Viajar, ¿perder países? Conversación con Iván Peñoñori
Mario Bravo charló con el músico, director de la Compañía Tango Nómada y docente de la Cátedra Carlos Fuentes: Iván Peñoñori

Mario Bravo charló con el músico, director de la Compañía Tango Nómada y docente de la Cátedra Carlos Fuentes: Iván Peñoñori

Por Mario Bravo
Ciudad de México, 4 de junio de 2025 (Neotraba)
[En su juventud, nuestro entrevistado trabajó en la prestigiosa Librería Hernández, ubicada en la avenida Corrientes de la capital de Argentina; aunque, siendo precisos, su vínculo con los libros comenzó desde la infancia dentro de su hogar familiar en el humilde barrio de Villa Soldati, en la periferia de Buenos Aires. Tras el colapso de la economía argentina a principios del siglo xxi, migró hacia el norte del continente americano y estudió Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, lo cual abrió un panorama académico en su vida: la obtención de su grado como maestro en Comunicación y Política por la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, y su estadía en el doctorado en Ciencias Sociales cursado en dicha casa de estudios. Actualmente es docente en la Cátedra Carlos Fuentes de Literatura Hispanoamericana, así como integrante del Seminario de Estudios sobre Narrativa Latinoamericana Contemporánea, ambos espacios dentro de la UNAM…]
Iván Peñoñori (Buenos Aires, 1973) es un caso atípico en el ámbito universitario: con 39 años de edad rindió su examen de titulación a nivel licenciatura, cuando la mayoría de académicos, en tal etapa de sus vidas, ya cuentan con un amplio recorrido en seminarios, coloquios, congresos, artículos y libros publicados. Antes de arribar a las aulas mexicanas, él traía consigo otra formación, una más autodidacta, no escolarizada ni validada por pergaminos institucionales: primeramente, la asimilada en la biblioteca familiar, seguida de un intenso consumo de filmes cinematográficos y de discos musicales en su etapa de adolescente. Tal atracción por el terreno artístico incluso le ha llevado a ser director y guitarrista de la Compañía del Tango Nómada, propuesta en la cual comparte escenario con su compañera de vida: la cantante Carla Borghetti. Dicha agrupación se ha presentado en sitios como el emblemático Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, en la capital de México, así como en eventos masivos de la talla del Festival Vive Latino.
Hace pocos años, durante la pandemia de COVID-19 que sacudió a la humanidad, Iván Peñoñori se mudó a una acogedora cabaña al pie de la Sierra de la Mantiqueira, entre árboles y sonoridades de la naturaleza, en un rincón idílico de ese enorme país que es Brasil. Emuló entonces esa desafiante actitud del escritor Henry David Thoreau quien, en su libro Walden, explicó por qué un día de julio de 1845 abandonó su vida citadina para ir detrás de la calma y la pausa: “Fui a los bosques porque deseaba vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, de que no había vivido”.
Hoy en día, como si los calendarios caminaran en un bucle, Iván Peñoñori ha vuelto a su natal Argentina y desde allá charla con Neotraba. Este hombre –que en su nómada estilo de andar por el mundo da la impresión de ser miembro de alguna caravana gitana– canta, escribe, actúa, toca la guitarra y lee; quizás, lee más de lo que canta, escribe, actúa y toca la guitarra. Ante un ser humano más parecido en su estilo de vida a un tanguero de la vieja guardia y no a un catedrático universitario, ineludiblemente irrumpen algunas interrogantes: ¿cómo un trotamundos con espíritu artístico ha incursionado también en el rígido, casi siempre anquilosado y racional mundo académico? ¿Cuál es el itinerario no sólo del viajero, sino también del ser humano que teoriza, piensa y enseña epistemológicamente desde la universidad, sin dejar de hurgar y alimentarse de lo hallado en el cajón del arte? ¿Se viaja para llegar a un sitio o se viaja con la intención de vivir entre un lugar y otro, una ciudad y otra, un país y otro? Utilizando una línea de cierto poema del lusitano Fernando Pessoa: viajar, ¿significa perder países?
A continuación, una entrevista con esta rara avis del campo universitario.

“Los compradores compulsivos son creyentes: sudan incesantemente y esperan hablarle a Dios un día. Se gastan el sueldo en libros que jamás leerán. Acumulan. Forran paredes que los acechan de noche. Crean un monstruo que deberán alimentar diariamente con más y más libros. Hacen un listado enorme de los que no leyeron, otro de los que aun no compraron, otro de los deberían comprar, siempre quieren el que no está; pero se terminan llevando otros diez. Muchas veces compran el mismo pero intentan alejarlos en sus bibliotecas. Descreen de las ofertas pero inevitablemente sucumben al hechizo. Son expertos y celosos y se van de las librerías con la cabeza en alto como una lámpara”, escribió Iván Peñoñori en un textito titulado “De Buenos Aires al DF, la misma gramática maternal”, publicado en noviembre de 2007 dentro de la página web de la Revista digital café de las ciudades.
Echemos un vistazo a los patios interiores de la biografía de este viajero, comprador compulsivo de libros y académico argentino ya con nacionalidad mexicana.
–¿Cuáles son sus principales recuerdos y anécdotas acerca de su oficio como librero en Buenos Aires?
–Mi familia y yo vivíamos en un barrio humilde llamado Villa Soldati, en la periferia de Buenos Aires; allí, en nuestra casa, mis papás tenían una biblioteca con acervo político y literario. Dicha etapa como librero fue a partir de mis 18 años de edad. Antes laburé en una imprenta; aunque previamente ya estaba metido en los libros y en la literatura al heredar la biblioteca de mis padres. A principios de la década de los noventa del siglo xx, entrar a trabajar en una librería era como un sueño, pues significaba conocer a otro tipo de gente al estar metido en la bohemia de la calle Corrientes. Librería Hernández es muy conocida en Argentina, pues durante la dictadura militar (1976-1983) allí se iban a encontrar muchos militantes, libreros y escritores. El lugar tenía un sótano en donde la familia Hernández construyó un muro: ahí se escondían los libros que la dictadura pretendía quemar.
“Mi ingreso a dicho empleo fue así: pedían un trabajador, hice fila y me contrataron. Nadie se quería hacer cargo de la sección de poesía, y lo primero que me pidieron fue que la arreglara. Sacar los diversos títulos y ordenarlos alfabéticamente fue algo muy interesante; el librero es muy de leer la contratapa y la solapa del libro, ya que cuenta con tiempo para curiosear, lo cual es parte de su educación sentimental. En esa sección acomodaba a poetas que, en un noventa por ciento, no conocía. Me topaba con obras de Luis Cernuda, Cesare Pavese, Ezra Pound, T. S. Eliot, Antonin Artaud o Arthur Rimbaud. Una mezcolanza sin orden, de inicio; pero en el estante iba creando un orden alfabético. Eso te da una educación curiosa, de soslayo, no académica, sino la formación de alguien que está en contacto con libros durante todo el día.
“Además, si ocho horas de tu vida estás en contacto con libros, entonces, te enteras de novedades, abres cajas con material recién llegado, sin olvidar que escritores como David Viñas, Ricardo Piglia o Juan José Saer arribaban, de vez en vez, a la librería, y uno podía charlar con ellos e intercambiar ideas. Fue una época muy interesante. Ejercí ese oficio cuando todavía se utilizaban ficheros para clasificar el inventario de títulos, pues aún no teníamos computadoras: ¡imagínate, se trataba de un local gigante y la organización era diferente a la de hoy! El conocimiento del librero era más intuitivo, es decir, uno contaba exclusivamente con su memoria para recordar en dónde estaban acomodados los libros y, un poco, el fichero te ayudaba”.

–Usted habla de una época distinta a la actual, con otros modos de ser y hacer en el ámbito libresco y en la vida. ¿Cuál fue la banda sonora de aquella segunda mitad de la década de los ochenta y principios de los noventa en Argentina?
–En mi casa la banda sonora tenía que ver, sí, con gustos personales; aunque también con gustos de la juventud de aquel entonces, es decir: bandas de rock argentino. Durante la dictadura y tras la Guerra de Malvinas (abril-junio de 1982) se prohibió la reproducción de canciones en inglés dentro de las radiodifusoras; y eso provocó la expansión de roqueros y cantautores nacionales. Ya estaban Charly García y Luis Alberto Spinetta; pero, en 1983, pasó algo que se conoce como la Movida de los Ochenta: Soda Stéreo, Virus, Los Redonditos de Ricota. ¡Toda una explosión de creatividad y una construcción de oyentes! En dictadura no se permitía la transmisión de contenidos similares a los realizados, posteriormente, por radiodifusoras como Rock & Pop, emisora que creó oyentes nuevos en democracia: ahí escuchabas los primeros discos de Soda, Virus, Los Abuelos de la Nada y Fito Páez.

–En su biografía, usted cuenta con un rasgo migrante. En 2003 viajó a México y no sólo desplazó sus pasos geográficamente al norte del continente americano, sino que también trasladó sus inquietudes a otras coordenadas: dejó de ser librero para, poco a poco, incorporarse a la academia. ¿Qué halló en el mundo universitario como estudiante y, posteriormente, al convertirse en profesor?
–Eso tiene relación con mi etapa de librero. Viajé tras la crisis económica del 2001 en Argentina. México siempre ha sido interesante por su industria librera, y también es un país que te enamora o te expulsa: su capital es una ciudad caótica, llena de colores, olores, comida en sus tianguis y caminable. Eso me cautivó. Al llegar, en 2003, escribí crónicas para revistas, pues en mi memoria alojaba mucho un libro de Salvador Novo: Nueva grandeza mexicana, una gran crónica sobre la principal urbe de dicho país. Alrededor del año 2009, me interesó apropiarme de los conocimientos académicos que me faltaban, y me inscribí en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Allí tuve clases de teatro con Hugo Hiriart, y lecciones de corrección de estilo con Jesús Anaya. También en esa escuela conocí a Enrique Dussel; además de Adriana González Mateos quien me regaló un diccionario sobre estudios culturales y me dijo: “A ti lo que te interesa es esto”. Así fui de la creación literaria a los estudios culturales, pues deseaba saber cómo vincular la literatura con la política.
“En una reunión, ahí en la UACM, recuerdo que se hizo una charla sobre la escritora brasileña Clarice Lispector. Y, entre quienes hablaban, repentinamente tomó la palabra un señor a quien presentaron como Raymundo Mier. No tenía idea de quién era; pero me voló la cabeza. Al salir del evento, pensé: No sé quién es este hombre; pero quiero hacer lo que él hace y deseo hacerlo junto a él. Mier trabajaba la estética desde la comunicación, la política, las afecciones y los espacios. Eso no era sociología, pues había en su planteamiento algo de antropología y de periodismo. Al recibirme de licenciado en la UACM, busqué entonces estudiar con este señor que nombraba a Freud y Lacan. Por ese motivo estudié la maestría en Comunicación y Política en la UAM-Xochimilco. En ese posgrado también hallé a profesores muy valiosos como Guiomar Rovira y Mario Rufer”.

–Para usted, ¿qué significa ser extranjero? –le interrogo a nuestro entrevistado quien ha vivido en Argentina, México y Brasil, sociedades en las que ha erigido bibliotecas personales tan vitales para él, tan indispensables y tan de primera necesidad como surtir el doméstico acto de abastecer la despensa con pan, vino, papas, yerba mate y tallarines.
–El exilio es raro. El mío fue voluntario, a pesar de la crisis económica argentina en 2001. Hay algo de extrañamiento ante un espacio nuevo, circunstancia que para muchos es muy creativa. Recuerdo bastante un escrito del español Jesús Martín Barbero, un grande de la comunicación: Oficio de cartógrafo. Travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura, en el cual expone su experiencia al llegar en 1963 al caos de Cali, Colombia. Tal suceso le provocó estar en condiciones de crear una nueva teoría y una manera diferente de pensar. Eso también es el exilio. El extrañamiento te permite no sólo añorar a tu país, sino además al lugar seguro de identidad que se construye desde tu nacimiento. Pienso, por ejemplo, en el literato polaco Witold Gombrowicz quien vivió en Buenos Aires: vino de visita a la Argentina, precisamente unos días antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Aquí se quedó varado, hablando un idioma raro y aprendiendo a manejarse en la cultura argentina desde un lugar de disidencia e incomodidad.
–Los libros y las lecturas que uno hace en la vida, ¿al migrar se quedan en el país que dejas atrás o se alojan en la cabeza del viajero?
–Cuando tenía mi biblioteca en Buenos Aires, pensaba que nunca iba a poder separarme de ella. Y, estando en México, he tenido inclusive más libros que en Argentina. Algo es evidente: uno piensa con la biblioteca, pues existe un diálogo tuyo con el espacio físico de tus libros. Cada obra y cada autor que revisas te lleva a un tipo de ciudad. Al migrar a Brasil tuve que dejar mi acervo libresco en una bodega. Cada biblioteca que formas en otro país se convierte en un diario íntimo: allí se plasma aquello que hiciste para conseguir tal o cual libro, así como tus lecturas y los subrayados que terminan siendo un camino recorrido. Por ejemplo: hace poco, aquí en Buenos Aires, conseguí un libro que ya tengo en México, y extrañé mucho los subrayados de ese ejemplar. No es que me guste ir construyendo bibliotecas personales, sino que el libro como objeto representa mi vínculo con la biblioteca de mis padres, aquel ya lejano empleo de librero, así como una forma muy mía de pensar, un tiempo en el que he vivido…
“En realidad, vivo en un país dividido en tres países. Supongo que, en algún punto, esas tres bibliotecas se conectan. Yo no elegí ser viajero, lo que pasa es que cuando no tienes la estabilidad de contar con casa propia, pues debes elegir el lugar más económico para vivir: a veces ha sido México, en otras ocasiones Brasil y ahora lo es Argentina tras 20 años de no estar aquí, lo cual es otro extrañamiento”.
–¿Habla de ese desexilio que señaló el poeta Mario Benedetti?
–Sí, el cual es imposible porque uno está atravesado, en este caso, por la cultura mexicana, sus tiempos y modos de pensar, además de las lógicas propias de la academia en México.
Al mencionar los mecanismos específicos de la intelectualidad que ha conocido en la UACM, la UAM-Xochimilco y en la UNAM, Iván Peñoñori no deja escapar la oportunidad de señalar un peculiar diálogo epistolar que, desde hace varios años, alimenta y sostiene con el Dr. Jezreel Salazar, docente en Literatura y ganador del Premio Nacional de Ensayo Alfonso Reyes, otorgado en 2004. La conversación, escrita mediante correos electrónicos, puede leerse en el sitio web: https://tdelpresente.medium.com/

–Le propongo responder lo primero que piense acerca de los siguientes conceptos, casi como si se hallara recostado en el diván psicoanalítico: la muerte, el tiempo, el amor, la amistad, el hogar, el dinero, el silencio y la vida.
–La muerte: inevitable, aquello en lo que a veces pensamos… El tiempo: tiempo de lectura… El amor: la pareja, los amigos, la comunidad… La amistad: lo que se debe cuidar… El hogar: los hogares. El dinero, como decía Tom Waits: “Eso que tiramos del último vagón del tren”. El silencio: la música… Y la vida: para mucha gente se ha vuelto insoportable, un proyecto de supervivencia; aunque, en algunos casos, ni eso. La vida debería ser otra cosa. Hay que confabular para crearla en ese sentido.
–Una última pregunta. Si pudiera abordar el DeLorean del filme Volver al futuro y charlar un poco con el niño que alguna vez usted fue, ¿cómo le explicaría lo que significa vivir en este mundo?
–No sé si podría explicarle eso. Sólo le diría: “Todo será un pinche desmadre; ¡pero aviéntate!”

