Ciudad de México, 30 de agosto de 2026 (Neotraba)

Insensatos lectores: esta semana tengo hartos temas pendientes. Iniciaré diciéndoles que el domingo pasado tenía el plan perfecto: pensaba ver una peli y rifarme algo de cenar.

Eran las 8:30 pm y justo en ese instante procedí a tomar mi teléfono para ordenar una poderosa pizza margarita, con harto queso y chingos de jitomate.

No sé por qué, pero en dos segundos la pantalla del celular estaba bloqueada y, en tres, el teléfono despedorrose, al parecer quedó inservible y comenzó el calvario.

No exagero. Mi celular falleció, expiró, sucumbió, murió, caput, rigor-mortis, rip, valiohartamadre: descanse en paz.

Lo primero que pensé fue en la pizza. Lo segundo en que no podría pedirla. Lo tercero ya fue más grave: mis contactos, mis mensajes, mis recibos, cuentas de banco, fotografías, redes sociales y cuanta chingadera trae cualquiera en la memoria de un pinche aparato.

Y justo en esos minutos volví a meditar un poco sobre la puta importancia que hemos depositado en nuestros putos celulares.

De hecho, debo confesarles que de siempre he aborrecido los teléfonos móviles. No me gustan ni poquito, pero esa sensación de estar desconectado del mundo es un tanto extraña.

Les diré que, por momentos, estar apartado de media humanidad, me resultó un tanto placentero, aunque, por otra parte, sólo deseaba que no hubiera una emergencia, pues de ser así nadie podría localizarme.

En fin, que ya no cené ni mierdas, sólo un pan duro, y al otro día salí de mi casa a las 10 am y llegué a un centro de atención a clientes a las 10:30. Estaba casi seguro de que cuando mucho en una hora quedaría todo resuelto: pendejo.

Primero me revisaron el teléfono, pensé que tal vez podría ser algo sencillo y quedaría en chinga, pero resulta que se desmamonó de no sé qué pinches circuitos, tarjetas madres y no sé qué más xaladas. El asunto es que estaba para la basura.

Posteriormente me dirigí a sacar un puto turno para que me atendiera un puto asesor. Por fortuna mi puto plan ya se había vencido y ya podía comprar un puto celular nuevo.

Hasta que se les inflamaron los testículos llegó mi turno. Ya estando allí elegí el primer teléfono que se adaptara a lo que pago cada mes. El asesor se tardó diamadres. Para esto ya eran las 12:20. Pero aquello aún no había llegado a su fin. No, señor.

Me entregaron el aparatejo y se lo di a otro sujeto que iba a bajar de la nube toda mi pinche información.

La neta parecía que se estaba comunicando con el creador. Se tardó un putero. El individuo en cuestión estaba en una junta por Zoom, actualizando mi teléfono y mandando mensajitos, corazoncitos y mamada y media con algunas cuantas mujeres despistadas. El tipo estaba feo como coche por abajo.

Y por fin, tres horas después, me largué a trabajar con mi teléfono nuevo a medias, aún tenía que conectarme a una red Wi-fi para que la información quedara restituida al 100.

Como a eso de las 6 pm por fin el teléfono quedó como antes.

No sé bien ni qué pensar, pero me llena de terror ver la dependencia que tenemos hoy en día para con los teléfonos y la cantidad de cosas que almacenamos allí.

En otros temas, les diré que durante la semana me receté un peliculón denominado Victoria. Es un film alemán de 2015 dirigido por Sebastián Schipper.

Resulta que Schipper llevaba tiempo imaginando un asalto de banco. No porque quisiera cometer un crimen, sino porque le parecía una situación de una intensidad extraordinaria.

El problema era que hacer una película sobre un robo bancario seguramente sería mucho menos emocionante que asaltar el banco. Luego entonces, se le ocurrió que quizá podría solucionar el problema haciendo que la película se sintiera como si realmente estuviera sucediendo.

Así que decidió filmar en una sola toma.

No en una sola toma de esas que en realidad tienen veinte cortes escondidos y después nos venden como si el camarógrafo hubiera cargado la cámara al hombro durante dos horas sin respirar. No, señor.

Victoria está filmada verdaderamente en un solo plano secuencia de 140 minutos. La cámara empieza a seguir a Victoria de madrugada y no vuelve a cortar hasta que termina la película.

Lo anterior, dicho de esta manera, podría parecer una mamarrachada técnica, pero en realidad cambia por completo la película.

La historia: Victoria es una joven española que vive en Berlín y trabaja en una cafetería. Una noche sale de un club y conoce a cuatro sujetos. Termina acompañándolos por la madrugada. Hay coqueteo, alcohol, conversaciones y esa sensación de que el tiempo puede prolongarse indefinidamente.

El caso es que Victoria y sus secuaces terminan haciendo una estupidez de proporciones bíblicas.

Los individuos que conoció tienen una deuda con un delincuente y necesitan conseguir dinero. La solución que encuentran les parece bastante simple y creativa: deciden asaltar un banco. Brillantes, ¿no?

Victoria, que hasta ese momento sólo era una chica que salió de un antro y había conocido a varios sujetos, termina involucrada en el asalto.

Lo que sigue es justamente lo que hace tan buena la película: la historia no se detiene para que el espectador respire. La cámara corre con ellos, sube escaleras, entra a edificios, atraviesa calles, se mete en un coche, llega al banco y sigue adelante.

La película se convierte en una especie de caída libre.

Y hay algo más: buena parte de los diálogos fueron improvisados. Schipper entregó a los actores apenas un esquema de unas doce páginas y trabajaron durante semanas para construir las situaciones y los personajes.

Después filmaron la película tres veces. La versión que vemos es la tercera.

La neta es que llega un momento en que dejas de pensar que estás viendo una película rodada en un solo plano y empiezas a preguntarte qué demonios va a pasar con esta chica.

Victoria se estrenó en 2015 y fue presentada en la Berlinale de ese año, donde la fotografía de Sturla Brandth ganó el Oso de Plata por su contribución artística. Después ganó seis premios Lola, entre ellos mejor película y mejor dirección.

Por vidita suya no se la pierdan. Está en Prime Video o Apple TV Store. Victoria, de lo mejor que he visto.

En cuanto a mis lecturas sigo con la gran Mónica Ojeda y su Mandíbula. Aún no la acabo y no sé muy bien qué voy a terminar diciendo de esta novela.

Por ahora sólo puedo comentarles que hay miedo, violencia, obsesiones, pero sobre todo una especie de electricidad que hay debajo de todo lo que ocurre.

Sinceramente hay capítulos que encuentro magistrales, personajes muy bien construidos y obsesiones muy bien definidas.

Sin embargo, también hay escenas dentro del libro que han llegado a desesperarme. Recursos narrativos que no son de mi agrado y un mundo de adolescentes ricos que, aunque la trama resulta bastante verosímil, me parece demasiado desagradable.

En fin, seguramente la próxima semana les daré el veredicto del jurado.

Para finalizar, me enteré de que la Presidenta Claudia Sheinbaum (mi mamá le sigue diciendo Claudia Chombol) busca dar respaldo a la editorial ERA.

Lo anterior me dio mucho gusto y me llamó la atención porque tanto las librerías como las editoriales, suelen ser de esas cosas que todo mundo considera importantes hasta que llega la hora de brindarles un poco de apoyo. Entonces descubrimos que quizás no eran tan importantes.

Una editorial no sólo publica libros: construye un catálogo, conserva una conversación, decide qué autores van a seguir circulando cuando la novedad pasó.

ERA lleva décadas haciendo eso. Y me gusta pensar que una editorial también puede ser una forma de memoria.

Quizás por este motivo me obsesionen los libros y las películas: porque hay algo profundamente extraño en que una cosa hecha por alguien que no conocemos pueda acompañarnos durante años. A veces incluso más que algunas personas que sí conocemos.

En fin, que por fin llegó el final y les diré que estoy pensando muy seriamente ir en busca de unas tortas que vi. Hay una de chile relleno que no puedo quitarme de la cabeza, ya les diré qué tal está.

Por lo pronto: se me portan bien… ¡no quiero quejas!

Cualquier duda o sugerencia con esta columna, que tuvo que verse obligada a cambiar de celular y que les ruega que no dejen de ver Victoria, favor de mandarnos sus comentarios, honorable damita, insuperable caballero.


Gabriel Duarte. Ciudad de México 1972. Es Licenciado en Mercadotecnia por la Universidad Tecnológica de México. Estudió literatura en SOGEM. Está por publicar su primera novela.


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