Furia
Elektra representa la furia: obra del músico alemán va de la mano con una trama impregnada de muerte, sangre y odio. Posee fuerza como golpes de martillo. Escribe Judith Castañeda Suarí

Elektra representa la furia: obra del músico alemán va de la mano con una trama impregnada de muerte, sangre y odio. Posee fuerza como golpes de martillo. Escribe Judith Castañeda Suarí

Por Judith Castañeda Suarí
Puebla, México, 25 de noviembre de 2025 (Neotraba)
La Elektra nacida de la pluma de Hugo von Hofmannsthal, libretista de la ópera estrenada en enero de 1909, es más una Furia que la hija del asesinado rey Agamenón. Así se muestra desde entonces; lo férreo de su deseo de venganza, cobijado por la música de Richard Strauss, es el doble en palabras de esos acordes que podrían resultar raros, por así decirlo, para un oído que se deleita sólo escuchando composiciones barrocas o las notas de Puccini o de Giuseppe Verdi, por más violentas que sean las historias que narren estos compositores italianos.
No podría ser diferente: la obra del músico alemán va de la mano con una trama impregnada de muerte, de sangre y odio. Posee fuerza, como golpes de martillo, o de hacha; es el fondo musical que se escucharía en la escena cumbre de una película de misterio. Y dentro de ella, las voces, femeninas en su mayoría, son gritos que se refieren a humillaciones y a pesadillas, a crímenes, a la sangre eterna que debe limpiarse a diario con agua, a una venganza que ha de cumplirse.

De esta forma se nos presentó el pasado 14 de octubre desde el Palacio de Bellas Artes, a través de sus redes sociales, aunque la producción, a cargo del director de escena Mauricio García Lozano, pareció mostrarnos no el deambular de Elektra por el patio de la propiedad donde habitan ella, su madre Clitemnestra, las doncellas, su hermana, Crisótemis, y Egisto –nueva pareja de Clitemnestra y, en complicidad con ella, asesino del rey–, sino el interior de su mente atormentada; sólo así, a diferencia de otras producciones que he visto, Agamenón podría vestir un cuerpo y unos movimientos visibles ante nuestros ojos.
Durante las cuatro funciones, se extendió en el escenario una especie de cubo incompleto, cundido de luces, de muchas sombras y de puertas para la entrada y salida de los intérpretes. Con cierto parecido al muro lleno de ventanas de la Elektra del Festival de Salzburgo del 2010, ese espacio desprovisto de mobiliario, con desniveles, acogió el drama y la violencia de esta historia, el canto en muchos momentos agresivo de las doncellas y de la celadora, el de Elektra y el de su madre.
Cada escena dentro de ese cubo fue hipnótica; el juego de sombras profundísimas y de luces que a veces eran un golpe, el vapor brotando de una de las puertas, contribuyeron a que los espectadores no apartáramos la atención de la obra, aun estando lejos de Bellas Artes, y ese excelente desempeño de los diseñadores de iluminación y de escenografía, Ingrid SAC y Jorge Ballina, respectivamente, creó una atmósfera sórdida, tanto como la trama, como la actuación de Diana Lamar, en el papel de Elektra.

Vestida con una túnica gris, sencilla en contraste con las ropas color carmesí de Clitemnestra, la soprano búlgara-suiza fue capaz de comunicar el odio de su personaje y su interés único, el de ver al fin vengado el asesinato de su padre. Elektra lo envuelve todo con ese deseo: los espacios, a las doncellas, a quienes insulta, y a su hermana Crisótemis, que en esta función fue interpretada por María Fernanda Castillo, soprano veracruzana que supo otorgar a su personaje la desesperación y el deseo de vivir en verdad de quien se ve preso en las obsesiones de otro, su hermana en este caso. “Quiero vivir antes de morir, quiero un destino de mujer, tú me mantienes encadenada aquí, de no ser por tu odio, podríamos dejar esta prisión”, se queja Crisótemis, y la voz de María Fernanda es poderosa, acorde con ese deseo imposible de cumplir.
Es este personaje quien, creo, dibuja con sus palabras un respiro a tanta violencia, esto describiendo la vida cotidiana de las mujeres allá, afuera, como si habitaran en otro mundo, en uno distinto al palacio, a las doncellas y a la obsesión de Elektra. “Mujeres esbeltas florecen con la promesa de un hijo, arrastrándose al pozo”, canta María Fernanda Castillo, nos dice el subtitulaje en Bellas Artes; sin embargo, la escena no alcanza: aunque la soprano hila su voz a una música de pronto apacible, la oscuridad vuelve a cerrarse alrededor de las dos hermanas, de golpe, con el llanto de Crisótemis al no poder vivir. Este es el preámbulo a la entrada de Clitemnestra, madre que no es madre para Elektra, pues la maltrata y apenas la soporta, aunque en el fondo le tenga miedo.
La mezzosoprano Rosa Muñoz encarnó a este personaje en la función transmitida, asemejando más una aparición roja entre lo negro del escenario. Su voz se escuchó inquietante entre una música misteriosa, sigilosa, tanto como el acercamiento que tiene Clitemnestra con su hija.
La reina se presenta cubierta de un lujo escarlata, presagio, quizá, del destino que se cierne sobre sus hombros aun en mitad del sueño, pero también por la posición de ambas: mientras Clitemnestra es señora en ese lugar desolado, Elektra deambula a causa del maltrato y de su propio odio, el cual la aísla los demás.

Clitemnestra le narra sus pesadillas a Elektra, intenta averiguar el remedio capaz de aliviarlas. En este punto, el magnífico libreto de Hugo von Hofmannsthal habla de rituales, de sacrificios que deben ofrecerse para terminar con esas pesadillas; asimismo, describe, en voz de la soprano, cómo se ha de materializar la venganza por la muerte del rey y padre Agamenón. La escena, con una coreografía que muestra a una Elektra triunfal y un interesante trabajo de iluminación, el cual hace brotar haces blancos desde el suelo, está envuelta con el desempeño de una orquesta que esboza con brillantez un momento de revelación, de la mano de Elektra, y termina de golpe con la reina hundida en un espacio de agua semejante al que introdujera al rey Agamenón –encarnado por el actor Ulises Martínez–, mientras su hija recordaba el momento en que lo asesinaron.
Aquí, las luces cada vez más bajas, el vapor, la risa de burla y cinismo de Clitemnestra, la cual barniza las paredes luego de la aparición de un par de doncellas vestidas de rojo, el lento descenso de la eufórica mezzosoprano, constituyen rasgos de una producción que refleja con fidelidad el libreto: no importa si ahora Clitemnestra esgrime una victoria frente a su hija–enemiga, el futuro, el destino, la hará abandonar la vida transitando un camino semejante al que recorriera su esposo cuando ella y Egisto lo asesinaron en la tina. No por nada viste de rojo.
Ópera de personajes femeninos, sobre todo, los hombres de igual manera juegan un rol importante en la trama: si ellas aguardan la venganza, ellos se hacen presentes para ser el brazo ejecutor. Así, Orestes, interpretado por el barítono Oscar Velázquez, llega junto a su tutor, el barítono David Echeverría, envuelto en el misterio de la poca iluminación, el vapor y una identidad falsa. Su voz grave hace todavía más profundo ese misterio; sus palabras confirman la causa de la euforia de Clitemnestra: su hijo Orestes, protagonista de sus pesadillas, ha muerto, como antes le asegurara Crisótemis a su hermana.
Tal noticia constituye un escudo para la misión que el hermano de Elektra deberá cumplir por mandato de los dioses.
La ópera de Richard Strauss concluye con un crimen contra la familia, por fin, lavado, y cabe señalar la impresionante producción con la cual la Ópera de Bellas Artes envolvió semejantes hechos: las sombras, las luces, tan violentas como lo negro; el vestuario que enfrenta, sobre todo, a Elektra y a Clitemnestra, la madre con el rango y el propio futuro entre los pliegues, la hija con una túnica que la acerca a la posición de una doncella; ese espacio en forma de cubo cayéndose a pedazos como reflejo de la mente de Elektra, a donde entran y de donde salen quienes viven con ella y quienes llegan a esa propiedad, reducida por el deseo de venganza de la protagonista a un mero patio cercado por muros, con alguna pequeña entrada que no alcanzamos a ver pero adivinamos porque se traspone. La distingue, en especial, la presencia física de Agamenón, detalle genial que no muestran otras producciones, y seguro sorprendió en el patio de butacas tanto como lo hizo a través de la pantalla.
