El difícil arte de no hacer nada
Gabriel Duarte nos cuenta del día en el que decidió no ir al trabajo, tomar un tour por la CDMX y practicar el difícil arte de no hacer nada. Practíquenlo

Gabriel Duarte nos cuenta del día en el que decidió no ir al trabajo, tomar un tour por la CDMX y practicar el difícil arte de no hacer nada. Practíquenlo

Por Gabriel Duarte
Ciudad de México, 25 de octubre de 2026 (Neotraba)
Insensatos lectores: comienzo a escribir este desmadre entre suéteres, chalecos y chamarras.
Con este frío la gente enloqueció y piensa que en el centro va a encontrar la solución a todos sus problemas con tan sólo comprar una chambrita para protegerse del clima.
La verdad siempre he pensado que el chilango es súper exagerado con este asunto del frío. La temperatura desciende a 21 grados y la banda ya trae gorro, bufanda, guantes, suéter y chamarra. Encima de todo esto un cobertor San Marcos con un puto león en medio.
Y digamos que 21 grados no es precisamente el clima que tienen los esquimales en el Polo Norte. Me parece que esa temperatura puede ser hasta agradable, pero en La Gran Tenochtitlán le declaramos la guerra a lo que sea por debajo de los 20 grados.
El caso es que no tengo mucho tiempo para escribir ni para hacer gran cosa, luego entonces, redacto estas líneas hecho mi pinche madre. Tengo una clienta enfrente que me está viendo como si trajera un cuerno de chivo en la bolsa. Está en la fila esperando a que le cobre y yo tratando de escribir. Ni modo, así es la chamba.
Y todo este desmadrito para decirles que algunos años atrás también trabajaba en una tienda de ropa. Había gente, clientes, ventas, pagos y chingos de trabajo.
En aquel entonces, y siendo tan joven, aquello me parecía que no estaba tan mal. Les confieso que me divertía, la pasaba re bien y encima de todo podía pagar las colegiaturas de la universidad y me sobraba un poco de dinero para mis chácharas.
Cierto día me desperté como cualquier otro día, con la única diferencia que de la nada me entraron unas ganas terroríficas de no ir a trabajar.
¿Y qué se creen?
Me valió harta madre y me quedé en mi casa. Llamé por teléfono y les dije a las empleadas que le echaran hartas ganitas porque simplemente no iba a ir.
Luego entonces, y sin tener un plan determinado, tomé mi automóvil y me largué a recorrer la ciudad. No me pregunten cómo ni por qué, es fecha que aún no lo entiendo, pero terminé en la antigua librería Gandhi que está en Miguel Ángel de Quevedo echando cafecito y leyendo el periódico.
Fue justo ese día en el que descubrí mi vocación por escribir, pero ese es otro asunto.
Recuerdo que más tarde me dirigí a Reforma y me pareció que sería una buena idea subirme al camioncito que recorre toda la ciudad. Me subí al segundo piso de la unidad y me di la vuelta por aquí y por allá.
Llegó la hora de la comida. Descendí del camión y me lancé al Café Tacuba por unas poderosas enchiladas. Comí biendepocamadres.
Abordé de nuevo el camioncito hasta llegar a la base donde había estacionado mi poderoso auto. En aquel entonces manejaba una caribe toda madriada. Le llamaba “El potro salvaje”.
Acabado el día me largué a mi casa.
A la mañana siguiente decidí no hacer nada. Llamé de nuevo al trabajo, pensaron que quizás estaría enfermo, pues nunca faltaba por nada del mundo.
Ese día me quedé encerrado en mi casa a cal y canto. Fue algo extraño, pero no tenía ganas de hacer absolutamente ni madres.
No leí, no escribí, ni siquiera tendí la cama. Sólo estaba en casa. Parecía una maceta.
Lo más extraño es que la sensación era inmensamente placentera. No sentía culpa, tampoco ansiedad, no había miedo, ni angustia.
A lo único que me dediqué fue a ver cómo se escurría la tarde frente a mis ojos.
Al tercer día resucité de entre los muertos y me largué a trabajar.
Hace ya bastante tiempo de esto, pero no recuerdo haber tenido alguna vivencia similar a lo largo de los años.
Lo anterior me lleva a hacerme la siguiente pregunta: ¿por qué es tan difícil no hacer nada?
Les juro que he intentado quedarme en mi departamento y estarme quietecito, sentado o asomado en el balcón, pero siempre pienso que hay algún pendiente y me da por tomar la escoba y lavar un baño, luego el otro, después me pongo a barrer, a sacudir los muebles, a limpiar mi librero y hacer cuanta madre.
Eso sí, ni siquiera en defensa propia acomodo los cajones donde guardo la ropa, esos sí me valen dos guacamayas y una tostada de pata.
Sin embargo, aunque no quiera hacer nada termino trapeando el departamento y cantando cumbias a todo volumen: que vengan los bomberos que me estoy quemando, que vengan los bomberos esto es un incendio…
Y es que pareciera que tenemos que justificar hasta el tiempo que pasamos con nosotros mismos.
Si leemos, estamos aprovechando el tiempo, si hacemos ejercicio estamos aprovechando el tiempo, si limpiamos la casa, aprovechamos el tiempo.
Si nos sentamos en el sillón a ver cómo se mueve la luz en la pared, entonces, seguramente estamos desperdiciando la vida.
Hay que hacer, producir, resolver, avanzar. Y cuando por fin tenemos un rato libre, en lugar de disfrutarlo, nos ponemos a pensar en todo lo que deberíamos estar haciendo. No pinches mames.
Es como si nos hubieran metido en la cabeza que descansar es una especie de pecado y que la culpa es el precio que debemos pagar por no estar corriendo de un lado al otro.
Lo curioso es que aquellos dos días en los que no hice ni mierdas no me dejaron ningún tipo de remordimiento. No entiendo la razón, pero no sentí que estuviera perdiendo el tiempo. Por el contrario, recuerdo haber experimentado una tranquilidad que pocas veces he vuelto a sentir.
No necesitaba que sucediera nada. No tenía que llegar a ningún lado.
Por unas horas, el mundo podía seguir con su maniática existencia, yo simplemente me bajé de la rueda de la fortuna y me puse a contemplarla.
Y quizás de eso se trate el asunto. De entender que no siempre tenemos que sacarles provecho a las horas, que no todo tiene que servir para algo y que, de vez en vez, hay que darnos el lujo de estar aplastados sin que se nos vega encima la civilización.
Aunque me parece que tampoco hay que exagerar. Una cosa es aprender a no hacer nada y otra muy distinta dejar que se nos acumule la ropa sucia, que se empolve el departamento y que se despedorre la comida en el refrigerador. No me chinguen.
En fin, que por ahora la corto aquí. Tengo que volver a la chamba. Hay otra clienta que pareciera traer una granada de fragmentación debajo de la chamarra. Está esperando a que le cobre sus chambritas.
Y mientras tanto, aquí me tienen, tratando de escribir una columna sobre el difícil arte de no hacer nada mientras me hago pendejo en horario laboral. Ironías de la vida.
Cualquier duda o sugerencia con esta columna que no quiere hacer nada, favor de mandarnos sus comentarios, hermosa damita, mi fino y distinguido caballero.
