Ciudad de México, 28 de junio de 2026

Insensatos lectores: resulta que hoy es jueves y ayer jugó la Selección Nacional. Esta vez decidí quedarme en casa. La verdad es que después de ver tanta celebración y tanto desmadre se antoja salir, pero, por un lado, me aterran las multitudes y, por otra parte, tanta, tanta fiesta por un partido de fútbol me parece un poco desmesurado.

El asunto es que descubrí que podía programar la entrega de una pizza. Como a eso de las 11 am llamé a un pequeño lugar donde de vez en cuando pido comida. Les pregunté: ¿a qué hora necesito marcar para recibir un pedido antes de las 7 pm? Me respondieron que se podía programar la entrega en ese momento.

Raudo y veloz me pedí una pizza margarita con harto queso y chingos de jitomate. Prometieron entregarla a las 6:40. Yo estaba seguro de que mi comida llegaría después del partido o tal vez el viernes. Para mi sorpresa llegaron increíblemente puntuales.

Pizza y refresco en mano, me lancé a la recámara a ver el partido. México vs Chequia. ¿Chequia? Ahora resulta que es un país ubicado en el corazón de Europa que limita con Polonia y Alemania, al este con Eslovaquia y al sur con Austria. Vaya usted a saber, damita, caballero. Yo sólo pensé: Chalco, Coacalco, Nonoalco, Polanco, Azcapotzalco, Xochicalco, Xochimilco y Chequia.

No sé, pero a mí me parece que bien podría ser una delegación de la CDMX o algún sitio pegadito a Chalma.

El caso es que empezó el partido con un primer tiempo donde el equipo rival dominó al mexicano, sobre todo durante los primeros veinte minutos. Después de la pausa de hidratación la cosa cambió.

¿Pausa de hidratación? Ya no son partidos de futbol, a estas alturas cada vez estamos más cerca de terminar jugando béisbol con un balón de fut y 7 entradas. Lo que inventa la FIFA con tal de hacer más dinero y vender más comerciales.

El asunto es que terminó el primer tiempo y la cosa estaba igualada, pero el juego no era malo. Para la segunda mitad creo que Chequia se desfondó. Hasta donde sé, esta ciudad se encuentra a 2240 metros sobre el nivel del mar y para alguien que no está acostumbrado a tal altitud respirar pude ser muy complicado.

Así que México, con el equipo checo sacando la lengua, se rifó 3 goles en el segundo tiempo. El futbol terminó. Me puse a ver la tele y me quedé dormido con la esperanza de ver de nuevo esta ciudad como la dejé antes del partido.

Las celebraciones han sido una verdadera locura. Hay veces que pienso en una novela llamada El señor de las moscas. Resulta que después de un accidente aéreo unos morritos terminan en una isla desierta. Son niños pequeños de entre 6 y 8 años. Al principio intentan construir una sociedad ordenada y con reglas claras.

Poco a poco el miedo a una supuesta bestia termina destruyendo ese orden. Después de un tiempo aquello termina siendo un desmadre desembocando en una profunda necesidad de dominio, actos de violencia extrema y decisiones que demuestran una crueldad absurda.

La tesis de El señor de las moscas es que la barbarie no es algo externo a la civilización, sino una parte inherente del ser humano. Cuando desaparecen las normas, las instituciones y la autoridad, afloran los impulsos primitivos.

La revelación más importante del autor es que la “bestia” que todos temen no está en la isla. Las bestias son ellos mismos, “los niños”. Esa es probablemente la idea más profunda del libro.

Ahora bien, ¿qué será de este mundial de futbol si la gente que sale a las calles son adultos y, para chingarla de acabar, algunos tantos se encuentran bajo los efectos del alcohol?

Mexicano celebrar, mexicano madrear gente, mexicano beber alcohol, mexicano arriesgar vida, mexicano feliz.

La verdad es que me pongo a pensar en qué sucedería si nuestro país llegara a ser campeón del mundo. Me aterra imaginarlo. Creo que no saldría de mi casa en una semana. No sé si estemos preparados.

No es que quiera que pierda la Selección, pero sí quisiera seguir viviendo en esta ciudad. De verdad me gusta mucho. Pero siendo honesto, me parece que podríamos acabar con nuestra especie. No tengo dudas y pruebas hay un chingo:

Multitudes gritando: ¡quiere volar!, ¡quiere volar!, gente nadando sobre la lateral de paseo de la Reforma, personas desconocidas arrojando de lado a lado a otras personas desconocidas sobre una supuesta línea divisoria formada por vasos de cerveza, patos con playeras de la selección, gente en silla de ruedas volando, patrullas zangoloteadas por una horda salvaje, policías surcando los aires…

No sé muy bien qué pensar: ¿el triunfo de un partido de futbol es un mero pretexto para salir a las calles y reventar hasta el amanecer?, ¿tendremos una alegría contenida y necesitamos expresarla de algún modo?, ¿será alegría o en realidad será rabia?, ¿de verdad es tan importante el futbol?

No estoy en contra de que la gente celebre y que por algunas horas sea feliz, pero me parece que hay algo más profundo con lo que en realidad está sucediendo.

Será que el júbilo de tantas personas nos hace perder la conciencia: ¿quién en su sano juicio se trepa a una estructura que se encuentra a unos 4 metros del piso, se enrolla en una bandera y se arroja hacia la multitud esperando a ser atrapado por unos perfectos desconocidos?

El tema es que no han sido uno ni dos, han sido un chingo. Supongo que algunos cuantos ya se habrán partido la madre.

He visto competencias de carritos de súper sobre una pendiente, gente poniéndose los topes con los que se cubre el paso de los automóviles en todo el cuerpo y combatiendo a ciegas, lo del alcohol y la lluvia de espuma parece un juego de niños.

Creo que a estas alturas la pregunta indicada no es si México llegará al quinto partido. La pregunta es: ¿sobreviviremos si la Selección llega a tales instancias?, ¿la ciudad está preparada?, ¿la policía está preparada?, ¿el país está preparado?

Me imagino que si llegáramos a la final (me da risa que hablamos en plural de estos asuntos, como si todos jugáramos) sucederían cosas como las siguientes: de entrada, no se trabajaría en una semana. En una noche se acabaría la producción de alcohol de todo un año. Habría una severa crisis económica y la ciudad terminaría siendo una ciudad perdida como la Atlántida o, en el mejor de los casos, acabaría como terminó después del terremoto del ‘85.

Francamente esto se ve muy divertido, pero tanto desmadre a mí me desborda. Sólo me resta subir a la azotea de mi edificio, hincarme, levantar la mirada al cielo y exclamar:

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo ten piedad de nosotros. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo danos la paz, ¡dánosla! (Señor Cordero, no es una súplica es una demanda y hágalo por su bien, de lo contrario estos cabrones lo van a hacer barbacoa).

Y para que vean que no estoy loco: Reforma. Viernes 26 de junio.

“La euforia por el triunfo de México sobre Chequia se extendió más allá de la madrugada y los estragos se resintieron desde temprano. También hubo conflictos y riñas entre aficionados.

Ayer por la mañana algunos seguidores de la Selección mantenían los festejos sobre Paseo de la Reforma y Zona Rosa.

Latas de cerveza, botellas desechables y de vidrio, cornetas destruidas, bolsas de plástico y trozos de cartón tapizaban las calles.

Al igual que en las dos celebraciones anteriores, las plantas de las jardineras del camellón y aceras de Reforma resultaron dañadas. Las flores de cempasúchil prácticamente desaparecieron.

De acuerdo con la Secretaría de Seguridad Ciudadana, tras los operativos, 26 personas fueron detenidas y cinco fueron trasladadas a algunos hospitales”.

Dios nos bendiga, compatriotas.

Para finalizar les daré una buena noticia: resulta que este año el Museo Franz Mayer celebra su 40 aniversario, y a su vez, el World Press Photo festeja 70 años. Por ello estrenan El Archivo, una exhibición que recorre las imágenes más impactantes del fotoperiodismo a lo largo de los años.

Se trata de una muestra integrada por 33 fotografías, de entre 1956 y 2024, las cuales salen por primera vez de los Archivos Nacionales de los Países Bajos y de los acervos de la Fundación World Press Photo para llegar al público mexicano.

Muchas de ellas son las que participaron en el concurso en su año, justo las que enviaban los fotógrafos cuando las mandaban impresas.

Esta exposición fue especialmente creada para México y surgió a raíz de una petición de las autoridades del museo, y de acuerdo con los organizadores, es la prueba de la buena relación que existe entre la fundación de fotoperiodismo y el museo.

Así que me parece que no hay pretextos, tenemos que ir. Yo asisto cada año y las fotos de verdad están biendepocamadres. Si la ciudad sobrevive a los festejos mundialistas no se lo pierdan.

En fin, que ya me voy. Me pienso rifar unos frijoles charros, dos volcanes de costilla, unos tacos de bistec y de postre un flan napolitano. Se me portan bien, no quiero quejas. Y si puede quédese en casa.

Cualquier duda o sugerencia con esta columna que le ruega a Dios que nuestro país sobreviva a tanto festejo y tanto cavernícola, favor de enviarnos sus comentarios, fanática damita, futbolero caballero.


Gabriel Duarte. Ciudad de México 1972. Es Licenciado en Mercadotecnia por la Universidad Tecnológica de México. Estudió literatura en SOGEM. Está por publicar su primera novela.


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