Ciudad de México, 18 de octubre de 2026 (Neotraba)

Insensatos lectores: desde hace décadas tengo el extraño hábito de leer todos los días el periódico. No entiendo del todo la razón, pero si un día no logro enterarme de lo que sucede en el mundo me siento un poco raro: como si trajera el calzón al revés.

Con los años he visto cómo ha cambiado el formato del Reforma. Aparecen y desparecen secciones, nos abandonan algunos columnistas o se reducen ciertos espacios.

Podría ir un poco más lejos y decirles que también he sido testigo de algunas cuantas desgracias y me he vendido enterando de cómo se desmorona el mundo todos los días. A este paso no entiendo cómo es que hemos sobrevivido si le estamos echando hartas ganas para despedorrar el planeta.

Por cierto, leo el Reforma y no La Joranda. Cuestión de gustos. No es que sea de derecha. La verdad es que ya no sé si tenga algún sentido ser de izquierda en este país, pero mejor dejar esa discusión para otro día.

El asunto es que algún tiempo atrás todos los viernes se publicaba una sección llamada “Primera Fila”. Era un suplemento que reunía recomendaciones sobre teatro, restaurantes, cine, exposiciones y algunos lugares para salir.

Me parece que el suplemento aún existe, pero creo que ahora sólo es para suscriptores.

Cierto viernes me enontraba rasking da bolls at mai jaus cuando abrí el periódico en el susodicho suplemento y comencé a hojearlo. Recuerdo que había hartos lugares para visitar, pero hubo uno en particular que llamó poderosamente mi atención.

Se trataba de un museo que se encontraba en plena Colonia Doctores. En ese momento pensé y me dije a mí mismo: ¿a qué no te atreves a ir, puto?

La verdad es que a menos que fuera un museo de autopartes robadas, o que hubiera una muestra de la evolución del contrabando de marihuana en nuestro país, no podía entender cómo es que había un museo en plena Colonia Doctores.

Así pues, me armé de valor, metí mis chacos a la maleta, me puse mis botas antirroedores, un cuchillo tipo Rambo en el cinturón y me lacé a la aventura.

Llegué al lugar. Había que pasar por un pasillo bastante estrecho y subir unas escaleras para acceder al museo. Cuando entré no podía creer lo que estaba contemplando.

Cuatro pisos repletos de vitrinas con juguetes antiguos. Un sitio gigantesco.

Recuerdo haber leído El Gran Gatsby hace ya algunos años. En la narración aparecen unos ojos gigantescos que parecen observarlo todo desde una valla publicitaria. Casualmente es una zona industrial miserable situada en Neva York.

Pues en este edificio, en plena Colonia Doctores, en la parte central de la exhibición se pueden observar dos manos gigantescas aferradas a unas maracas y un rostro enorme abriendo la boca con una sonrisa macabra que parece resguardar el sitio. Algo sumamente extraño.

El recorrido comienza con juguetes de los años 20 y conforme se avanza en cada piso van apareciendo colecciones década tras década. Hay juguetes de los años treinta, cuarenta y cincuenta, hasta llegar a una época más actual.

Es algo rarísimo, es como ver el pasado de nuestro país 80, quizás100 años atrás.

Estaba sorprendido, caminaba hecho un verdadero pendejo entre carros y camiones de hojalata, robots antiguos y muñecas de todos tamaños.

Todo iba más o menos bien, pero cuando llegué a la década de los ochenta sentí que el estómago me flotaba en el pecho. Allí estaban mis juguetes, los muñecos que me acompañaron en la infancia.

Carritos que alguna vez quise y nunca tuve, juguetes que tuve y me encargué de perder, gastar o simplemente olvidar. Fue descubrirme de nuevo con ocho años. Ver pasteles y fiestas. Recordar los regalos de Navidad debajo del árbol.

Aparecieron imágenes que tenía arrumbadas en la memoria. Contemplé a mis amigos de la primaria, pude ver a mis hermanos pequeños, a mis abuelos y a mis padres siendo jóvenes.

Recordé la escuela donde estudié y a la malévola maestra que me dio clases en cuarto año. Los salones pequeños con sus pequeños pupitres. Mi horroroso uniforme azul a cuadros con mi camisita blanca y mi apestoso suéter con las iniciales bordadas en un costado.

Me acordé de Claudia, mi enamorada de cuarto “C”, del gran Pablo y el legendario y gandalla Óscar.

Reviví la hora del recreo y los sándwiches con harta mayonesa que me hacía mi mamá. También me vino a la mente algo que nunca entendí: ¿cómo es que cargábamos tanta cosa, tanto libro, tanto lápiz, cuadernos, gomas, reglas, compas y hasta juguetes, en una mochila que pesaba más que un tractocamión?

Pensé en la hora de la salida y en una jauría de niños corriendo a comprar chicharrones con salsa y chingos de limón. Sentí de nuevo los olores y el tiempo feliz de mi niñez. ¿Por qué nadie nos dijo que aquello era el paraíso?

Me pregunto a dónde fue a parar mi parque infantil y mi primera bicicleta.

¿En qué isla he naufragado? ¿Por qué tenía tanta prisa por ser mayor?

Todo esto me orilló a pensar en algo: nunca hay una segunda oportunidad para vivir de nuevo.

Bien dicen que jamás hay que volver a los lugares donde fuimos felices. Pero cómo me gustaría regresar allí, donde tantas cosas y tantos amigos se quedaron.

Quizás cambiaría todo y trataría de tener una infancia mejor, pero quién entiende el mundo a los 7 años. Tal vez todo sucedió como tenía que suceder.

Después de una hora de caminar entre muñecos, camiones de bomberos, caballitos de madera y ambulancias de lata, descendí el estrecho pasillo por escaleras, salí a la calle. Acabó la travesía. Me senté en la primera banqueta que encontré. Estaba aturdido. Sentía el corazón atravesado.

Mi visita al museo ocurrió hace más de 20 años y aún no olvido aquella tarde.

Si les parece una buena idea les diré que el Museo del Juguete Antiguo se encuentra en la calle de Doctor Olvera número 15, en la poderosa Colonia Doctores, Delegación Cuauhtémoc.

Si se dan una vuelta creo que puede gustarles, no lo sé. Lo que sí sé es que el tiempo corre, en patines, cuesta abajo y no hay quien lo detenga. Si tienes algún pendiente no dejes de hacerlo cuanto antes.

Citando al gran Jaime Sabines: ama, sueña, emborráchate. Los árboles esperan tú no esperes. Este es el tiempo de vivir: el único.

Pasando a otros asuntos menos dramáticos: les diré que ayer no podía dormir. A veces el insomnio es caprichoso y sin ningún motivo en particular se apodera de mi habitación y no me permite conciliar el sueño.

Sin tener nada mejor que hacer me puse a pendejear en YouTube y me vengo enterando que Tesla acaba de lanzar un auto. Seré sincero, estaba seguro de que era una animación hecha por IA, pero el día de ayer apareció la nota en el periódico:

Reforma viernes 16 de octubre:

“Llega el auto volador”

“Tesla presentó ayer, cerca de Waco, Texas, el Roadster, un auto capaz de sostenerse en el aire por unos segundos mediante una tecnología similar a la de los cohetes”.

La neta me quedé como imbécil viendo el automóvil. Si no han visto el video búsquenlo. Es una verdadera locura.

Total, que ahora no sé ni pa dónde voltear. Un viaje al pasado me dejó nostálgico y con un putazo en las entrañas. Si pienso en el futuro me da por imaginar todas las cosas que jamás podré ver. Creo que es mejor respirar, relajarme un poco y ponerme al tiro.

Como diría el gran Antonio Vega: y por eso vivo el día, día simple día claro, vivo al menos sin temores, sin el miedo de gozar. Cada pueblo, cada puente, cada cruce me ha enseñado que con hoy es suficiente y mañana es demasiado.

Para finalizar les diré que a las 2 am seguía sin dormir. Busqué algo que valiera la pena y me rifé un peliculón.

Se trata de Un Profeta (A Prophet 2009). El director es francés, se llama Jacques Audirard. La historia va de un sujeto denominado Malik. Un árabe de 19 años. Ingresa a la cárcel sin saber leer ni escribir.

Está atrapado en un mundo dominado por clanes criminales que incluso operan dentro de la prisión. Aprende a sobrevivir, establece alianzas y construye su propio poder hasta convertirse en un hombre capaz de desafiar a los criminales que lo controlaban.

Es una película cruda sobre la transformación de un adolescente que termina convirtiéndose en un estratega criminal.

Lo más curiosos es que la cárcel funciona como una escuela de poder, violencia y ambición.

Si pueden y quieren denle un vistazo a Un Profeta. La película es brutal. No se la pierdan.

En fin, al fin, por fin: llegó el final. Me voy. Hace frío y se me antojó una poderosa tortilla española con un tinto de verano. Se me portan bien, no quiero quejas.

Cualquier duda o sugerencia con esta columna que visita museos con chacos, cuchillos tipo Rambo y botitas matarroedores, favor de mandarnos sus comentarios, goooapísima damita, sensacional caballero.


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