Ciudad de México, 22 de octubre de 2026 (Neotraba)

Arborescencia
Escribir: tajar, hendir, pero va más allá, hay un oculto sentido de barbarie, de hachazo, de rastrillar la realidad, de excavarla, horadarla, penetrarla, dejar su estría de carbón en seña de la duración de una vida discorde que concurre como eslabón de otras. Al cabo de los siglos, nadie habrá de recordar nuestro nombre, ni la querencia con la que se echó a andar la maquinaria infinita del eterno retorno. 
Escribir: alforza del estupor ¿y detrás?, ¿todavía la llaga?, ¿o el escollo donde el instante se prolonga para mostrar su alteración y maleabilidad? De tan caído el lenguaje la ascensión es posibilidad; de resurgir habrá de ser a partir del margen, de la franja. La transgresión no es de un extremo al otro, que ello bien es asomo del aturdimiento, sino del vacío a otro vacío, del no-lugar a otro no-lugar: los opuestos se aprisionan en su colapso. Ruina, luego, escombro.
¿Será la ceniza el altozano de la sangre en signo disperso del quebranto? Graba el lamento el pedrusco tanto como el agua deja en su giro la lisura, también lo hace la brasa sobre la tierra. La alquimia mayor ocurre cuando se cautiva el agua en el papel erosionándose su costado para que el aire caracolee por el ramaje: el libro gravita en la luz.
No todo rastro es visible, ni toda fortuna cicatriz cerrada. En sus hojas un gorjeo afina el monosílabo, mientras la cercanía de la montaña atestigua la tribulación en alborada. Los caracteres de su concurrencia azoran a quien da fe de su acecho, del palidecer de la estrella diurna, de la ciudad que despierta de su letargo, el regalo del día que despunta en el júbilo de lo posible. Todo, totalidad arraigada al quiebre en su detención.
Lo visto se demora sobre la capitular que dilata su altura. Asunción…, sea el comienzo; así debió proclamarse la alianza en el inicial ruaj, y así reverberar sobre los acantilados de la creación, porque no es posible no admitir el envés de la realidad, lo inhallado que acusa su urgencia por ser encontrado. Distención, que en ti mi alma mido todos los tiempos…1, como si su chasquido sobrepasara la velocidad del trueno, la antífona del desasosiego que levanta a los justos de su miseria, como si aún de no entonar estrofa alguna tuviera dentro de sí los puntos cardinales, el centro y la cruz.
Escribir: desde la torre miro el mar, la sal se incrusta en mi labio y se confunde su sabor con el agua primordial, hasta la piel sabe a marisma en esta cesura que cabalga y que surge en el escuchar lo que no sé habita mi cabeza, “cántame, cántame, que no quiero estar donde estoy”, y me canta sobre aquellos lugares donde el pesar y la pesadumbre quedan de lado por la simple alegría de saberse frente al mar, con el pelo revuelto por la ventolera, con la mano enlazada a las rastras del camino: arborescencia del agua sobre la arena. ¿Será la nervadura del pétalo otro modo de deletrear la palabra oculta?, ¿el fuego fatuo?
Se es lo que se es: tan solo un estremecimiento.





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1 San Agustín. Libro XI, Las Confesiones

De Memorial del fulgor

Fragmento VI
VI
Teníamos que hablar de Santa Sofía, sobre todo después de haber encontrado la postal entre los libros, imagen que corona lo alto con la caligrafía de mi padre, pero había otro hecho usurpando la memoria… fue cuando vi bajar a la charca estrellas. Los animales andaban a tientas para evitar que fueran a alzar el vuelo llevándose consigo el misterio; se asomaban de entre el matojo y agazapaban el cuerpo en sus patas delanteras, la sed apremiaba y bebían con premura lo terrible y lo salvaje, su nerviosismo adivinaba el presagio, la inminencia de la dentellada bestial. 
La noche y su secreto de luna llena, de apareamiento, de mareas que doblegan el vientre al deseo.
Testigo del umbral donde la mancia desvaría en sonidos de flecha brotándose flor, se cierra su cáliz y se adormece la muerte, la sangre entinta el agua, ni rastro de la corza que asomó sus inmensos ojos hacia lo eterno. Las leonas arrastran su cuerpo por la picada de tierra apisonada.
Sopla la brisa y el cielo se calla, solo mi estremecer ante la sacralidad de la víctima cautiva, y sus ojos fijos en los míos en una súplica que se me desgrana en ristra, y su desacompasado gemido cortando el aire que respiro.
Sus ojos se apagan cuando su cuello es anillado por los colmillos para desaparecer en un brevísimo estertor en lo negro de la mata.
Si hubiera sido yo bebiendo estrellas…, pero solo he sido un observador, inevitable quedar con la agitación de la hierba en el interior…, en África la intensidad es de tal vehemencia que solo la distancia impide el no ser arrebatados por su furor.
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Su muerte persigue mi sueño, su espíritu me llama, es un arrastre de jacintos donde no los hay, he escuchado el silbo del ijar cuando trisca el aire, he corrido atravesando los rastrojos para encontrar pastizales en la sequía.
Y queda el regusto del miedo, y pienso en el Huerto de los Olivos, en el jardín de Getsemaní, donde el primer aceite de la prensa se destinaba al Templo, aceite como sangre ofrendada para lavar la rajadura original, donde la lengua de las aves a veces sosiega el hambre del leopardo del que me cuentas en la penumbra al caer de la tarde durante la cena; apenas con los gestos eres capaz de describir cómo llevó consigo la corza a la cima del árbol. Tus ojos incendiados. Los míos llenos de su relumbre.
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La fragmentación de la memoria, sus chinillas rodando en un canturreo que resuena en las palabras que la aturden, que la recrean, que traen consigo la vuelta de los momentos: el leopardo sube al árbol y en el jadeo de su hambre olfatea en busca de lo que se apresta a arrebatarle la caza que detiene entre sus patas delanteras.
El hambre hechiza, pienso, y la saciedad aburre revistiendo la vida de abulia, esa enfermedad irremediable del declive.
Es de noche y hago un esfuerzo por hilvanar los pedazos de lo vivido. Me adormezco y entresueño que estamos de nuevo en Jaipur, escucho los sonidos de cuando amanece, los monos pueden ser tan violentos como un leopardo, o eso me decía la jardinera, para que desconfiara de su proximidad.
La India de mi infancia mucho tenía que ver con la lectura de Salgari, y el África de las picadas de tierra roja con las charlas cuando el tiempo era un jilguero; cuando el estanque era un espejo de jade jugando con los reflejos del agua; cuando la significación era un trazo sutil por donde un leopardo hacía huir a las corzas mientras escuchábamos el pulso de su carrera desbocada.
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Es una charla deshilada que no incordia porque el memorial al astillarse se deslava, pero su fraseo perdura en los objetos como si su presencia fuera capaz de aprisionara la vida y su permanencia fuera una defensoría de lo inverosímil. La mayoría de las veces las piezas caen al suelo celebrando el desorden necesario del comienzo.
La fractura, la diseminación, todo polvo, toda cellisca.
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La inutilidad del gesto que acaricia la madera de la mesa interrumpe su trasiego al demorarse en la sedosidad de la hoja de papel; una vez instaurado el reino del caos solo queda esperar, dejar pasar…, a un lado la pluma también espera a convertirse en un machete capaz de abrir las trochas en la maleza.
La pluma, piensas, un modo de vivir que se apaga. El nudo maravillado de la escritura que contiene la realidad a través del lenguaje seduce por lo que habita en su serrallo, una puerta que abre su enigma cuando se adquiere la destreza del cazador que intuye al leopardo tras la rejuela del párrafo que deviene silabeo.
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Platicamos en apenas un susurro, el crepúsculo nos envuelve con sus acentos que nos son ajenos. La extrañeza ante la polifonía de la lengua animal y la inminente sensación de lo salvaje jugando con los dados revelan la profundidad de nuestra pequeñez; inevitable el vértigo, inevitable el delirio que es inmovilizado por la mano que se desliza sobre el lienzo de la piel, donde el tiempo escribe su aventura exigiendo ser dicha, donde lo turbio dilata su contorno.
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El barrito de un elefante nos despierta con su asonancia, su trompa se levanta sobre el aire para detectar olores lejanos, lo observamos largamente, y en un abrir y cerrar de ojos, se desvanece entre los arbustos.
Hay cierta placidez, la calima trae consigo la humedad del río que no escuchamos, y el fluir hace presentir una tesitura que escapa el discernimiento exaltando la percepción del cuerpo.
El horizonte se derrama y el olor del café muy de mañana nos lleva por las sirgas de Madikwe, el naranja del cielo y el zumbido de los insectos van abriendo el día, en la tierra húmeda se revelan otras formas de escritura de inigualable fuerza vital: gamos, cebras, gacelas, corzas, rinocerontes, hienas, jirafas…
Frente a este reino, lo banal no tiene cabida, cualquier incidente nunca es por acaso. La necesidad sobrepasa el abismo bajo la certeza de que las pisadas habrán de borrarse, y que el presente es una campana cuyo repique sostiene la pulsación.
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El silencio impera porque la palabra no basta, la desnudez del nombre señala y cerca. Lo que queda dentro de su periferia rebasa la posibilidad del lenguaje: el dentro que se resguarda bajo la afonía y que cabalga a lomos del tiempo. Pareciera, en el recuento de lo perdido, que eso es lo que alumbra el futuro.
Escribir de lo inmenso que no tiene cabida en las letras. Lo inmenso que cae como la lluvia sobre el mar, como el lenguaje en su floración.
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Creciste en África, la última foto tomada en la reserva llevabas un salacot colonial y un bastón zulú, tu figura rígida exhibe una sonrisa amplia; a tu lado un tambor Jemba en cifra de la percusión como arte: el tacto que transmite lo que mora en el interior del cuerpo y que se transforma en una voz que vincula filialmente hacia un universo del que poco desciframos y cuya premonición se circunscribe a su sonido.
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Un whisky, eso tomaban tus padres frente al Índigo, los míos también, pero con el Pacífico de fondo. Durante años te escuché hablar sobre la isla de Inhaca, la frontera con Zimbawe, las calzadas portuguesas de Beira, capital de la provincia de Sofala, la playa de Macuti y el hotel Tivoli; simplemente la mezcla de léxicos hacía que mi imaginación no tuviera límite.
Tenías seis años cuando llegaste de Portugal, la anchura del horizonte marcó hondamente tu manera de percibir el mundo…, yo no había nacido.
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Lo que supe de África fue en el mejor de los términos una ensoñación, nada sabía salvo el tropel de imágenes que me iba acechando, era una distancia que rocé de modo tangencial a través de la saudade que me regaló el Kilimanjaro con sus campos de hielo y su altura que vence el vuelo de los pájaros, montaña blanca, montaña brillante, el fraseo requería una claridad simbólica y el aroma de su sol era un asedio en mi titubeo…
El cerco se ha vuelto un dolor mayor por la creciente certeza de que no habré de pisar sus laderas. No hay videncia ni profecía ni atajo hacia el arte del desciframiento de su secreto, pero conservo una postal que retrata su grandeza y mi pulso sigue el compás de su respiración que deletrea despacio las sílabas de su arcano.
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En el estuario de Espíritu Santo desembocan los ríos, me explicas pausadamente, pero es ante la visión de la bahía de Maputo cuando tu voz se llena de luz. Lo que se arremolina habrá de quemar con el latigazo de una llamarada, porque por donde anduviste despuntó la revolución, y no hay guerra que no reconfigure la cartografía tribal, ni crispe la sensatez de quien quiere la risa alegre y el pan en la mesa.
Se hiere y se lava, se hiere y se desconoce, se hiere y no se perdona.
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Las aristas de la colonia permanecen en el diseño de la ciudad, en sus calzadas, en su mercado central conocido como Bazar da baixa o el de artesanía con sus batik atrapando la intensidad de los colores; o las telas conocidas como capulanas…, los lugares evidencian la quietud del abandono: la estación central del tren, la catedral, la casa de fierro o el jardín Tunduru, barrio da Coop, barrio Mafalala, Costa da sol y Restaurante do griego, su forzado olvido y no-olvido, pues no se olvida un modo de estar que definió la historia por tantas décadas, un modo sobre el que aún se sostienen las piernas con las que se marcha hacia el futuro.
Las emociones crispadas se hacen evidentes en las constantes contradicciones que afloran tratando de ocultar el vacío dejado por lo alguna vez presente; roto el eslabón de la cadena, la pretensión de lo inédito es la trampa que se tiende al incauto.
Rara invención, pienso, cuando lo que queda es lo de siempre, los niños jugando con la arena, los flamingos en la baja marea vagando por los esteros y las bolsas multicolores colgadas de las ramas de los árboles bailando al ritmo del aire.
Rara invención, pienso, cuando la bruma desdibuja el oleaje.
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El lenguaje toca su rebase, la tajadura que lo silencia, donde su insuficiencia nos lleva a caminar callados en medio de una lluvia que evapora al tocar el suelo; el malecón es una excusa para explorar una historia interior que se niega a ser una astilla. Caminamos. Te escucho, lo evocado poco empata con lo que nos rodea, la reconstrucción minuciosa no revierte el hecho de haber dejado atrás el nacer de un país que germinaba entre la confusión y el aturdimiento…, otros te darían su testimonio de los días que sobrevinieron después de tu huida. Tú escucharías con el aliento entrecortado el fracaso de la razón cuando se embriaga.
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Es una herida vieja, y sus bordes no logran cerrarse, su presencia afirma que se tuvo la libertad que solo la inocencia es capaz de vivir, tus viajes en el tren hasta Rodesia con los amigos o en moto por las trochas de tierra apisonada o el barco en el que ibas a la isla… Se lee y se escribe la tierra, se inventan coordenadas, se inauguran cartografías simbólicas, y hasta en las ruinas se descubre la perfección del tiempo. La anchura se te metió en el corazón, y lo hiciste un puño para que nada escapara, lo hiciste una muralla para soportar la quebradura de la pérdida, lo hiciste morada porque nunca se abandona lo querido aun de saber que donde se perteneció es un delirio que asalta con su dulzura.
Es una herida vieja y andamos por su huerta buscando signos de advenimiento que no habrán de cumplirse; pero se adentra en nosotros su vaivén y nos muestra lo más puro en su resplandor.
Los árboles con sus flores y el aroma de la tierra penetran los sentidos, se aquieta lo de rededor al punto de que solo resuenan nuestras pisadas por las calles.
Es una vieja herida con la que se nace y se anda hacia la muerte.
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Rajadura, así el atardecer con su filo de luz calando en el mar, y la algarabía de pájaros regresando a las copas de los árboles y el canto de las cigarras en el lomo del ramaje.
El olor a marisma lo traía consigo la brisa, pero iba mezclándose con el de las frutas, los guisos picantes de las casas y tantos otros más hasta inaugurar un territorio olfativo desconocido.
Cierto temblor había en mí o un desasosiego que no atinaba a precisar de dónde provendría; ahora sé que surgía de ese doblez que se iba transformando paulatinamente en una añoranza punzante que aprendí se guarda muy dentro para hacer tolerable el itinerario con el que nos domestica la realidad.
Escribo y mis palabras no dan alcance a la singularidad de la belleza con la que tropezábamos, los recuerdos aturdían el tiempo.
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Te escucho hablar portugués con los amigos, pero hay raíces tribales de las lenguas bantúes que se entremezclan en las charlas: macua, cisena, tsonga, sindau, ronga, elomwe, chichewa, chope, bitonga, sena, ñungwe, ekoti, suaíli, maconde..., y luego el sonido del chasquido hecho con la lengua para expresar emociones que rebasan lo ordinario, como los signos de tradiciones que se perpetúan en gestos inexplicables, o como la tristeza que suscita una historia truncada que ya no habrá de ser más. Se te ha echado en falta y se tiene por verdadero que distintas hubieran sido las cosas de haber quedado entre ellos, y tú quedas callado porque sabes que es imposible cambiar el curso de los hechos tanto como atrapar un relámpago antes de su cielo.
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Gorongosa y las cicatrices tejen una urdimbre en nervadura cuando pronuncias en fraseo sus sílabas. No atrevo la pregunta porque te amurallas en el silencio que esconde y que muestra un tatuaje que la forzosidad hizo en tu ánima con inigualable crueldad. ¿Cómo sobreviviste el extremo de la desolación? No creo que se pueda dar cuenta del imperio instaurado por el horror.
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Irse. Quedarse. El viaje presupone el pretil de una encrucijada que define lo venidero, el hábito que va hilando lo cotidiano, lo cotidiano donde se da el reconocerse como parte de los demás, lo que se cree duradero y que posee una fragilidad insospechada frente a la tempestad de lo iracundo.
Un instante se lleva consigo lo atesorado y luego quedan las cosas en testimonio de haber sido otros que ya no seremos. Queda el sonido inaudible de un caramillo que se vuelve a escuchar bajo el silencio de la noche.
Irse, dar lugar al olvido, soltar la cuerda lazada del desatino, hacerse a la anchura de lo por venir, y dejar que lo que se es, ande desprendido del peso de lo irremediable. Hacer de la risa oficio, y dejar en la mesilla de la entrada las llaves de la casa, que los que queden entren en ella y hagan suyo su espacio; irse porque lo aprendido es señal de que siempre se anda de paso.
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¿Cuál es la matria a donde se quisiera ser enterrado?, ¿en qué piedra se inscribirá nuestro nombre y un breve epitafio?, ¿o se estará doblegado al polvo como los que dieron lugar a nuestra breve estancia?
Cavilar carece de trascendencia cuando las cosas, sin lugar a duda, habrán de permanecer, y porque los que puedan mencionarnos estarán atados a la misma circunstancia, es decir, a la muerte. Lo cierto es el anhelo de que el cuerpo sea devuelto a su origen con algún rezo, con alguna libación o súplica, para que el alma, sin gran pena, acuda a donde se le llame.
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Desde el cielo, la tierra y su orografía extienden su inusitado sacramento, en el privilegio de la altura, la desocultación de sus velos son el símbolo de lo poco que alcanzamos a entender en nuestro breve paso por su tapiz. Quizá la actitud más acertada sea la perplejidad ante la varia invención de los hilos que tejen sus figuras.
Habrá de aceptarse la pequeñez, la impermanencia a la cual se amarran nuestros cariños, la imposibilidad de dilatar el regreso por entretener la mente en otras visiones, o acaso no, y se retorne con urgencia a esos lugares buscando una significación que se ha disipado a fuerza de recuerdo.
¿Quién se es?, y yo, no sé responder.
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De vuelta a casa, las fotografías reconstruyen un viaje cuya existencia se confirma, no en ellas, sino en la emoción que alarga la sombra que proyecta el cuerpo, los sentidos no abandonan la emocionalidad que va metiéndose entre los recovecos; posiblemente sea la ternura que apacigua, o la sensación de que algo diverso es parte de nuestro pulso. No saber, no saber, salvo que el monzón se agolpa en la garganta.
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Tenía que contarte de la postal de Santa Sofía, de la caligrafía de mi padre, de la emoción de recibir a mis tres años un mensaje suyo por correo, una postal que he vuelto a extraviar entre los libros. Tal vez perderla haya sido una forma de proseguir un viaje o de cumplir la promesa de volver a donde sea.

De Cuaderno Bermejo


Mariana Bernárdez-foto de Rogelio Cuellar

Mariana Bernárdez. Poeta y ensayista. Maestra y Doctora en Letras Modernas; Maestra en Filosofía. Ha trazado una trayectoria que enlaza la creación poética con el ámbito académico y el editorial. Es una de las voces más singulares de su generación por su concepción metafórico-simbólica; imparte seminarios y talleres en diversas instituciones sobre poesía y conocimiento y ensayo. Su obra ha sido traducida al inglés, catalán, portugués, italiano, francés, rumano, árabe y griego moderno. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Cuenta con más de treinta títulos publicados. Sus libros recientes: Rumor de niebla; Angostura: en defensa del leer; Memorial del fulgor; Cuaderno bermejo; Era la luz antes de la lluvia.

Fotografía de Mariana Bernárdez de Rogelio Cuéllar


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