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Puebla, México, 5 de marzo de 2026

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(con espóilers para All Her Fault)

Más de un crítico de cine de tendencias conservadoras ha denunciado el envilecimiento de la figura masculina en el cine. Si bien es cierto que heroínas como Sarah Connor en Terminator 2 y Helen Ripley en Aliens destacaron como estrellas de acción en un medio eminentemente masculino, su papel en sendas franquicias atiende a la mera supervivencia y al acto heroico en un sentido convencional más que a una metáfora de cambio contra el status quo. Por el contrario, ejemplos más recientes del cine y la televisión pretenden hacer de la heroína una bola de demolición contra el edificio patriarcal. Esa representación es cuestionable cuando parece, en muchas ocasiones, ser condescendencia mal disfrazada de reivindicación.

En términos psicoanalíticos, el concepto de la asociación libre de ideas tiene que ver con los atisbos del inconsciente a través de un discurso en apariencia inocuo. Tanto una película o novela como el relato de un sueño contienen información que el propio autor del relato desconoce. Otra cuestión es si le importa exhibir o no la naturaleza pueril de su deseo y los medios cuasi masturbatorios por los que se logra. Y esta analogía no me parece exagerada: en una fantasía erótica la voluntad del otro pasa a segundo plano para sucumbir a la trama complaciente de quien lo imagina. Así, el enemigo evidente de muchas de estas películas es el género masculino condensado y desplazado (de nuevo, abuso de los términos freudianos) en un solo hombre macho, villano arquetípico y estereotípico. Cosa que no estaría mal salvo por el hecho de que, al menos en el cine y series gringas actuales, la derrota de este enemigo se da casi siempre por un inverosímil deus ex machina, o por una improbable victoria en el confrontamiento físico (ambos casos presentes en la película The Housemaid del 2025), como si el enemigo expiatorio que ha reunido todos los problemas de la sociedad fuera a remediarlos con su individual derrota.

Otro ejemplo reciente: All Her Fault (Su peor pesadilla), miniserie del 2025 disponible en Prime y una de las mejores que he visto en los últimos años. Ni modo, habrá espóilers. En los primeros cinco minutos de la serie, la señora Irvine (Sarah Snoonk, Shiv en Succession) descubre horrorizada que su hijo ha sido secuestrado. Conforme se desenvuelven los ventos de la serie, resulta que lo secuestro una mujer (Sophia Lillis, Beverly en It) que no es realmente mala. Y el personaje que se fue dibujando desde el principio como una verdadera escoria, el marido (Jake Lacey, “Plop” en la última temporada de The Office), resulta ser el verdadero culpable de la desaparición de su hijo. Es un hombre atlético, blanco y rico. Además, lo obsesiona a grados enfermizos la tarea autoimpuesta de proteger, más bien controlar a huevo, a su familia.

Al final la mujer recupera a su hijo. La villana original se revela como víctima de las circunstancias y paga el precio con su vida, a causa nuevamente del señor Irvine, a quien también sus hermanos y hasta su mejor amigo tienen sobradas razones para odiar. Este villano secreto termina encontrando su fatal desenlace con un recurso muy bien anticipado por la trama (no por nada los escritores norteamericanos de televisión se la pasan mentando la dichosa pistola de Chejov). Si he sido un tanto vago o burdo hasta el momento es porque no pretendo hacer un recuento de la trama tanto como llegar a este punto. A lo largo de la serie, los únicos personajes masculinos simpáticos son un detective hispano y panzoncito, interpretado por el carismático Michael Peña (Kiki Camarena en Narcos) y el hermano del marido (Daniel Monks, un actor con hemiplegia). O sea: hombres no amenazantes ni híper masculinos.

Y en un momento muy crucial, el detective, que es muy bueno en su trabajo, ata todos los cabos detrás de las razones para el secuestro y descubre lo que le hizo la señora Irvine a su marido. Los cuñados de ella también deben sospecharlo. Sin embargo, deciden, así nomás por buenas gentes, pasarlo por alto.

Ya he dicho que me parece una serie buenísima, pero observo que a menudo, todo el realismo con el que se construyen las tramas, es deliberadamente intercambiado por un solo gran momento de suspensión de la credulidad, en el que le piden al espectador aceptar este solo detalle inverosímil para venderle una conclusión satisfactoria. Y siempre lo hemos podido aceptar hasta con gusto. El problema es que mediante esa victoria de la heroína se quiera ofrecer metafóricamente el triunfo de la sociedad entera sobre el patriarcado.

Recuerdo una obra de teatro interactiva que vi cuando iba en la universidad. El tema central era la trata de mujeres y el chiste era ofrecerse como público para intervenir en la historia asumiendo algún papel y evitar así el destino trágico de la víctima. Los únicos dos roles vedados eran el padrote y el agente de la fiscalía: ambos un solo ente opresor. Tan inevitable es la acción criminal del tratante como la indolencia con la que la autoridad no mueve un dedo porque “seguramente su hija se fue con el novio, señora”. Con todas sus deficiencias de producción, esa puesta en escena por estudiantes hippies tenía claro algo que los ejecutivos de Hollywood no verían aunque se les pare en la narizota: un solo individuo con buena actitud no basta para arreglar el sistema podrido.

Entretanto, el actual líder del autoproclamado mundo libre, poseedor de los proverbiales códigos nucleares, así como de un hechizo premio de la paz que le regaló la FIFA, aparece más de 38 mil veces en los archivos Epstein. Se sabe que Trump es adepto a toda clase de dádiva o reconocimiento público. Quizá las películas y la televisión siguen denunciando los abusos del macho blanco heteronormado para contentar a su público igual que a su presidente. Lástima que en la vida real los villanos no caigan tan fácil como los productores quisieran hacernos creer.


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