San Luis Río Colorado, 7 de mayo de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 20 minutos

Las almas no se conocen por casualidad.

Aunque no siempre entendemos el porqué, cada persona que conocemos tiene una razón para estar ahí. Algunas veces toma años comprender el propósito de algunas personas en nuestra vida, otras veces nunca lo entenderemos con exactitud. 

Pertenezco a un grupo selecto de personas nacidas con una marca especial detrás del cuello. Hay siete marcas; luna, sol, estrella, eclipse, cometa, estrella fugaz y nebula. Cada marca tiene un significado especial. Nos hacemos llamar “Los Ángeles Plateados” y tenemos un trabajo específico que cumplir en la vida de alguien muy especial. Estamos acostumbrados a nunca mencionar nada acerca de nuestra marca o de nuestro propósito. Las personas con una luna tienen un aura tranquila que relaja a ese alguien especial, la marca del sol significa que alumbrarás la vida de esa persona con tu presencia, el eclipse es para significar que eres el balance que la persona ocupa en su vida y así con las demás. Yo soy una estrella fugaz.

El trabajo de las estrellas fugaces es hacer un cambio significativo o mejorar la vida de una persona en un corto periodo de tiempo, para luego irnos sin dejar rastro de nuestra existencia. Se me es difícil encontrar lo bueno de mi marca, no me gusta la idea de tener que decir adiós, por eso jamás me he dedicado a buscar a esa persona especial a la que le tengo que cambiar la vida. Mi mamá, que tiene una luna detrás de su cuello, me ha intentado convencer más de una vez de comenzar a buscar a mi persona especial, pero siempre me niego.

La persona especial de mi mamá es mi papá, ella lo ayuda a calmarse cada vez que se estresa de más o lo abraza cuando lo necesita. Ella lo complementa de una manera extraordinaria. Se supone que tu marca en automático te une de por vida a alguien, no siempre tiene que ser alguien que vaya a ser tu alma gemela de manera romántica, a veces tan solo es un gran amigo. Eso sí, solo tienes una persona especial, no hay cambios ni uno nuevo, el destino jamás se equivoca. 

Desde que era chiquita comprendí lo mucho que detesto tener que decir adiós a alguien. Cuando iba en el kinder lloraba el último día antes de vacaciones porque sabía que no iba a ver a mis amigas en meses. Las graduaciones se volvieron mi peor temor. Algunos días la marca en mi cuello se sentía más como una maldición y un peso más que cargar sobre mis hombros.

Octubre acababa de comenzar, las hojas de los árboles antes verdes se tornaron naranjas en un abrir y cerrar de ojos. Me coloqué un abrigo café claro justo antes de salir por la puerta de mi casa. Me dirigí hacia el parque de la ciudad que está tan solo a unas cuadras de mi hogar. Varios niños pequeños corren por las banquetas jugando a atraparse. El aire huele a canela y calabaza.

Un río atraviesa el parque, casi siempre suelo sentarme un rato para alimentar a una familia de patos. El día es perfecto para relajarse un rato o para disfrutar de un buen pastel de chocolate horneado por mamá. Una pequeña brisa rápida pasa alrededor, haciendo que varias hojas caigan de los árboles.

Caminé un rato hasta llegar al lugar donde paso el rato. Es como mi lugar especial justo frente al río, en este lugar las risas de niños suenan lejanas y el único ruido que escuchas es la melodía que toca el agua pasando y algún que otro pato. Saqué un pedazo de pan de mi mochila para partirlo en pedazos para los patos. 

–Hola, ¿me puedo sentar aquí? –levanté la mirada al escuchar una dulce voz junto de mí. Me encontré con una niña probablemente de mi edad con una mirada tierna pero cansada a la vez.

–Claro, no hay problema –respondí sin pensarlo mucho. Me moví un poco al lado para que se pudiera sentar de manera cómoda. 

–¿Vienes aquí a menudo? –asentí. Volví a voltear a ver a la niña, tiene un bonito vestido color amarillo pastel, un suéter de lana blanca que le combina mucho y una bufanda roja alrededor de su cuello.

–Me gusta tu vestido –dije sin pensar mucho. Justo en ese momento noté que tenía puesto un gorrito tejido color amarillo–.También me gusta tu gorro, se parece mucho a los que mi abuela solía hacer. — la niña a mi lado sonrió.

–Me llamo Isabella, ¿tú cómo te llamas?

–Me llamo Nila –respondí–. ¿Cuántos años tienes?

–Tengo catorce años, ¿y tú? –preguntó Isabella con una sonrisa contagiosa.

–Igual –no pude evitar sonreírle.

Me percaté que el gorro de Isabella tiene pequeños diseños que me llaman la atención, pero no puedo verlos muy bien.

–¿Me prestas tu gorro? Quiero ver algo –Isabella se quitó su gorro para pasármelo, pero en ese momento me quedé congelada. El frío no fue lo que me congeló, sino el darme cuenta que Isabella no tiene cabello. Ella se dio cuenta bastante rápido de mi expresión. 

–Oh, perdón, estoy enferma de cáncer. No me gusta mucho mencionarlo –me quedé callada por un tiempo mientras pasaba saliva de forma incómoda. He visto muchísimas series en las que un personaje revela que tiene una enfermedad  crónica, pero jamás me había pasado. No estoy segura de que tendría que decir o qué palabras son las correctas.

–Eso es… muy feo. En verdad deseo que te mejores y te puedas sentir mejor –susurré y pasé mis dedos por el gorrito tejido. 

–No te preocupes, llevo dos años enferma, estoy y estaré bien –esas palabras se sintieron como una promesa vacía, pero decidí ignorar los sentimientos que se comenzaban a encontrar en mi mente– ¿Vas a la escuela? –preguntó Isabella.

–Si, estoy cursando segundo grado de secundaria. ¿Y tú?

–Mis papás me sacaron de la escuela hace unos años. ¿Te diviertes? –asentí y los ojos de Isabella se iluminaron–. ¿Cómo fue tu graduación de primaria? ¿Tuviste fiesta? ¿Bailaste y te despediste de tus amigas? Yo no pude ir a la mía –no pude evitar reírme un poco. Miré el gorrito tejido de Isabella y me di cuenta que tiene un patrón de estrellas. Desearía tener uno así.

–Supongo que hice todo eso –estaba a punto de mencionar lo mucho que lloré al tener que decirle adiós a mis amigas, pero mejor decidí guardarme esos detalles–. ¿Vienes aquí a menudo? –pregunté.

–Si, suelo venir durante la mañana cuando las personas están trabajando o en la escuela, quizás por eso no nos habíamos encontrado antes –respondió Isabella.

Nos quedamos hablando casi una hora hablando sin parar. Jamás había encajado tan rápido con una persona, es como si Isabella me leyera la mente y viceversa. No somos tan parecidas en personalidad, pero de alguna manera nos entendemos muy bien, incluso si nuestras situaciones son bastante distintas.

Lamentablemente la mamá de Isabella le habló para que regresara a su casa. Por un momento creí que esta pequeña amistad había llegado a su final, pero no podía estar más equivocada, esto solo era el inicio.

–¿Me pasas tu número? –Isabella preguntó justo antes de levantarse y sacudir su vestido–. Así podemos hablar más a menudo y quizás también vernos en el parque o en alguna otra parte de la ciudad –no pude ocultar la sonrisa de mi rostro, jamás había tenido una amiga fuera de la escuela.

–¡Claro! Por aquí debo de tener mi teléfono –busqué dentro de una pequeña mochila que traigo a todos lados y saqué mi celular. Isabella copió mi número y nos despedimos con la ilusión de volvernos a ver pronto.

Durante todo el mes de octubre Isabella y yo nos reunimos en el parque cada fin de semana a platicar un rato. Si me preguntan de qué platicábamos no sabría contestar, pues siempre comenzábamos con un tema y terminábamos en uno que no tiene nada que ver con el primero. Aún así, nos la pasamos muy bien, yo le contaba cosas que me sucedían en la escuela o como me molestaba la clase de matemáticas, ella hablaba acerca de cosas que quería hacer una vez que acabara con su enfermedad.

Un mes después…

Llegamos a la pequeña colina del parque en donde pusimos una manta gruesa para poder acostarnos de manera cómoda. Ambas trajimos bocadillos azucarados para compartir. Nos sentamos en la manta y comenzamos a sacar las cosas de una cajita decorada con estampado floral.

Las estrellas adornaban el cielo nocturno como si fueran planetas lejanos. Quizás y si lo son, no estoy muy segura. Todo se observa tan distante, como si estuviéramos en una pequeña burbuja donde solo cabemos nosotras y nuestras risas contagiosas. Elegimos este lugar porque Isabella leyó que iba a haber una lluvia de estrellas fugaces en unos cuantos minutos. 

–Isa, mira lo que traje –Isabella levantó la mirada y yo saqué dos manzanas cubiertas de chocolate–. ¿Te gustan? 

–¡Claro! Hace muchísimo no comía una –me reí un poco y le pasé la manzana.

–Qué bueno que te gusten. Mi mamá me las compró para compartir con alguna amiga, pero no es como que tenga muchas –susurré con una sonrisa un poco más triste que alegre. 

–¿Por qué? –preguntó Isabella mientras le daba una gran mordida a la manzana. Me pasaron por la mente todas esas veces que evité acercarme a los demás por temor. Temor a saber que al final del día, la marca detrás de mi cuello dice que me tendré que despedir de esa persona tan especial y que no la volveré a ver. El entendimiento de que tendremos que tomar caminos separados trae un dolor inexplicable a mi corazón. Odio que el tiempo sea corto y que los buenos momentos acaben rápido. 

–No sé –contesté con la mirada perdida. Me acosté sobre la manta para poder mirar mejor al cielo–. Le temo a las despedidas –susurré sin saber que decir con exactitud. Isabella se acostó a mi lado y el silencio nos envolvió a ambas tal como lo haría una cobija o un abrazo cálido. Ninguna sabía qué decir, no realmente. Nos quedamos así por algunos minutos hasta que Isa habló.

–A mí tampoco me gustan. Por eso casi siempre las evito. Pero, si algo he aprendido es que lo importante no es cuánto sea el tiempo, sino como lo hayas pasado y que lo hayas disfrutado. También importa lo que hayas aprendido en ese corto periodo. ¿No crees?

–Quizás tengas razón –susurré al cielo. 

–Casi siempre la tengo –ambas nos reímos. 

Pasamos unos diez minutos hablando de todo y nada a la vez. En ese momento olvidé el peso de mi marca, ya que en esos minutos solo éramos dos adolescentes con sueños tontos y metas que parecen lejanas. Nos reímos hasta que nuestros estómagos dolieron y lágrimas comenzaron a caer de nuestros ojos. Me volteé para agarrar una rebanada de pastel de limón, de repente Isabella me comenzó a agitar el hombro con emoción.

–¡Ya comenzó! ¡Mira! ¡Ya están cayendo las estrellas! –me asusté solo un poco antes de voltearme justo a tiempo para alcanzar a ver un rastro de luz sobresaliente en el cielo oscuro. Deje salir un pequeño sonido de asombro al ver algo tan mágico. Seguí la línea de luz con la mirada hasta que desapareció por el horizonte dirigiéndose hacia otros rumbos a iluminar el cielo a otras personas.

–Me encantan las estrellas fugaces –dijo Isabella sin apartar la vista del cielo, esperando ver como la siguiente estrella aparece de detrás de las montañas.

–¿Por qué? –pregunté con curiosidad.

–No estoy segura, se me hace tan asombroso como alumbran de manera tan única el cielo nocturno por tan solo un instante y dejan a las personas asombradas en segundos –me quedé pensando en sus palabras un poco. 

–A mi me gustaría que durarán más, detesto que duren tan poco tiempo –las palabras sonaron raras en mi boca. Como si una parte de mi supiera que no estoy exactamente hablando de las estrellas que iluminan el cielo, sino de otro tipo cosa que alumbra en la oscuridad.

–Eso es lo que las hace tan especiales, solo las podemos apreciar por unos segundos, pero las recordaremos para siempre. Son únicas –dejé salir una pequeña risa. Nunca había tenido a alguien con la que pudiera tener platicas tan profundas.

–Eres rara.

–Lo sé.

Isabella fue admitida al hospital a finales de noviembre después de que comenzara a toser sangre de manera excesiva. Entendí que necesitaba atención médica de manera inmediata, pero le mandé varios mensajes y todas las veces me decía que estaba bien y que no me preocupara. Si me preocupa. Pero también me imagino que después de estar todo el día rodeada de doctores y luego hablar acerca de eso una y otra vez se vuelve tedioso, así que también entiendo que no quiere hablar de su enfermedad. 

Aún así, nadie ni nada me detuvo de ir al hospital cada día por dos semanas seguidas después de que Isabella haya sido internada.

–¿Dónde está Isabella? –le pregunté a la recepcionista. Lo último que supe fue que la cambiaron a otra sección del hospital, pero no alcancé a preguntar a cuál. La señora levantó la mirada y me reconoció al instante, he venido tantas veces que ya me conocen a la perfección.

–Ahora Isabella se encuentra en el segundo piso, en el cuarto 238 –respondió la recepcionista y señaló al elevador al final del pasillo. 

–¡Gracias! –respondí y comencé a caminar.

Tomé el elevador junto a una señora mayor que me ofreció un caramelo de leche que amablemente acepté, a mí no me gustan, pero sé que a Isa le encantan. Bajé del elevador y comencé a recorrer los pasillos infinitos con olor a gel sanitizante. Casi no se escucha nada, salvo uno que otro de esos monitores que hacen ruidos cada cierto tiempo. 

Llegué a la nueva habitación de Isabella, toqué dos veces antes de entrar. Isabella estaba sentada en su cama bebiendo jugo de naranja. 

–¡Isa! –dije con emoción, cerré la puerta detrás mío y jalé una silla para sentarme junto a la cama–. Tengo tantas cosas que contarte, sucedieron tantas cosas esta semana que las tuve que apuntar para no olvidarlas–. Isabella se río.

–¿En serio? Cuéntame todo –la voz de Isa tiene un tono cansado.

–Espera, espera, espera, ¿qué te sucedió? ¿Cómo te sientes? –pregunté sin poder ocultar mi preocupación.

–Estoy bien –Isa respondió con una sonrisa, pero yo no sonreí de vuelta. –No te preocupes, no me pasa nada –suspiré y le di el dulce que me dio la señora.

Le conté a Isabella todos los eventos importantes que me sucedieron en la escuela con tantos detalles que nos tardamos casi dos horas hablando. Cuando terminé ambas nos estábamos riendo de alguna bobada que dijimos. Pequeñas lágrimas cayeron por mis mejillas de tanto reír. Después, me acordé de la pregunta que quería hacer apenas entré a la habitación, pero entre tantas cosas que decir se me terminó olvidando. 

–¿Por qué te cambiaron de habitación? –pregunté apenas hubo un silencio. Isabella había sido admitida al hospital muchas veces por las quimioterapias, pero casi siempre era en otro cuarto del tercer piso.

–Esta área es de cuidados intensivos, los doctores dicen que estaré aquí un rato, pero que si todo va bien me regresaran a mi antiguo cuarto, si las cosas mejoran incluso podré volver a casa pronto –me explicó Isabella. La idea de que Isabella pueda salir del hospital me hizo recordar que habían abierto una feria en la ciudad.

–Apenas y puedas salir del hospital tenemos que ir a la feria de navidad, pusieron una rueda de la fortuna llena de luces que se ve desde cualquier punto de la ciudad –ambas nos volteamos a ver, imaginando como será nuestro día en la feria apenas y Isabella se mejore.

–¿Enserio? ¿Incluso desde aquí? –asentí. 

Isabella se levantó con piernas temblorosas y caminó hacia la ventana abierta del cuarto, yo me levanté para ayudar a sostenerla. A la distancia se podía ver la rueda de la fortuna llena de luces parpadeando. Isa y yo comenzamos a hablar como siempre hacemos, nuestra conversación tomó un giro un poco más profundo. Comenzamos a platicar sobre nuestras metas, sueños, emociones y cosas que queremos lograr. 

–Mi mayor deseo es volver a tener pelo –sentí un vacío formarse en mi estómago al escuchar las palabras de Isabella–. Solía tener un hermoso cabello rubio que caía por mis hombros como las bellas olas del mar. Siempre soñé con pintarlo de rosa pastel, pero mamá jamás me dejó –un silencio lleno de palabras no dichas invadió el cuarto. Inconscientemente, llevé mis manos a mi largo cabello castaño. Tengo años sin cortarlo, pues a mi parecer es uno de mis distintivos, está tan largo que ya casi me llega a la cadera.

–¿Y si te regalo el mío? –pregunté en un susurro. Casi no pensé en las palabras que salieron en mi boca, el único pensamiento que cruzó mi mente era ver a mi amiga con una sonrisa en su rostro–. Tengo de sobra, si es que lo puedes notar –Isabella río, yo no. 

–No estás hablando en serio, ¿cierto? –silencio. Los ojos de Isabella se abrieron de par en par llenos de una ilusión muy mal escondida–. ¿En verdad? ¿Estarías dispuesta a cortarte tu pelo y dármelo? –asentí sin decir nada más.

Para mí es solo cabello, volverá a crecer en un abrir y cerrar de ojos, pero para ella es un sueño cumplido. Es una luz de esperanza en una vida llena de problemas. Es raro saber cómo algo que suena tan simple puede alegrarle la vida a alguien, darle un motivo de sonreír y algo nuevo que esperar.

–Oh… cómo te lo agradezco en verdad, no sé qué decir, muchas, muchas gracias –Isabella extendió sus brazos hacia mí y nos abrazamos con fuerza. Sentía como su cuerpo temblaba de alegría y muy pronto las lágrimas comenzaron a empapar mi suéter blanco. Honestamente, no ocupo palabras de agradecimiento, sus ojos me dijeron todo lo que ocupaba saber. Un sentimiento casi inexplicable invadió mi cuerpo. Jamás me había sentido tan alegre de hacer a alguien distinto feliz. Es como si hubiera llenado un espacio en mi corazón que ni siquiera sabía que existía.

–¿Cómo te lo puedo donar? ¿Tengo que ir a un lugar específico? –pregunté justo después de separarnos. Isa pensó por unos segundos antes de negar con la cabeza.

–No estoy muy segura. Lo podemos investigar juntas –ambas sonreímos al mismo tiempo.

–¿Habrá alguna manera de que el pelo que te done sea color rosa pastel? –ambas nos reímos mientras imaginamos todas las posibilidades. 

–Quizás y si, aún tenemos tiempo para buscar e investigar a fondo –Isabella respondió.

La noche era fría, el cielo nocturno estaba cubierto de nubes llenas de nieve. Las calles estaban casi vacías y el viento cantaba una melodía relajante. Estaba acostada en mi cuarto sin hacer nada más que existir con mis pensamientos y una que otra canción de fondo. Quizás mañana pueda ir a visitar a Isabella al hospital, pudiera llevarle un pastel, o mejor aún, un chocolate caliente con algunos malvaviscos. Será difícil esconder eso del personal médico. Se supone que Isabella no puede comer nada muy dulce, pero cualquier persona puede disfrutar de dulces una que otra vez para alegrar la vida.

–¡Nila, baja! –la voz de mi mamá rompió el silencio. 

–¡Voy! –grité de vuelta. Me salí del cuarto con un suspiro, detesto salir de mi cuarto cuando la temperatura baja. Agarré una cobija a mitad de camino y me la puse entre los hombros. 

Mamá me esperaba en la cocina con una gran sonrisa. En sus manos sostiene una caja de paquetería sin abrir. No pude esconder la confusión en mi rostro. Claramente, mamá noto mi expresión, pues caminó hacia mí antes de poner sus manos en mis hombros y guiarme hacia la mesa. 

–Abre la caja –lo dude un poco antes de tomar el paquete en mis manos. Tomé unas tijeras de la cocina, con el filo corté la cinta que mantenía cerrada la caja. La abrí sin saber que esperar con exactitud, no recuerdo haber pedido nada por internet, mucho menos que mamá sepa usar internet.

En la caja estaba una peluca hecha de manera delicada. Deje salir un pequeño sonido de sorpresa y alegría a la vez. Una gran sonrisa apareció en mi cara al ver lo que solía ser mi cabello ahora en una hermosa peluca con las puntas pintadas de rosa pastel. Levanté la mirada para ver a mi mamá justo antes de pasar mis dedos por la peluca de forma delicada, casi como si fuera de algún metal precioso.

–¿Podemos llevársela? –mamá rio al notar mi entusiasmo.

–¿Qué le hiciste a mi hija que nunca quería salir de la casa en la noche? –ambas reímos, pero me apuré para abrazarla.

–¡Por favor, vamos, vamos, vamos, mamá!

–Está bien, está bien, pero primero necesito que te cambies. Voy a encender el carro –subí las escaleras corriendo y saltando de alegría.

Me puse la primera ropa que encontré, ni siquiera me moleste en abrocharme las cintas de los tenis, casi me tropiezo sobre mis propios pies. Tarde menos en vestirme que mamá en encender el carro y prender la calefacción.

El hospital se encontraba vacío salvo por una recepcionista, dos enfermeras y un doctor. Todo olía a ese extraño olor que tienen todos los hospitales, en específico a gel sanitizante.

Las enfermeras detuvieron a mi mamá a mitad de camino. Me detuve solo un poco, pero decidí ignorar eso y continué recorriendo los pasillos infinitos del hospital. Su cuarto está en el segundo piso, no me molesté en esperar al elevador, subí por las largas escaleras con paso apresurado aún cargando la caja con la peluca dentro. 

Me muero por ver la cara de Isabella al ver la sorpresa. Yo sé que lo va a amar. Ambas estuvimos esperando el día que llegara con tantas ansias, prácticamente se volvió el sueño de ambas. El sueño de Isabella era volver a tener pelo, el mío poder hacer que ella cumpliera su sueño.

Por fin llegué al cuarto, no toque la puerta antes de entrar, estaba tan emocionada que se me olvidó por completo. Al entrar el olor a limpio invadió mi nariz, no pude evitar sonreír aún más. Las luces están apagadas y la ventana abierta, dejando que la luna alumbre la habitación. Cerré la puerta detrás mío con mi pie, pues tenía las manos ocupadas cargando la caja de cartón.

–¿Isa? –miré alrededor y encontré a Isabella dormida en su cama, se ve tan cómoda que hasta me da pena tenerla que despertar. Deje el paquete en el frío suelo para caminar hacia la cama–. Isa, despierta, necesito que veas lo que te traje –nada. Dejé salir un suspiro, aún con una sonrisa subí mi voz–. Isa, ándale, deja de hacerte la dormida. Te va a encantar lo que te traje –silencio. Tengo que admitir que me comencé a preocupar un poco.

–Isabella, ya, ya entendí tu chiste, ya detente –la tomé de los hombros y la comencé a mover. No pasaba nada. Mi corazón se comenzó a hundir contra mi pecho. Levanté la cabeza para mirar los distintos monitores a los que siempre estaba Isabella conectada. Todo se veía normal, no había nada fuera de lo común. ¿Qué está sucediendo? Un nudo se comenzó a formar en mi garganta.

–Isa… –susurré, no hubo respuesta, solo la melodía del aire al entrar a la habitación por la ventana abierta. Miré alrededor del cuarto, recordando cada momento en el que las paredes se llenaron con nuestras risas, historias y sueños, ahora no hay más que silencio y un sentimiento de vacío.

–Isabella, dime que esto no está sucediendo –murmuré intentando hablar aún con el nudo en la garganta–. Te veías tan bien ayer –me tiré de rodillas al lado de la cama antes de tomar el brazo de Isa para moverla un poco más. Mi corazón aún guardaba una pizca de esperanza que todo esto fuera tan solo una muy mala pesadilla. Un truco horrible de mi cerebro. Que esto no fuera una realidad.

Noté el paquete donde se encontraba guardado el sueño de ambas. Lo había dejado abandonado, lo que solía ser un motivo de alegría se había transformado en algo agridulce. Aun así, con todo el dolor dentro de mi corazón lo volví a tomar en mis brazos para sacar la peluca por la que tanto habíamos esperado.

Tomé la peluca en mis manos y no pude evitar las lágrimas que comenzaron a salir por mis ojos sin control alguno. Hace menos de una hora lo único en lo que podía pensar era en el rostro de Isabella al ponerse la peluca y verse en el espejo. Lo habíamos anhelado por semanas. De alguna manera, era el sueño de ambas, pero ahora solo una de las dos lo verá hacerse realidad.

Estoy segura que Isabella está teniendo el sueño más hermoso, lleno de aventuras, paz y sobre todo libre de cualquier enfermedad. Las lágrimas continuaban cayendo bajo mis mejillas mientras el nudo empeoraba. Me quedé quieta por unos minutos más, no pude contener los ruidos de dolor que salieron de mi garganta. Abracé la peluca contra mi pecho en silencio y apreté mis ojos. El dolor era inexplicable.

Caminé hasta el lado de la cama de Isabella con la peluca en manos. No la quería dejar ir, ya que quizás sería la última cosa física que conservaría de ella. Pero dentro de mi se que tengo que asegurarme de que su sueño se cumpla sin importar lo que suceda, incluso si me duele, pues eso hacen las amigas. 

Le quité su gorrito amarillo con extremo cuidado, mi visión se volvió borrosa entre tantas lágrimas. Pase mi mano por su cabeza con delicadeza y le coloque la peluca con cuidado.

–Te ves muy bonita, tal como tú soñabas –susurré con voz temblorosa. Una parte de mi aún esperaba una respuesta que nunca obtendría–. Tienes un pequeño nudo, deja te lo acomodo.

Mientras acomodaba el nudo detrás del cuello de Isabella noté una luz escasa escondida entre el cabello de la peluca. Casi en automático las lágrimas que antes empapaban mis ojos desaparecieron al instante. Un tremor pasó por mi espalda al darme cuenta. Quité el pelo de detrás del cuello de Isa solo para encontrar una bella marca de estrella fugaz brillante. 

El tiempo pareció detenerse por tan solo un instante. No podía quitar la mirada de la marca en su cuello. La toqué con manos temblorosas, pase mi dedo sobre la cola de la estrella. Es una marca igual a la mía. La simple idea hacía que mi cabeza diera vueltas. ¿Acaso era eso posible? ¿Acaso ambas éramos nuestra persona especial?

Sentí un nudo hacerse en mi garganta mientras conectaba los puntos en mi mente. De repente, todo hacía sentido. Cada momento que pasé con ella tenía un nuevo significado.

Los padres de Isabella entraron al cuarto después de varios minutos. Me encontraron sentada junto a la cama en el cuarto completamente oscuro. Prendieron las luces y tuve que hacer el mejor esfuerzo para limpiar mis lágrimas.

–¿Qué fue lo que le sucedió a Isabella? –pregunté con voz temblorosa sin poder evitar el nudo en mi garganta. Hubo un silencio hasta que recibí la respuesta.

–El cerebro de Isabella se apagó, es como si estuviera dormida, pero ya no se despertará –más lágrimas bajaron por mis mejillas–. Nosotros ya sabíamos que esto iba a venir. Isabella también lo sabía.

–Te queremos agradecer por todo lo que hiciste por nuestra hija –levanté la mirada cuando comenzó a hablar el papá de Isabella. –Le trajiste esperanza cuando ya no la tenía. También le diste la oportunidad de vivir como una niña normal fuera del hospital, en los momentos que pasaba contigo se podía olvidar de su enfermedad y soñar en grande. Sin duda le cambiaste sus últimos meses que tuvo en vida.

–Si, supongo que tienen razón, ambas cambiamos la vida de la otra –murmuré.

Justo antes de salir de la habitación me asomé una última vez a la ventana, no sé por qué lo hice, sentí casi como si algo me llamara. Miré el cielo nocturno por varios minutos esperando alguna señal. La señal no tardó en aparecer, una hermosa estrella fugaz hizo su camino por el cielo, el momento se sintió casi mágico. Jamás había visto una tan cerca de la ciudad, usualmente se ven en lugares rurales con poca luz. La estrella duró muy poco tiempo en el cielo, pero sentí que completó un agujero dentro de mí.

–Ve a iluminar otras vidas –susurré justo después de que la estrella fugaz desapareciera por el horizonte.

Han pasado cuatro meses desde el funeral de Isabella. El invierno pasó y comenzó la primavera en un abrir y cerrar de ojos. El dolor nunca se fue, no realmente. Mi pelo volvió a crecer con rapidez, casi como si nunca me lo hubiera cortado. 

Decir que no extraño a Isabella cada día sería una mentira. La mayoría de noches volteo hacia arriba para admirar el cielo nocturno, esperando quizás ver otra estrella fugaz para preguntarle como esta Isa y si ella me extraña tanto como yo a ella. También comencé a hablar más con los demás sin tanto temor a que llegué el día de decir adiós.


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