Puebla, México, 4 de abril de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 10 minutos

Había una vez, en un pueblo muy lejano y escondido del estado de Morelos, un niño llamado Mateo. Mateo era un niño de 13 años muy curioso e inteligente, amaba armar cosas y le encantaba la idea de crear algo que cambiaría al mundo entero.

Mateo era un niño de escasos recursos, pero a él no le importaba su situación económica para seguir haciendo lo que le gustaba e igual para seguir investigando sobre la tecnología.

Mateo iba todas las tardes, después de salir de clases, a la biblioteca de su pequeño pueblo. Ahí buscaba libros para leer información sobre los avances que ha habido en tecnología, pero también de cómo es contaminante la tecnología para el planeta. Mateo, a pesar de que era despistado (un poco), siempre guardaba muy bien en su cerebro la información que encontraba en los libros. Pero encontró que la tecnología afecta al medio ambiente ya que, si bien ofrece beneficios, también tiene un impacto negativo en el medio ambiente a través de la contaminación. La producción, uso y desecho de dispositivos electrónicos generan contaminación del aire, agua y suelo, además de contribuir al cambio climático. Entonces Mateo se quedó impactado por la información que leyó porque algo bueno que usamos a diario afecta al medio ambiente. Pasaron días y noches, pero Mateo no se sacaba esa información de la cabeza, así que tuvo una idea: crear un invento que ayudará al planeta usando tecnología, pero sin contaminar.

Mateo comenzó a recolectar piezas viejas que encontraba en su camino como radios rotos, cables, hasta una pequeña pantalla que alguien tiró. Con ayuda de los libros y su imaginación, empezó a construir una máquina. La llamó: Mati0Reciclador.

Esta máquina tenía una misión la cual era transformar basura electrónica en energía limpia. Cada componente que insertaba Mateo (pilas, cosas viejas, baterías usadas) la máquina lo analizaba y separaba con cuidado. Con una pequeña celda solar que armó él mismo, la máquina se recargaba con el sol y funcionaba sin electricidad contaminante.

Después de varios intentos fallidos, de tantas noches de llanto y de mucha ansiedad Mateo lo logró. El Mati0Reciclador empezó a iluminar un foco que Mateo conectó.

¡Con esto Mateo había creado energía con basura tecnológica! El invento no pasó desapercibido. Un día, su maestra lo vio trabajando y les habló a unos científicos de la Ciudad de México. Ellos viajaron hasta el pequeño pueblo de Morelos solo para conocer a Mateo y su creación.

–¿Cómo lo hiciste con tan pocos recursos? –le preguntaron.

–Con ganas de ayudar al planeta –respondió él, sonriendo.

Mateo fue invitado a presentar su invento en una feria de ciencia nacional. A partir de ahí, más personas se interesaron en la tecnología responsable y ecológica, gracias a un niño que confió y creyó que podía cambiar el mundo… y lo hizo.

Pero no queda ahí esta historia…

Mateo como era un niño muy inteligente, llamaba la atención tanto de adultos como de niños. Y como en todos lados, hubo mucha gente envidiosa. Unos compañeros que lo molestaban y le decían de cosas como “nerd”, “tonto”, “menso”, entre otras, e incluso una vez llegaron a esconderle el material que había recolectado. Pero no queda ahí, después de presentar Mateo su invento a los científicos de la Ciudad de México su proyecto quedó unas horas al ojo público para que el pueblo apreciara la obra y la inteligencia del pequeño Mateo. Esa tarde, el sol era intensamente fuerte sobre la pequeña plaza del pueblo, donde la gente paseaba felices en familia. En el centro, se mostraba el Mati0Reciclador, la creación de Mateo, realizada con dedicación y preocupación por el medio ambiente.

Sin embargo, en medio de la multitud, tres niños de su escuela que lo molestaban se acercaron con propósitos distintos. Los que se sentían incómodos al verlo sobresalir, incapaces de comprender cómo un niño de su salón con tan pocos recursos podía lograr tanto con tanta inteligencia y esfuerzo por la importancia que le dio al medio ambiente y aparte su dedicación.

“Como si realmente fuera un robot”, comentó alguien. “Vamos a ver si sigue sobreviviendo después de que vea esto” susurró otro de los compañeros, mientras se reían y burlaban de él. Sin ser vistos por nadie, decidieron empujar el pequeño invento desde abajo. Como resultado, El Mati0Reciclador se despedazó en todo el piso. Un sonido metálico resonó y las piezas se esparcieron por todas partes. El protector solar se rompió y los cables se soltaron. Mateo, quien platicaba con una científica, oyó el ruido tan fuerte. Corrió con el corazón saliendo. Cuando finalmente llegó, se detuvo y estaba blanco de todo su rostro. Lo que había hecho… estaba destruido. Sus ojos se llenaron de miles de lágrimas. Quería gritar o golpear algo de la frustración tan grande que sentía, se enojó tanto… pero respiró profundamente y trató de tranquilizarse.

Mateo dijo que no se rendiría, pero realmente se sentía muy mal por ver su proyecto lo cual le tomó noches, lágrimas, estrés… estaba destruido. Los científicos y gente ambulante que presenciaron la escena se acercaron con inquietud. La investigadora que lo había invitado examinó el invento dañado y le dio unas palabras de aliento: “Esto no es el final, Mateo. ¿Has pensado en qué hacen los inventores exitosos cuando sus ideas no funcionan? Empiezan de nuevo… esta vez, con un poco de ayuda”.

Mateo, sorprendido, dijo:

–¿Realmente van a ayudarme?

–Estaremos contigo mientras creas el Mati0Reciclador2.0 que será más eficiente, resistente y respetuoso con el medio ambiente. Tienes una mente valiosa y nadie la detendrá, comentó con una sonrisa.

Mateo sintió muy bonito al recibir esas palabras de ella que es una científica conocedora, alguien que es de admirarse y que aparte tiene un gran corazón y bonitas palabras. La científica, por supuesto, vio el valor y la inteligencia inmensa de Mateo, pero más sus ganas de salir adelante y que cada cosa que se propusiera lo cumpliría, así no tuviera dinero o los recursos para hacerlo, pero lo intentaría una y mil veces con tal de seguir a su mente y corazón. Porque Mateo no solo era un niño inteligente, también era un niño con un gran corazón. Para Mateo, que había crecido escuchando más “no se puede” que “tú puedes”, esas palabras valían más que cualquier otro trofeo.

–Tú no necesitas un laboratorio gigante para cambiar el mundo –le dijo ella esa tarde. Solo necesitas seguir creyendo en ti y seguirte esforzando como siempre.

Y esas palabras quedaron grabadas en su corazón como si fueran un tatuaje invisible.

–Tú puedes lograr lo que quieras, Mateo. Aunque a veces duela el camino, ya estás dejando huella, algo que muchos niños de tu edad no hacen por preferir estar perdiendo el tiempo en el celular –le dijo ella con cariño.

Desde que su primer invento fue destruido de manera horrorosa, Mateo se había sentido como cuando llueve justo el día en que vas a jugar: decepcionado, pero con la esperanza de que en algún momento saldría el sol. Y ahora, esa esperanza volvía con más fuerza que nunca porque él nunca se rendiría.

La científica no solo le dio piezas electrónicas, sino que también le devolvió la confianza. Esa misma tarde, se sentó en el patio de su casa, rodeado de herramientas prestadas, latas recicladas y un montón de ideas flotando en su cabeza. No estaba solo. Uno a uno, algunos niños del pueblo comenzaron a acercarse.

–Oye, ¿puedo ayudarte a armar algo?

–Yo sé cómo conectar esos cables, mi tío me enseñó…

Incluso algunos de los que antes lo molestaban aparecieron con cara de arrepentidos y manos temblorosas.

–Perdón, Mateo. Lo que hicimos estuvo mal. Si quieres podemos ayudarte a pintar la base.

Mateo los miró con lágrimas en los ojos. Por dentro, recordaba perfectamente las veces que lo habían llamado “tonto” o “nerd”. Pero también recordó lo que su mamá le decía cada vez que lloraba en silencio:

“La gente da lo que tiene en su corazón y si tiene un corazón malo y podrido, nunca será feliz y se portará mal con su entorno”.

–Está bien –dijo. Pero aquí nadie se burla, todos aprendemos y nos cuidamos entre nosotros, nos divertimos, gozamos y la pasamos excelente.

Y así nació algo más que un invento. Nació una pequeña comunidad de niños con intereses en la tecnología ecológica.

Al final, el Mati0Reciclador 2.0fue una obra hecha con manos de niños, caras sudadas, pero corazones y mentes contentas. Esta nueva versión no solo transforma basura electrónica en energía solar, sino que unía a los niños a aprender y evolucionar la tecnología en su pequeño pueblo e incluso a México. Un mes después, la científica volvió. Pero esta vez no venía sola, llegó con personas que usaban ropa elegante, Macbooks y cámaras. Mateo se puso nervioso. No entendía lo que estaba pasando. Sentía que sus manos temblaban un poco, pero la científica le dio una palmadita en el hombro. Cuando los visitantes vieron el Mati0Reciclador 2.0 quedaron asombrados. Pero más asombrados quedaron cuando escucharon a Mateo hablar. No usaba palabras difíciles. Hablaba con emoción, con verdad. Contó cómo una idea nació de la tristeza de saber que la tecnología contamina. Cómo se propuso cambiar eso. Cómo lo destruyeron… y cómo volvió a levantarse.

Días después, Mateo fue invitado a una feria internacional de jóvenes inventores. Viajó por primera vez en su vida a otra ciudad con todo pagado. No sabía usar el elevador del hotel ni cómo vestirse para una exposición, pero sabía exactamente qué quería decir, ya que a eso era a lo que venía, a levantar el nombre de México y más que nada a levantar su nombre. Solo quiero que el mundo sea un poquito más limpio. Si yo pudiera hacer esto con lo poco que tengo, imaginen lo que podríamos lograr si todos ayudamos –dijo frente a cientos de personas. Cuando volvió a su pueblo, lo esperaban con aplausos, cartulinas decoradas y marcadores viejos, y un letrero que decía: “Gracias, Mateo, por enseñarnos que soñar no cuesta y ayudar sí vale.”

Desde ese día, la biblioteca se convirtió en el primer taller ecológico del pueblo y uno muy importante porque fue fundado por el pequeño Mateo. Los niños llevaban pilas usadas, piezas rotas y un montón de preguntas. Mateo no tenía todas las respuestas, pero sí la disposición para buscarlas. Mateo se convirtió en su pequeño maestro. Los niños la pasaron de maravilla y aprendieron mucho.

Porque sí, Mateo era muy inteligente, pero lo que lo hacía especial no eran sus ideas y su esperanza en hacer a un México con mentes pequeñas pero grandiosas.

El taller era su forma de no rendirse, de compartir, de perdonar y de seguir adelante, siempre con el corazón por delante. Y así sigue aún Mateo, enseñando y junto con otros niños aprendiendo. Y por supuesto, siguiendo sus sueños.


¿Te gustó? ¡Comparte!