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Ciudad de México, 24 de agosto de 2025 (Neotraba)

–¿Bueno?

–Hola, habla Mariana, ¿cómo estás?

–Bien gracias, –contesté con desgano –¿Y tú?

–Bien, esperando por una respuesta.

–¿Sigues con eso? Hace años que me preguntas lo mismo, pensé que ya se te habría olvidado.

–Perdóname, pero necesito que me respondas para poder estar tranquila.

Hacía años que llamadas como ésta se repetían. Año con año, siempre el mismo día a distintas horas. No podía evitarlas, estuviera donde estuviera, sin saber cómo, ella siempre conseguía mi número telefónico, no importaba que tan bien o mal le contestara, podía ser de lo más pedante o lo más cortés para tratar de persuadirla, pero todo intento era inútil. En una ocasión me negué a contestar el teléfono en todo el día y en esa noche la vi en sueños con un vestido blanco y me preguntó lo mismo que tantas veces me había preguntado. Al cabo del tiempo había terminado por acostumbrarme, de no ser así me habría vuelto loco.

Quizá lo más sencillo para los dos habría sido que le diera una respuesta, pero no podía hacerlo, ya que si lo negaba me comprometía, y si lo aceptaba yo quedaría como un canalla, además me parecía ridículo que después de tantos años ella insistiera con eso. Ahora yo estaba felizmente casado y no quería empañar mi matrimonio.

–Buenos días, amor ¿cómo amaneciste?

–Bien gracias, ¿y tú?

–Bien también, oye, ¿quién llamó anoche?

–Ya sabes, lo de siempre, alguien que no tiene nada que hacer y gusta de molestar a la gente.

–Deberíamos de cambiar el número de teléfono.

–Es inútil, ya ves que lo hemos intentado varias veces, pero siempre habrá alguien que nos moleste.

Liliana y yo nos casamos hacía ya varios años. Aun no teníamos hijos y aunque nos queríamos mucho, nuestra relación empezaba a ser rutinaria y aburrida. Terminamos el desayuno casi sin hablar, ambos sumergidos en nuestros propios pensamientos. Nos despedimos con un beso y me dirigí al trabajo.

Al medio día recibí una noticia devastadora, mi esposa me llamó llorando.

–¡Cálmate por favor!, ¿qué pasa? –En medio del llanto apenas podía entenderle.

–¡La bebé de Fernanda murió, no resistió la operación!

Fernanda era la única hermana de mi esposa y su niña había nacido con una insuficiencia cardíaca. Los médicos habían hecho todo lo posible por salvarla, pero la operación era demasiado complicada y la niña demasiado pequeña para resistirla, solo tenía unas cuantas semanas de vida, las cuales las había pasado en el hospital entre sondas y aparatos. quizá sea cruel decirlo, pero es posible que haya sido mejor así, pues la niña y toda la familia, habíamos sufrido mucho.

–Procura calmarte, voy para allá.

Cuando llegué al hospital el cuadro era desolador.

Los inconsolables padres estaban junto a lo que había sido el único mundo de la niña: una pequeña incubadora. Liliana estaba con ellos y poco a poco fueron llegando parientes y amigos. Abracé a mi esposa y no supe que decir, ¿qué se dice en esos momentos? Los que hemos tenido la mala fortuna de perder a un ser querido sabemos que no hay palabras de aliento que valgan. No hay resignación ni calma, solo un profundo vacío, una enorme frustración por perder la alegría soñada, desesperanza y desolación. Los abracé y me uní a su pena.

Me hice cargo del funeral. El pequeño ataúd blanco era tan triste y deprimente como lo era el epitafio:

“Descansa en paz, llegaste al mundo como una estrella fugaz”

Lucero del Valle y Vega

Marzo 1999-Julio 1999

Era una paradoja que compararan a la niña con una estrella desde el punto de vista de espacio vital: mientras que una estrella habita en todo el universo, Lucerito tuvo en su corta vida menos espacio que un metro cuadrado, primero el vientre materno, después la incubadora en aquel cuarto de hospital y, finalmente, este pequeño ataúd blanco; empero había algo de real y trágico en aquella alusión: su presencia había sido luminosa y fugaz.

La pequeña Lucerito había sido esperada con tanta ilusión por todos y Fernanda era tan querida, que el velatorio estaba lleno de gente que le iba a dar el pésame. Sin embargo, entre amigos y familiares, yo estoy seguro de que Fernanda se sentía más sola que nunca.

A las nueve de la mañana en punto salimos rumbo a lo que sería su última morada: los mausoleos San Miguel. Las frías paredes de mármol, llenas de fechas e inscripciones, invitaban al silencio y a la reflexión. Algunas lápidas tenían flores aún frescas, otras ya no tenían nada, y las más, flores marchitas como cruel testimonio de que algún día alguien se había acordado de ellos, pero a fuerza de no verlos, los familiares y amigos se van poco a poco olvidando y alejando hasta que llega el día en que…

Sólo había otro cortejo en aquel gran laberinto. La misa fue corta y muy emotiva. Un poco más reconciliados con el mundo, poco a poco fuimos dejando el lugar. Liliana y yo nos quedamos al último, cavilando sobre lo efímero de la vida, en lo terrible de la pérdida de un ser amado. De pronto, Liliana reparó en lo peculiar de una inscripción por la semejanza con el epitafio de Lucero.

“Descansa en paz, al cielo le hace falta una estrella.”

Su voz paralizó mi corazón. Sin darse cuenta de mi reacción continuó leyendo:

Mariana Estrella Salvatierra

1964-1994

–Bueno, al menos vivió 30 años.

Pero yo ya no escuché sus últimas palabras, llegaron a mi lejanas, como un susurro. Me apoyé en la lápida para no caer, fue cuando ella se dio cuenta de mi palidez.

–Amor ¿Estás bien? Inquirió asustada.

–Sí… sí… no te preocupes… estoy bien, ha sido sólo el cansancio… ya pasó…

A partir de ese momento mi vida no volvió a ser la misma, me volví taciturno y malhumorado, envejecí tanto física como mentalmente, mi carácter, antes alegre y despreocupado, se tornó agrio y áspero. Por las noches me revolvía inquieto antes de conciliar el sueño por unas horas. Tenía pesadillas espantosas y al despertar estaba más cansado y ojeroso que el día anterior.

Tuve que desconectar el teléfono pues cada vez que sonaba brincaba sobresaltado y temí por un infarto, intenté salir de viaje, pero mi remordimiento se escabullía siempre dentro de mi equipaje. Intenté refugiarme en la religión pretendiendo que se me perdonara por un pecado que nunca confesaba porque nunca había cometido, pero que estaba ahí acechándome, acorralándome, presionándome…

Finalmente, más atormentado que nunca, acudí al único ser que podía perdonarme.

Llegué a los mausoleos y corrí tropezando hasta la entrada, me detuve en el umbral, el valor me faltaba y la respiración entrecortada no era por la carrera, sino porque mi corazón estaba a un tris de romperse en mil pedazos. Como pude llegue a la cripta, no me fue difícil encontrarla, porque a pesar de haber salido como entre sueños en aquella primera ocasión, una fuerza sobrenatural me guiaba. Al llegar caí postrado y empecé a rezar y a pedir perdón desesperadamente; de pronto, una mano se apoyó en mi hombro y otra vez la sangre faltó a mi cerebro, estuve a punto de caer desmayado cuando escuché una voz dulce y apacible que me decía:

–Polvo somos y en polvo nos convertiremos.

–Padre, usted no comprende.

–Comprenderé si tú me lo explicas.

Y ya no pude más.

–Está bien padre, pero antes lea esto.

Le entregué unos papeles amarillentos y rotos de algunos pliegues, la tinta casi se había borrado. Parecía que tenían cincuenta años. Eran cinco, cinco años y cinco estrofas

“La noche llora por la luna

Que se quedó atrapada en la arena,

Dime si la luna alcanzó al fin a la noche

O si la noche llora aún su ausencia"



“En la noche hay una pequeña estrella

Mas la noche no ha notado su presencia,

Dime noche,


¿En verdad no te importa su existencia?”


“Si la noche se quedara sin luna

O si la luna no existiera,

Dime por ventura,

¿Amarías noche, a esa estrella?”



“La noche quisiera ser día

Para no enfrentarse a la estrella,

¿No sabes que la estrella en su cielo,

es un sol en primavera?”


“En la noche se ha hecho el silencio

y el silencio se ha hecho respuesta.

En el cielo,

ha desaparecido una estrella!”

–Como versos son muy bonitos, pero no comprendo, ¿qué tratas de decirme?

–Lo entenderá Padre, y voto porque así sea para que después pueda usted explicármelo.

Hace años, cuando Liliana y yo aún éramos novios, conocí a una chica que tenía todos los atractivos que un hombre busca en una mujer: guapa, inteligente, simpática. Un día la invité a salir y fuimos a cenar. Continuamos saliendo y lo que empezó como algo banal, poco a poco se fue transformando en algo importante para ambos. Yo no le era para nada indiferente, es más, casi me atrevería a jurar que yo le agradaba más de lo que ella misma se atrevía a aceptar. Su forma de ser conmigo, de mirarme, de tratarme transpiraba amor un amor cándido y puro.

Liliana y yo seguíamos siendo novios. La amaba, si, ahora estoy seguro de ello, pero en esos momentos estaba confundido y en un pequeño disgusto que tuvimos las cosas se salieron de control y terminamos la relación. A partir de ahí mis salidas con Mariana fueron más frecuentes. Y en una ocasión nos encontramos con una gitana que nos leyó el futuro. Aún no había olvidado a Liliana y ansiaba volver con ella, pero necesitaba un indicio de que ella también me amaba, aunque fuera dicho por una adivina.

–En tu vida hay dos mujeres, una es blanca como el día, de cabellos dorados como el sol, la otra es blanca como la luna, de cabellos negros como la noche, ambas te aman, pero tú solo amas a una de ellas, búscala y se feliz.

Lejos de tranquilizarme, estas palabras sólo contribuyeron a confundirme más. Busqué a Liliana, pero me rechazó, no pudimos solucionar el malentendido que había entre nosotros. Esa tarde me sentí morir. La amaba, pero me sentía despechado, la deseaba y al mismo tiempo la aborrecía, quise olvidarla y recurrí al único consuelo al que recurren los cobardes: el alcohol. Tomé algunas copas para tal efecto, pero no fue suficiente, sólo conseguí darme valor para hacer algo aún peor. Decidí llamar a Mariana, la invité a salir y durante la comida me sentí inquieto e incómodo. Sin saberlo me alejaba de ella, su proximidad me ponía nervioso, no sé si por lo que me gustaba o por el amor que aún sentía por Liliana.

Mariana era una dama y nunca dio pie para que le faltara al respeto, pero me amaba demasiado. Su mirada y el vino empezaron a hacer estragos en mi persona. La abracé.

–Estoy muy contento contigo –le dije– eres una chica maravillosa.

Y ella sonreía radiante de felicidad, seguramente pensaba que al fin le declararía mi amor, pero lo único que hice fue seducirla. No sé qué le habré prometido, no estaba en condiciones de recordar nada, y por respeto a su investidura, Padre, no le daré mayores detalles. Sólo voy a decirle que esa tarde nos fundimos en un solo cuerpo, sin embargo, no fuimos una sola alma. Mientras ella moría de amor infinito, yo desfallecía de placer desenfrenado, ella se entregaba con ilusión pletórica y yo la poseía con pasión avasalladora, ella se llenaba de dicha y yo solo lograba sentir vacío en mi interior. Cuando la tensión sexual se disipó, simplemente me quedé dormido. Debí pronunciar el nombre de Liliana entre sueños porque al despertar me preguntó quién era ella, y aunque lo hizo sin atisbo de reclamo, yo sin remordimiento le respondí: es mi novia. En ese preciso momento supe que su corazón se había roto en mil pedazos, y únicamente preguntó:

–¿Estuvimos juntos por amor o por deseo?

La sensatez de sus palabras y la serenidad de su voz me volvieron a la realidad. En ese momento me di cuenta de que me había comportado como un patán. entendí que no tenía derecho a mentir y que esa mujer merecía todo mi respeto. Me sentí un rufián y no proseguí la farsa.

–Por placer…

Mi respuesta veló sus ojos. Quizá, aunque sabía la respuesta, en su interior aún abrigaba la esperanza de que yo la amara. Sé que habría llorado y seguramente lo hizo después, pero en ese momento la desilusión secó sus ojos. Me sentí el más ruin de los hombres, y en verdad lo era, no sabía que decir o que hacer, le dije la verdad:

–Yo tenía una novia, pero terminamos, y eso me dejó muy mal.

–Si tanto daño te hizo, ¿por qué no la olvidas?

–Porque aún la amo

–Y si tanto la amas, ¿por qué no la buscas?

–Escucha, este es un problema mío y tendré que resolverlo yo solo.

Nos quedamos callados. La lluvia caía incesante y ella miraba a la lejanía. Cruzó los brazos sobre el pecho como protegiendo su corazón.

–Lo siento, pequeña –fue lo único que acerté a decir. Le tomé la mano y no la solté en el camino de regreso a casa; de no haberlo hecho, ella habría saltado por la ventanilla y echado a correr.

Cuando llegamos la abracé, la abracé muy fuerte.

–No me inquietes más –me dijo casi suplicando.

La dejé en el pórtico de su casa. Antes de marcharme la miré por última vez. Tenía una expresión tan triste y sin palabras le pedí perdón, ¡Dios! ¡Espero que me haya entendido!

Al siguiente día estaba terriblemente arrepentido, recordaba los sucesos entre sueños, hubiera querido que me tragara la tierra, no podía verla más. Dos o tres días después ella me llamó, no había reproches en su voz, me habló como si nada hubiera pasado, adivinó mi remordimiento y quiso amortizar la pena. No sé si hubiera preferido que me reprochara, que me odiara, que me gritara a la cara todo lo cobarde que había sido. Quizá eso me hubiera hecho sentir menos mal, pero no lo hizo y su perdón me hizo sentir aún peor. Ahora sólo faltaba conseguir mi propio perdón, lo que iba a ser muy difícil de conseguir pues a mí no podía engañarme. No podía ocultar que había actuado con toda la premeditación, y alevosía, porque puedo ser todo lo canalla que usted quiera, pero vergüenza, vergüenza sí tengo, Padre.

Jamás volvimos a salir, aunque nos manteníamos en contacto. Días después volví con mi novia, pero en mi corazón se quedó clavada una espina que ya nunca podría sacar. Poco tiempo después ya casi había olvidado lo sucedido y hasta me atrevía a decir que lo recordaba con gusto. Terminé por sobreponerme (o al menos eso pensé). El trato con Mariana era amable y cordial.

Una tarde me comentó

–¿Sabes? Tú me confundes.

–¿Por qué?

–No sé, primero me das a entender una cosa y después otra.

–¿Tú crees?

–Sí, quisiera preguntarte algo.

–Dime.

–No, así no me atrevo.

–¿Pero por qué?

–No, prefiero hacerlo a mi manera.

–¿Cómo?

–Te lo escribiré.

–No, pregúntame lo que quieras, anda.

–No, no, lo haré como te digo.

Y así fue como llegaron a mis manos las tres primeras notas que tiene usted en su poder, una a una, una cada semana. La cuarta llego después de un mes al no obtener repuesta a las primeras, al siguiente mes llegó la quinta, después de eso no volví a saber nada de ella hasta el año siguiente, en que empecé a recibir llamadas. Cada año sin faltar uno sólo desde entonces.

–Pero, hijo, ¡cálmate!, ¿por qué te pones así?

–Es que el día del sepelio de Lucerito, usted recordará…vi su lápida…

–Descanse en paz –dijo el Padre persignándose y añadió– comprendo que sea doloroso, tú la estimabas, pero ¿es acaso motivo suficiente para que reacciones así? Has encanecido y perdido peso y te ves tan demacrado y ojeroso, cualquiera diría que la mataste tú.

–Y en cierta forma la he matado yo, de desilusión, de desesperanza, de dolor… de amor.

–Nadie muere de amor.

–Ella sí, pero eso no es lo más terrible, Padre, lo realmente macabro de esta historia es que ella murió ¡hace cinco años!

–¿Y?

–¿No entiende? –dije casi gritando– ¡su última llamada la recibí el año pasado y está muy próxima la fecha en la que siempre lo hace! Llama con puntualidad religiosa y perdón por la irreverencia.

Las facciones del Padre se contrajeron y aunque quería aparentar tranquilidad sus manos crispadas denotaban una seria alteración. No podía ocultar su preocupación, sabía que se trataba de un alma en pena y nunca era fácil enfrentar una situación así.

–Debemos ofrecer una misa para el eterno descanso de su alma –dijo con voz entrecortada– y Dios quiera que sea suficiente para que encuentre la paz.

La misa se celebró pocos días después y fue muy íntima, a nadie se le dijo la verdadera razón y tampoco nadie lo preguntó. Recé por su descanso y en silencio le pedí perdón. Al salir de la iglesia me sentí más sosegado, y por fin esa noche pude dormir tranquilo.

–¿Bueno?

–Hola Gonzalo, ¿cómo estás?

Un frío me recorrió la espalda, una voz lejana y apacible me respondió al otro lado del auricular.

–Aún no me respondes –dijo– y no escuché más.

Después de siete días de fiebre altísima, sufriendo de espantosas alucinaciones, entre seres de ultratumba e imágenes fantasmagóricas, desperté, aunque más que despertar fue como resucitar de entre los muertos. Lo que recuerdo de esas imágenes es que ella me tomaba de la mano y me llevaba por entre pasajes mortuorios, pero no eran caminos propiamente dichos sino que era como un viaje a la mente de una persona atormentada. Un viaje a sus emociones, a sus temores, a sus desdichas. La maldad del mundo se presentaba a mis ojos con imágenes grotescas, y aún hoy me pregunto si ese viaje en realidad no fue un recorrido a mi propio yo; ese yo oculto y olvidado pero que cuando llega a presentarse nos hace sentir profundamente miserables.

Después de ese primer despertar, las noches siguientes seguí teniendo pesadillas. Noche tras noche se me repetían las mismas imágenes. Pero lo peculiar de mis pesadillas era como vivir la secuencia de una película de espantos, a razón de un cuadro cada noche, una imagen estática como fotografía.

La vida siguió su marcha y de alguna manera fui asimilando la situación, procuraba distraerme y no darles importancia a esos sueños. Un día mi esposa me sugirió tomar unos días de descanso para salir de la ciudad buscando en ese paseo reposo y distracción. Acepté gustoso, pensé que un viaje en esos momentos me caería estupendo.

Rentamos una cabaña en el bosque, el lugar me encantó, alejado del bullicio y las luces de la ciudad, sin televisión ni teléfono. El contacto con la naturaleza realmente me hizo regresar a mis orígenes. Había un riachuelo muy cerca de ahí, rodeado de árboles y vegetación, el lugar era muy apacible, ideal para caminar por las veredas y meditar.

Uno de esos días mientras Liliana tomaba un baño, aproveché a dar un paseo por los alrededores. Caía la tarde, el viento agitaba los árboles anunciando tormenta, las aves volaban en torno a ellos buscando refugio. No había luna, por lo que sería una noche muy, muy oscura.

El murmullo del arroyo me tranquilizaba, en el cielo, una a una, iban apareciendo las estrellas, las que lograban escapar a los nubarrones. Con paso lento y desenfadado recorría la ribera, mirando distraídamente al cielo, cuando vi una estrella fugaz y pensé:

“Ahora al cielo le hace falta una estrella”.

De pronto, como si mi pensamiento hubiera sido un sortilegio, el viento se detuvo, el río se detuvo, el tiempo, también se detuvo. La sangre se heló en mis venas y por un momento no supe si era una pesadilla hecha realidad o una realidad hecha pesadilla. No sabía si en ese lugar había estado antes o si había estado siempre, pero ahí estaba. Fue como una proyección de mis alucinaciones, fue un déjà vu, ya que, asombrosamente, el lugar y la ocasión eran muy similares a las que había vivido en mis pesadillas, sombríos, siniestros.

Sentí miedo, no podía moverme, atrapado en mi propio cuerpo. Podía pensar, pero no hablar, nada se movía, creo que paso una hora o más, no había forma de saberlo pues la noche no siguió avanzando, conté para mis adentros segundo a segundo, no entendía lo que pasaba, escuché como en mis sueños silbar al viento y caer la lluvia, pero no había ni viento ni lluvia. Era como si la noche llorara en silencio la ausencia de una estrella.

Empecé a desesperarme, entendía una parálisis en mí, pero no en el mundo, quise gritar, pero no conseguía mover músculo alguno, ni siquiera los ojos, fijos en el punto en donde ahora faltaba una estrella.

Respiraba, eso sí. Todo era parte de un plan macabro de mantenerme vivo dentro de la muerte, o muerto dentro de la vida (otra vez la paradoja) aunque en este momento hubiera preferido caer muerto para acabar con todo.

Tuve “tiempo” de sobra para recapitular sobre mi vida, de evaluar lo bueno y lo malo que había hecho, recordar a Liliana, a Mariana, su muerte, las cartas, sus preguntas sin respuesta… ¡sin respuesta!

En ese momento me di cuenta de que ahí estaba la clave de todo y traté de recordarlas, no me costó pues las había leído muchas veces:

“La noche llora por la luna que se quedó atrapada en la arena, Dime si la luna alcanzó al fin a la noche, O si la noche llora aún su ausencia…”

El aullido del viento resonó aún más fuerte, el cuadro ahora era el de una tempestad con un hombre aterrado al centro. Un grito ahogado salió de lo más profundo de mi corazón.

–¡La luna alcanzo al fin a la noche, la noche no llora más su ausencia! –grité.

Otra vez mis palabras sonaron como un sortilegio, el sonido de la lluvia fue poco a poco aminorando y el cielo se despejó dejando brillar a las estrellas, pero yo no podía aún moverme, el viento seguía aullando y el tiempo seguía detenido.

Recordé el segundo verso, murmuré para mis adentros una oración y dije:

“En la noche hay una estrella más la noche no ha notado su presencia

Dime noche, ¿en verdad no te importa su existencia…?”

Si, si me importa, me importabas, pero me importaba más mi luna, perdóname…

Una brisa suave acarició mi rostro.

Recordé la tercera estrofa. En ese momento deseé acabar con todo, me sentía desfallecer, porque, aunque el tiempo no corría yo sentía que había pasado una eternidad, de pie, espiando el horizonte y expiando una culpa muchos años guardada.

Tenía frio, sueño, cansancio físico y moral, estaba agotado y aterrado de esa pesadilla.

“Si la noche se quedara sin Luna o si la Luna no existiera,

Dime por ventura, ¿amarías noche a esa estrella?”

No tenía la respuesta, nunca me había preguntado si la habría amado o no, pero en ese momento no tenía más remedio que responder, hurgar en mi corazón, al fin que tiempo (y aquí otra vez la paradoja) era lo único que tenía, todo el tiempo del mundo lo tenía yo.

Mariana era una chica linda, me gustaba mucho, pero amaba a Liliana. Con Mariana me entendía muy bien, pero siempre existió entre nosotros la barrera de otro amor, yo no quería dañarla, por eso nunca profundicé en mis sentimientos por ella, pero ahora, tan lejos del pasado, creo que sí, que, de no haber existido Liliana, la habría amado.

Mariana, Mariana, perdóname, pude haberte amado, pero no era libre, mis noches siempre tuvieron Luna y muy pocas estrellas, pero de todas tu fuiste la más bella, y habrías alumbrado mi vida como un Sol en primavera.

Conforme formulaba estos pensamientos, poco a poco y por primera vez en mucho tiempo, escuché el arroyo correr. Caí de bruces, agotado y permanecí inconsciente no sé cuántas horas.

Cuando desperté estaba en casa, en mi cama, tiritando de frío y sudando por la fiebre.

Liliana estaba a mi lado, muy preocupada, tenía mis manos entre las suyas y rezaba en silencio.

–El peligro ha pasado –dijo el médico– sólo necesita reposo.

COROLARIO

En julio de 1994, se registró uno de los fenómenos más singulares de los últimos milenios en nuestro sistema solar. El cometa Shoemaker Levi se impactó en la cara oculta de Júpiter, Desde ese día, al cielo le hace falta una estrella.


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