¡carajo! Nadie lee.
Antes, para escribir una novela mala, por lo menos había que sentarse a escribirla. Ahora basta con tener una computadora, una suscripción a ChatGPT y la estúpida convicción de que el mundo necesita conocer nuestra “interesante” vida. La inteligencia artificial se encarga de ponerle palabras a esa necesidad de reconocimiento.
Me subo a mi albarrada de Face y encuentro publicaciones atiborradas de palabras pulcras que parecen recién salidas de una fábrica de sentimientos. Todo es resiliencia, transformación, gratitud, luz, sombras, cicatrices que florecen y silencios cursis que gritan. Los escritores ya no están tristes: transitan procesos. No abrazan sus demonios. No se quedan sin ideas: descubren la supuesta belleza sin habitar el vacío.
Hay tanta insulsa profundidad que uno termina ahogándose en el charco de una tapita de refresco.
Lo peor no es que las máquinas escriban. Lo peor es que hayamos descubierto que buena parte de lo que considerábamos literatura podía fabricarse sin que casi nadie notara la diferencia.
Una máquina produce en veinte segundos una reflexión sobre la muerte, el amor, la soledad o la infancia. Le piden que sea conmovedora, que tenga un tono poético, que resulte desgarradora. Después copian el resultado, lo publican y esperan que alguien les diga que son extraordinarios. Y se los dicen.
Naturalmente. Los extraordinarios también necesitan que les devolvamos el favor. No me preocupa demasiado que la inteligencia artificial termine escribiendo novelas. Me preocupa que los escritores hayamos decidido parecernos a ella. Que sea la que marque ahora lo que es bueno, malo y las tragedias humanas.
En Yucatán conocemos bien el fenómeno de inflar las cosas. Tenemos los globos que se venden en las ferias, los pavos que se engordan para Navidad y a los políticos que, después de ganar una elección, empiezan a caminar como si hubieran inventado el henequén.
Pero hay algo que se infla más rápido que un globo en la feria de Xmatkuil: el ego de un escritor al que acaban de entregarle un reconocimiento.
Uno lo ve llegar con su libro debajo del brazo, saludar discretamente a las personas importantes y sentarse donde pueda salir mejor en las fotografías. Los he visto pelear lugar en la foto como los vaqueros pelean reja en las corridas de toros de los municipios. Si lo presentan como poeta, se molesta porque también es narrador. Si lo presentan como narrador, recuerda que además es ensayista. Si olvidan mencionar sus premios, seguramente el presentador recibirá una llamada al día siguiente.
Hay escritores que llevan tantos reconocimientos colgados que parecen consultorios llenos de diplomas. Y, sin embargo, no estoy seguro de que tengan algo que decir.
Durante años he visto personas más preocupadas por conseguir una presentación que por terminar un buen libro, más interesadas en integrar un jurado que en corregir un párrafo, más pendientes de las convocatorias que de encontrar una voz propia.
Conozco gente que se presenta como escritora o escritor antes de haber escrito algo. Y conozco también escritores extraordinarios que se morirán sin que nadie les entregue una medalla. La literatura nunca ha sido particularmente justa. Tampoco tiene por qué serlo. Debo confesar algo antes de que alguien vaya a buscar mis fotografías donde también peleé reja. Yo también caí. También confundí durante algún tiempo el oficio con el reconocimiento. También esperé resultados de concursos, imaginé presentaciones, disfruté los aplausos y experimenté esa pequeña satisfacción miserable que produce encontrar nuestro nombre impreso junto a la palabra escritor. Y me gustó. Sería bastante hipócrita escribir lo contrario. Hay algo profundamente seductor en que un desconocido considere valioso lo que uno escribió encerrado en una habitación.
El problema empieza cuando uno deja de escribir para encontrar a ese desconocido y comienza a fabricar lo que supone que le gustaría escuchar y lo peor es que ahora ya lo haga una app. Entonces el reconocimiento deja de ser una consecuencia y se convierte en el propósito. Es una trampa para tramposos. Porque el escritor comienza engañándose a sí mismo, continúa engañando a los lectores y termina creyendo que la literatura le debe algo por haber tenido la amabilidad de pedirle a ChatGPT que lo escriba.
Durante años pensé que convertirse en escritor significaba publicar libros, ganar concursos y conseguir que alguien pronunciara mi nombre durante una ceremonia. Ahora sospecho que escribir consiste, entre otras cosas, en aprender a soportar que a nadie le importe. Que uno pueda pasar tres años trabajando en una novela, destruirla, empezar de nuevo y descubrir que el mejor párrafo era precisamente el que acababa de borrar. Que pueda escribir algo bueno y no publicarlo. Que sea capaz de reconocer que su última página es una mierda, aunque veinte amigos le hayan dicho que es maravillosa.
Eso cuesta más trabajo que recibir un premio. Los libros en esta era de IA salen como tortillas: Calientitos y uno detrás de otro.
Hay quienes anuncian su tercera novela cuando todavía no han terminado de promocionar la segunda. Otros publican poemarios con la regularidad de una panadería. Cada libro tiene su presentación, su fotografía, sus palabras de agradecimiento y, de ser posible, una reseña escrita por alguien que espera recibir exactamente el mismo tratamiento cuando le llegue su turno. No tengo nada contra las tortillas. Al contrario. Una buena tortilla exige oficio, materia prima y fuego. Y tiene una virtud que muchos libros han perdido: alguien la necesita para saciar el hambre. El problema es que confundimos la facilidad de imprimir con la necesidad de publicar.
Las editoriales independientes han permitido que aparezcan voces que antes no encontraban espacio. Eso es magnífico. La publicación digital ha derribado barreras que durante décadas mantuvieron la literatura en manos de unos cuantos. También es magnífico.
Pero ninguna imprenta, plataforma o herramienta tecnológica puede resolver una pregunta que debería atormentar a cualquiera que pretenda publicar un libro. ¿Para qué? No para quién. No cuánto. No dónde será la presentación ni qué funcionario escribirá el prólogo. Para qué demonios estamos escribiendo. Si la respuesta es conseguir que nos llamen escritores, quizá resulte más barato mandar a imprimir unas tarjetas de presentación.
Hace años entrevisté a Carolina Luna. Recuerdo sus libros, sus gatos, sus historias y aquella manera suya de hablar de la literatura sin convertirla en una ceremonia religiosa. Había vivido lo suficiente para saber que un escritor también puede ser un miserable, un mentiroso o un completo hijo de la chingada. La literatura no santifica a nadie. Carolina murió y hoy su escritorio está en Pixan, en Telchac Puerto. A veces lo miro. Es solamente un escritorio. No tiene poderes especiales ni conserva el talento de quien lo utilizó. Si mañana me siento frente a él y escribo una estupidez, seguirá siendo una estupidez, aunque la haya escrito sobre el escritorio de Carolina Luna. Pero me recuerda algo que ninguna inteligencia artificial puede regalarme: la vida que una persona tuvo que vivir para escribir chingonas cosas. Sus equivocaciones, pérdidas, contradicciones. Sus años.
No creo que el sufrimiento convierta automáticamente a nadie en escritor. Hay gente que ha sufrido muchísimo y escribe espantosamente. También existen autores capaces de construir grandes obras desde la imaginación. Pero sí creo que escribir exige una relación personal con lo que se cuenta. Una responsabilidad. Algo que no pueda resolverse solicitando que un programa vuelva más emotivo el tercer párrafo. Tampoco voy a cometer la estupidez de declarar enemiga a la inteligencia artificial mientras utilizo sus herramientas. Confieso. La he utilizado.
La máquina tiene una virtud peligrosa. Nunca se cansa de complacernos. Es el asistente ideal para un escritor que no soporta que le digan que escribe mal. Y ahí comienza el verdadero problema. Durante siglos los escritores necesitaron enemigos, críticos, editores y amigos capaces de decirles que su texto tiene dos partes y romperles la hoja. Ahora podemos encerrarnos con una máquina que, si no sabemos utilizarla, terminará ayudándonos a construir monumentos a nuestra propia mediocridad. Una cosa es utilizar una herramienta para trabajar. Otra muy distinta es pedirle que tenga algo que decir en nuestro nombre. La inteligencia artificial no tiene la culpa de nuestra vanidad. Simplemente la ha vuelto más productiva.
Quizá por eso me he vuelto desconfiado de las grandes declaraciones literarias. Cuando encuentro a alguien anunciando que su libro transformará la manera de entender el amor, prefiero esperar a que transforme primero una página aburrida en algo leíble. Cuando leo que una obra constituye una aportación imprescindible a las letras mexicanas, me pregunto quién decidió que era imprescindible y cuántos ejemplares compró.
Y cuando aparece otra publicación explicándome que escribir es un acto de resistencia, sospecho que alguien acaba de descubrir una nueva manera de conseguir treinta likes.
Lo que quisiera recuperar es cierta vergüenza. La vergüenza de publicar una página que todavía no está terminada. La vergüenza de recibir un elogio que sabemos inmerecido. La vergüenza de descubrir que llevamos más tiempo promocionándonos que escribiendo.
Y, sobre todo, la vergüenza de llamar literatura a cualquier cosa que produzca suficientes reacciones en una pantalla.
Estoy trabajando en una novela. Hay días en que la detesto. Otros consigo escribir una página que me parece buena y al día siguiente descubro que solamente estaba de buen humor.
Borro capítulos. Recupero personajes. Cambio una frase veinte veces y termino dejando la primera. En ocasiones me pregunto si tiene algún sentido seguir trabajando en una historia que quizá nunca encuentre lectores. Entonces recuerdo que nadie me obligó a escribirla. Tampoco me prometieron un premio. Mucho menos un lugar en la historia de la literatura. Escribo porque hay historias que no consigo sacarme de la barriga y porque todavía experimento una satisfacción difícil de explicar cuando encuentro una frase que dice exactamente lo que necesitaba decir.
La neta, siempre sucede. Casi nunca y tal vez ésa sea la diferencia entre escribir y producir contenido. El contenido necesita publicarse. La literatura necesita existir, incluso cuando nadie la está mirando.
La literatura ha muerto. Su funeral se celebrará próximamente en algún centro cultural. Habrá una mesa de honor, seis escritores, dos funcionarios, un fotógrafo y una persona encargada de transmitir la ceremonia por Facebook.
El maestro de ceremonias hablará de la importancia de preservar nuestras letras. Los participantes agradecerán la invitación y explicarán que vivimos tiempos difíciles para la creación literaria. Alguien citará a Borges. Otro mencionará a García Márquez. Nadie recordará quién fue el primero en decir que la literatura había muerto. Después vendrán las fotografías. Los agradecimientos. Las felicitaciones. Los reconocimientos. Alguien anunciará que ya está preparando su próximo libro.
Y mientras todos celebramos el extraordinario acontecimiento, quizá haya un cabrón sentado en algún lugar de Mérida, frente a una computadora o sobre una libreta manchada de café, tratando de encontrar la palabra exacta para terminar una oración que lleva tres días escribiendo. No sabe si van a publicarlo. No tiene una presentación programada. Ni siquiera está seguro de que lo que escribe sea bueno. Borra la oración. Empieza de nuevo. Sí: el muy pendejo todavía cree en la literatura.
