¡Ay vida, no me mereces!
Rosa María Bello García fue asesinada por uno de sus vecinos el 11 de junio de 2022. Desde entonces, el proceso por encontrar justicia se ha vuelto kafkiano, irrisorio, doloroso. Una crónica de Roberto Feregrino

Rosa María Bello García fue asesinada por uno de sus vecinos el 11 de junio de 2022. Desde entonces, el proceso por encontrar justicia se ha vuelto kafkiano, irrisorio, doloroso. Una crónica de Roberto Feregrino

Por Roberto Feregrino
Guadalajara, Jalisco, 7 de julio de 2026 (Neotraba)
Imagina que un día no necesitas alas para viajar.
Rosa María Bello García
Entre los años 1914 y 1915, Franz Kafka escribió una novela sobre un hombre que una mañana es acusado por un delito que desconoce; sin embargo, a medida que indaga las razones, va encontrándose con personas y lugares fuera de toda lógica desde la mañana de su detención en su cumpleaños número 30 (y piensa que es una broma de sus amigos), hasta la mañana de su cumpleaños 31 en que finalmente es asesinado a manos de un emisario cuyo único objetivo es cumplir ordenes mecánicamente. En la diégesis se describe su angustiante desesperación por verse presa del sistema jurídico que lo inhabilita para comprobar su inocencia.
Conocemos la novela gracias a Max Brod, el mejor amigo del narrador checo, quien tuvo a bien publicarla en 1925 bajo el título El proceso. Luis Fernando Moreno –filólogo español– advierte que debido a que Kafka era muy crítico consigo mismo no se atrevió a enviarlo a la imprenta, de tal suerte que se lo entregó a Brod confiando en que sabría qué hacer con él. Desde luego que hubo otros textos con los que se sintió satisfecho y publicó en vida, como La metamorfosis (en la traducción borgiana La transformación) o “El fogonero”, pero muy especialmente con “La condena”, pues era un relato que erigió desde la plena inspiración de las musas, de un tirón y sin interrupciones de noche a madrugada. Sabemos, entre otras cosas, por sus cartas a Felice Bauer, que el tiempo para la escritura era lo más importante para él y pocas veces gozaba de ese placer en la ruidosa casa de los Kafka.
El proceso, pese a las partes inacabadas, ofrece a los lectores variados puntos de interpretación sobre la justicia y su turbio desarrollo, los cuales podríamos trasladar a cualquier época y localidad del mundo. Verbigracia: es una novela universal y leída con especial interés para reflexionar sobre los procesos jurídicos que suelen ser la mayor parte de las veces, mañosos, oscuros e intrincados. Un lenguaje técnico incomprensible casi siempre para el grueso de los ciudadanos. Por eso uno de nuestros grandes cómicos a través de su discurso también incomprensible, representa la “otra” cara de los abogados en su arenga frente al señor juez: “[…] hablando en cristiano se entiende la gente –dice Cantinflas–, [porque] Ahí está el detalle, como yo dije qué casualidad por un perro que a la mejor era gato y es de lo traiba. Y ora de que no, que sí y que a la mejor, ora que ya llegó, pues total yo creo, ¿no?” Entre lo incomprensible del lenguaje jurídico habría de existir un antídoto cantinflesco para bien de los desamparados. ¡Dios nos libre de caer en manos de un sistema corrupto e ineficaz cuando no hay Cantinflas que nos asista!
Imaginemos que una mañana cualquiera alguien nos informa que estamos presos, sin dar mayores explicaciones. Automáticamente entraríamos en un sistema de abogados, jueces y papeleos engorrosos que transformarán nuestro actuar cotidiano en un tortuoso camino en aras de probar nuestra inocencia. Desafortunadamente ante la “ley” no hay forma de comprobar nada, simple y sencillamente porque es un engranaje creado para desmoralizar al inculpado más que para allanarle el camino: “Fuiste tú –dice la voz angelical de un noble justiciero con un tehuacán en la mano– y si no, pues te damos tu calentadita para refrescarte la memoria”.
En México, país democrático, memorioso y civilizado –gracias a sus garantías constitucionales desde 1917–, han ocurrido algunos equívocos penitenciarios en los que los culpables son tratados como inocentes y los inocentes vilipendiados. Digamos que pocas veces la vara mide igual a un político que a un ciudadano de a pie, por ejemplo. Hay carpetas de investigación cuyo contenido desconocemos porque no se hacen públicos los procesos judiciales, manteniéndose así fuera del foco público; sin embargo, hay otros tantos que han logrado salir a la luz gracias a las denuncias de grupos sociales exigiendo libertad para aquellos procesados injustamente, como el caso de José Antonio Zúñiga al que apresan en 2005 (sexenio panista de Vicente Fox) supuestamente por homicidio. Sin embargo, gracias a un proyecto documental –Presunto culpable– se presentan pruebas contundentes avaladas por la defensa sólida del abogado Rafael Heredia para lograr liberarlo. Toño es uno de los ciudadanos de a pie que tuvo la fortuna de contar su periplo después de una larga noche oscura. Desafortunadamente Josef K. no corre con la misma suerte y es ejecutado un año después de iniciado su proceso.

No debe extrañarnos que la sociedad mexicana desconfíe del sistema jurídico, no por mala lid, sino debido a que percibimos a sus representantes manchados de aquel adagio popular priísta: el-que-no-tranza-no-avanza. Y es que en gran medida los funcionarios, más que preocuparse por el bienestar social, buscan la oportunidad para llenarse los bolsillos con dinero mal habido y algunos policías se manchan las manos de sangre inocente engrosando la corrupción del sistema.
Arturo Durazo Moreno, jefe del Departamento de Policía y Tránsito en el sexenio de José López Portillo, fue acusado de crimen organizado. Sabemos de él y sus trinquetes por el libro Lo negro del Negro Durazo, con testimonios de uno de sus “ex ayudantes”: José González y González. La forma de hablar, de mandar, de hacer sentir su poder delante de cualquiera que estaba por debajo de él, porque representaba la autoridad todopoderosa. Al finalizar el sexenio salieron a la luz algunas de sus movidas como los crímenes del río Tula, donde tortura y asesina a tres colombianos y a un chofer mexicano. La denuncia corrió a cargo del periodista Manuel Buendía. El Negro Durazo es perseguido por la DEA y encarcelado: paga tarde y con su muerte no le alcanzó para liquidar todas las vidas que quitó. Eso sin mencionar a los dolientes, que con su pan se lo coman, “perdone asté y aquí no pasó nada, seguimos trabajando para la seguridad social”.
En épocas más recientes el caso de Florence Cassez e Israel Vallarta ha estado en boca de todos por la serie de Netflix El caso Cassez-Vallarta: Una novela criminal, investigación del escritor mexicano Jorge Volpi que le valió el premio Alfaguara de novela 2018 y en la que detalla el “montaje” televisivo de los presuntos secuestradores. Menciono lo anterior porque el principal involucrado fue Genero García Luna, el Secretario de Seguridad Pública durante el sexenio de Felipe Calderón. Este generoso caballero era el encargado de velar por las garantías ciudadanas en temas de seguridad, pero sus intereses personales lo llevaron a apresar a Florence e Israel y a frenar cualquier liberación de los presuntos secuestradores, a pesar de que las pruebas de la detención de la pareja no fueron el día en que todo quedó grabado en el rancho “Las Chinitas”, sino un día antes, en la carretera Cuernavaca en 2003. Al tinglado se suman las televisoras (Televisa y TV Azteca), periodistas y empresarios que trabajan al unísono en la red de corrupción que nadie cuestiona, solo nos limitamos a ver, oír y callar. Ninguno de los millones de televidentes se levanta cualquier día para ir a preguntar si es verdad o no lo que mira en la pantalla. Todo es cierto cuando el Secretario habla delante de las cámaras y se ven las acciones de liberación a los secuestrados. “¡Bendito sea Dios”, exclaman unos, pero no sabemos la suciedad detrás de la fachada.
Ergo, la ciudadanía hoy duda de todo, por eso se graba cuanto se puede con celular en mano. Nada nos garantiza que la transparencia judicial existe a pesar de que los informes Oficiales digan que los asesinatos, las violaciones, los secuestros, los crímenes y feminicidios disminuyen porcentualmente. La lucha contra los datos oficiales versus los no oficiales discrepan a diario. ¿Qué seguridad tenemos ante un poder judicial que ha demostrado que las influencias pueden más que la inocencia? El pueblo ha decidido en muchos municipios tomar justicia por su cuenta y promueven redes de investigación, brigadas de búsqueda, asisten a marchas y publican cuanto sucede en grupos de Facebook con la única intención de ayudarse mutuamente.
Claro que nos da gusto mirar a los políticos, senadores, expresidentes y toda su parentela viviendo holgadamente, viajando sin preocupaciones, firmando decretos una noche durante un concierto masivo en el Zócalo capitalino, ostentando relojes y ropa de precios absurdos… y claro que nos da gusto, porque eso quiere decir que están preparados para defender con su poder al ciudadano que se los demande: a qué le tiras cuando sueñas mexicano.

La maestra Rosa María Bello García había quedado de visitar a su mamá después de sus actividades el sábado 11 de junio de 2022: lo primero y más importante era asistir a una cita médica donde le practicarían una resonancia magnética en la rodilla, después ir a comer con unos amigos y alrededor de las 6 de la tarde, se reuniría con su madre como acostumbraba cada fin de semana. Una agenda que no cumplió porque un rufián la asesinó brutalmente en su domicilio.
“¡Auxilio, auxilio, me quieren matar!”, gritaba Mari en el interior de su departamento ubicado en Rafael Alducin 120, depto. 304. Edificio Nogal, en la alcaldía Azcapotzalco, a unas calles de los metros Tezozomoc y Aquiles Serdán; fueron gritos que solo encontraron eco en el morbo de los vecinos, pues nadie ayudó. Fue encontrada por su familia a las 9 de la noche; es decir, 15 horas después de ocurrido el feminicidio.
Las alarmas se encendieron entre sus familiares cuando intentaron comunicarse con ella y no atendió el teléfono (ni mensajes ni llamadas), cosa extraña, porque ella solía estar siempre en contacto con su mamá. Contactaron a sus amigos para preguntarles si la habían visto aquella tarde, como estaba pactado, pero la respuesta fue negativa. Fue entonces cuando su madre sintió una corazonada y les pidió a sus hijas ir al departamento de Rosa María para saber qué ocurría. Ni tardos ni perezosos se dirigieron al lugar la mamá de Mari, Soraya (su hermana) y su esposo, más tarde Juan (su hermano) y fueron testigos de la escena más sórdida de sus vidas: Mari estaba tirada en el piso sobre un charco de sangre, con el cabello arrancado de la parte de la nuca, de donde fue sometida y un cable de computadora utilizado para asfixiarla. Ninguno de los testigos podía entender cómo aquel cuerpo inerte que miraban, en otro tiempo había sido
Una mujer de gran corazón, una maestra de profesión como casi no hay, [una mujer que] amaba su profesión [y] tomaba cursos constantemente: fue a Japón becada en el 2001 y estuvo 2 años allá. […] Era una mujer que amaba la vida: le gustaba bailar, le gustaba sonreír, le gustaba viajar.
Como la recuerda su hermana Soraya Bello García ante las cámaras de Foro N MAS, entrevistada por Itzel Cruz Alanís. Lo que presenciaron fue una maraña de dudas, de frustración, de “esto no puede estar sucediendo”. En suma, una pesadilla.
Como una forma de encontrar respuestas que aclararan lo sucedido, se dieron a la tarea de revisar su celular para ver si descubrían algo. No encontraron amenazas. Revisaron las cámaras de vigilancia del edificio y se dieron cuenta de que entre las 10 de la noche del viernes 10 de junio y las 6 de la mañana del 11 de junio del 2022 ningún desconocido había entrado. Esto los llevó a sospechar que había una pieza que no encajaba sobre un visitante ajeno al fraccionamiento, al que necesariamente se ingresaba por la puerta donde está el vigilante y se requiere de una llave para abrir la puerta principal. Alguien debió ingresar muchos días antes o, quizá, el asesino sería uno de los mismos inquilinos.
—Vecina, ¿usted no escuchó nada raro ayer en la noche?
—Sí, escuché algo en la mañana, como a las seis. Gritos y gente corriendo en la parte de arriba.
—¿Y no vio a nadie desconocido salir del edificio?
—No, hasta creen que iba yo a salir, capaz me toca a mí también.
—Hubiera llamado a una patrulla, ¿no?
—…
—¿Usted no escuchó nada en la mañana, señor X?
—Sí, muchos gritos de una mujer cuando llegué de trabajar. Eran gritos de auxilio. Pero después de un rato todo se silenció.
—¿Y por qué no la auxilió?
—La verdad es que tenía mucho sueño y lo único que quería era llegar a dormir, usted entiende, trabajo de noche.
—Por lo menos una llamada a la patrulla o dar aviso a el vigilante, ¿no cree?
—No, pos ora sí que no se me ocurrió. Dispense, con permiso.
—¿?
La familia Bello García supo que el feminicidio había sucedido entre las 6 y las 7 de la mañana por los diversos testimonios de los vecinos a los que entrevistaron, quienes coinciden en haber escuchado algo; sin embargo, no hicieron nada. En última instancia, por qué van a hacer algo si no son sus problemas, no es su muerto. Amén y en buena hora con las ocupaciones de cada quien.
Aunado a esto, en la revisión del celular de la víctima supieron que sí pidió el Uber a las 6:33 am para ir a su cita médica, mas no abordó el vehículo. Una intuición más los hizo sospechar de que el feminicida vivía ahí, porque de todos los departamentos el único que no abrió fue el 301, el que está justo enfrente del de Mari, y sí estaba habitado. Al cuestionar al vigilante explicó que el inquilino era un hombre de unos 50 años acostumbrado a salir en las madrugadas (presumiblemente) a comprar droga, porque al volver después de varios minutos, traía consigo unas galletas y una /coca/cola.
Juan Bello fue atando cabos: averiguó que el condómino era hijo de don Roberto “N”, el dueño de ese departamento. Se lo notificó al comandante Hugo Casillas de la Fiscalía de Feminicidios y fue entonces cuando se procedió a investigar su paradero.
Lograron conseguir el teléfono del dueño del departamento 301 con la administradora y, al contactarlo, ratificaron que el presunto feminicida era adicto y llevaba cerca de 3 meses habitando el inmueble. Su padre le permitió vivir ahí porque estaba desempleado, de tal suerte que darle techo era una forma de ayudarlo. Poco a poco el trabajo avanzó y consiguieron, no uno, sino cinco números de celular del prófugo, los cuales, por supuesto, no contestó. Cuando se procedió a la investigación de geolocalización del celular de Carlos “N” arrojó como resultado que estuvo presente en el lugar de los hechos. Ahora la familia Bello García tenía un culpable. Pero, ¿por qué la mató? ¿Por qué la violencia si no se llevó nada? El dinero estaba ahí, los objetos de valor, todo, excepto la vida de Rosa María. Lo único que se puede deducir es que fue por odio. Al respecto, cedo la palabra a Carlos Monsiváis quien aventura una hipótesis en su crónica “Los crímenes de odio: por homofobia y feminicidios”, en Los mil y un velorios (Asociación Nacional del Libro, 2009) y explica:
[…] las sensaciones de omnipresencia que se desprenden del crimen sin consecuencias penales ni sociales para el criminal. No es sólo probarse superior a los seres quebradizos incapaces de resistencia, es también burlarse de las leyes y de la sociedad que tibia o vanamente las enarbola. […] Todo lo profundo, degradado y sórdido, de la parte más destructora del machismo, se vierte contra las mujeres cuya culpa principalísima es su condición de víctima. […]
En lo relativo a los gays y las mujeres los crímenes de odio forman parte de un comportamiento histórico. Son presumiblemente débiles y por eso deben ser eliminables.
El feminicida no buscaba el vulgar robo, sino aniquilar a una mujer exitosa a la que consideraba vulnerable por el simple hecho de que vivía sola; es decir, lograr con brutalidad lo que no pudo con la inteligencia: la intercepta antes de salir de su domicilio, la golpea y la estrangula. El objetivo de Carlos “N” es claro: matarla, darse a la fuga y burlar la ley. Una ley que ampara al afectado siempre y cuando tenga el dinero suficiente para pagar a un abogado. Es por eso que las vicisitudes de estos cuatro años han sido pesarosas para la familia Bello García, en momentos lenta y, en otros, poco clara.
Después de varias audiencias e investigaciones del caso, en 2024 se dictó la orden de aprehensión contra Carlos “N”, pues su sangre coincidió con la que encontraron en la parte de atrás de la sudadera de Rosa María Bello García. En febrero de 2025 lo hallaron en un centro de rehabilitación en Reynosa, Tamaulipas, en un estado paupérrimo, actualmente se encuentra en el reclusorio Oriente en espera de sentencia. Sin embargo, lo que puede parecer un logro para los dolientes del feminicidio se ha convertido en un periplo tortuoso, porque se han enfrentado a lo que llaman “violencia institucional”, lleno de idas y vueltas, engorrosos trámites y dudas sobre el veredicto que dicte el juez o jueza a cargo del caso. Un proceso tan cercano al de Franz Kafka.
Enfrentar el asesinato de un familiar no solo es lidiar con la burocracia, sino darse cuenta de que los inculpados también tienen derechos, abogados, dinero y oportunidades. Sin embargo, parece que no dimensionamos socialmente lo que conlleva un acto como este: matan a la familia día con día. Prometeos encadenados que sufren cada día y se renuevan por las noches para padecer incesantemente.
Por si no fuera poco con el asesinato de Mari, su padre falleció el 19 de septiembre de 2024 a causa de la tristeza de perder a su hija consentida; su mamá enfermó del corazón, aunque en realidad
esta situación la asesinó –dice Luz Bello en el programa de Pepe Misterio “¡Ayúdenme, me van a matar” Nadie la escuchó y el asesino que vivía enfrente la acechó (2025)–, una parte de ella se murió y ha sido difícil seguir adelante con esta carga que antes solo veíamos en las noticias o veíamos en los periódicos o en las marchas, pero no pensamos ser parte de la estadística. No pensamos que conoceríamos este tema y nos tocó estar aquí y por desgracia solo cuando estás aquí entiendes todo lo que pasa en este país con respecto a los feminicidios.
Actualmente Luz Bello es la responsable de la cuenta de Facebook de Rosa María Bello García, utilizada para informar los avances en el proceso de su hermana; además forma parte del colectivo “Madres que luchan” también en Facebook, que sirve para orientar a personas que atraviesan por situaciones similares. Es una red de apoyo donde las voces que la justicia tarda en escuchar (o a veces no escucha), se multiplican sonoramente para clarificar las brumas de sus procesos.

Juan Bello es aficionado a las novelas policiacas pero suele ser muy exigente porque es un lector voraz y un escritor sarcástico. Ahora que atraviesa por esta situación desoladora, me ha comentado que le resulta inverosímil todo lo que está ocurriendo. Cuando supo que el asesino de su hermana estaba en Tamaulipas, me dijo que nada en la realidad era como en las novelas. (Silencio del interlocutor, por supuesto).
No hay crímenes con final feliz cuando un acto tan atroz lastima a los que amamos. ¿Qué les pasa a los familiares en las novelas cuando matan a sus seres queridos? Quizá lo más cercano es el sufrimiento de Filiberto García en El complot mongol cuando le matan a Martita, pinche Martita y pinche velorio, y se le acaban las fuerzas para seguir adelante. Pero también hay crónicas como la de Cristina Rivera Garza, sobre el feminicidio de Liliana Rivera en 1990 a manos de su novio en el Distrito Federal, narrado prodigiosamente en El invencible verano de Liliana (Random House, 2004. Premio Pulitzer), una suerte de memorias y testimonios en torno a su hermana y cómo atraviesan ese dolor de la ausencia. Otro posible acercamiento puede ser en la novela La pregunta de sus ojos (2005), de Eduardo Sacheri, donde Isidoro Gómez es arrestado por el feminicidio de Liliana Coloto; sin embargo, la justicia le concede la libertad para convertirlo en un sicario del gobierno. El viudo termina cobrando justicia por su cuenta encerrándolo en el sótano de su casa. (El interlocutor para sí: de cualquier modo creo que todo ejemplo es vano cuando la realidad consume a los deudos y no encuentran cómo llevar los días que preceden al de la muerte de su ser querido. Silencio, por favor).
Ahora, a la distancia, puedo ver que en las novelas no está la solución y mucho menos un consuelo: leer una violación no es lo mismo que vivirla; leer un secuestro no es lo mismo que vivirlo; leer la pérdida de una hermana por odio no es lo mismo que vivirlo.
El aliciente de Josef K, en El proceso, no son las mujeres como la señorita Bürstner, su vecina, tampoco Leni, la mujer que atiende al abogado que lleva su caso por mandato de su tío. El consuelo lo encuentra en la Catedral al ser escuchado por el sacerdote, porque no hay nadie que le preste sus oídos en momentos de total ansiedad por su situación jurídica, posiblemente ahí es donde descansen nuestras almas apesadumbradas hasta que entendamos “a qué tipo de tribunal” sirve el conservero de la Catedral.
Franz Kafka nos ofrece una historia del “autoengaño”, mencionada en los “primeros párrafos de la ley. Frente a la ley hay un portero. Un hombre del campo se acerca a la puerta y solicita entrar. Pero el portero le dice que no puede dejarlo entrar en la ley en este momento”. En ella se manifiesta una realidad abismal: todos queremos entrar, pero terminamos ajenos a ella a pesar de que sea accesible para cualquiera y en cualquier momento.
Sea cual sea el veredicto que dicten en el caso de Bello García, la familia perdió desde el mismo momento en que Rosa María murió; su andar ha sido entre escaleras y ventanas imposibles de abrir, una procesión mecánica que los ha dejado sin aliento a pesar de que vivan. Y de los omisos, de ellos dice Santiago: “y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (4:17): ellos también son responsables por dejar hacer, por huidizos y desalmados.
No estoy seguro que los dolientes de Rosa María Bello García encuentren consuelo pronto en ninguna Catedral, pero anhelo que el odio y la impotencia cesen, quizá. Ella no necesitó alas para volar, porque las dejó entre los vivos para vengar a los muertos. Amén.
