Mérida, Yucatán, 17 de julio de 2026 (Neotraba)

Han pasado más de diez años desde que Afuera estaba la noche de Ricardo del Carmen fuera galardonado con el Premio Estatal de Cuento, Poesía y Ensayo Literario Joven 2015 en la categoría de cuento. Una década es tiempo suficiente para que una obra, por más merecedora que haya sido del reconocimiento, caiga en el olvido. Sin embargo, hay relatos que merecen ser desempolvados. Este es el caso del cuento de Ricardo del Carmen, una obra breve pero densa que, desde su sencillez narrativa, plantea preguntas sobre la identidad, el miedo y la fragilidad del sujeto contemporáneo. Mi experiencia en la lectura pretende contribuir a esa recuperación, ofreciendo una lectura atenta de sus mecanismos narrativos y sus resonancias simbólicas.

La trama, aparentemente sencilla, despliega una tensión que crece de manera gradual y angustiante. La rutina familiar se ve interrumpida por la mirada atenta del padre y del hijo, quienes perciben algo extraño en la madre sin poder definirlo. El diálogo entre los personajes, tenso y elíptico, genera una sensación de inquietud que precede al descubrimiento de la ausencia de la sombra. Cuando la madre confiesa ante el espejo que algo raro le pasa, el lector comprende que lo extraordinario no necesita de grandes anuncios; se cuela en la cocina y en el comedor, en los gestos más mínimos del día a día.

El espejo, ese objeto que tradicionalmente ha servido para la confirmación de la identidad, se convierte aquí en el instrumento de su fractura. La madre no se reconoce a sí misma hasta que el hijo, con la mirada inocente y certera de la infancia, lo hace: la sombra ha desaparecido. Este hallazgo remite a la tradición del cuento fantástico latinoamericano, particularmente a la obra de Julio Cortázar, en donde lo extraordinario irrumpe en la vida sin justificación. Sin embargo, a diferencia de Cortázar, Ricardo del Carmen emplaza lo fantástico en el espacio doméstico más íntimo: la cocina, el comedor, la sala, el cuarto del hijo. La casa se convierte en el escenario de una crisis ontológica que afecta no solo a la madre sino a todo el núcleo familiar.

La escena central del cuento, aquella que da título a la obra, condensa todo el significado de la narración:

Ma, por qué no te sientas en el sofá para que estés más cómoda, propuse. Mamá no dijo nada. Papá repitió lo mismo que yo y se levantó para apoyarla. Poco a poco, con mamá en el pecho, llorando, se acomodaron en el sillón más grande de la sala. Por el visillo de la ventana se colaba la calle y papá me pidió que cerrara la cortina. Me asomé por la ventana y afuera estaba la noche con todas sus sombras. Cerré la cortina. Mamá preguntaba qué iba a pasar, qué diría la gente si ella salía de casa sin su sombra; o la familia, qué pensarían sus padres, sus suegros; preguntaba por qué a ella, por qué a ella; tenía los ojos cerrados y papá le acariciaba el cabello y la espalda. Tengo miedo, dijo ella, tengo mucho miedo (p. 18).

El gesto de cerrar la cortina adquiere una dimensión simbólica profunda. La familia decide aislarse del exterior, cerrar los ojos ante la evidencia de que afuera la noche está llena de sombras. La madre ha perdido la suya, y el exterior se presenta como una amenaza porque está poblado de aquello que ella ha perdido. La pregunta de la madre sobre qué dirá la gente revela el peso de la mirada ajena y el temor a la exclusión.

El relato evoca también la tradición de los cuentos de hadas y las leyendas populares en las que la sombra es un doble, un alma que puede perderse o ser robada. Sin embargo, hay un elemento que distingue Afuera estaba la noche de otras obras de la tradición fantástica: la ausencia de resolución. El cuento no ofrece explicación alguna. No hay un hechizo que romper, un objeto que recuperar, un viaje que emprender. Ricardo del Carmen evitar explicaciones que restarían fuerza a lo fantástico. El niño ve y nombra sin comprender, y esa incomprensión es precisamente lo que hace al cuento más perturbador. Hay en esta elección un eco de la narrativa de Juan Rulfo, donde la mirada infantil enfrenta realidades que escapan a la lógica adulta.

Cabe preguntarse si esta atmósfera de encierro y miedo al exterior puede leerse como una alegoría del contexto social en el que la obra fue escrita. Guerrero, y particularmente Acapulco, atravesaban durante los años previos al premio una crisis de violencia sin precedentes, marcada por el miedo a salir a las calles y el repliegue hacia el espacio privado. El gesto de cerrar la cortina para no ver “la noche con todas sus sombras” resuena con esa necesidad de resguardarse del peligro exterior. La sombra perdida de la madre podría simbolizar entonces la identidad arrancada, la vida que ya no puede proyectarse con normalidad en el espacio público.

El temor de la madre a lo que la gente dirá si sale sin su sombra adquiere, bajo esta luz, una connotación brutalmente concreta. Sin embargo, ¿es legítimo imponer esta lectura de manera definitiva? El texto nunca menciona la violencia política o criminal, ni sitúa geográficamente la historia más allá de la casa familiar. La ausencia de referencias explícitas invita a la prudencia crítica. Quizá la noche del cuento sea una noche metafísica, anclada en el temor primordial del ser humano ante su propia inconsistencia. Quizá el cuento habla de la vulnerabilidad del yo, y el contexto violento no es más que un eco que el lector proyecta sobre la página. Dejamos la pregunta abierta, sin resolución, tal como el propio cuento deja abierta la cuestión de la sombra.

Afuera estaba la noche es un cuento sobre el miedo, la fragilidad de la identidad y el poder de la mirada familiar. La madre, al perder su sombra, pierde también la certeza de ser vista y reconocida por los suyos. La pregunta que el cuento deja abierta ¿qué es lo que realmente nos define, resuena en la oscuridad de la sala.

Ricardo del Carmen logra construir un relato que, siendo breve, contiene la potencia de una novela. La economía de medios, la precisión en el diálogo, la construcción de atmósfera y la profundidad simbólica hacen de este cuento una obra memorable que trasciende su origen local para hablar de preocupaciones universales. No hay respuesta al “por qué a ella” que profiere la madre, como no la hay en la vida. Solo queda el abrazo, la oscuridad de la sala, la cortina cerrada y, afuera, la noche con todas sus sombras.


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