No tanto
No tanto, es un cuento de Verónica González, Doña Clito: buscar el auto placer en la cama puede descarrilar una relación casi terminada. O no tanto

No tanto, es un cuento de Verónica González, Doña Clito: buscar el auto placer en la cama puede descarrilar una relación casi terminada. O no tanto

Por Verónica Edith González Cantú
Ciudad de México, 8 de junio de 2026 (Neotraba)
Alrededor de los últimos dos años, masturbarme se convirtió en una necesidad física, además de una actividad placentera. A pesar de la posibilidad de tener más de una pareja sexual, el apartado de tu tiempo íntimo conmigo parecía que no se ocupaba. Tenía mucha energía sexual. Me quedaba con las ganas de ti en los dedos, en la mente, pero todo había cambiado. En una de tantas innecesarias discusiones que tuvimos traté de enumerar nuestras fortalezas e incluí, recuerdo bien mis palabras: nuestra conexión sexual, la pasión que sentimos uno por el otro, el deseo especial que nos caracteriza. Hiciste una mueca de desprecio, displicente, igual que en todo, y soltaste la sentencia: no tanto. Burdas, apestosas, malditas, bajas, sencillas, pobres, hirientes, orgullosas palabras que desee jamás hubieras pronunciado. Con estas mugrosas, dolorosas y rotundas palabras el deseo sexual hacia ti, por ti nunca fomentado, cayó aún más del lugar en el que me esforzaba por mantenerlo. Con cada pareja sexual fuera de nuestro vínculo me reiteraba mi capacidad de desear, de hacer sentir, de sentir, de apreciar y respetar el cuerpo del otro. En ti, la frialdad y torpeza empezaron a ser tus características principales.
Ahora había con quién compararte y, el amante que un día fuiste y tanto amé, ahora era una estatua de mármol fría, inconsciente de sus proporciones, de su habilidad, participación y detalles durante el sexo. Mediocre a propósito. Tanto que me esforcé en convencerme de defender tu lugar en mi top sexual y tú te esforzaste en mostrar reiteradamente que no me sería tarea fácil disfrutarte. Que desde hacía tiempo estabas de cacería con presas que jamás estuvieron en tu perímetro, con tu mente planificando lograr amoríos y aventuras sexuales que jamás lograste. Ser el eterno rechazado era tu lugar ideal. Y yo era la contra parte de ese lugar; aceptándote siempre, teniendo detalles para ti, abrazando tu frágil cuerpo desnudo en la salud y la enfermedad, en espera del despertar de tu sexualidad, esperando el retorno del hombre viril que alguna vez amé.
Esa actitud de aceptación de mí para ti te causaba repulsión, rechazo, y mientras más me acercaba, más te alejabas. Cuando al fin ambos estuvimos en el mismo sitio emocional, con el final dicho y caían las últimas gotas de nuestra última tormenta, sucedió. Una noche, en mi lado de la cama, el que durante años no visitaste para un abrazo, un indicio, un coqueteo o una preocupación, ahí, comencé a masturbarme, contigo a mi lado. Esa vez no me oculté en la regadera o me excusé con insomnio.
Ahí, a tu lado, mientras fingías dormir, como tantas noches, tomé con mis manos mi vibrador. Lo pasé por mis labios, me contuve sólo un poco de suspirar o gemir, subí el nivel de vibración. Desde antes ya estaba excitada, entonces al elevar la potencia comenzó a enrojecer mi rostro. Me acaricié los senos, los pezones, los pellizqué y enterré un poco mis uñas en mis muslos. Sentí entonces el abrazo de tu cuerpo desnudo detrás de mí, dijiste: qué rico. Me empezaste a tocar las nalgas, la espalda, la cintura y comenzaste a besar mi boca. Después de unos minutos, con una inaudita prisa, te monté y me penetraste. Fue triste, placentero, lamentable, excitante. Mi cuerpo se desconectó de mi mente, de ti, de todo. Volví en mí en un orgasmo. Nos acostamos, cada quien por su lado y dormimos. No volvimos a tener sexo nunca más. No volveremos a tener sexo de nuevo. No sabíamos que era la última vez, nunca se sabe de verdad hasta que sucede el final y lo vives sin consciencia de que no habrá vuelta atrás.
En un momento que tuviste de debilidad, después de terminar, me dijiste: dame un beso, el último. Te pedí que no me lastimarás, no te lo di, tuve que rechazarte. Para mí el último beso fue el último beso, sucedió, al final, sin buscarse o planearse. Tal vez te dolió mi rechazo, que al fin te dijera que no, no hacerlo a tu manera, no tentarme o no poder jugar conmigo nuevamente, o tal vez no, no tanto.
