Coda
El animal sostuvo la mirada durante segundos que a mí me parecieron horas; lleno de terror, contemplé aquel orbe flotante. Coda es un husky que llega a vivir a la casa del protagonista de este cuento. Por Karla Santelices Jiménez

El animal sostuvo la mirada durante segundos que a mí me parecieron horas; lleno de terror, contemplé aquel orbe flotante. Coda es un husky que llega a vivir a la casa del protagonista de este cuento. Por Karla Santelices Jiménez

Por Karla Santelices Jiménez
Puebla, México, 17 de septiembre de 2025 (Neotraba)
Ha estado necia durante las dos últimas semanas con que quiere un perro. Mis padres le han dicho que no es momento, que toda la familia se encuentra siempre ocupada; mi padre, trabajando con mucho esfuerzo en la ferretería, que es la que nos ha dado la bendición de mantenernos estudiando y en la que, cuando yo no estoy ocupado en la universidad, siempre trato de echar una mano; mi madre, todo el día de arriba para abajo, ayudando igualmente a mi padre si es que se tiene que realizar alguna entrega, y mi hermana, la berrinchuda de mi hermana, en la escuela de medicina. A veces ni nosotros la vemos. Mi hermana siempre ha sido caprichosa; no solo pide, exige, y si no logra su cometido por las buenas, encuentra una agresiva manera de hacer realidad sus deseos. Y, en ese momento, nadie puede decirle que no.
¿En qué momento un pobre animal va a poder tener compañía en esta casa? Mi madre también ha dicho que se niega a tener más trabajo. Que a un perro hay que hacerle compañía y vigilarlo para darle educación, y que no haga destrozos o ensucie todo a su paso. En conclusión, la respuesta ha sido un no contundente y mi hermana se ha enojado tanto, que no le dirige la palabra a mi madre, quien ha sido la única que se ha atrevido a darle un argumento válido y contra el que ella no puede refutar. La ha frustrado y tengo que aceptar que eso me da un poco de gusto.
Pero era obvio que esto no se iba a quedar así. No sé si hubiera sido más fácil solo acceder, que comenzara a buscar en sitios de adopción y esperar a que se fastidiara al tener que darse ella a la tarea. Ahora, se ha empeñado en hacer rabiar a mis padres y dejar en claro que sus deseos son órdenes, porque ha llegado a la casa acompañada de un animal. Dice que lo ha encontrado vagando fuera de los laboratorios de la universidad, que no podía dejarlo allí solo, que lo miraran a los ojos, que era un perrito tan lindo. Y es que era verdad: era un perro muy hermoso, era un tipo husky, con su pelo esponjado, unas bonitas manchas negras que contrastaban contra un pelaje impecablemente blanco. El animal tenía unos intensos ojos azules que, seré honesto, en el momento que me miraron me generaron una cierta aversión: sentí que el perro miraba hasta el fondo de mí, nunca me había ocurrido algo igual. Una característica que lo hacía muy peculiar, y que, según mi hermana, no solo lo volvía un animal en extremo tierno, sino que además sería una ventaja para tenerlo en casa, era que tenía una especie de enanismo: era considerablemente más pequeño que cualquier husky que hubiera visto antes.
Era imposible hacer algo. Mientras mi hermana debatía con mis papás e intentaba convencerlos de quedarnos con el animal, este los miraba suplicante, como un niño pequeño e indefenso. Soltó un bostezo y se dejó caer sobre las patas delanteras, con la mirada hacia arriba como diciendo: “no se preocupen, yo estaré aquí tranquilo y sin hacer nada”. Mis padres no tuvieron más remedio y decidieron que estaba bien, de todos modos, mi hermana ya había hecho el trabajo de traer a la criatura hasta aquí. Eso sí, al primer destrozo, el animal se iría al refugio. Como si el perro entendiera perfectamente lo que estaba sucediendo, alzó la cabeza, abrió su hocico como tienden a hacerlo todos los perros juguetones, y jadeó contento. Me miró y dejó sus ojos clavados en los míos. Traté de apartar la mirada y prestar atención a la conversación entre mis padres y mi hermana, pero me resultó imposible. El animal continuaba incrustando insistentemente aquellos ojos glaciales en mí. Un escalofrío me recorrió la espalda.
–¿Estás segura de que es un animal callejero? ¿Revisaste que no tuviera collar? –pregunté durante la cena. El perro estaba tirado al lado del asiento de mi hermana, con semblante aburrido, si es que los perros pueden tener un semblante.
–Lo he visto un par de veces por la universidad y nunca ha llevado collar. Tampoco he visto a nadie que lo recogiera nunca –se encogió de hombros y siguió picando la comida en su plato.
Miré a mi padre. Él negó con la cabeza como diciendo: “déjala ser”.
–A lo mejor tiene dueño, ¿no les parece raro que si es un perro callejero su pelo esté tan limpio?
El animal alzó la cabeza y se giró a verme nuevamente. Me clavó una mirada amenazante. Tragué saliva.
–Terminé –dije mientras alejaba de mí el plato.
Mi madre se asomó y me miró con reproche.
–Pero si no has comido nada.
–Estoy muy cansado, me voy a dormir. Tuve un día muy largo hoy, he tenido que hacer cientos de revisiones para poder comenzar la tesis. Quiero dormir.
Me levanté, tomé mi plato y me acerqué a besar a mi madre en la frente, le di un corto abrazo a mi papá y le revolví el cabello a mi hermana. Ella me dio un manotazo.
–Descansen –dije mientras me metía a la cocina para después poder irme a mi habitación.
Me despertó el traqueteo de la lluvia contra el techo de la casa, aunado a una pesada y fría sensación de ser observado. Desde mi cama miré en dirección a la puerta, hacia las abrumadoras tinieblas del pasillo: el perro se hallaba sentado a poca distancia del quicio; sus ojos, como un par de luciérnagas espectralmente estáticas, refulgían en la obscuridad y me miraba fijo. Me quedé helado: solo podía ver en la negrura el par de ojos, de repente suspendidos a una altura bastante alejada del suelo. Un relámpago iluminó la recámara durante un segundo, recortando la silueta del animal, y juré que en ese momento volvió a ponerse en cuatro patas. Se dio la vuelta y lo escuché alejarse por el pasillo. No volví a pegar el ojo en toda la noche.
El malhumor me invadió a causa del cansancio. Durante mi día en la universidad, tuve la sensación de no rendir para absolutamente nada, y sentía que en la ferretería era más un estorbo que una ayuda, así que decidí volverme a casa a tratar de descansar, cosa que no pude hacer porque mi hermana había aprovechado el tiempo libre que tenía para agendar con el veterinario, y me insistió en que la acompañara. No conocía bien al perro y tenía miedo de qué tan agresivo pudiera llegar a ser al momento de aplicarle todas las vacunas. Una pérdida de tiempo, porque el animal se comportó de la manera más dócil que alguna vez haya visto. Un fastidio. Para cuando volvimos a casa ya era algo tarde, la cabeza me estaba matando y me recluí en mi habitación sin cenar. Si soy honesto, tenía algo de miedo de repetir un episodio como el de la noche anterior y, si podía recuperar unas cuantas horas de sueño, mientras todos seguían despiertos, estaría más que agradecido. Cerré la puerta, me metí en la cama y no supe en qué momento me quedé dormido. Tampoco supe en qué momento me puse alerta de nuevo. Todo a mi alrededor estaba sumido en obscuridad y silencio, hasta el momento en que escuché las uñas del animal acercarse por el pasillo y detenerse justo frente a mi puerta.
“No importa, te quedarás ahí porque está cerrado”, pensé para tranquilizarme.
La sangre se me heló cuando escuché la manija deslizarse hacia abajo y pocos centímetros más arriba de la misma, se asomó aquel ojo azul. Silencio. El animal sostuvo la mirada durante segundos que a mí me parecieron horas; lleno de terror, contemplé aquel orbe flotante: donde se tenía que encontrar la pupila, emergía un punto incandescente, un rojo infernal rodeado de una aureola azul, gélida y muerta. Dejó la puerta así, entornada, se alejó y juré que sólo escuchaba un par de pisadas burlonas; después lo oí dejar caer las patas delanteras al bajar hacia la sala. El resto de la noche no despegué los ojos de la puerta, sin poder reunir el valor para levantarme y cerrarla.
Durante el desayuno sentía que la cabeza iba a explotarme, la única ventaja del día era que solo tenía que dirigirme a la universidad a una asesoría y podría volver a casa para tratar de descansar. Aunque, ahora que lo pienso, el perro estaría ahí. ¿Sería seguro quedarme solo en la casa con él? ¿Debería de contarle a mis padres lo sucedido las últimas dos noches? Nadie me lo creería.
Mi hermana se levantó de la mesa y silbó.
–Vamos, Coda –le hizo unas señas al perro y este, animado, la siguió por el comedor y hasta la cocina.
¿Coda? Arrugué la nariz: lo que nombras, definitivamente se queda. Traté de terminar lo que estaba comiendo, pero no tenía apetito. Pensé que sería mejor que me dirigiera a la universidad, tal vez podría dormir un rato en la biblioteca. Me levanté de la mesa, subí a mi habitación y tomé mi mochila, salí rápidamente mientras me despedía y me subí al auto. Recorrí unas cuantas cuadras cuando dudé si había guardado el cargador de la laptop; me estacioné y rebusqué en la mochila. Lo había dejado y tendría que volver. Tal vez si me apresuraba, todavía podría alcanzar a mi hermana en la casa, así que emprendí el camino de vuelta lo más rápido que pude.
Para mí mala suerte cuando llegué y crucé el umbral de la puerta, pude notar que la casa estaba vacía. Agradecí no ver al perro por ninguna parte, podría ser que estuviera echado durmiendo en alguna de las habitaciones o en el jardín, si es que le habían dejado la puerta abierta. De cualquier manera, entré haciendo el menor ruido posible. De verdad no tenía ganas de encontrarme con el animal. Silencio. Ni un solo sonido en la casa, como si hubiera ingresado a un mausoleo; una ausencia de ruido y de vida ensordecedora y aplastante. Tragué saliva y el alma se me cayó a los pies cuando me asaltó la idea: “esta ya no es mi casa”. Sigiloso, y con la lentitud de un caracol, logré llegar a mi habitación, recogí el desdichado cable y me dispuse a bajar las escaleras. Cuando estaba en el descansillo y tenía visión de la sala, alcancé a observar al animal, sentado como lo haría cualquier humano: recargado sobre el lomo, con las patas delanteras sobre el abdomen abultado, las traseras colgando del sillón y la cabeza echada hacia atrás, dormitando. Tragué saliva y saqué mi teléfono para grabarlo. Como si nunca hubiera dejado de estar consciente de su entorno, la criatura abrió los ojos y me miró directamente, se enderezó y comenzó a ladrarme con violencia, hasta que el sonido se distorsionó en algo que nunca había escuchado antes, algo entre una voz gutural, un gruñido y una especie de lamento. Las manchas negras de su pelaje comenzaron a desvanecerse y su rostro se desfiguraba: el hocico se acható y pareció partirse en dos, mientras que los ojos se hundieron más en sus cuencas y, rabiosos se inyectaron de sangre, con el iris azul atrapado en mi mirada, amenazándome. Entre sus gruñidos distinguí el reacomodo de los huesos, el cartílago y la carne, un sonido húmedo, sofocante, una especie de succión viscosa. Guardé el teléfono y retrocedí mientras la bestia se hacía bípeda y daba el primer paso. Torpemente, me di la vuelta y corrí hacia mi habitación. Me encerré allí durante un par de horas, en las que pude ver la sombra de las patas bajo la puerta ir de un lado al otro, escuché unas garras pesadas arrastrándose a cada paso y una respiración que a veces sonaba como una risilla maligna. ¿Qué había dejado entrar mi hermana a nuestra casa?
Después de un rato más, dejé de ver y escuchar a la criatura. A lo mejor se había aburrido y se había ido a otra parte de la casa. Nuevamente, con toda la cautela que pude, me arrastré hacia la puerta, la abrí un poco y asomé la cabeza. Imaginé que estaría esperándome y que me decapitaría de un zarpazo, pero en el pasillo no había nada. Todo estaba en silencio. A gatas, me acerqué al borde de la escalera: en el descansillo, el husky asomaba la cabeza. Volvió a clavar su mirada en la mía, abrió el hocico y comenzó a jadear, así como lo haría cualquier perro después del juego. Sin que la cabeza se moviera de su lugar, escuché el golpeteo de las patas al descender por los escalones. Sentí cómo palidecía mientras aquel jadeo que provenía del animal sonaba cada vez más, de nuevo, como una risa, sin dejar de taladrar con su mirada en la mía.
Solo desvío la vista cuando se escuchó el tintineo de las llaves en el picaporte. La cabeza desapareció rápidamente. Terminé de descender apresurado para encontrarme con mi hermana, que había entrado a la casa. Estrechaba amorosamente a la criatura, hundiendo la cabeza en su cuerpo y acariciando el esponjado pelaje. El ser, aún ceñido por los brazos de mi hermana, se giró a verme. Las manchas se desdibujaron nuevamente y pude ver un esbozo de sus facciones deformadas y los ojos, hundidos e ígneos. Me dirigió un vistazo que aseguraba que no había nada que yo pudiera hacer. Hasta hoy, guardo silencio.
Coda continúa acechándome durante las noches. Tengo la puerta cerrada, con seguro y atrancada con una silla. Lo escucho caminar de un lado a otro fuera de mi habitación y a veces trata de abrir mientras a mí me invade la angustia.
Ya no puedo seguir durmiendo en esta casa.
