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Zacatecas, Zacatecas, 5 de febrero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 7 minutos

Melarquía
En la jaula del dolor, mi piel agrietada apenas se sostiene sobre el hueso. No duerme: se agota por pequeños periodos, como un husky siberiano que, endespués de un largo viaje, se deja caer sobre la helada nieve. La noche me consume, devorándome con dientes de cristal que cortan sin romper, aplastando mi respiración como si yo fuera un animal que ya no merece emitir sonidos guturales. En el pecho, un grito se encoge y se pliega sobre sí mismo, intentando salir pero quedándose atrapado como un aullido ahogado en medio de una ventisca.
Soy umbra en el desprecio ajeno, una solombra deteriorada que apenas retiene calor. Mi latido es una pulsación infernal y desacompasada, parecida al trote de un husky fatigado que arrastra un trineo que no conduce nadie. Mi cola, antes un aditamento de mi cuerpo y ahora solo un vestigio, es una llama tenue que el viento deshabita; mi ladrido, que en su momento fue afilado, se ha convertido en ceniza, una reverberación que cae y se deshace en un vacío abisal. Mis iris, marchitos, albergan una luna que se va desvaneciendo como la luz nórdica en el ojo de un perro que ya no confía en su manada.
Y me cuestiono qué dios me lanzó al olvido como si fuera un perro sin dueño. Qué humano tan vulgar y mortal tuvo la capacidad de quitarme el mundo. Porque sí: fui una estrella caída, no de un cielo brillante, sino de uno sin aurora. No aterricé sobre nieve fresca, sino en lodo, en ladrillos que se cerraron alrededor de mí hasta hacerme una prisión. Ya no tengo nombre, ni caricias, ni esa calidez que antes sentía como el abrigo denso de un husky que brinda calor en un hibierno despiadado. Sin ese calor, mi alma se evapora.
Y aun así, en mi rincón, en lo más escondido, mi espíritu insiste en aullar. Es un silbo áspero, rasgado, como el viento que corta los flancos de un perro ártico en plena tormenta. Soy un río taciturno que intenta transfigurar el rancor; y en mi muerte, en esa muerte diminuta y sin ruido, las manos que me abandonaron se manchan de hulla, porque la crueldad siempre deja tizne.
Pero incluso ahora, ya casi en ruinas, queda una brasa. No puedo llamarla esperanza. Es más dura: es supervivencia a la fuerza. Es el instinto de un husky cercado que, a pesar de tener las patas sangrantes, continúa respirando porque el frío no lo ha asesinado por completo. En mi piel dañada se mantiene una escriptura imborrable, un mapa de heridas que narran en qué lugares fui herida, tocada, usada y abandonada. La diuturnidad, con su peso completo, no logra extinguir ese último temblor.
Soy un cuerpo desgarrado, lastimado hasta el fondo; soy una criatura sin refugio ni terneza. Sin embargo, soy también un testigo mudo del daño infligido, como un perro que observa a los clisos al que lo ha golpeado, no con temor, sino con la brutal claridad de aquel que ya no espera nada. Si el olvido al final me envuelve con su manto de nieve muerta, que por lo menos quede la huella de mis pasos: aunque torcidos y débiles, pero que existieron.
Tal vez, algún día, quien me condenó comprenda que las lágrimas de una bestia no se desvanecen. En la membranza de aquel que lo abandonó, un husky continúa aullando. Ese grito vuelve, perfora y deja huella. Porque hasta en la nada diuturna, hasta en el decaimiento, mi pena respira. Mis huesos, transformados en polvo, todavía conservan el estremecimiento del animal que fui. Y en la escoria que quede de mí, persistirá un corazón que jamás tuvo que ser silenciado.
Vagamunda
Me muevo sin una dirección precisa, como si cada acción fuera el resultado de un impulso inacabado, uno que se basa en la necesidad elemental de seguir adelante, aunque no tenga claro hacia dónde. El sol me abrasa; ya no lo distingo como guía ni asosiego, sino que es solo un astro que persiste en marcar mi presencia sin preocuparse por ella. Mi piel endurecida ha olvidado cualquier indicio de dulzor; ahora solo siente la tensión del fambre desplazándose en mi interior, un flujo lento que empuja mis entrañas como si intentara llevarme a un destino que nunca consigo.
El pavimento me da la bienvenida con una rugosidad que parece estar hecha intencionalmente. Las calles se despliegan como pasillos sin fin de un cimenterio deshabitado. Los rincones no ofrecen alivio; son lugares en los que se concentra el molimiento del mundo, donde cada ruido se convierte en aviso y cada mutismo, en alerta de peligro. No veo ningún momento que sugiera la pausa, solo segmentos que me exigen continuar porque si me detengo, eso significaría sucumbir a un olvido absoluto.
Busco evidencias de la existencia humana que sean más que simples pasos. Paseo con mi olfato, con mis oídos y con esa esperanza tenue que todavía no he logrado eliminar. Sin embargo, el territorio me muestra verdades desnudas: puertas cerradas, pasos apurados y miradas que avanzan sin detenerse. La falta se convierte en un ambiente: me rodea, me aprieta, me adormece. Ningún espaviento se ofrece, ninguna voz me llama. Solamente la brisa seca que se cuela entre los edificios.
Mi cuerpo tiembla involuntariamente como el de alguien que ha aprendido a esperar lo peor cuando en ocasiones veo figuras a la distancia. La proximidad humana es impredecible: puede ser un aspaviento que hiere sin tocar, un ruido violento. No preveo cuidado, sino daño. He aprendido que los pasos acelerados frecuentemente indican rechazo, y que el sigilo antes de una voz puede ocultar hostilidad. Esa vigilancia incesante se transforma en una carga oculta que llevo sin descanso.
No obstante, sigo. No sé si es por instinto, por hábito o por esa chispa interna que se niega a apagarse. Soy un ser que recorre sus arterias sin que ninguna lo note; la cibdat me acoge sin reconocerme. Prosigo en movimiento debido a que algo en mi interior me lo exige. Pudiera parar, sucumbir al agotamiento, pero existe una fuerza elemental que me motiva a seguir adelante.
En ocasiones, creo que me he transformado en un elemento del paisaje de la cibdat: un cuerpo que atraviesa coches, bardas y aceras, como una figura que vive sin ser vista. Nadie se preocupa por mi procedencia ni por mi futuro, nadie nota que estoy absente cuando desaparezco detrás de un callejón. Me mantengo en esa tenue posibilidad –aunque pequeña, está viva– de que, en algún momento, durante este interminable viaje, surja una compatibilidad que no sea ni agresión ni rechazo.
Como nota destinada a un poetastro
El vínculo que me une a ti se hace más fuerte con el paso de los días, como una raíz que atraviesa la tierra y se aferra a lo más profundo de mí. Cada uno de tus pasos parece señalar una atravesía que precede a mis dudas, un camino que me identifica antes incluso de que yo pueda entenderme. Mi gruñido interno se expande como un resplandor que surge de un fano olvidado, y mi desconcierto oscila, inquieto, hasta acomodarse en la cadencia que tu mera existencia impone.
Eres la luz que organiza mi caos, el núcleo que evita que mis pensamientos se dispersen como hojas lanzadas al viento. Te alzas ante mí como un faro en un terreno áspero, firme en medio de lo incierto, una luz que corta la dureza del mundo y me orienta cuando todo se desordena. Cuando tu piel roza la mía, siento que me revela un rumbo preciso, casi natural, como si en tu tacto se desplegaran mapas que yo siempre tuve enfrente, pero nunca supe descifrar. En tus ojos hallo un cielo estrellado que me identifica sin reservas, una bóveda celeste total que se inclina hacia mí sin requerir aclaraciones.
Te dedicas a levantar universos, a darle forma a atmósferas que brotan con naturalidad a tu alrededor, como si crear espacios propios fuera algo que te nace sin esfuerzo. Tus gesticulación levantan paisajes completos y tu usanza traza constelaciones en lo que otros solo ven vacío. Tienes la capacidad de convertir lo cotidiano en un espacio extraordinario, de modelar lo que es intangible. Yo, que me muevo en torno a tu unicidad, progreso como un cuerpo celeste atraído por una fuerza magnética incesante. Mi dedicación no es un compromiso: es una energía orgánica, una fuerza que se activa cada vez que tu presencia toca la mera idea de existir.
A pesar de que la inmensidad nos arroje retos, a pesar de que el azar trate de desarticular lo que somos, sigo unida a tu fulgor. Entre los dos existe un hilo, una corriente inquebrantable que oscila entre tu pulso y el mío. Ni las tormentas ni las distancias son capaces de modificar esa atracción que siempre me lleva de vuelta a ti. En ti descubro un centro estable, una claridad que no tengo que descifrar y un espacio propio en medio del caos. Porque, aun cuando el cosmos se desmorona, continúas siendo mi brújula secreta, mi horizonte más vívido, mi certeza y mi desvelo. Eres el todo: mi estrella, mi ancla, mi desbordamiento, la herida que admito y la serenidad que exijo. Y en cada estrato de mi ser, desde el más frágil hasta el más tenaz, sigo dirigiéndome hacia ti, como si tu mera existencia constituyera la cartografía total de mi sino.
Para Kira, mi Husky
Cuando mi espíritu estaba sumido en una profunda tristeza, parecida a la del enfermo que yacía cerca del estanque de Betesda, aguardando que alguien lo ayudara a levantarse, grité por un ademán humano. Solicité entusiasmo, compañía y palabra, como los que acompañaron a Jesús desde aldeas distantes con la expectativa de un toque que devolviera lo perdido. No obstante, lo que el mundo me brindó fue indiferencia; ni manos ofrecidas, ni miradas compasivas; solo un eloquio seco que se desvanecía antes de llegar a mí. Todo parecía destinado a seguir igual, como el vino de las bodas de Caná antes del milagro. Pero sucedió algo inesperado: no llegó una mano humana, sino una pequeña patita tibia, leve y modesta que se asentó sobre mi desaliento con la delicadeza de un prodigio reservado.
Ese contacto no se parecía a nada que hubiera buscado. No fue la compasión calculada que proviene del deber, sino la gracia natural de un ser pequeño que no sabía cuán fuerte era. Me pareció que esa patita tocaba mi tristeza como si tuviera la habilidad de propagar consuelo, al igual que el Maestro multiplicó panes para los que ya estaban desanimados. Su presencia llegó como una restauración inadvertida, un acto tan simple que parecía improbable, pero tan claro que no se podía negar. No se dijeron palabras, pero no eran necesarias: el milagro del centurión mostró que la fe no requiere de discursos; solo es necesaria una intención sincera. Y ese ser, sin invocación ni súplica, me brindó lo que los hombres no habían entendido: una compañía curativa.
Me miró con esos ojos que parecían contener en su esplendor la misma certeza con que Jesús mandó a aquel hombre de la mano seca a extenderla; y, como aquella parte del cuerpo se hizo entera al momento, algo en mí recobró firmeza. Ese pequeño cuerpo se apoyó sobre mi malencolía como si me pusiera un ungüento en las heridas, como si su contacto tuviera la misma suavidad que el Nazareno cuando devolvía fuerza a aquellos que creían estar perdidos. Yo, que había olvidado cómo respirar sin angustia, comencé a percibir que algo en mí se reiniciaba. Su ladrido, suave pero constante, resonó como aquel “Talitá kum” que despertó a la niña, no por su potencia sonora, sino por la pureza de la acción. Era una llamada pequeña, pero rebosante de vida. Me acompañó sin requerir, así como Jesús anduvo por los campos con sus seguidores, sin pretensiones.
Y mientras yo trataba de entender cómo alguien tan pequeño podía poner recto lo que mis compañeros habían roto, observé que su cercanía producía una forma diferente de multiplicación: multiplicaba la certeza de continuar, multiplicaba la luz y multiplicaba la tranquilidad. En ese momento comprendí lo que muchas parábolas indicaban: la ayuda genuina no necesariamente proviene de aquellos que fablan más o de los que hacen más promesas; en ocasiones, surge de la manera más diminuta, como si el mundo se tratara de recordar que Dios escogió lo humilde para manifestar grandeza. Entendí que esa persona, sin darse cuenta, actuaba con la misma claridad que el toque que devolvió la vista a los ciegos: despertó en mí una nueva perspectiva sobre la bondad que pensaba muerta.

Franco Rodríguez Martínez nació el 17 de mayo de 1997. Es estudiante y poeta de la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Zacatecas, con un marcado interés en la crítica literaria y la investigación de textos clásicos y contemporáneos. A lo largo de su formación, ha participado activamente en talleres de poesía y minificción, así como en conferencias y proyectos académicos que fomentan su crecimiento cultural y literario. Su labor se centra en explorar la palabra desde múltiples perspectivas, combinando la creatividad poética con la rigurosidad del análisis crítico, lo que le ha permitido desarrollar un perfil académico sólido y versátil.


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