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Puebla, México, 28 de julio de 2025 (Neotraba)

Obviando las 13 horas y las dos comidas en el avión, que incluyeron arroz al vapor y té verde, descendimos en el aeropuerto de Narita, Japón para tomar un tren que nos llevaría a conocer Tokio. La espera para realizar la conexión a Singapur nos permitiría unas horas para comer en la capital japonesa.

Antes de tomar el avión en México, le escribí a Toshinori Sato para saber si podríamos vernos y tomar un café.

Sato vivió en México, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP cuando la UNAM no pudo recibirlo porque inició la huelga estudiantil en 1999.

Toshi me dijo que le daba mucho gusto que estuviera unas horas en Japón, pero que lamentaba no poder encontrarnos, por cuestiones de trabajo tendría que viajar a Panamá y Guatemala: “Pasaré cerca de México y tú estarás en Tokio”, qué coincidencia.

Anuncio luminoso en el tren de Narita a Tokio. Fotografía de Óscar Alarcón
Anuncio luminoso en el tren de Narita a Tokio. Fotografía de Óscar Alarcón
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Las máquinas expendedoras de boletos del tren de Narita a Tokio son enormes, parecieran ser cajeros automáticos. Tienen la opción de mostrar la operación que estás realizando en inglés o en japonés. Es fácil percatarse que muy pocas personas en Japón hablan inglés. No me extraña, lo mismo ocurre en nuestro país: no somos una población bilingüe.

Máquinas para registrar tu viaje en tren de Tokio a Narita
Máquinas para registrar tu viaje en tren de Tokio a Narita

Es mi turno de estar frente a la máquina. Previo a ello, traté de fijarme cómo lo hacían las personas que estaban delante de mí. Tomé la distancia suficiente para no incomodar a los usuarios. Es sabido que los japoneses son muy reservados y no quiero que se den cuenta de que los estoy espiando. A pesar de todos mis esfuerzos, no logro percatarme de qué fue lo que hicieron: toda la operación la hicieron en japonés.

El policía me dice que avance, que es mi turno.

Leo las instrucciones en inglés, selecciono el lugar a donde viajaremos y me atoro en el penúltimo paso. El guardia se acerca y me dice que tengo que escanear mi pasaporte.

Nunca había usado el pasaporte para identificarme. ¿No le sirve mi INE? Pienso. Desdoblo el documento con el que he viajado y la máquina escanea la foto.

Después, la máquina me pide que realice el pago. Ingreso mi NIP, el armatoste abre sus fauces y desaparece mi plástico. “Se tragó mi tarjeta” exclamo al hacer el pago. Mira que venir de tan lejos para extraviarla. No creo que haya sucursales de BBVA por aquí para que me la repongan. Volteo para todos lados en busca de ayuda, pero nadie se acerca. Respiro cuando la boca electrónica me regresa la tarjeta. Lo que en realidad estaba haciendo era verificar el chip para saber que no era una tarjeta falsa.

Estación de tren de Tokio a Narita
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La Olimpiada Internacional de Matemáticas de Singapur (SIMOC) es una competencia anual. Está compuesta por 3 rondas: el concurso individual; el concurso por equipos y el Desafío de los Guerreros Matemáticos. En la justa participan 32 países, incluyendo México y por ello nos encontramos viajando hacia Singapur.

Tenemos noticias de que otra delegación de poblanos también viaja, pero les tomará 45 horas en llegar porque harán una escala en Turquía y eso les sumará más de 12 horas a su viaje. Suerte para sus espaldas.

La primera SIMOC se llevó a cabo en 2015. En la edición de hace una década participaron 414 estudiantes de 13 países.

La Olimpiada pone a prueba la capacidad de resolver problemas de matemáticas con papel y lápiz y también el trabajo en equipo en juegos matemáticos.

Y hasta Singapur, por segundo año consecutivo, han llegado alumnos de la Preparatoria Emiliano Zapata de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla: Luz, Tonatiuh y Sun son los representantes de este año. Tanto Luz como Tonatiuh estuvieron en la competencia del año pasado, por lo que pareciera que Singapur es un destino ya conocido: “no mastique chicle, no se cruce por la mitad de la calle, profe”, son algunas de las recomendaciones que me hacen cuando no cruzo por el paso peatonal de una calle en Tokio. Aquí no se dieron cuenta de lo que hizo y no lo multan, pero allá…

Los maestros que los acompañan son el profesor José Luis Rodríguez Antonio y el profesor Felipe Olvera Cruz, un equilibrio de experiencia y juventud pues José Luis es uno de los docentes más jóvenes de la preparatoria; en el mes de julio cumplirá 26 años. La misma edad que tenía yo cuando entré a trabajar a la Zapata.

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Como toda ciudad capital, Tokio sorprende por la velocidad en la que ocurre la vida de sus habitantes.

En sus calles existe una mezcla cosmopolita entre sus rascacielos y los edificios construidos con arquitectura tradicional.

No se puede hablar de edificios tan antiguos pues el 9 de marzo de 1945, los norteamericanos, bombardearon Tokio con napalm y con ello arrasaron la ciudad.

Disponemos apenas de seis horas para trasladarnos del aeropuerto a la capital, comer y caminar un poco. Buscamos un lugar donde comer en el centro comercial de Otemachi, Chiyoda.

Es de esperarse que los japoneses tengan reticencia a hablar inglés después del bombardeo, a pesar de que nos separan 80 años de aquel funesto acontecimiento. Lo que nos permite ver que la guerra es una herida que nunca cierra.

Calles de Tokio

Llegamos al restaurante y le señalo lo que quiero del menú a la mujer que nos atiende. Se nota que es un restaurante para oficinistas: visten trajes en tonos caqui, muy formales y el silencio que impera en el lugar apenas se rompe cuando uno de los comensales sorbe con fruición sus fideos.

Tsukemen. Foto de Óscar Alarcón
Tsukemen. Foto de Óscar Alarcón

La carta nos ofrece Tsukemen: elaborado con fideos, res, preparado a fuego lento en un miso de frijoles negros Hinoya. Se sirve en dos platos: en uno te dan el caldo y en otro los fideos. Para que el sabor sea de lo mejor, hay que mezclarlos antes de comerlos, de no hacerlo así, la pasta pareciera no tener sabor y puede convertirse en una masa apenas digerible.

Al inicio los comí por separado y comprendí mi error. Los mezclé y el sabor se potenció. Sentí que estaba degustando verdadera comida japonesa, aunque todo encanto se rompió cuando le comenté al maestro Olvera: “el caldo me recuerda al mole de panza”. Supongo que es una forma de comparar los sabores que nunca se han probado con lo que es de sobra conocido. He escuchado a gente que ha dicho que cuando probó por primera vez el conejo le supo a pollo. Y eso no puede ser: el conejo sabe a conejo.

Restaurante en Otemachi, Chiyoda. Foto de Óscar Alarcón
Restaurante en Otemachi, Chiyoda. Foto de Óscar Alarcón

Todo lo que nos sirvieron lo tenemos que comer con palillos. Extrañamos tanto los tenedores, pero no será fácil encontrarlos en cualquier restaurante de Japón. Sin embargo, los tenedores no fueron lo único que extrañamos sino también quedarnos a hacer sobremesa. Una vez que terminamos de comer, llegó la señora que nos atendió para decirnos que debíamos marcharnos, que no podíamos quedarnos después de comer.

Sun nos dijo: No podemos quedarnos a platicar en el local, es una falta de educación. Le respondí: Pero ya no hay nadie. Y efectivamente, el local estaba vacío. No importa, reviró Sun, y ni se le vaya a ocurrir dejar propina. Es una acción desagradable.

Comensal en el restaurante en Otemachi, Chiyoda. Foto de Óscar Alarcón
Comensal en el restaurante en Otemachi, Chiyoda. Foto de Óscar Alarcón

Pensé que sería bueno que en México no se exigiera la propina, sobre todo por las últimas noticias en donde el cobro es excesivo en los restaurantes que están frente al zócalo de la CDMX. O los que están en la zona de Angelópolis en Puebla.

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El aeropuerto de Narita nos recibió entre imágenes de Mario Bros y souvenirs de Pokemon, donde Pikachu es rey. Considero que eso es demasiado pop, pero prefiero que Charmander me dé la bienvenida a que a un samurai me diga yokoso.

Aeropuerto de Narita. Foto de Óscar Alarcón
Aeropuerto de Narita. Foto de Óscar Alarcón

La paridad del peso mexicano con la moneda japonesa es de 7.97 yenes por 1 peso. Aunque no es muy caro –comparado con el dólar norteamericano o con el euro– me duele pagar 60 pesos por una botella de agua de 500 ml., solo por que tenía la etiqueta de Hello Kitty!

Detenidos en Chiba. Foto de Óscar Alarcón
Detenidos en Chiba. Foto de Óscar Alarcón

El tren de Narita a Tokio tiene horarios exactos. No te esperan 5 minutitos más. Cuando no podíamos registrarnos para que nos dieran los boletos, un policía comenzó a alterarse y a gritar que el registro era personal. Sun lo hizo por todos.

Los asientos son espaciosos, puedes estirar las piernas y a cada momento un vigilante transita por el vagón para verificar que tengas tu boleto al destino donde debes descender. Los paisajes boscosos, la limpieza de los andenes y los vagones del tren me recuerdan a la película Estación Zombie: Tren a Busan, pero inmediatamente recuerdo que es película ocurre en Corea.

En el tren de Narita a Tokio
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Una escala de seis horas suena a mucho tiempo. Sin embargo, para conocer una ciudad tan grande como Tokio, esos 360 minutos nos dejan ver muy poco de la urbe.

La comida, el paseo a las afueras del Kokyo Gaien, el parque nacional y el clima agradable –aunque caluroso– invitan a regresar para conocer más de Japón.

Tenemos tiempo para regresar al aeropuerto de Narita, a pesar de ello, como suele ocurrir en las grandes capitales, nos perdemos.

De pronto la estación de tren se nos escondió en un gran centro comercial, plagado de marcas orientales y occidentales, jugos de mango riquísimos y figuras kawaii de perritos, lobos y otros animales. Si no encontramos pronto la estación del tren de regreso perderemos el avión. Entramos a un 7 Eleven, pero es imposible comunicarse, nadie habla inglés más allá de “cash”, “thank you”, “hello”.

Anuncio en el tren: si algo se te cae a las vías, pide ayuda. Foto de Óscar Alarcón
Anuncio en el tren: si algo se te cae a las vías, pide ayuda. Foto de Óscar Alarcón

Afortunadamente encontramos un módulo turístico y nos dan indicaciones para llegar a la máquina en donde debemos registrarnos para el regreso.

Es una estación de metro, de autobús y de tren de una capital mundial. Bill Murray en Lost in Translation. Corremos hacia una gran señal luminosa y encontramos la máquina. Los kanjis parecen decirnos “aquí, aquí, aquí”. No entiendo nada de cómo registrarme así que confío en los alumnos que pareciera manejan todos los idiomas del mundo.

Mapa del metro de Tokio. Foto de Óscar Alarcón
Mapa del metro de Tokio. Foto de Óscar Alarcón
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Estamos a punto de abordar el avión a Singapur, no sin antes hacer una parada para comprar dulces japoneses y ver otros Pokemones. Me sigue llamando la atención esa tortuga que se volvió meme y que decía “Vamo’a calmarnos”.

Asia es el continente más poblado del planeta. Lo integran 48 países y sus 44,6 millones de kilómetros cuadrados lo hacen el más extenso en territorio de todos los continentes.

Japón quedó atrás.

Los Pokemones, Ultraman, Los caballeros del zodiaco y Mazinger Z –que nunca encontré– además de Godzilla, los baños con calefacción para que no se te enfríe el trasero y la música para cubrir sonora y pudorosamente los pedos, nos dicen adiós.

Nos quedan 7 horas de vuelo a Singapur, la Olimpiada Internacional de Matemáticas y una charola más de pescado y arroz y té verde en el avión están por delante.

Remolino viajero de Moe Nakamura (Bronce, pintura de uretano, pintura al óleo, 2025). Calles de Tokio. Fotografía de Óscar Alarcón
Remolino viajero de Moe Nakamura (Bronce, pintura de uretano, pintura al óleo, 2025). Calles de Tokio. Fotografía de Óscar Alarcón

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