Puebla, México, 6 de octubre de 2026 (Neotraba)

Quisiera comenzar este escrito reconociendo que, concibo la escritura como una manera de “estar” en el mundo, pero esto no sería posible sin la omnipresencia de la red de redes y sin estar insertado en una ciberesfera de información que lo cambió todo allá por la década de los noventa del siglo pasado. Por tal motivo, mis espacios de expresión o mis oportunidades de publicación no serían posibles sin la existencia de la misma.

Sobre esto, hay una dedicatoria a este bien común y universal con la que simpatizo y que tiene mucho que ver con esa romantización personal de este medio, ésta la hizo Daniel Domscheit-Berg en su libro Al interior de Wiki Leaks: “A Internet, porque siempre contraataca” (Domscheit-Berg, 2011). Debe haber millones como yo que percibieron la presencia de Internet como una tabla de salvación contra la soledad, el aislamiento o la dificultad para acceder a bienes culturales. La red sería ese espacio neutral y anárquico que funcionaría como una extensión de nuestra sensibilidad y como una “reserva de futuro” de nuestros sueños y anhelos. El medio digital sería una forma de incidir sobre la realidad a mi manera, como actualmente lo es para miles de millones de habitantes del planeta.

Imaginaba la red de redes como ese universo virtual que democratizó el acceso a las ideas, difundió el pensamiento, contribuyó a la conservación de registros históricos, aceleró globalmente la universalización del conocimiento. Incluso fue un catalizador de movimientos revolucionarios como La Primavera Árabe en el Norte de África, solo por poner un ejemplo sobre la forma en la que un medio puede acelerar el poder de convocatoria y contribuir en procesos sociales. Ya que este ensayo es acerca de la historia y la evolución del pensamiento histórico, me interesa hablar de mis propias lecturas sobre el fenómeno de la red de redes, sobre mi acceso a la World Wide Web, pero también, la meta lectura de mis experiencias con algunos textos sobre su historia presente, sobre sus antecedentes, sobre sus expectativas, sobre el Internet como fenómeno social y acerca de la crítica al mismo dentro de la actual infosfera que nos rodea como un universo de datos.

Como parte de la Generación X me tocó estar ahí cuando se esparció como un virus la necesidad de conectarse al ciberespacio, a participar en chats con gente desconocida que se conectaba desde lugares como las islas Canarias, a enviar mis primeros correos electrónicos o a revisar perfiles en los directorios para conocer personas de todas partes. Era un nuevo mundo, un mundo feliz y optimista si se quiere, o un brave new world, como pudo verlo Huxley, pero ahí estaba: democratizado y al alcance de todos. La red global sería para mí como esa biblioteca total, babélica e infinita de la que hablaba Borges en sus cuentos. Estuve ahí a mediados de la década de los noventa del siglo pasado cuando las computadoras con procesador 486 y pantallas VGA de mi universidad comenzaron a descargar versiones de Netscape que costaban doscientos dólares, una fortuna, en términos actuales. Por aquel entonces, Bill Gates y Microsoft liberaban Windows 95, que, nos guste o no nos guste, hizo que muchas computadoras personales se volvieran compatibles entre sí. Fue la época en la que descargabas el chat mIRC en algún disco para floppy de 3 y medio (si es que no fallaba el proceso o se dañaba el disco). Era la época en la que repartían el CD de AOL gratuitamente para que te engancharas mientras escuchabas dramáticamente ese chirrido que conectaba el fax-modem con la web. Ese sonido tan característico que fue replicado en 1999 en la película Matrix: pi-pi-piiiiiiii-kschhh-pi-pi-tiscchh. Fue la oportunidad de los primeros motores de búsqueda (tan invasivos en su publicidad): Yahoo!, Lycos, AltaVista; de servidores de correo electrónico como Eudora Mail, Telnet, Correo Web y Hotmail. Fue la época en la que empezó a inflarse la burbuja especulativa y bursátil de las empresas punto com y su posterior desgracia. Vengo de una época cuando teníamos que hacer la distinción entre dos visiones del mundo de la computación: las Mac y las compatibles (con IBM). Ese era nuestro universo cultural y digital.

Pero la historia se remonta a mucho tiempo antes, incluso antes de que yo naciera. Internet surge como un proyecto del conglomerado industrial-militar en Estados Unidos que ya hubiera denunciado Dwight D. Eisenhower. Internet tuvo un abuelo militar que enlazaba universidades de élite entre ellas mismas y entre organismos gubernamentales y extra-gubernamentales (si nos ponemos conspirativos), se llamaba ARPANET. Básicamente, este sistema de comunicación era una red de cables subterráneos que formaban nodos. La leyenda urbana dice que ARPANET fue creada para que los sistemas de comunicación sobrevivieran en caso de un desastre nuclear durante la Guerra Fría. Los mitos nos dicen que la red de redes fue creada para la guerra, sin embargo, se ha demostrado que este sistema tenía propósitos académicos: se buscaba que los científicos en las universidades se enlazaran remotamente con las pocas computadoras que existían sin la necesidad de viajar. La primera vez que dos computadoras se enlazaron dentro del entorno de la red ARPANET fue en 1969.

Eso que llamamos tan natural y tan orgánicamente como Internet es y era una red de tubos. Cables de cobre y fibra óptica que cruzarían un tendido de varios kilómetros debajo de los grandes océanos. Crear semejante red de tubos tuvo la función de dejar de depender de ondas de radio, telegráficas o señales satelitales. Un sistema de comunicación a prueba de errores propiedad de corporaciones, gobiernos o dependencias muchas veces anónimas. Andrew Blum en su libro Tubos, en busca de la geografía física de internet(2012)decide que no hará una historia acerca de la evolución de las ideas que condujeron a la creación de esa maraña de cables llamada red de redes, sino que, su enfoque estaría en la cosa física: es decir, el cable o el tubo que transportaría los unos y los ceros que hacen posible la comunicación digital. Una lectura como Tubos puede ser tediosa si no hay interés histórico en la conformación de esa red de redes. El libro me fascinaba porque rompía un mito: la idea del Internet como una “infosfera” invisible, una “nube” que almacena información o una “ciber esfera” ubicua y omnipresente sin un lugar físico donde ubicarla.

James Briddle en su libro La nueva edad oscura (2020)nos habla del Internet como un “hiperobjeto” que nos rodea y cuya existencia interactúa con nuestros actos, incide sobre nosotros, nuestras relaciones y nuestras actividades. Una maraña etérea pero algorítmica que alimentamos con nuestras decisiones para crear modelos predictivos que afectan nuestra vida. Pero este hiperobjeto tiene una existencia física, Tubos hace la historia de una infraestructura y nos responde a la pregunta: ¿Dónde está Internet? Así que, Blum se da a la tarea de buscar esos cables, centros de datos, centrales de intercambio de información. El autor va a los lugares físicos en donde está la acción y aplica un enfoque desde la microhistoria. Es decir, no irá a entrevistar a Steve Jobs para biografiarlo tal y como lo hizo Walter Isaacson, o algún otro CEO exitoso como lo hubiera hecho Ben Mezrich en Multimillonarios por accidente. El autor entrevista técnicos, ingenieros, empleados especializados para poner los pies en suelo y hablar de granjas de almacenamiento y procesamiento con miles de tarjetas gráficas, cables de fibra óptica submarinos, puntos de intercambio, servidores, centros de datos, rúters, switches, sistemas de ventilación, suministros eléctricos redundantes.

Una historia material y antropológica de una infraestructura para que ese sistema monstruoso de información funcione siempre con precisión y sin errores. El autor escribe una historia social de la ciencia, en términos de enfoques de una investigación sobre la aplicación tecnológica. La historia de las ciencias es la misma historia humana en general porque las ciencias también determinan los cambios históricos. Para la teoría del actor-red (ANT) que proponen autores como Bruno Latour (2005), para hacer la historia social de las ciencias habría que poner en iguales circunstancias a actores humanos y actores no humanos. En pleno 2026, agencias no humanas como la IA, los robots en líneas de producción, los algoritmos, siguen determinando nuestro estilo de vida y los cambios en nuestra historia.

Cuando Internet arrancó, utilizábamos conceptos como “ciberespacio” o “autopista de la información”, términos que cayeron en desuso luego que, un “objeto” o “hiperobjeto” como internet se normalizó en nuestra vida cotidiana. Existe una tesis que afirma que una herramienta tecnológica es más eficaz entre más invisible sea. Luego entonces, la internet se debate entre lo ubicuo y lo local, entre lo abstracto y concreto, entre lo físico y lo etéreo. Al final, Internet se ha vuelto indistinguible de nuestra propia vida. Gradualmente nos hemos habituado a esa autopista, ya no entramos a ella para desentendernos del mundo que nos rodea, como lo hacíamos antes, ahora radicamos ahí en ese entorno virtual, en ese oasis de información y algoritmos. Sobre esto, el padre de la computación ubicua Mark Weiser, acuñó la siguiente frase: “Las tecnologías más profundas son aquellas que desaparecen. Se entrelazan en el tejido de nuestra vida cotidiana hasta que se vuelven indistinguibles de ella”. Internet se volvería, de alguna forma, invisible para todos nosotros, con la misma naturalidad del aire que nos rodea. Tanto declinistas como apologistas del fenómeno dirían que las cosas no serían iguales a partir de ese momento.

Cuando llegamos al punto de arranque el tercer milenio, se reavivaron los temores apocalípticos, se comenzó a hablar de un gran apagón informático que llevarían nuestros dispositivos digitales al punto cero, la Edad de Piedra o al mismísimo inicio del siglo XX. Las computadoras “pensarían” que estaban en el año 1900. La red, ya para ese entonces, era un mundo peligroso en donde abundaban forajidos con el nombre de “hackers” y “crackers”. Surgieron miedos muchas veces infundados, otras, no tanto. Tal vez pocos se acuerden, pero existió algo llamado Y2K, o crisis informática del nuevo milenio. Dicho sea de paso, las grandes empresas de hardware y software se enriquecieron renovando sistemas en empresas e individuos. Hay algo de historia contrafactual en el libro de Esther Paniagua llamado Error 404(2021): nos advertía de los peligros y las posibles consecuencias de dejar sistemas de información críticos en manos de inteligencias artificiales. Hay cierto peligro en permitir que los bots dirijan la conversación, el flujo y las tendencias en la información o que impongan una narrativa cultural.

Controlar el discurso de la realidad a partir de la información en la Big Data, se ha vuelto de alguna manera, como controlar la realidad misma (o por lo menos, la imagen que tenemos de ella). Esther Paniagua responde a la pregunta: “¿Qué pasaría si…?” y nos familiariza con términos como crackers, spammers, scrapers. El libro nos advierte sobre los deepfakes, la posverdad y la infodemia. El texto se convierte en una radiografía histórica del Internet en lo que va del siglo XXI con sus peligros y sus modos de comportamiento, su manera de incidir en un mundo posfáctico en donde los hechos no son tan importantes.

El libro de Esther Paniagua es uno de muchos ejemplos acerca de cómo abordar históricamente la evolución de ciberespacio con sus peligros y con el desarrollo de sus propias hegemonías que controlan la experiencia del usuario final. Cuando hablamos de Internet nos referimos también, a una lucha constante entre actores sociales, políticos, empresariales, técnicos. Esto supieron verlo Trevor Pinch y Wiebe Bijker: ambos teóricos propusieron en 1984 el concepto SCOT (Construcción Social de la Tecnología). Traduciendo estos conceptos a nuestro tema, la tecnología involucrada en el desarrollo histórico de Internet no evolucionó históricamente de acuerdo con el modelo más eficiente o ideal, sino que fueron los mismos actores sociales quienes determinaron la supervivencia o muerte de diversas tecnologías colaterales que Internet usaba y que formaron su apariencia y desempeño actual.

Cuando Natalia Zuazo escribió su libro Los dueños de Internet (2015) estaba realizando una “historia presente” o “historia a corto plazo” acerca de la forma en que las grandes corporaciones como Meta o Facebook, Google Alphabet, Amazon o Microsoft tomaron por asalto a lo largo del siglo XXI ese entorno aparentemente libre y abierto que fue la red para luego, definir el modelo de nuestra experiencia como usuarios. Para Zuazo y para muchos otros autores, la red de redes se convirtió en un modelo de capitalismo extractivista de datos personales: menos violento que el capitalismo industrial y comercial pero más invasivo en la vida de los individuos. El éxito de este modelo de capitalismo de comunicación dependió de aquellos grupos sociales que ganaron la pelea para darle a Internet su forma presente.

Comenzamos a utilizar la superautopista a mediados de los noventa porque Tim Berners-Lee quiso enlazar a sus colegas de varios países que trabajaban en proyectos para CERN en Suiza y compartir documentación científica, para ello, diseñó el lenguaje para escribir páginas web (HTML), creo el concepto de URL o la dirección de cada recurso de la web, inventó el protocolo de transferencia de hipertexto (HTTP); además de otras contribuciones como el primer navegador llamado WorldWideWeb, el primer servidor web y todo esto fue creado completamente sin ánimos de lucro, para que fuera de uso libre por todo el mundo. No hubo patentes, no hubo pago de derechos o regalías, no se crearon empresas para capitalizar este invento. Se permitió que esta red informática tuviera cierto grado de neutralidad, pero, ya veremos que, con el tiempo, esto terminaría por favorecer a los grandes dueños del capital y a los gobiernos más poderosos. El modelo de este espacio virtual fue algo que se vería como un recurso “inacabado” o incompleto. Un eterno work in progress con adiciones y parches por todas partes. Tampoco hubo un rumbo determinado o controlado, se inventó todo en el proceso y se construyó sobre lo cimentado. Cada cable, cada infraestructura servía para escalar otra y así, sucesivamente como se menciona en Tubos. Pasó muy poco tiempo para descubrir que había tantos intereses en el alma de la red de redes que ésta dejó de ser libre y se convertiría en un campo de batalla en donde entrarían conflictos de consumidores, ingenieros, técnicos, grandes empresas, gobiernos y fondos de capital de riesgo.

El hecho de que la red fuera de todos y de nadie fue un arma de dos filos: permitió la libertad creativa y la individualidad, pero, al mismo tiempo, dio entrada a los grandes monopolios que la controlarían. Dominarían este oasis aquellos que invirtieran más capital en el mismo. Ahora vemos cómo el modelo SCOT nos ayuda a desmontar el mito del determinismo histórico-tecnológico que parece decirnos que una sola entidad malvada controla el desarrollo de la tecnología y nos permite entender la web actual en razón de los diversos grupos sociales de poder que le dieron su forma actual con todo aquello que Natalia Zuazo describe en su libro Los dueños de Internet: la dictadura del algoritmo que controla y define nuestras decisiones, el machine learning, la omnipresente Big Data y la inteligencia artificial. Esa mina de oro de extracción informática que se nutriría a su vez de nuestros gustos, creencias, interacciones, búsquedas, hábitos de compra.

En la historia, las cosas y la geografía no son entidades pasivas que solo “están ahí” esperando las decisiones humanas. Por ejemplo, Braudel, un historiador de la escuela de los Annales, escribe El mediterráneo en la época de Felipe II (1949) y ahí, sostienen la tesis de que las cosas imponen límites en las decisiones humanas. Es decir, que ya no hablamos de grandes personajes decidiendo batallas y tomando acciones en el campo de guerra, sino que las montañas, el clima, los mares, el cauce de los ríos, la demografía, las ideas, son actores determinantes que definen el decurso de la historia y esto conecta muy bien con la teoría del actor-red (ANT) propuesta por Bruno Latour. Para éste, los no-humanos tienen agencia: los cables, las infraestructuras, los accidentes no humanos, el clima. Los actantes configuran redes que, al final, determinan el destino histórico de las personas y los gobiernos. Todo ello se confirma en las lecturas que propongo, como los libros de Andrew Blum y Esther Paniagua. Sin esos actores no humanos no existiría la red de redes y nuestra dependencia de estos actores será también importante en el desarrollo de la inteligencia artificial y la robótica.

Esther Paniagua sabe que la historia está determinada por interacciones que involucran máquinas que también pueden equivocarse, fallos en el suministro eléctrico, accidentes en los servidores, la muerte accidental de algún agente humano que controle un protocolo técnico: todo ello incide en la seguridad de nuestros datos, nuestro estilo de vida y, por lo tanto, en la sociedad. Actores humanos y no humanos que determinan la historia, pero también, una idea un tanto paranoica de contrafactualidad, tal y como lo expresa en su libro Error 404.

En menos de treinta minutos todo Internet podría caerse. ¿Cómo? A través de un punto débil en el protocolo BGP, que rige cómo los datos fluyen en Internet. Así lo declaró ante el Senado de Estados Unidos el famoso hacker Peiter Zatko, alias Mudge (ahora director de ciberseguridad de Twitter). Él y otros seis integrantes de think tank de piratas informáticos, L0pht, testificaron el 19 de mayo de 1998, en una audiencia de asuntos estatales sobre seguridad informática. (Paniagua, 2021).

Es la misma infraestructura agencial no humana la que determina nuestro destino. Solo por poner un ejemplo: un barco arrastra su ancla en Gibraltar, el ancla corta un cable de fibra óptica del tipo SEA-ME-WE-4. Este accidente afecta el protocolo BGP que es mal redirigido. Luego entonces, los servidores de Cloudfare o Azure tardan 20 minutos en notarlo, lo que ocasiona que X (antes Twitter) se caiga momentáneamente y, como resultado, Elon Musk no logre borrar un post muy controversial o comprometedor, lo que da como resultado que las acciones de Tesla se devalúen en tiempo récord, haciendo que miles de empleados sean despedidos a la semana siguiente.

Mi historia con este medio de comunicación total pasó del idilio optimista que veía esa nueva frontera de información como una tierra de nadie donde todo era posible a la decepción de un mundo cada vez más hipervigilado y controlado incluso en el ámbito más privado por entidades oscuras que ya no quieren escuchar la voz de los sectores más oprimidos. Un mundo determinado por el exceso de información, el contenido chatarra, la posverdad y la información falsa. No me quejo, soy optimista respecto a nuestro futuro: ganamos y perdemos a un tiempo. Se pueden limitar o agotar las libertades, las redes comunitarias, los contenidos gratuitos, se puede perder la neutralidad de lo que era una no man’s land pero, tenemosaplicaciones para todo, Android, OS, Google Maps, videollamadas gratuitas y Uber. Tal vez no todo el paraíso está perdido.


Bibliografía

Blum, A. (2013). Tubos: En busca de la geografía física de Internet (J. Sierra, Trad). Océano. (Obra original publicada en 2012).

Braudel, F. (1987). El mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (2da. Ed., Vols. 1-2). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1949).

Bridle, J. (2020). La nueva edad oscura: La tecnología y el fin del futuro (M. Sanz, Trad.). Debate. (Obra original publicada en 2018).

Domscheit-Berg, D. (2011). Al interior de WikiLeaks: Mi etapa en la web más peligrosa del mundo (A. García-Lorente, Trad.). Roca Editorial (Trabajo original publicado en 2011).

Isaacson, W. (2011). Steve Jobs (D. González-Iglesias & C. Mayor, Trads.). Debate. (Trabajo original publicado en 2011).

Mezrich, B. (2010). Multimillonarios por accidente: El nacimiento de Facebook, una historia de sexo, dinero, talento y traición (J. L. Caballero, Trad.). Alienta Editorial. (Trabajo original publicado en 2009).

Latour, B. (2008). Reensamblar lo social: Una introducción a la teoría del actor-red (G. Zadunaisky, Trad.). Manantial. (Trabajo original publicado en 2005).

Paniagua, E. (2021). Error 404: ¿Preparados para un mundo sin Internet? Debate.

Weiser, M. (1991). La computadora para el siglo XXI. Scientific American, _265_ (3). 94-104. Doi.org.

Zuazo, N. (2015). Los dueños de Internet: Cómo nos dominan los gigantes de la tecnología y qué hacer para cambiarlo. Debate.


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