El tema de Lara
El tema de Lara es un cuento de Evelina Iniesta: al concluir el embarazo una madre espera con paciencia a su hijo, de pronto parece perderlo y cuando recupera sus recuerdos aparece la ficción

El tema de Lara es un cuento de Evelina Iniesta: al concluir el embarazo una madre espera con paciencia a su hijo, de pronto parece perderlo y cuando recupera sus recuerdos aparece la ficción

Por Evelina Iniesta
Ciudad de México, 19 de febrero de 2026 (Neotraba)
Tiempo de lectura: 5 minutos
Larissa se alejaba dejando atrás a Yuri en una mansión vacía y ajena en la mitad del bosque, solo, expuesto a los rigores del invierno. Las notas de la balalaika de El Tema de Lara salpicaban la escena. Otilia y Roberto lloraban. Habían ido al cine a distraerse y olvidar el reciente fallecimiento de la madre de Roberto. No resultó como esperaban.
Además de cargar con ese luto, el día había sido complicado para Otilia. Había encontrado a Paloma, de año y medio, en lo alto del librero de la sala. Al verse descubierta, la niña intentó bajar mientras su mamá se acercaba y la reprendía. De pronto, resbalaron sus deditos. Cayó en los brazos de Otilia, quien sintió el esfuerzo en su vientre de cinco meses. Sonia, la hija mayor, se hizo cargo de la niña mientras Otilia se recostaba. Roberto llegó a comer a buena hora y propuso ir a ver el estreno del año, Doctor Zhivago.
La película los puso mal. Decidieron no esperar el final. Al levantarse, la incomodidad de Otilia por estar sentada durante un largo rato se convirtió en una contracción. No era dolorosa, pero sintió con claridad un líquido tibio que se derramaba facilitando la expulsión de algo más sólido. Ya en el lobby, una empleada puso un exiguo botiquín a su disposición: una bolsa, unas gasas. En el baño, Otilia envolvió el cuerpecito. Tiró las medias. Se secó las piernas. Tomaron un taxi.
El doctor Gutiérrez Murillo se presentó en el hospital para validar el protocolo de terminación del embarazo.
–Actuó bien, Otilia, evitó una desgracia para Paloma. Ya tendrá otros hijos más adelante.
Ella había abandonado la iglesia católica al casarse. Su ginecólogo era lo más cercano a un confesor, de modo que se fue sintiéndose algo reconfortada.
Pasaron algunas semanas. El dolor cedió, pero la pesadez persistía.
–Es como si nada hubiera pasado –le expuso al doctor en una llamada.
–Otilia, vamos, hágase a la idea. Le va a ayudar seguir tomando el Valium que suspendimos hace seis meses, ¿cómo ve?
–Hágame un favor, doctor. Revíseme y después me confirma si puedo tomar el Valium.
Así lo hicieron. El extraño caso despertó mucho interés entre los médicos: la paciente seguía embarazada.
Otilia apenas distinguía a su hermana entre la neblina dorada. Elsa, a su vez, parecía no reconocerla: ni se acercaba ni la llamaba, permanecía parada esperándola. El silencio total pasaba desapercibido en esa atmósfera, obscura en el interior del túnel y luminescente del otro lado.
No podía apretar el paso, de modo que se conformó con la anticipación del encuentro. Le diría que la perdonaba, que podía volver a confiar en ella, que le había hecho mucha falta. En fin, que la perdonaba. Extendió los brazos, riendo de felicidad por este acercamiento después de tanto tiempo… Del otro lado del túnel empezaron a sonar unas notas suaves, ¡las de la película!, y en el rostro de su hermana empezó a formarse un gesto. ¿Una sonrisa?… No lo parecía.
–Compresiones: ¡uno, dos, tres!
–Preparen el oxígeno y la administración de adrenalina.
–¡De nueva cuenta! ¡Uno, dos, tres!
–¿Lectura de pulso?
–Nada… ¡Espere! ¡Hay pulso débil!
–Ventila suave… Mantén el oxígeno…
–Sí, doctor. Ya respira… ¡Ya la tenemos!
–¡Gracias a Dios!
–Bienvenida de vuelta, Señora Otilia –dijo el doctor. Ella tardó en responder con una lengua que se arrastraba.
–¿De vuelta?…
–Nos sacó un buen susto. Ningún signo vital por algunos minutos. Digamos que volvió a nacer. Y su bebita está muy bien.
–Mi bebita…
–Sí, fue niña. ¡Felicidades! ¿Cómo se va a llamar?
–No sé… Debía ser Robertito. El quirófano del Sanatorio Español quedó en suspenso. –Lo tengo que pensar, concluyó.
Logró contener el llanto. Agradeció la labor del doctor Gutiérrez Murillo, mencionando que una vez más la acompañaba en estas aventuras.
–Se lo digo de una vez, Otilia. Dios tuvo compasión de sus niñas y le dio una segunda oportunidad. La eclampsia no es cosa de juego, como ya vio. Tiene estrictamente prohibido volver a embarazarse. El tono era definitivo, a pesar del alivio de verla fuera de peligro.
Él estaba satisfecho. Ella, en cambio, se veía de vuelta a casa sin el niño que le había prometido a Roberto. Su vida seguiría igual: limpiar y recoger veinticuatro horas al día y al terminar, una cama vacía…
Logró dar las gracias también a las enfermeras con un nudo en la garganta.
Más tarde, a solas en su habitación, hizo un recuento de los pocos momentos gratos en su vida: visitas ocasionales de los hijos de su única hermana o de algún primo. Más raramente, la gente de abolengo de Pachuca, antiguos amigos de sus padres: los Ballesteros, los Molina, los Cheuyfett…
Había perdido la partida, y ésta había resultado ser una última apuesta. Por la puerta vio pasar a una enfermera. Tarareaba suavemente el Tema de Lara… Las notas detonaron cuestionamientos sombríos: ¿Por qué había sobrevivido este bebé? ¿Habría sido el otro, el que se perdió, un niño? Si hubiera perdido los dos, habría podido embarazarse nuevamente y tener más suerte…
Mmm… El bebé perdido, posiblemente un niño. La extrañeza de los doctores de que no hubiera abortado a los dos. Yo misma casi muero… Mi hermana rondando por ahí… ¿Por qué? No me habló, ni siquiera me sonrió…
Sintió que ocurría algo que no entendía.
¿Cuál es la relación de mi hermana con esta niña?
La enfermera regresó. Tenía que registrar a su hija:
– El nombre va a ser Elsa.
–¿Elsa María?
–No, Elsa a secas.
Al escuchar su nombre, Elsa abrió sus ojitos por un instante y continuó durmiendo entre sus blancas mantas. Otilia apartó la mirada.
