Una ventana inmensa: Romina Funes
Poemas de la autora de los libros Un modelo vivo; Todo el paisaje a la sombra; Diez Noches en el Cuadrado; Poemario; Las aves que nos miden y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar

Poemas de la autora de los libros Un modelo vivo; Todo el paisaje a la sombra; Diez Noches en el Cuadrado; Poemario; Las aves que nos miden y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar

Por Romina Funes
Buenos Aires, Argentina, 19 de marzo de 2026 (Neotraba)
Tiempo de lectura: 16 minutos
Somos paraguas, te digo. Madre escudo, la cima del pan libre y ramificado. Concédeme un tiempo, dos monedas dulces como mantas para poder abrigarte. Juntas pondremos los dedos sobre la herida y al instante crecerá la nueva piel, que es lo mismo que decir que el jaguar pasea brillante sus huellas por la tierra colorada. Decimos alto a lo más alto del fuego y el monte nos trae los ríos del litoral, un chamamé gastado en los callos de los pies de tus hermanos y en las manos ásperas de tu madre un camalote que apunta a la fortuna generosa de la posibilidad. Finalizamos antes la niñez. Llegamos temblando, nadando. A tan solo un día de volvernos peces, aturdidas por los ecos de la tortura en el hospital, dos saquitos de tilo en la taza-canoa y para mi oído las alas protectoras de tu canción redonda. Es ahora porque nuestras miradas se encuentran, pestañean en el noble gesto del amparo y sienten sobre la espalda la entereza inminente del vaticinio: seguir. Un mate lavado, otro, y a seguir. Como el miedo siempre fue algo ajeno, se deshace. Es absurdo ante el grosor de tu temple o la fuerza de tus hojas guaraníes. Atesoramos el regalo de las vendas. Hemos suturado y detenido la sangre en las jugadas más riesgosas del saqueo, en el chasquido de los dedos pensando las ruinas del viejo ajedrez. Pero porque sonreís, amanece. Y yo leo el futuro sobre las runas de tu falda, entre los mil pliegues del giro abanicado. Florcitas y pétalos como si de estrellas se tratara. El deseo siempre es fugaz pero se replica. ¿Cuántas macetas faltan para decorar un patio? ¿Cuántas suturas necesita el mundo bajo nuestro paraguas? Hermana escudo, deidad eterna de la cumbia en los colores ondulantes de las guirnaldas: tengamos paciencia. Llegando está la hora de guarecernos para ahondar en los vínculos que nos fueron dados y continuar alegres por el camino de todo lo que se da, pero sabiéndolo adentro e inabarcable.
Llegás al paladar desde la noche de todos los inviernos. Síntesis rotunda en la fe y en el eco de una antigua memoria que carraspea orgullosa el cristal. Sos el gesto de mi abuela –las más amada, la más callada– sasón intrínseca del tuco en sus inimitables fideos. ¿Obligarnos a ser flores pudiendo ser la vida toda? Nehuen para nosotras, comadre, que hemos aprendido de la belleza que trae consigo la buena humildad. Novia mapuche sos porque todas las aguas te aman. A donde vamos es quedarse, decís, por eso estamos de repente a orillas del Lago Espejo, fuentón pequeño donde las estrellas bajan a comer de tu mano como cachorros mansos y yo levanto la mirada ante la gravedad de los peces que saltan en tu voz. Pienso que es esto lo que hemos olvidado: la contundencia para decir únicamente después. Ahora que no hay necesidad de aroma cuando lo que se huele siempre es el agua, el agua que quieren. Sentémonos acá que va a nevar, decís, y con tu mano acariciás la cortina de estalactitas para que tintinee. A la poesía como a la nieve hay que saber esperarla y parafraseamos así al poeta de las minas, que supo ver a la mapu agujeareada pero no dejó de cantarle. Nos abrigo en sus versos. Le canto a tu niña parpadeante como canta el viento la historia del arbusto en el jardín de mi abuela –la que más hablaba, la que más amaba– que no se cansa de desplegar el fucsia de sus camelias. Quiero decirte que te veo así, dormida entre las capas renovadas de sus pétalos, sobre el colchoncito mullido donde se mira y se comparte el fuego dulce del amor. Donde no hay azar y es el mismo amor que no te dejan sobre el lago que ondula –ahora suave, ahora no– en el sentido sabio de un decir en mapudungun, con la contradicción vuelta rabia de una madre que nos pide olvidar nuestra propia lengua antes que como a ella la fuerza de la vara en los dedos, antes que como a ella las rodillas sobre el maíz. Vení. Quedate acá. Pequeña ave de corral, hermana camelia con alas impregnadas de brea. Mari mari saludame sin miedo. Sacudite. Es la brea con la que unen las juntas en el asfalto para terminar de tapar todas las capas de la tierra, todas nuestras voces. Misión imposible, decís riendo, y sobreviene el sacudón bajo mi promesa: cuando no te dejen respirar, se estirará mi canto como el dragón más amable hasta abrazarte.
Un ramillete de anclas aguarda el momento justo para caer. Vamos cabeza abajo en la rueda del mundo. Es Montreal y es primavera aunque lleves las botas del último invierno y algo de su hielo en el muérdago filoso de tus patines. La brisa despliega tus homónimos y los monta al revés. Trae en su acústica el quiebre mudo de los jarrones, distinguida melodía que se abre solo ante el oído entrenado y sabe del poder del rojo junto al negro en el escote, deleite succionando la miel que va bordando sobre tus alas pegoteadas un cuento azul en francés, con las tintas largas de los viejos rituales. Es un analgésico la nieve, decís. Los pies comienzan a derretirse junto a los mandatos. Gotean en el aroma dulzón de las horas vespertinas. Anhelan ser vistos o reparados para salir de su somnolencia. Hay una distancia, algo que desvance la sordidez del hierro. Como en los más severos acordes buscan el cambio que también buscamos pero agitan azarosamente sus falanges y pueden matar con el peso que sostienen. También nosotras podemos matar, aferradas o no al camino que trazaron, pero elegimos la ternura y el cuidado de nuestro linaje. Si acaso los olvidamos nuestros pies renacen, arrastrados por el calor y la sequía de la memoria, en el bosque tumbado de la tía y su madre santa que rezó en la lluvia. Es delgadísima la línea en las espaldas, corta por la mitad a las bailarinas y puede ser extrema ante el movimiento imprevisible, esos saltos desparejos en la armonía del pentagrama. Las horas largas de la siesta son recuerdos que mutan su propia forma y reverberan en el zas punzante de tus manos ¿Invisibles? Indecibles. Velocidad en la cacería de las manzanas –velocidad para repararnos– filos de lanza en punta hacia el veneno amargo, el único que realmente nos aguanta. Es exagerado el peso, decís, mientras suben enteros por mis oídos los manjares crudos de tu piano. Caballos blancos que galopan bajo la luz temprana. Descienden hasta el lago congelado y traen gotas limpias de tu fe. El alma toma la forma de las polillas que se arropan vertiéndose sobre la escollera, una noche que puede ser cualquiera pero es esta, tan tuya y tan hermosa. Antes de deslizarnos crecen en tamaño las perlas plateadas de la trompeta del ángel y el rosario de la virgencita sola. Sabés en palabras de abuela sabia que pronto se abrirán tus palmas y absorverán lo que queda del concierto para magnificarlo.
El agua es tu medio y en el centro estás del mar. Tu cabellera enmarca el portal apenas visible y una ráfaga de cálido viento trenza el sendero que florece cuando caminamos. Vamos de la mano para aprender juntas. Dos hembras-moisés duplicadas en las huellas que se estiran con la corriente hacia una orilla que se relame y fosforece. Oblicuo es el aroma que chispea en la lengua, nos obliga a esperarnos para poder conversar. No existe apremio que inhiba las marcas que traza tu voluntad. Sabemos de los animales sin rostro que giran en las rutas. Conocemos sus gestos porque se gastan antes. Impactos severos, cierta deslealtad que se lleva en la espalda y que has aprendido a zarandear con impoluta elegancia. Usurpaciones en los capullos de la academia, brotes torcidos que se acarician unos a otros en el lodazal y borbotean palabras de alabanza en tono fayuto. Juegan con nuestro joven tiempo. Somos afortunadas porque el choque de tus pulseras nos rescata del trance, de la pérdida ilusoria de aquello que nos parecía real. Es tu tesón el que sabe y nos dirige hasta la punta única, mientras la balanza descarta los granos que faltan y escudriña paja de trigo enriqueciéndonos. Celeste la medida de todo lo circular. Vos abrís tus ojos como lujosas carteras que nos invitan y remodelan el living para que nos adaptemos al mundo de los muebles vistosos. Disponés asientos cómodos y una sonata que merodea de fondo, y que lentamente se va transformando en vals. Los cuerpos se mueven solos. Tu belleza desfila sobre el agua y es la única autoridad. Magma que baja sobre las esferas de obsidiana. ¿Qué será entonces lo que nos eclipse o distraiga? En la capa más delgada de la piel reside la verdad de quienes calladamente nos presedieron. Una ignorancia impuesta, índice y pulgar agarrando el lapiz solamente hasta el tercer grado. Sicilia y Calabria también fueron mar y aún ondean como cascabeles cada vez que nos sentamos en la mesa. La sangre indígena es la tinta de limón ya evaporada. Sobre la tela, tu mirada viva reconoce lo invisible de la mancha y con una rabia extirpada pulveriza los dos frascos. Así es tu poder y desde cercana lejanía narrás los relatos que importan. Hay quienes desparraman las memorias de la cocina y encuentran tus carcajadas. Hay quienes bordan zanjas en el recuerdo del suelo para encontrarse con nuestra historia. Tu gran potencia es de esferas negras y le apunta al diablo que ruge. Palabrotas para sus ángeles cadavéricos que ejercen el oficio de guardianes en la entrada de la montaña de sal. ¿O es un volcán? Estamos por ingresar a la luna pero la llave solo nos será otorgada cuando iniciemos el retorno. Ante el sinsentido, ¡salpiquemos esplendor! El hilo del tercer destino sabe insistir y da cuenta de lo que viene después o lo que está a punto de acabarse ¿Quiénes idearon la máquina? ¿Quién escuchó por primera vez la sincronía que nos anticipa en el reloj? Estamos paradas, haciendo equilibrio en este lugar que no existe. Los roces estallarán lejos de la tierra para que nos preguntemos cómo regarla. Toda serenidad conlleva el precio que es exigido para erguirnos, decís y sos sabia. Avanzar hasta la piel rosada que heredamos y dorarla bajo el sol. Pintar nuestra cara y dientes con barro del sangrado territorio y afilarnos. Pensemos, por ahora, que solo eso pide nuestro mestizaje.
A raíz de haber vivido lo que viviste es que podés hablar y decir, aunque trastabille la mandíbula y los maxilares te exijan. Hay mujeres que caminan sobre el fuego sin quemarse y estamos nosotras que nacimos con espinas clavadas en los pies, tutelando a deidades vernáculas que nos bautizaron con callos en esta doble tarea de endurecernos para la protección y comunicarles a los villanos que ya no dejarán impunemente su marca sobre nuestros cuerpos. No todas las uñas crecen parejas: las hay largas y esmaltadas, haciendo alarde de su forma de almendra, o al raz como las nuestras, con barro percudido y aguijones de la hierba ancestral. Estás escoltando la palabra letrada, dándole espacio para que legitime y desinfecte tu dolor. Las heces de los cerdos y sus ojos pinchudos, el alarido inexpugnable ante el machete del verdugo que llega una y otra vez a los bordes de la cama, haciendo imposible que la pesadilla vuelva a su estadío de sueño y lave sus mugres en la serenidad de algún estero. Curame el susto, curame el corazón, curame el sueño de cardo que ha retrasado sus flores aliladas. Curame, decís, mientras sanan a tu paso descalzo todas las enfermedades que recorrió la genealogía de nuestra raza. Debemos proteger los humedales, seguir mirando a las familias de carpinchos para aprender. En el borde de la ruta las plumas desparramadas dejan restos diurnos de pieles y carnes. Un pavo real extiende su cola de malabares, nos tiñe con la brea del camino inoculándonos. Hay manchas todavía posibles antes de la extinción. Manchas nuevas y viejas que contagian arbitrariamente. Todavía la respiración puede seguir espesándose porque la piedad quedó fosilizada en un rectángulo de mármol liso detrás de un vidrio bien lavado. Vos me llamás por teléfono en las tardes de sol y yo abro la ventana para que entre el aire a nuestros ojos. Los mates tapan la mueca y la quijada detiene momentáneamente su chirrido. Entre risas e invocación, la literatura toda regresa a su modo amable en la anécdota. No hay tiempo para perder, hermana. Quedan tantos libros como suaves piernas y las lenguas siempre encontrarán la forma delicada de alinearse. Enmarañado está el corazón bajo las coronas de trenzas. Antiguas cabelleras flotan aún sobre las nubes de tu almohada. Aquí dejo una escoba y este plumero blanco para que le sacudas al cielo de las altas horas las penurias que ya no deseás. Dormí tranquila. La noche continuará su inflorescencia en forma de capítulos que irán pasando las hojas con los dedos. Este es el secreto: la madera absorbe gustosa una a una tus flores puntiagudas y les escurre un milagro de cera polinizándonos.
Un ojo en el tercer ojo y otro en el vientre. No vamos a llevarnos demás pero sí tomaremos, como roedoras de largas colas o reinas magistrales del intrincado bosque, lo necesario, lo que nos gusta y nunca menos. Fortaleza troncal, designio inquebrantable de un paisaje bonaerense y conurbano. Todo puede suceder. Llueve apenas para que nos recostemos sobre la pólvora que almacenás entre la madera. Cavaste con puntiagudas espátulas de níquel los cuarenta metros hacia este vigor de balancearnos contra el que abusa o intenta dejar su marca. Envalentonadas embestimos porque así crecemos en tamaño. Sabemos hacerlo con otras. Rinocerontas. Sabemos ser cada vez más. El cuatro andino tatuado en el pecho y desde los antebrazos lianas que te permiten balancear de gesto en sutileza hasta el grito o el taladro. Tus caderas ondean. La pisada arrastra sobre sí una balanza de varios siglos en los que no tuvieron la cortesía de nombrarnos. El tupé, hermana ojos de roble, el tupé. Muñecas de trapo como las que hace tu abuela para recordarnos que hay momentos en lo es recomendable dejar el sable sobre la mesa de noche, darnos el mediano lujo de tomar la siesta y permitir a nuestra respiración un poco de agua clara. Tu aire despabila e invita. Toma forma de ventana de fuego, se vuelve mezcla de coraza y cornamenta porque te cuida y eleva más allá de los escondites que me mostraste aquel mediodía, cuando caminábamos, cuatro pies y cuatro ruedas, y éramos solo la risa de las amigas en la cueva que olía a fresias con tallo y tierra. En el útero-cueva hay estacas clavadas en cruz sobre los pechos pulposos de las mandrágoras para evitar que copulen con los hurones y las garzas adormiladas. Estás sobre la hamaca en el living y decís: no es cierto, pero bien podría serlo. Estallan las carcajadas. Siguen en la historia que resbala por tus hombros, el neón verde y los cuerpos aceitados emergiendo uno por uno con luz cenital desde el pegajoso barro del pantano. Canta alguna reina pop con siete piernas esbeltas y los megáfonos replican diminutos vestidos de lurex sobre espaldas que se agitan y contorsionan en sugestivas poses enlodadas. Hay que abrir espacios y nunca mendigarle tormentas al aplauso. La carpa del circo es tu nido y quienes te aman se visten de payasos para abrazarte. La campana de litio nos engulle para que nos calmemos un rato. Abandona, en las miríadas del deseo, todo su grosor y es excusa para la unión cuando requerimos dosis mínimas de dulce coyuntura distorcionada. ¿Son posibles el gozo y el amparo? Una ardilla sube por tu lado izquierdo con una linterna solar y un cencerro. Su cascabel da cuenta del saqueador que fue apedreado y deja entrever que conoce a la cuarta criatura, la que conlleva en el cuenco de su esternón los poderes de cien ancianos elocuentes. Sigue su camino hasta posarse en tu hombro. Con una velocísima mirada de reojo hace pastar las lumbares, te obliga a la constante elongación. Rodilla sobre la alfombra para el barrio antes de lo que éramos, es decir, cuando éramos bien y alzamos las sillas de mimbre en las veredas para invocar a las muertas madres del tejido. Las que morían de a dos. Las que siempre mueren porque el dolor sigue como la línea de fuga que deja el lince. Ruedas o pies, vos y yo, caminamos igual. Ímpetu robusto arrastramos a nuestras muertas. Tu ráfaga almendra vuelta y vuelta tostándose en el aceite, el tablón que se incendia en el tacho de los druidas y vos, sabiéndolo, me coronás de cannabis y muérdago. Convidás –siempre convidás– porque la generosidad es parte del conocimiento de los pesajes y la gran fuerza de contención es tu don en tiempos en que decidir implica reconocer el dinamismo de la propia potencia.

Romina Funes (1981, San Martín, Pcia. de Buenos Aires, Argentina). Poeta, editora, docente y activista cultural. En 2021 se estrenó el largometraje Deberíamos imaginar todo en términos de arena, inspirado en uno de sus libros. Coordina los ciclos Letras & Música desde 2010 e Insólito Coraje en Buenos Aires y co-coordina el trayecto nómade #LeerEnCasa junto a la poeta colombiana Yirama Castaño Güiza. Libros: Un modelo vivo; Todo el paisaje a la sombra; Diez Noches en el Cuadrado; Poemario; Las aves que nos miden.
