Sebastián Salgado, el equipo tricolor y la afición meshica
Gabriel Duarte escribe sobre los festejos después del triunfo de la selección mexicana y nos recuerda al fotógrafo Sebastián Salgado

Gabriel Duarte escribe sobre los festejos después del triunfo de la selección mexicana y nos recuerda al fotógrafo Sebastián Salgado

Por Gabriel Duarte
Ciudad de México, 21 de junio de 2026 (Neotraba)
Insensatos lectores: llevo toda la semana esperando a que me ocurra algo interesante para poder plasmarlo en esta columna.
Sin embargo, el lunes todo transcurrió en santa paz, el martes no hubo ninguna novedad, pero el miércoles, por pendejo, llegué a mi casa completamente empapado.
Sucede que salí de trabajar, empezó a llover y pensé: está muy leve se ve que sólo es una llovizna. En el camino observé que la ciudad parecía El Titánic después de haber chocado contra el iceberg. Agua por todos lados. Inundaciones, tráfico, charcos y más charcos.
Cuando llegué a mi departamento traía hasta los calzones mojados. Inmediatamente me metí a bañar. Me tomé dos aspirinas, me puse la pijama y ya no salí. Soy bien pinches delicadito de la garganta y no me quería enfermar.
Por suerte el remedio tuvo buenos resultados. Al otro día me desperté fresco y dispuesto para salir a confrontar al mundo y sus etcéteras. Por lo demás nada interesante ha ocurrido. Ese día jugaba México, recibí una invitación del gran Iñakikín para ir a su casa a ver el partido.
Llegué como a eso de las 6:45 con dos caguamas, un bolsón de Chetos y 4 cocas lai.
El partido comenzó, al medio tiempo ya me había bebido un caguamón y dos caballitos de mezcal, así que, pensé en poner un alto, de lo contrario Iñaki es más peligroso que José José en una vinatería y no se me antojaba mucho terminar en el Torito, en algún bar de mala muerte en Chilpancingo o en los separos de la Delegación Magdalena Contreras.
Aunque no lo crean eso y más podría suceder si uno no toma sus precauciones cuando Iñas está presente entre la multitud.
Luego entonces, me rifé los 4 refresquitos y media bolsa de Chetos. Para la segunda parte del juego llovió diamadres. Acabado el futbol me quedé por un tiempo razonable, me sentía mucho mejor. Esperé a que cesara la lluvia y decidí marcharme temprano pues andaba en mi acuamotito.
Aun así, me lancé al Copa Cabana por unos taconazos de bistec. Llegué a casa y me costó mucho trabajo conciliar el sueño. No sé si ya era la cruda, pero me dolía la cabeza como si fuera yucateco.
Cabe aclarar que el gran Iñakikín se quedó con tres amigos suyos de él, bastante agradables, bastante simpáticos, bastante borrachos.
Yo simplemente pensé: antes de que estos tres señores comiencen a desvariar y a querer interpretar alguna rola de Los Panchos o de Los Tecolines mejor me despido.
México ganó y, salvo el hecho de haberme ganado un libro por el resultado, para mí todo transcurrió con normalidad.
Seré sincero: no sé si tengo los arrestos necesarios para ir a Reforma a celebrar. A menos que México quedara campeón del mundo me parece que no hay modo de que su humilde napkin termine por esos rumbos después de un partido.
He estado pensando que se necesita mucho valor para lanzarse al Ángel con tanta gente, quizás sólo es cuestión de ser un poquito inconsciente o de plano tal vez sólo tenga que conseguir una armadura medieval y un casco de fútbol americano.
He visto cómo festejan las personas después de los partidos y eso de andar aventando coreanitos por los aires o poner a tambalear patrullas de la policía entre 40 cabrones, pues, no sé, pero creo que no es muy mi estilo.
En fin, ya veremos qué sucede con el equipo tricolor, el fútbol, la ciudad y los mexicanos. Ojalá que El Ángel de la Independencia nos aguante si la Selección llega a cuartos de final.
Porque, seamos honestos, México está jugando terrible, parece equipo llanero, y para chingarla de acabar: somos un desmadre.
Por otra parte, resulta que una guapísima lectora quería cruzar una apuesta conmigo. Por más extraño que suene esto, ella pensó que México perdería. La verdad es que hubo un momento en que yo pensé lo mismo.
Sin embargo, gracias a un sujeto que estoy seguro de que en realidad vende pozole y no es portero, Corea cometió una pendejada y perdió el partido. Por lo tanto, me gané un libro del gran Sebastián Salgado.
Y se preguntará usted, curiosa damita, aguerrido caballero: ¿quién chingados es ese individuo?
Les diré que hace algún tiempo ya escribí algo sobre él, pero, aquí vamos de nuevo.
Sebastián Salgado nació en 1944 en Minas Gerais, Brasil. Curiosamente no comenzó como fotógrafo: estudió economía, hizo una maestría y un doctorado, y trabajó para organismos internacionales relacionados con el desarrollo económico.
Fue durante algunos viajes de trabajo por África que descubrió la fotografía. A los 29 años abandonó su carrera como economista para dedicarse por completo a ser fotógrafo.

Durante las décadas de 1970, 1980 y 1990 Salgado recorrió más de cien países documentando trabajadores, migrantes, refugiados, hambrunas, guerras y pobreza extrema. Sus fotografías son casi siempre en blanco y negro, con una fuerza visual extraordinaria.
Sus proyectos más famosos fueron los siguientes:
Workers: sobre el trabajo humano en todo el mundo.
Exodus: dedicado a migraciones, desplazamientos y refugiados.
Génesis: una celebración de los lugares y pueblos que de algún modo permanecen vírgenes y han sido poco transformados por la modernidad.
Quizás sus imágenes más famosas sean las de la mina de oro de Serra Pelada, donde miles de hombres aparecen escalando laderas de barro cargando sacos, como si fuera una escena bíblica.
Salgado fue admirado y criticado al mismo tiempo. Algunos lo acusaban de convertir la miseria en algo bello, de “estetizar el sufrimiento”. Él respondía que no fotografiaba la pobreza, sino la dignidad humana dentro de ella.
Para él las personas que retrataba no eran víctimas sino seres humanos completos.
Esa discusión sigue viva: ¿sus fotos embellecen el dolor o nos obligan a mirarlo? Probablemente ambas cosas.
Después de presenciar genocidios, guerras, hambrunas, especialmente en África, quedó emocionalmente devastado. Regresó a la finca familiar en Brasil y descubrió que la región también estaba destruida.
Junto con su esposa, Liela Wanick, Salgado inició un enorme proyecto de reforestación que terminó convirtiéndose en el Instituto Terra. Millones de árboles fueron plantados y una zona degradada volvió a convertirse en bosque.
A partir de entonces su obra se enfocó cada vez más en la naturaleza y en pueblos que aún conservaban formas ancestrales de vida.
Pocas personas han documentado con tanta intensidad dos grandes temas del siglo: La dignidad del trabajo humano y la relación entre la humanidad y la naturaleza.
Su legado no es sólo artístico. Es una especie de archivo visual de lo que somos como especie, manifestando nuestra capacidad de explotación, sufrimiento, resistencia y belleza.
Por un extraño motivo aún recuerdo cómo es que supe de su existencia: cierto domingo me encontraba comprando películas piratas afuera de la Cineteca Nacional. Hay unos puestecillos donde venden cine de arte y la verdad es que hay unas pelis biendepocamadres.
No sé por qué mierdas pregunté o que pinchi película estaba buscando. El caso es que le pedí al sujeto del puesto que se recomendara algo chingón, algo bueno, algo que valiera la pena. Dio la casualidad de que una chica que era chilena escuchó el comentario.

Sin dudarlo tomó una película y me dijo (les confieso que me tardé mucho en comprender lo que me había dicho, pinches chilenos de Chile manejan el peor español del mundo, no se les entiende una pura chingada): “llévate esta, ni lo dudes, es el mejor documental que vas a ver en tu vida”.
La verdad es que hubiera preferido llevarme a la chilena, estaba bien guapetona, pero en un descuido me apendejé “y se marchó y a su barco le llamó libertad” y yo me quedé con su ausencia y con un puto sobrecito que contenía una película pirata denominada La sal de la tierra.
Recuerdo que aquel día, ya resignado, llegué a mi casa. Llamé por teléfono y me pedí una pizza. Aún estaba de moda ese asunto de tener un DVD, así que, puse la película y después de hora y media me explotó la cabeza.
Desde entonces estuve con el deseo de comprar un libro de Sebastián Salgado, pero por alguna extraña razón no lo había hecho y el día de hoy, damita, caballero, soy el afortunado ganador de un ejemplar denominado GOLD.
Hasta donde entiendo, es un libro de fotografía que habla de la explotación de una mina en un lugar de Brasil. Concretamente en Serra Pelada.
Durante la fiebre del oro en los años ochenta, Salgado pasó semanas fotografiando a miles de hombres que trabajaban en condiciones extremas, cargando sacos de tierra por enormes pendientes.
Hasta donde sé la tesis del libro es bastante poderosa: la búsqueda de riqueza puede convertir a los seres humanos en una masa obsesionada, capaz de soportar cualquier sacrificio por la esperanza de cambiar su destino.
Según entiendo las fotografías muestran dos cosas: la dignidad del trabajo humano y la brutalidad de un sistema donde decenas de miles de personas se destruyen buscando oro.
En fin, ya les diré qué tal está el libro. Seguro que esta semana aterriza en mi departamento. Por lo pronto me voy. Se me antojó una jamburguer con hartas papas y chingos de catsup. Querido Mc Donals: voy en camino. Se me portan bien, no quiero quejas.
Cualquier duda o sugerencia, con esta futbolera columna que espera que México sea campeón mundial y le ruega al cielo que la gran Tenochtitlán no quede en ruinas, favor de mandarnos sus comentarios, inigualable damita, valeroso y osado caballero.

Gabriel Duarte. Ciudad de México 1972. Es Licenciado en Mercadotecnia por la Universidad Tecnológica de México. Estudió literatura en SOGEM. Está por publicar su primera novela.
