La cibdat de los gatos perdidos
Franco Rodríguez Martínez nos presenta ocho nanoficciones al estilo de jitanjáforas, donde los gatos son los protagonistas al lado de algunos escritores

Franco Rodríguez Martínez nos presenta ocho nanoficciones al estilo de jitanjáforas, donde los gatos son los protagonistas al lado de algunos escritores

Por Franco Rodríguez Martínez
Zacatecas, Zacatecas, 25 de agosto de 2026 (Neotraba)
La pluvia raya los cristales de París en una reverberación de absencias. Julio Cortázar acariciaba a Flanelle, esa gata negrizca cuyo lomo guardaba el misterio del excidio, el secreto de los cronopios y la complicidad de las noches insomnes entre jazz y cigarros. Hoy, en una cibdad solitaria de ese mismo infinido, duerme Honey. Ella no conoció el Sena ni los cafés literarios; apenas tiene diez meses y un pelaje atigrado que imita las hojas caídas de la otoñada. Su avieso es un destello tibio que contrasta con la felinidad mítica de Flanelle. Sin embargo, en sus ojos felinos habita la misma malencolía que unía al escriptor con su michina: esa anihilación silenciosa contra la soledad del mundo. Honey miaña, estira sus patas rayadas y busca un calor absente sobre los libros abiertos, descifrando la melarquía de un cuento que ya nadie enarrará para ella.
El hibierno se filtra por las grietas del tiempo, tinturando el aire con el frío de los adioses. Edgar Allan Poe hallaba consuelo en Catterina, aquella gata trágica que se sentaba sobre su hombro herido, compartiendo el peso de los cuervos y la locura de un corazón delator. En la nebulosidad de otra habitación doliente, habita Luna. Con apenas dos años y una complexión delgada que parece modelada por la mismo descaimiento, Luna estira su manto de pelo corto, espeso y enteramente ceniciento, como la niebla que sepultó a Annabel Lee. No hay misterios góticos en su vigilia, pero cuando fija sus ojos amarillos relucientes, encendidos con leves vislumbres verdes, la hondura parece mirarla de vuelta. Luna no custodia poemas escuros ni agonías memorables; sin embargo, en su ambular felino late la misma devoción espectral de Catterina, un fanal pálido que resiste la caída de la diuturnidad.
Carlos Monsiváis descifraba los laberintos de la corónica urbana bajo la mirada juiciosa de Catzinger, aquel gato de nombre irónico; porte militante que habitaba entre montañas de libros, testigos ambos del estruendo y las batallas de la cultura popular mexicana. En una estabilidad muy distinta, lejos del bullicio de la militancia intelectual, reposa Romeo. A sus cuatro años, la urgencia de cambiar el mundo no desvela su espíritu docible; su única trinchera es el afecto sin condiciones y ese tierno entusiasmo que despierta el plato de comida al tardecer. Catzinger custodiaba la causticidad de un país en ruinas, mientras que Romeo, cariñoso y mundano, custodia la fragilidad de lo cuotidiano. No necesita discursos para curar el afligimiento; le basta marrullar entre las sombras crepusculinas, buscando una caricia que, al igual que los escriptos del coronista, intenta salvar los días del olvido.
Jorge Luis Borges conversaba con Odín en los laberintos de la ceguedad; un felino negro atigrado que encarnaba los mitos nórdicos y los espejos imperceptibles de Buenos Aires. En una geografía lejana, el caimiento adopto una forma opuesta en Toallín, un felino de año y medio cuya pureza desafía la escurana que habitaba el literato. Su cabeza, sus orejas y el contorno de sus ojos muestran un pelaje predominantemente blavo, un matiz blanco y pardo que destella bajo la luz matutinal. La mirada de Toallín se abre al mundo con unos ojos grandes y de color azul claro, alagunas transparentes donde la longura parece detenerse. Mientras Odín era el misticismo de la medianoche borgiana, Toallín es la viva imagen de una reminiscencia lívida, un soneto sin rima que busca calor. El felino camina entre las páginas gastadas, añorando la meguez perenne de una mano que ya nunca descifrará su misterio.
El sol crepuscular se desvanece entre las palmeras de Cuba, donde Ernest Hemingway compartía su ron y su máquina de escribir con Snowball, aquel felino de seis dedos que desafiaba al destino. Muy lejos de los mares caribeños, la insania encuentra refugio en Cooper, un felino de tres años y medio que evoca una ternura pausada. Cooper prefiere recostarse en la clásica postura de “pan de gato”, con las patas recogidas bajo el cuerpo. Su pecho, el vientre y gran parte de su rostro son de color blanquizo, contrastando con la parte superior de la cabeza, el lomo y la cola, que lucen un patrón de tonos grisáceos y marrones con finas rayas escuras. Su nariz es rosada, enmarcada por un hocico blancazo bien definido que le da una expresión dulce pero atenta. A través de sus ojos almendrados de un tono verdinoso claro e intenso, Cooper parece esperar un viejo barco que jamás volverá a puerto.
Las tardes de Coyoacán se entintan de rubro entre las paginaciones que Elena Poniatowska escribía arrullada por Monsi, aquel gatesco que encarnaba el testimonio vivo del afecto y las causas perdidas de una época distópica. El peso de esas membranzas se resguarda ahora en la figura de Bigotes, un gatuno de cuatro años cuya elegancia evoca una dulce tristeza. Su pelaje suave exhibe un patrón bicolor grisoso y albar que le otorga una apariencia distinguida y apacible; la mayor parte de su cabeza y cuerpo mantiene un cenizo uniforme, mientras que el hocico, el pecho y las patas delanteras se visten de una blancura pulcra. En su rostro, una nariz rósea destaca delicadamente junto a unos largos bigotes nevados que se extienden en abanico. Con sus orejas medianas, puntiagudas y grises; Bigotes contempla el transcurso del tiempo, guardando la misma devoción que Monsi profesaba, un farol de terneza que resiste a la olvidanza.
El repiquetear de un viejo reloj de pared evoca los días en que Mark Twain recorría los pasillos de su morada buscando desesperadamente a Bambino, aquel gato renegrido que el autor llegó a rastrear mediante anuncios impresos en los periódicos, prometiendo recompensas por su ansiado regreso. Ese reverbero de pérdida resuena de una manera distinta al contemplar a Kif, un minino de cinco años que posee un porte refinado y mayestático. Su pelaje semilargo le otorga una apariencia muy distinguida; un manto que combina tonos argénteo y níveo. El pecho, parte del rostro y el cuello relucen albugíneos, mientras que el lomo, la cabeza y los costados lucen un argentado con matices atigrados. Sus ojos grandes, de un verdemar, expresivos y brillantes, vigilan las esquinas de la habitación. Si Bambino representó el extravío y la angustia del novelista, Kif encarna la concordanza de una atribulación que aguarda en calma.
Un vendaval agita las hojas de los castaños en Maine, recordando el cimenterio casero donde Stephen King despidió a Smucky, el felino cuya pérdida inspiró los terrores y los dolores de un camposanto de mascotas. La pesadumbre de los adioses se transforma al observar a Lúa, un minino de un año que parece hecho de neblina transluciente. Su constitución harmoniosa, de patas relativamente largas y cuerpo ágil, sostiene un pelaje completamente blanquinoso y semilargo. Un contraste fermoso nasce de sus ojos grandes, de una tonalidad blao, fijos en la nada. Las orejas grandes, erguidas y puntiagudas le dan una expresión alerta, mientras la ventisca roza su rostro, donde destaca una pequeña mancha pardusca en la nariz y otra similar cerca de una oreja. Si Smucky desató los mitos del duelo, Lúa es la viva imagen de una tierna espera que desafía a la desmemoria.
